CURIOSIDADES BÉLICAS #32: Normandía 1944. Un paso más en el largo camino hacia la victoria.

¿Ha sentido alguna vez ese nudo en el estómago cuando está a punto de hacer algo que cambiará su vida para siempre? ¿Ha sentido alguna vez náuseas al surcar el mar o, tal vez, un río de aguas revueltas? Le aseguro que lo que está a punto de leer sobre Normandía y el Día-D le removerá las entrañas y, por qué no decirlo, la conciencia, pues lo que va a experimentar puede ser algo similar a lo que muchos hombres vivieron varias décadas atrás.

Hablo de un lejano 6 de Junio de 1944, cuando millares de soldados norteamericanos, a bordo de ruidosos lanchones de desembarco, se aproximaban hacia las playas de Normandía. Pero no nos olvidemos de los alemanes que defendían aquel sector de la costa francesa, ya que ellos también padecieron un huracán de fuego que arrasó de extremo a extremo el litoral normando.

Al despuntar el alba, a modo de preludio de lo que llegaría a ser una jornada sangrienta, cientos de embarcaciones de todo tipo lidiaban con el bravo oleaje que sacudía el Canal de la Mancha. La climatología, desde comienzos de mes, parecía cebarse con uno de los escenarios más emblemáticos de la Segunda Guerra Mundial.

Hombres y lanchas de desembarco alcanzan las playas de Normandía.

Algunas de esas embarcaciones, dotadas de cañones de gran calibre, escupían obuses sin cesar hacia una vasta diana llamada Normandía. El estruendo era ensordecedor. Otras, destinadas al transporte de tropas de asalto, recibían incontables golpes de olas agrestes. Millares de fusiles M1-Garand despuntaban sobre el perfil rectilíneo de aquellas sobrias embarcaciones repletas de hombres que a duras penas contenían el aliento, por no hablar del vómito, que ya salpicaba el uniforme de muchos infantes.

El mar, demasiado revuelto, agitaba las lanchas donde, apiñados como sardinas en lata, los soldados se aprestaban a participar en una batalla cuyo estrépito iba a reverberar en las páginas de los libros de Historia.

Hombres invadidos por la incertidumbre, la curiosidad, el coraje y, por supuesto, un miedo sobrecogedor que rezumaba por ojos que miraban sin ver. Ojos carentes de brillo. Ojos cargados de ilusiones, sueños y esperanzas a punto de resquebrajarse, junto a sus almas, de un momento a otro…

Yo estuve allí, en aquella playa denominada en clave Omaha, pero varias décadas después. Recuerdo que en mi primera incursión en Normandía apenas sobrepasaba la veintena, como muchos de los soldados que allí lucharon y murieron, también en su primera visita a Normandía. Recuerdo a la perfección el olor a mar, intenso, cargado de dolor y evocación al pasado. Allí, en Omaha, disfruté de uno de mis mejores viajes de documentación. ¿Por qué? Acompáñeme y lo descubrirá.

¿Cómo se llegó al “Día-D”?

Parece un espejismo cuando, en la primavera de 1944, desde la vertiginosa perspectiva que concede el paso del tiempo, se evoca lo que fue la Operación Dinamo: la evacuación desde el continente hasta Inglaterra de miles de soldados de la Fuerza Expedicionaria Británica, además de un importante contingente de franceses y belgas, en una Europa occidental que se consumía en las llamas de la incipiente Segunda Guerra Mundial.

Entonces, la imparable Wehrmacht (el Ejército alemán) parecía arrollarlo todo a su paso. Varias naciones habían sucumbido bajo su empuje devastador en cuestión de semanas, otras, por su parte, a punto estaban de hacerlo.

Pero la lejana primavera de 1940, con el paso de los años, terminó por difuminarse en el recuerdo de los soldados. Desde entonces, la guerra sacudió el norte de África, el Pacífico, pero también el sur de Italia, Europa del este y Asia. Alemania, junto con sus aliados, se adentró en terreno de la URSS en otra primavera, la de 1941, al llevar a término la Operación Barbarroja, el osado intento de Adolf Hitler por dominar el vasto país dirigido con puño de hierro por Stalin.

Este último había solicitado a sus aliados, en más de una ocasión, la necesidad de abrir un segundo frente, de dimensiones importantes, capaz de distraer parte de los recursos que Alemania tenía destinados en la guerra contra la URSS.

El Ejército Rojo ha padecido bajas terroríficas para aguantar el empuje de la Wehrmacht a lo largo y ancho de Rusia (imagen: lucha en Stalingrado).

Ambas naciones, desde el 22 de Junio de 1941, llevaban largos años enfrentadas en un combate sin parangón, salvaje, primitivo, apenas comparable en proporciones y brutalidad con el resto de escenarios donde acontecía la contienda mundial. Allí, en Rusia, es donde se libraba la guerra de verdad.

Entre tanto, el resto de países aliados de la Unión Soviética, a destacar Reino Unido y los Estados Unidos, comenzaron a concebir y ejecutar la Operación Bodyguard. Esta operación, ideada a mediados del año 1943 y presentada en el entorno de la Conferencia de Teherán (28 de Noviembre al 1 de Diciembre de 1943), tenía como objetivo principal engañar a los alemanes, sembrar la confusión y desviar la atención del punto exacto donde tendría lugar el desembarco aliado para, de ese modo, poder abrir un segundo frente de trascendencia para el desarrollo de la guerra. Ese lugar no era otro que las playas de Normandía.

Mapa de la Operación Bodyguard y los planes subordinados a la misma.

La citada Operación Bodyguard, a su vez, se dividía en múltiples operaciones también enfocadas al engaño y la desinformación. Unas centrarían sus esfuerzos en Italia, el sur y el oeste de Francia, e incluso en otros países europeos. No quisiera pasar por alto la importancia de la Operación Fortitude, la que realmente nos atañe, centrada en reclamar recursos alemanes hacia otros puntos de la geografía Europea.

Esta operación, a su vez, se subdividía en dos partes:

  • Operación Fortitude Norte: el objetivo de la misma se 
    centraba en simular un ataque a Noruega. Para ello se 
    configuró un ejército ficticio, el Cuarto Ejército 
    Británico, que pese a contar con antecedentes reseñables 
    en la guerra anterior, la Gran Guerra (1914-1918), en 
    esta ocasión no iba a tomar parte activa en el supuesto 
    ataque al país escandinavo, sino que, desde su base en 
    Edimburgo (Escocia), mantendría ocupados al máximo número 
    de recursos alemanes destinados en Noruega. A base de 
    llevar a término un intenso tráfico de comunicaciones por 
    radio, evidentemente falsas, filtraciones de información 
    mediante agentes dobles y algún que otro movimiento de 
    tropas por territorio escocés, el plan terminó por arrojar 
    resultados efectivos.
  • Operación Fortitude Sur: en esta ocasión, al mismo tiempo 
    que la anterior, el foco se centró en presumir un 
    desembarco en el Paso de Calais, situado en Francia, el 
    punto más próximo a las islas británicas respecto del 
    continente y, en adición, un lugar desde el que iniciar 
    la ruta más corta hacia territorio germano (la opción más 
    evidente para dar comienzo a la invasión de Europa). A tal 
    fin, se configuró el Primer Grupo de Ejércitos de los 
    EE.UU., también ficticio, que terminó en manos del 
    mismísimo general Patton, una figura harto llamativa para 
    el Alto Mando alemán dada su trayectoria a lo largo de la 
    guerra. Al igual que la anterior, se efectuaron millares 
    de comunicaciones por radio falsas, movimientos de tropas, 
    labores de espionaje e incluso se levantaron campamentos 
    ficticios y se emplazaron vehículos blindados simulados 
    en aquel punto del sur de Inglaterra.

La pregunta que surge tras abordar este apartado es la siguiente: ¿fueron efectivas estas estratagemas tan elaboradas?

La Historia así nos lo ha demostrado pues, de hecho, muchos recursos de la Wehrmacht fueron retenidos en zonas muy alejadas de las costas de Normandía, donde el infierno se desataría meses después con toda su crudeza.

Dummy tank”. Un carro de combate aliado inflable.

Todo o nada. Las horas previas al desembarco.

Desapacible, el 5 de Junio de 1944, la climatología se ceba con algunos puntos del Canal de la Mancha. Viento cortante y lluvias racheadas azotan la franja de mar que separa Inglaterra de Francia. Los Aliados, en la isla. Los alemanes, en el continente. Llevan mucho tiempo jugando al gato y al ratón. La insufrible tensión, por fin, está a un paso de desaparecer.

Sobre los hombros de un único hombre reposa el destino de millares. Todos, sin excepción, a ambos lados del canal, aguardan su sino con los nervios consumidos a causa de tan decisivos momentos. El general Dwight D. Eisenhower, nacido en Texas (EE.UU.), al mando de todo el contingente aliado, sopesa en su interior la decisión que habrá de grabar su impronta en la Historia. Se trata de un hombre reflexivo al que se le ha encomendado una misión muy compleja.

Sumido en una atmósfera opresiva, rodeado de un selecto grupo de oficiales, no le resulta tarea fácil pronunciarse. Pero, de súbito… ¡Adelante! Exclama tras valorar cientos de factores y posibles escenarios, a favor y en contra de la Operación Overlord. Imposible aplazarlo. Son decenas de miles los hombres que esperan, desde días atrás, apiñados en campamentos, aeródromos y puertos, el ansiado desembarco.

Eisenhower dialoga con soldados de la 101ª División Aerotransportada de los EE.UU. en las horas previas al Día-D.

La noticia corre como un reguero de pólvora. Desde el Cuartel General de Eisenhower hasta el último de los soldados, la novedad discurre de boca en boca a una velocidad pasmosa.

Unos creen que se trata de una broma de mal gusto. El desembarco se ha aplazado en repetidas ocasiones durante las jornadas previas debido al mal tiempo. Otros, ávidos por entrar en acción, se aprestan al combate con ojos desbordantes de incertidumbre. Ha llegado la hora de la verdad.

Las previsiones climatológicas anuncian una “ventana” de calma relativa en el tiempo. Eisenhower decide jugar esa baza. Todo o nada. De lo contrario, la invasión deberá posponerse varias semanas. Algo inconcebible para él y su Estado Mayor.

Entre tanto, algunos de los oficiales alemanes de mayor graduación, entre ellos el propio Erwin Rommel, deciden alejarse de las costas normandas para disfrutar de unos días de permiso. La mayoría de ellos no presumen un desembarco aliado dada la agreste climatología. Además, si se diese el caso, el mariscal de campo Rommel confía en que la intrincada red defensiva resultará un muro inexpugnable para las tropas invasoras. Al menos sí en Calais, pero no las tiene todas consigo en el área de las playas de Normandía. Si hubiese contado con más tiempo, amén de más y mejores recursos…

Esta cuestión, y otras tantas, relampaguean en su mente camino de un fugaz encuentro con su esposa, con la que se ha citado para celebrar el cumpleaños de ella en compañía del hijo de ambos, Manfred.

El mariscal de campo Erwin Rommel inspecciona parte de las defensas del “Muro Atlántico” en la primavera de 1944 (Créditos: Bundesarchiv).

Noche eterna. 5 al 6 de Junio de 1944.

A través de sus servicios especiales, la BBC radia al continente mensajes regulares para alertar a la resistencia francesa acerca del día exacto del desembarco.

Uno de aquellos versos, cuya autoría se acuña al célebre poeta Paul Verlaine, fue emitido el 1 de Junio:

Les sanglots longs des violons de l’automne…

Los franceses, en especial los miembros de la resistencia, que reconocieron en el acto la “Chanson d’automne” (Canción de otoño), contuvieron el aliento. ¡La liberación de Francia se presume próxima!

La segunda parte de ese mensaje tuvo que esperar hasta pasadas las 21:00h. del 5 de Junio de 1944:

Versen (Blessent en el original) mon cœur d’une 
langueur monotone.

¡La invasión está a punto de comenzar! ¡Quién lo iba a decir! ¡Un simple fragmento de un poema simbolizaba el inicio de la invasión!

Tras escuchar el mensaje en clave, centenares de miembros de la resistencia francesa, en el área de Normandía, desempolvan sus armas y abandonan sus escondrijos para dar comienzo a una amplia operación de sabotaje. Cualquier instalación relevante o red de comunicación alemana debe ser hostigada o puesta fuera de servicio lo antes posible para facilitar la labor a las tropas angloamericanas que, en cuestión de horas, llegarán a Francia.

Pathfinders de la 82ª División Aerotransportada de los EE.UU.

Uno de los primeros contingentes que parte hacia Normandía son los Pathfinders. Estos osados soldados, a bordo de varios C-47 que despegan de la base de la RAF (Royal Air Force británica) en North Witham, emprenden un arriesgado vuelo que, en cuestión de minutos, los sitúa al otro lado del Canal de la Mancha.

Una vez allí, se arrojan en paracaídas en medio de la oscuridad. Apenas se ha rebasado la medianoche, como setas suspendidas en el aire, los paracaídas descienden en absoluto silencio. Lonas de seda, mecidas por el viento, de las que penden unos doscientos hombres. Infantes aerotransportados de cuya valerosa labor depende la vida de millares de paracaidistas que, horas después, seguirán sus pasos.

Paracaidistas norteamericanos a punto de saltar del avión de transporte.

Ya en tierra, con el estruendo de los disparos de la artillería antiaérea germana como telón de fondo, emplazan los dispositivos de comunicación que guiarán a las siguientes oleadas de aviones y planeadores angloamericanos que en breve surcarán el cielo parcialmente encapotado.

Más y más paracaidistas de los ejércitos aliados no tardarán en comparecer sobre los cielos normandos. Pero esa es otra historia digna de ser tratada en un capítulo aparte.

¡El Día-D ha llegado! ¡Ya no hay vuelta atrás!

Vista aérea de la base de North Witham.

Primeras horas del 6 de Junio de 1944 en la playa Omaha.

Entre tanto, a varios kilómetros de distancia de Normandía, miles de soldados aliados se dirigen en todo tipo de embarcaciones hacia las playas. Surcan aguas embravecidas. Tensión máxima en sus rostros. Nerviosismo, inquietud y náuseas se entremezclan en un mar de incertidumbre, agitado, demasiado como para navegar sin percances por las aguas del Canal de la Mancha.

Al despuntar el alba, hileras de embarcaciones enfilan el litoral francés. Una de esas hileras, conformada a base de decenas de lanchas de transporte de personal, conduce a cientos de hombres hacia la playa de Omaha.

Allí, una cortina de humo se eleva desde las pequeñas colinas que se recortan más allá de la arena que puebla la costa gala. Los bombardeos previos, en adición al trabajo de los buques de guerra que desde la distancia hacen rugir sus potentes cañones, han ocasionado una suerte de densa bruma que arropa con abrazo siniestro algunos sectores de Omaha.

Los defensores, tropas alemanas que no dan crédito a lo que ven sus ojos, se aprestan al combate, pues la marea de embarcaciones que se dirige hacia ellos no barrunta nada bueno. Cañones, armas y morteros se orientan hacia las aguas del canal. La marea parece empujar esas lanchas hacia tierra firme a una velocidad endiablada.

Centinela alemán vigila el “Muro Atlántico”.

Dentro de ellas, los soldados norteamericanos rezan a todas las deidades conocidas. Muchos confían en que la acción de desgaste previa, a cargo de la aviación y de la artillería naval que los escoltan, será suficiente como para haber puesto fuera de juego toda resistencia.

Hay quienes piensan que la llegada a Normandía será pan comido… Que apenas habrá que dar uso a las armas, como el M1-Garand que muchos de ellos aferran con sus manos, salpicadas por el agua marina que también empapa sus uniformes de tonos verdosos. También las cartucheras, donde guardan con celo la munición para sus fusiles, inseparables.

El pestazo a combustible quemado y el olor a salitre se mezclan en una combinación tétrica.

Nervios a flor de piel. Oleaje intenso. Más de un soldado vomita sobre el encharcado suelo de la embarcación que le conduce, junto a sus compañeros, hacia su encuentro con la Historia. Otros acaban de hacerse sus necesidades encima. Orines y excrecencias decoran la parte media e inferior del uniforme de varios infantes. El inminente asalto causa estragos siquiera antes de producirse. Quien no reconozca a estas alturas que está muerto de miedo, o es un loco, o miente de un modo ostentoso.

Soldados estadounidenses rumbo a las playas. Algunos de ellos portan sus M1-Garand dentro de fundas protectoras de plástico.

No tardan en llover los primeros proyectiles de la artillería germana junto a las lanchas de desembarco, zarandeadas a placer por las olas, de más de metro y medio algunas de ellas. Los motores de las embarcaciones de asalto rugen a plena potencia, pero las estremecedoras explosiones eclipsan el potente ruido que emerge de sus entrañas.

El silbido de la metralla corta el aire, anunciador de tragedia. Algunas de las lanchas, construidas a base de madera en gran parte de su estructura, evidencian sus efectos asesinos. Los primeros muertos y heridos se desploman sobre el suelo de las embarcaciones. No han contado con la oportunidad de pisar tierra firme. El agua marina, gélida, se entremezcla con la sangre, tibia. Visión espantosa para muchos.

Lancha de desembarco herida de muerte.

La parte frontal de los botes, donde se encuentra la rampa metálica que en breves instantes se posará sobre las arenas de Omaha, es la única protección a la que se encomiendan los tripulantes de esta especie de ataúdes flotantes. El repiqueteo de la metralla y el golpe de las olas contra las rampas conducen a más de uno hacia la demencia.

Los oficiales y suboficiales tratan de imponer el orden entre el personal a bordo, diríase que niños muchos de ellos, que apenas cuentan con veinte años de edad, y que se ven abocados a atravesar un infierno que aúlla alrededor. Algunos no cuentan con experiencia de combate, sus inocentes miradas delatan bisoñez.

El punto de desembarco asignado se presenta cada vez más grande en sus retinas. Así lo evidencian al asomar levemente por encima de la borda.

Ya nadie puede detener semejante acometida.

Durante los últimos metros que restan por navegar hasta la playa de Omaha, muchos son los soldados que ponen a punto sus fusiles. La granizada de morteros, intensa, barrunta un duro combate. Alguna lancha salta por los aires tras encajar el impacto directo de alguna granada alemana o al impactar contra minas, emplazadas en el extremo superior de postes de madera ocultos por la marea. Otras se ladean y a punto están de volcar sobre el mar de muerte, fruto de las terroríficas explosiones.

El crujido de las embarcaciones eriza el vello al más valiente. Dedos temblorosos comprueban que las armas están a punto. Más de un soldado revisa de forma mecánica su M1-Garand. Todo parece en orden. Así lo atestiguan miradas furtivas que intercambian los atemorizados soldados. Nada puede dejarse al azar ahora que la lucha contra el enemigo es inevitable.

Esquema gráfico de los sectores de desembarco en Omaha y los puntos de resistencia alemanes más destacados.

Se desata el infierno. Desembarco en la playa de Omaha.

Silbidos y órdenes tajantes conminan a los hombres, apiñados en las lanchas de asalto, al abandono de las embarcaciones en los próximos segundos. Enjambres de balas sobrevuelan las cabezas de los norteamericanos que conforman la primera oleada. ¡Hay demasiado peligro ahí fuera! ¿Dónde está la artillería para cubrirnos? ¿Qué demonios pasa con la aviación? Son cuestiones que martillean la cabeza de los infantes una y otra vez. Soldados cuyas gargantas, en algunos casos atenazadas por una angustia indescriptible, son incapaces de emitir sonido alguno.

Soldados estadounidenses a punto de desembarcar.

Las primeras lanchas tocan las arenas de Omaha, repletas de obstáculos, tras surcar un mar embravecido. Los tripulantes encargados de liberar la carga humana liberan las pesadas rampas metálicas, que caen al frente con gran estruendo. Golpe sordo y seco capaz de helar la sangre a cualquiera. Pero más aún lo es el sonido de las ametralladoras y la fusilería que emplean las tropas alemanas, acantonadas en lo alto de las colinas que presiden aquel sector de la costa normanda.

Decenas de soldados estadounidenses caen de bruces en las propias lanchas, apenas han conseguido poner un pie fuera de las mismas, pues las certeras ráfagas germanas atinan de lleno a la masa verdosa que trata de abandonarlas. Sorpresa mayúscula de los que sobreviven a la carnicería.

Instantes atrás, nadie se esperaba semejante recibimiento.

Aquellos que de puro milagro logran dejar atrás las lanchas, se arrojan a las aguas sin pensárselo dos veces. Quienes cuentan con mayor fortuna, comprueban que el nivel del mar les llega a la altura de la cintura. Gélido abrazo el de aquella playa francesa. Tal vez el mal menor visto el panorama que se presenta ante sus ojos. Otros, en quienes se ha cebado la desgracia, se ahogan sin poder remediarlo en las aguas agitadas, teñidas de rojo; el pesado equipo que portan consigo ha sido capaz de arrastrarlos hasta el lecho marino.

Entre tanto, las explosiones atruenan y las balas silban alrededor de los que han sobrevivido al primer encontronazo con el muro de fuego enemigo.

Los soldados, con el agua por la cintura, deben recorrer decenas de metros para poder alcanzar la orilla y buscar un lugar donde hallar cobertura.

Los norteamericanos que han esquivado la carnicería inicial prosiguen su avance a duras penas. Mareados, empapados y conmocionados, con la orilla a sus espaldas, donde incontables cadáveres son mecidos por las olas, se arrojan al suelo y comienzan a disparar sus armas hacia las colinas. Los fusiles M1-Garand escupen plomo sin cesar. Los hombres se dejan la piel en una lucha despiadada, atroz, así lo atestiguan los incontables casquillos que rodean los cuerpos de aquellos soldados que todavía se mantienen de una pieza para abrir fuego contra un enemigo al que son incapaces de vislumbrar en medio del caos ensordecedor.

Tanto el olor a pólvora y el salitre, como el pestazo a combustible ardiendo y la siniestra fragancia a muerte materializada en ríos de sangre y compañeros eviscerados, provocan el vómito al más pintado.

Desde las lomas, donde se ubican las trincheras alemanas, algunos fortines y diversas casamatas, llega un auténtico vendaval de destrucción. Ametralladoras MG-42 y fusiles Kar-98 se suman a la labor de aniquilación que protagonizan los morteros y las piezas de artillería emplazadas en retaguardia. Desde algún búnker germano, los oficiales dirigen el devastador fuego de los cañones, culpables de gran parte de la masacre en Omaha.

Decenas de cadáveres se esparcen aquí y allá. Bisoños soldados comparten pesadilla con otros más experimentados, cuyos semblantes serios hasta el extremo no otorgan confianza alguna. Todos ellos ven volar por los aires los restos de lo que hasta no hace mucho eran camaradas. Minas y artillería causan estragos a placer.

Pisar la orilla solamente es el inicio del infierno (Créditos: Magnum).

Harapos sanguinolentos decoran de un modo macabro la playa. Alguien solicita a pleno pulmón la presencia de un sanitario, acaba de perder una pierna, pero no le impide arrastrarse, a la vez que reclama ayuda, para procurarse cobertura en el interior de un pequeño socavón atestado de soldados aterrados.

Un grupo de hombres dispara sus fusiles M1-Garand. Vacían cargadores a una velocidad asombrosa. No importa la velocidad y la potencia de fuego, en cuestión de segundos no queda ni uno con vida. Las MG-42 terminan por barrerlos sin misericordia. Sus cuerpos, convertidos en coladores, se desangran sobre la arena.

¡¿Dónde están los refuerzos?! ¡A qué clase de infierno nos han enviado! ¡Que alguien nos saque de este matadero! Son gritos que se elevan en un cielo plagado de humo cegador. Incontables gargantas suplican asistencia médica. Los sanitarios son incapaces de desarrollar su trabajo con garantías ya que las balas y las granadas alemanas rocían muerte allí donde golpean.; ellos también caen bajo el fuego.

Cadáveres y heridos se amontonan en la orilla.

Clavados en el suelo, al amparo de alguno de los obstáculos que salpican la playa, con la mayoría de los oficiales y suboficiales muertos (encargados de dirigir y coordinar el asalto), el destino de los soldados estadounidenses de la primera oleada pende de un hilo. Sus armas parecen inefectivas. Da igual cuanta munición disparen con sus M1-Garand, la resistencia en las playas es enconada.

¿Qué suerte correrán estos hombres? ¿Enviará el Alto Mando Aliado más hombres en sucesivas oleadas? O, en el peor de los supuestos, ¿ordenará la retirada de un momento a otro?

El fusil M1-Garand. Protagonista letal del desembarco.

Diseñado por John Garand, puede considerarse que su patente, el M1, fue el primero de los fusiles semiautomáticos que conocemos hoy en día.

Cabe citar que el M1 tuvo que superar un largo proceso de desarrollo, que comenzó en los años 20 del siglo XX, para que el diseño final, tan popular en la actualidad, viese la luz avanzada la década de los años 30 del mismo siglo. En concreto, en el verano de 1933 uno de los prototipos de John Garand, el “T1E2”, recibió la denominación de “Rifle semiautomático, calibre .30, M1”.

Este prototipo fue entregado al Ejército de los Estados Unidos para que llevase a término pruebas de campo.

John Garand, el diseñador del M1.

Tras experimentar una serie de eventualidades, además de someterlo a varias mejoras y ajustes, el verano de 1937 fue el punto de partida de este mítico rifle. Entonces, ya con el rifle testado y con la conformidad del Ejército, se dio comienzo a su producción en las factorías de Springfield, Massachusetts.

También es digno de mención que el M1, pese a que había cumplido con las expectativas iniciales de los militares, tuvo que someterse a varios ajustes y rediseños para evitar problemas durante su uso en un plazo a corto plazo.

Tal es así que, ya en 1940 y años sucesivos, una versión rediseñada comenzó a producirse a gran escala. De hecho, para que el lector se haga una idea de las cantidades producidas, a finales de 1941, según fuentes consultadas, podría afirmarse que casi todo el Ejército de los EE.UU. ya estaba equipado con el M1 como fusil de dotación.

El M1, un rifle que pesaba alrededor de cuatro kilos y medio en vacío y algo más de cinco con la munición reglamentaria, era un arma robusta, manejable y precisa. El cargador, un peine en bloque, alimentaba el arma con ocho cartuchos del citado calibre .30-06 Springfield (7,62 x 63 mm.).

Al ser un rifle semiautomático, gozaba de cierta ventaja respecto a otras armas coetáneas, como el Kar-98 alemán y el Mosin Nagant ruso; ambos rifles de cerrojo que, tras efectuar cada disparo (cinco como máximo ya que su cargador únicamente podía albergar esa cantidad de cartuchos), se debía tirar del cerrojo, dejar que la vaina saliese al exterior y, de nuevo, volver a empujar el cerrojo para insertar un nuevo cartucho en la recámara para dejar montada el arma.

Gracias a su sistema de accionamiento por gas, el M1, tras efectuar un disparo, la propia arma volvía a insertar un nuevo cartucho en la recámara (aunque también se podía hacer de forma manual). Así sucesivamente hasta que se vaciaba el cargador, momento en el que el peine saltaba, al tiempo que emitía un característico sonido para alertar al usuario, y la recámara quedaba al descubierto, lista para proceder a la inserción de un nuevo peine.

Réplica de un fusil M1-Garand fabricada por Denix.

Otra de las ventajas del M1 era su cadencia de tiro. Un soldado bien adiestrado podía llegar a efectuar entre 40 y 50 disparos por minuto, nada que ver con sus competidores en aquella época, inclusive el Lee-Enfield británico, que a pesar de contar con la capacidad de albergar diez cartuchos en su interior, su cadencia de disparo también era baja en comparación con el rifle norteamericano.

De nuevo, en el ámbito del alcance efectivo, el M1 también era un aspecto en el que destacaba. Mientras el fusil M1-Garand podía superar los 600 metros, al disparar empleando únicamente el alza y el punto de mira, el Kar-98, el Lee-Enfield y el Mosin Nagant se situaban en rangos que oscilaban entre los 500 y los 550 metros en idénticas condiciones.

Cargador de 8 cartuchos de un M1-Garand.

En resumen, puede asegurarse que en aquella época, pese a ser un rifle un poco más pesado que sus rivales antes citados, pero prácticamente de idénticas dimensiones (medía 1,1 metros de longitud), el M1-Garand resultó ser un arma efectiva, letal y fiable para los soldados que la emplearon. Pero también muy bien valorada por los ejércitos enemigos y, por supuesto, por los altos oficiales del Ejército de los Estados Unidos, como fue el caso del mismísimo general George Patton, quien afirmó:

En mi opinión, el rifle M1 es el mejor instrumento 
de batalla (guerra) jamás ideado.

Por último, añadir que durante la Segunda Guerra Mundial se produjeron millones de unidades, además de accesorios para este rifle, como bayonetas, bocachas lanzagranadas y, en menor cuantía, miras telescópicas para su versión de francotirador. Mucho más allá de este periodo histórico, el M1 vio de cerca el horror de la guerra en otros conflictos bélicos, como fue el caso de la Guerra de Corea o Vietnam, por citar algunos ejemplos.

Sin duda, por méritos propios, el M1-Garand ha pasado a la Historia como una de las armas icónicas de los conflictos armados del siglo XX.

Operarios ensamblan distintos fusiles M1-Garand.

Un rayo de esperanza en el infierno de Omaha.

Desde primera hora de la mañana, sucesivas oleadas de infantes norteamericanos han conseguido desembarcar en los distintos sectores de la playa Omaha. Allí, el material se esparce por todas partes.

También los hombres, apiñados junto a varios de los malecones y promontorios que configuran el trazado de aquel sector del desembarco, se protegen de la granizada de artillería con la que los alemanes no dejan de castigar a las tropas aliadas.

Un caos en toda regla.

Con el transcurso de las horas, algunos carros de combate logran desembarcar en tierra para proporcionar apoyo a los infantes. La desgracia parece cebarse con los Sherman que llegan a las playas, pues los pocos que han logrado sobrevivir a la travesía marítima, pronto sufren la devastadora acción de los cañones germanos.

Gracias a la enérgica acción de un puñado de oficiales norteamericanos, seguidos de forma incondicional por sus subordinados, logran abrir brecha en algunas de las rieras que conducen tierra adentro. Desfiladeros de muerte donde avanzar un metro supone asumir bajas terroríficas. La labor de los zapadores es encomiable, pues se juegan el tipo para volar por los aires todos los obstáculos que impiden el avance más allá de la costa. Rebasar aquellas colinas se transforma en una cuestión decisiva para conseguir el éxito de toda la operación.

Más de un oficial espolea a sus hombres de forma enérgica: ¡Moriremos como corderos en las playas o lo haremos como héroes en el intento por tomar las posiciones enemigas! Tal dualidad es lo único que cabe en la mente de quienes dirigen el avance hacia el interior entre el estruendoso combate, donde los M1-Garand resuenan sin cesar.

Soldados norteamericanos abandonan un parapeto en un intento por abrir brecha tierra adentro.

Con cuentagotas, comienzan a llegar a oídos de Eisenhower y de su Estado Mayor novedades relativas al desembarco. Si bien en un principio son desoladoras, casi conducentes a ordenar la retirada dada la sangría en la playa Omaha, con el paso de las horas el caos se torna en esperanza…

¡Varias avanzadillas han logrado abrirse paso tierra adentro!

El general norteamericano suspira aliviado. Reza en su interior y se abraza a la fe ciega que ha depositado en todos y cada uno de sus soldados. Algún paso, como el de Vierville, por fin ha quedado expedito, aunque la artillería enemiga aún hostiga esporádicamente a los norteamericanos.

Atardece en el matadero de Omaha.

Las horas transcurren despacio. Sangría de hombres con cada acción que emprenden los soldados asaltantes para despejar los últimos reductos en posesión de las tropas alemanas. Los que no caen abatidos por los disparos de los M1-Garand y los subfusiles Thompson en el último esfuerzo por contener el avance enemigo, elevan los brazos en una clara señal de rendición. Ya no tiene sentido continuar la lucha.

Al llegar a lo alto de las colinas, los estadounidenses que aún se mantienen de una pieza, comprueban atónitos el resultado del desembarco. Sus miradas, vacías, cargadas de impotencia, se clavan en las decenas de cadáveres que, esparcidos por toda la playa, reposan sobre la arena junto a sus fusiles M1 o son zarandeados por el oleaje, justo en el punto de unión donde arena y agua se funden en una línea de vívido color carmesí.

Allí arriba descubren, en el interior o alrededores de los WN (Widerstandnest) o “nidos de resistencia” alemanes, los cadáveres de muchos soldados enemigos, rodeados de incontables casquillos y material abandonado a su suerte. También ellos han sido víctimas de la brutalidad presenciada durante las largas horas de combates.

Un grupo de alemanes, capturados en las playas, camino del cautiverio.

De vez en cuando resuena el disparo solitario de algún M1-Garand. También la explosión esporádica de algún obús enemigo retumba con eco estremecedor. El combate en la playa denominada Omaha ha llegado a su fin. Semejante episodio, dramático y sangriento, experimentado por cientos de soldados, solamente ha sido el comienzo del duro avance hacia el interior de Francia y el posterior progreso hacia Alemania. A la contienda aún le faltan muchos meses por delante. Aún le restan muchos cadáveres que contabilizar.

En el bando opuesto, el Alto Mando germano sabe que acaba de perder una oportunidad de oro para contener la apertura de un segundo frente de relevancia en Europa. Ya lo aseguró el propio Rommel tiempo atrás al decir que la invasión debía detenerse en las playas, durante las primeras veinticuatro horas. También requirió la presencia de las divisiones blindadas en áreas próximas a la costa normanda, pero su petición fue desoída, al menos en parte.

Los refuerzos para taponar la brecha estaban de camino, sí, pero al final del día… Demasiado tarde como para revertir la situación. El ocaso del Tercer Reich se vislumbraba en el horizonte. Más aún cuando, semanas después, el Ejército Rojo desató su Operación Bagration, el 22 de Junio de ese mismo año 1944, con el que terminaría por barrer a la Wehrmacht en territorio soviético y conminaría a los ejércitos de Hitler a una retirada hacia suelo alemán.

Parte de los objetivos iniciales de la Operación Overlord se habían cumplido aquel día histórico… Eso sí, a un precio muy elevado.

Progreso norteamericano en Normandía al finalizar el Día-D (playa Omaha) (Créditos: Enc. Britannica).

Llega la noche del Día-D.

¿Mereció la pena tanto sacrificio? Tal vez eso se llegó a preguntar uno de aquellos soldados que, en lo alto de una de las colinas que presiden Omaha, con su inesperable fusil M1-Garand en una mano y una cantimplora en la otra, reflexionaba sobre lo acontecido aquel día histórico.

Al igual que él, pero varias décadas después, yo mismo reflexionaba en una de aquellas colinas sobre lo que sucedió aquel lejano 6 de Junio de 1944. Me pregunté también si mereció la pena el titánico esfuerzo.

No seré yo quien responda a esta cuestión. Prefiero que lo haga el lector, en especial aquel que haya visitado este escenario, pues bien sabe que en lo alto de aquellos promontorios aún se respira soledad, dolor y, tal vez, algo de esperanza en el ser humano.

Soldado estadounidense, junto a dos fusiles, yace en la orilla (Créditos: Reuters).

¿Sirvió de algo?

Solamente sé que aquel soldado, como tantos otros, fue reabastecido con más munición para su M1-Garand y, a continuación, se le ordenó conducir sus pasos tierra a dentro, pues todavía restaba mucha labor por delante. El comienzo de la lucha para incontables infantes bisoños, como aquel soldado que reflexionaba en lo alto de la colina, acababa de empezar aquel día de primavera de 1944.

¿Qué fue de él, de sus compatriotas y de sus enemigos? Muchos de ellos perecieron de forma anónima en el campo de batalla, otros desparecieron sin dejar rastro y algunos regresaron a casa después de padecer el ejemplo vivo de la sinrazón humana.

Todos aquellos quienes experimentaron en primera persona la violencia desmedida del ya distante Día-D cambiaron para siempre.

¡Cómo no hacerlo!

Cementerio alemán en La Cambe, Normandía.

Uno de aquellos símbolos que también protagonizaron el Día-D fue el efectivo fusil norteamericano M1-Garand. Reminiscencia palpable de lo que fue aquella jornada apocalíptica en las playas de Normandía y, por supuesto, en las arenas de Omaha.

Hombre y arma… Arma y hombre…

Tándem indisoluble que, por desgracia, se presume imperecedero en la violenta existencia del ser humano.

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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo

www.danielortegaescritor.com

PD: para más información acerca del fusil M1-Garand, no dudes en visitar este enlace donde encontrarás una increíble réplica elaborada por la prestigiosa marca Denix:

https://www.denix.es/es/catalogo/guerras-mundiales-1914-1945/rifles-carabinas-y-fusiles/1105/

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