CURIOSIDADES BÉLICAS #7: Berlín 1945. Un puente más resistente de lo esperado.

Hoy abro la entrega de esta semana lanzando una pregunta al lector. ¿Ha visitado alguna vez la capital de Alemania? Si es así, ¿ha visitado el Reichstag y sus inmediaciones?

Tanto si la respuesta es afirmativa como negativa, seguro que ahora mismo se presenta en su mente la imagen del colosal edificio gubernamental que preside la plaza tendida a sus pies. Estoy convencido de que el lector, tanto si ha permanecido frente al Reichstag o bien lo ha contemplado en fotografías, ha reparado en su aspecto grisáceo, donde los restos de la guerra aún resultan patentes. En la actualidad, casi toda la estructura del edificio deja entrever numerosas cicatrices, resultado del paso de la guerra por aquella zona de Berlín.

A través de estas líneas, quisiera transportarle hoy a aquellas últimas jornadas de la Segunda Guerra Mundial, a las últimas horas de lucha en las calles de Berlín, una ciudad consumida por el fuego, arrasada hasta los cimientos por los bombardeos, cuyos edificios, horadados por las balas y mutilados por las esquirlas de la metralla, ofrecen la viva imagen del infierno en la tierra. Pero aquel infierno fue real. Y tuvo lugar en Berlín, un Berlín bien distinto al que conocemos hoy en día.
Estamos en el mes de Abril, en los días finales del mes, concretamente quiero que recuerde una jornada concreta, la del 28 de Abril de 1945, porque si así lo hace, la próxima vez que se detenga ante el Reichstag para admirarlo, le aseguro que lo hará con otros ojos y el vello de su piel se erizará.

Vista aérea del Reichstag después de los combates.
Las jornadas previas, toda la ciudad, y en concreto el distrito gubernamental, ha sido sometida a intensos bombardeos. Incluso el día 25, en Torgau, al sur, tropas americanas y soviéticas se han encontrado para cerrar así el cerco alrededor de la capital del Tercer Reich. Las cosas se acaban de poner muy mal para los dirigentes de Alemania, aquellos aún que permanecen allí, en Berlín, literalmente enterrados a varios metros bajo tierra en la Nueva Cancillería y el búnker del Führer Adolf Hitler.
No muy lejos del Führerbunker, el Reichstag, devastado por la artillería rusa, permanece en pie de milagro. Ni siquiera las incontables pasadas de la aviación angloamericana han podido tumbarlo a lo largo de la guerra. Muchas de sus ventanas y puertas están ahora tapiadas a cal y canto. Algunas únicamente ofrecen pequeñas aberturas; aspilleras desde las que vigilar y disparar a través de ellas llegado el caso. En su interior, pero también alrededor del majestuoso edificio, unos cinco mil soldados esperan lo inevitable: el último y definitivo asalto ruso destinado a tomar por completo la capital del Reich. Si cae el distrito gubernamental, Berlín capitulará sin remedio.

Königsplatz, a los pies del Reichstag, donde destaca una zanja antitanque repleta de agua.
Königsplatz, la plaza que se tiende a los pies de la escalinata principal, presenta un aspecto dantesco. Innumerables trincheras recorren toda su extensión de parte a parte. Alambre de espino, cráteres causados por las explosiones de la artillería y los bombardeos, cadáveres y material de guerra decoran el lugar. Incluso algunas piezas antiaéreas de 8,8 cm. aún osan presentar resistencia frente al Reichstag. Una enorme zanja antitanque atraviesa la plaza de norte a sur. Una zanja que, debido a las explosiones, se encuentra inundada de agua procedente del cercano río Spree. Sin duda, una barrera formidable para intentar contener la inminente avalancha soviética.
En el lado opuesto de la plaza, allí donde mira la humeante fachada del Reichstag, se erige el Ministerio del Interior (conocida popularmente como “La Casa de Himmler”) y varias embajadas extranjeras, entre ellas la de Suiza.
La calle que conforman estos edificios nos conducen hacia un puente. El puente Moltke. Imponente, de unos 30 metros de ancho por casi 100 de largo, fue levantado a finales del siglo XIX. El material empleado para construirlo, de color rojizo, le otorga un aspecto siniestro en medio de la estampa que ofrece el sector a los soldados que en sus inmediaciones combaten a vida o muerte.
Son las 16:30h. aproximadamente.
Durante las jornadas previas, el Ejército Rojo ha presionado con fuerza sobre las inmediaciones del puente Moltke. Sus comandantes saben que si lo toman intacto tendrán un acceso directo hacia el distrito gubernamental, la Nueva Cancillería y el propio Führerbunker. Numerosas patrullas, soviéticas y germanas, se han enzarzado más allá del Moltke con brutalidad desmedida.
Los soldados rusos han pagado con litros de sangre cada metro recorrido en dirección al Reichstag. La toma de cada calle, cada casa, e incluso cada habitación, ha pasado una factura terrible al Ejército Rojo. Sus bajas se cuentan por millares y eso que la batalla de Berlín aún no ha llegado a su punto álgido.

Puerta de Brandeburgo, en las inmediaciones del Reichstag.
En el extremo oeste del puente, al amparo que otorgan las ruinas de los edificios, las tropas rusas ultiman los preparativos para el asalto definitivo. Junto a la infantería, varios grupos de carros de combate soviéticos calientan motores. Los rostros grisáceos y extenuados de los soldados hablan por sí solos.
Un auténtico infierno de fuego y plomo está a punto de desatarse.
En el extremo opuesto, los alemanes se aprestan a ofrecer una resistencia desesperada. Saben que todo estará perdido si el puente cae en manos del enemigo. Sus rostros también reflejan la tensión y el miedo. Están rodeados. No hay escapatoria posible. Pelean por sobrevivir. Si luchan y mueren todo habrá terminado. Pero si se rinden y caen en manos del Ejército Rojo, ¿qué les deparará el futuro? Esa cuestión surca la mente de casi todos los defensores del sector. A sus oídos han llegado rumores de todo tipo que hablan del salvajismo con el que los rusos tratan a los prisioneros. Otros ya lo han vivido en primera persona y así se lo hacen saber a sus camaradas. ¿Qué esperar después de tantos años de guerra?

Panorámica del puente Moltke abarrotado de blindados soviéticos.
Las SS, también presentes en el sector, amenazan con juicios sumarios a todos aquellos que hablen más de la cuenta. No se permite el derrotismo ni despotricar contra el régimen de Hitler, pese a que esté en sus últimos estertores.
Tanto el Reichstag, como Königsplatz y las cercanías del puente Moltke están inundadas por un silencio abrumador. Mudos, todos los soldados alemanes agudizan el oído, se mantienen a la espera de los próximos movimientos de los Ivanes. Poco resta allí de lo que otrora fue la gloriosa Wehrmacht, capaz de conquistar Europa en un abrir y cerrar de ojos, de este a oeste, empleando la entonces temida Blitzkrieg (Guerra Relámpago), capaz de someter a países enteros en cuestión de días o semanas. Francia, Polonia, Holanda, y un largo etcétera, son claros ejemplos de aquel pasado idílico.
Ahora se percibe otra atmósfera bien distinta. El Ejército alemán, atrincherado junto al Moltke y las cercanías del Reichstag, es un cúmulo variopinto de retales de unidades reunidas de forma improvisada para resistir hasta el final. Una sombra de lo que fue años atrás. Pero algunos de sus integrantes, curtidos veteranos, aún tienen algo que decir en la batalla de Berlín. Otros, niños vestidos de uniforme, están a punto de experimentar la crudeza de la guerra en su máximo exponente; ni más ni menos que contra la apisonadora rusa.
Respirando la humedad que procede del río Spree, los alemanes permanecen a la espera tras parapetos, en el interior de socavones en el suelo y, en el mejor de los casos, dentro de algún que otro edificio ruinoso que de milagro aún aguanta en pie. Soldados de la Luftwaffe (Fuerza Aérea), del Heer (Infantería), de la Kriegsmarine (Armada), de las Juventudes Hitlerianas, de la Volkssturm (Milicia Popular) e incluso integrantes de la Policía, se miran con ojos temerosos al tiempo que comparten sus escasas provisiones o algo de tabaco.
Al igual que la humedad, también reconocen el dulzón olor a muerte que impregna el ambiente, cargado del pestilente aroma a combustible quemado, pólvora y el siempre penetrante hedor de los explosivos.

La infantería rusa progresa hacia el puente Motlke.
Se inicia el intercambio de disparos.
De pronto, el silencio se ve truncado por el rugido de lejanos motores. Son los tanques rusos que dan comienzo al avance sobre las cercanías del Moltke. Una lluvia de morteros de corto alcance revienta en las primeras líneas de defensa alemanas tendidas a lo largo del puente.
Sacos terreros y alambre de espino vuelan por los aires. También lo hacen los cuerpos destrozados de aquellos que han tenido la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno.
Las ametralladoras MG-42 alemanas comienzan a barrer el lado opuesto, allí donde las primeras siluetas de la infantería rusa se dejan entrever entre la densa humareda que brota por todas partes. Siluetas, difuminadas, acompañadas por los mastodónticos T-34 e IS-2 con sus motores rugiendo a pleno rendimiento. Numerosas formas ataviadas de color pardo se desploman sobre el suelo al encajar las ráfagas de las armas alemanas. El suelo pronto queda colapsado de escombros y cadáveres, teñido de rojo. Cadáveres que no dudan en aplastar las bestias de acero soviéticas en su progreso hacia el disputado puente.
Desde la fachada del Ministerio del Interior que mira al Spree, al igual que desde el resto de edificios colindantes, un tornado de fuego arrasa con la orilla contraria. Incontables soldados rusos aúllan de dolor en las inmediaciones del puente que, con gran osadía, tratan de tomar a toda costa. Por su parte, los blindados del Ejército Rojo vomitan obuses, uno detrás de otro, cuyo estrépito ensordecedor no tarda en escucharse en todo Berlín. Fragmentos de metralla silban muerte por todas partes. Colapsan fachadas enteras tras recibir las brutales andanadas de los cañonazos soviéticos.

Un carro soviético en primer plano ya tiene el Reichstag a tiro.
No tardan en sucumbir los defensores más expuestos, aquellos que por azares del destino o por imprudencia asoman más de lo debido en sus parapetos. La avalancha roja amenaza con barrer del mapa a todo aquel que se cruce en su camino. Más y más hombres del Ejército Rojo se apiñan en el extremo oeste del puente Moltke dada la confianza que otorga la nutrida presencia de los carros de combate, cuyas armas no dejan de disparar ni por un segundo.
Los cañones atruenan. Las armas crepitan. Los hombres blasfeman, gritan al caer heridos y pedir ayuda o, en el peor de los casos, mueren en silencio, como tantos otros a lo largo de la jornada.
Sin previo aviso, los alemanes disparan sus Panzerfaust (armas antitanque) una vez los blindados rusos se ponen a tiro. Se dibujan estelas de muerte por doquier. Mientras unos proyectiles salen zumbando desde las ventanas de los edificios que aún se mantienen en pie, otros hacen lo propio desde los parapetos dispuestos a ras de suelo y las trincheras excavadas junto al Spree. Varios T-34 vuelan por los aires en un abrir y cerrar de ojos. Otros quedan heridos de muerte, con sus orugas o torretas destrozadas tras sufrir el devastador golpe de los Panzerfaust.
Gritos de júbilo brotan de las gargantas de los defensores alemanes cada vez que un tanque ruso estalla o queda envuelto por las llamas. Sus tripulaciones tratan de apearse en marcha, convertidos en antorchas humanas, pero a estas alturas del combate no hay piedad; pronto sucumben bajo la lluvia de plomo germana. Caen sobre la estructura de las moles de acero, al rojo vivo tras las salvajes detonaciones, y se consumen irremediablemente hasta tornarse en momias ennegrecidas. Hombres y máquinas se funden en un abrazo eterno mientras un estruendo ensordecedor les sirve de panegírico.

Blindados soviéticos cruzan el puente Moltke.
Soviéticos y germanos atacan y contraatacan durante largas horas. El puente es testigo mudo de la brutalidad de la refriega.
Sorpresa en el combate.
Llegados a cierto punto, cuando peor parecen pintar las cosas para los defensores, comparece en el lugar una compañía de paracaidistas alemanes. Soldados aguerridos, la élite de la Infantería. Su mera presencia infunde respeto en camaradas y enemigos. En cuestión de segundos, bajo el fuego enemigo, despliegan varias MG-42 a lo largo del puente y comienzan a liquidar infantes rusos con pasmosa facilidad. Incluso los Panzerfaust que disparan logran poner fuera de combate varios tanques que, momentos atrás, osaban cruzar el amplio puente.
Lo inevitable está por suceder. Aquel grupo de Fallschirmjäger (paracaidistas alemanes) es muy reducido, apenas una compañía. Pronto ven comprometida la posición y no les queda otra que recular hacia otro lugar menos expuesto. Con la munición a punto de agotarse, los paracaidistas comienzan a sucumbir sobre el Moltke a ritmo preocupante. Muy numerosa, la infantería rusa logra penetrar en el puente, acompañada de los T-34. Algunos paracaidistas, conscientes de lo irremediable, deciden sacrificarse para garantizar el repliegue de sus camaradas. Poco o nada se puede hacer ya sobre el puente. Incluso las piezas antitanque germanas parecen haber enmudecido, apenas sí han tenido oportunidad de entrar en acción.
Cientos de ojos se clavan en el Moltke.
Paracaidistas y soldados del Ejército Rojo se enzarzan en un bestial combate cuerpo a cuerpo. Todo vale. Todo está permitido para mandar al otro barrio al enemigo.
Al tiempo que los últimos paracaidistas, heridos o de milagro aún indemnes, consiguen abandonar el puente, sus aguerridos camaradas que allí han resuelto luchar hasta el final, lo hacen con todos los medios a su alcance. Bayonetas y palas cortan el aire con silbidos siniestros. Las pistolas se emplean como último recurso, únicamente cuando los fusiles y las ametralladoras han enmudecido por falta de munición. Incluso los cascos y los restos de los parapetos se emplean como armas homicidas. Las aguas del Spree acogen en su seno los cuerpos sin vida de aquellos que caen desde lo alto del puente con ojos desorbitados y muecas grotescas dibujadas en sus rostros. Tanto rusos como alemanes hallan sepultura en las apacibles aguas del río que atraviesa Berlín.
En apenas unos minutos más, ya no restan paracaidistas con vida sobre el Moltke. Todos han perecido, no sin antes haberse llevado por delante estos últimos a varios T-34 y decenas de infantes rusos. Enemigos en vida, ahora yacen, hermanados en la muerte, juntos sobre los humeantes restos de la batalla.

La artillería autopropulsada del Ejército Rojo dispara a bocajarro contra un foco de resistencia.
El reloj rebasa las 19:00h.
De pronto se hace un silencio abrumador. Una especie de tregua involuntaria. Tanto atacantes como defensores precisan tiempo para recobrar fuerzas y reorganizarse.
Justo entonces, una detonación seca retumba en los oídos de todos los allí agazapados. Una imponente sacudida hace estremecer el puente Moltke de arriba abajo. A continuación, el humo lo ciega todo. Su estructura queda envuelta por una bruma grisácea y rojiza que apenas deja ver nada. Poco después, la brisa que emerge de las aguas del Spree barre la humareda con delicadeza inusitada.
La voladura del puente.
Los rusos lo esperaban. Los alemanes también. Por suerte para unos y para desgracia de otros, el puente ha resistido. Nadie se lo explica. ¿Cómo es posible que el puente haya aguantado firme tras semejante explosión? Todo está perdido. El último obstáculo de notoria importancia que se interponía en el camino hacia la victoria del Ejército Rojo… ¡Ha aguantado en pie tras el intento de demolición!
Poco después, vítores y gritos de júbilo emergen de la orilla oeste del puente que conduce hacia el barrio de Moabit. Ni los propios soldados soviéticos terminan de creerse lo que acaban de presenciar. Pronto se aprestan para aprovechar la inesperada oportunidad. Nuevos blindados y más infantería se reúnen en las inmediaciones para intentar tomar el puente al asalto.
¿Se imagina estar embutido en un uniforme alemán en semejante momento?
Dadas las insólitas circunstancias, debió ser algo espeluznante. Sin duda, aquellos defensores, atrincherados entre los humeantes escombros, pronto experimentaron en sus propias carnes la apabullante superioridad del rodillo soviético. Pese a saberse en las últimas, los alemanes lucharon con arrojo desmesurado para defender aquel punto de la ciudad. De ello dependía la vida de muchos camaradas, de muchos civiles, de muchos integrantes de los servicios sanitarios cuya labor requería cierta seguridad para salvar la vida de los incontables heridos que llegaban hasta los puestos de socorro.

Infantes soviéticos avanzan a la carrera. A su lado se tiende el cadáver de un soldado alemán.
Varios intentos tuvieron que perpetrar los rusos hasta que, finalmente, el puente terminó por caer en sus manos. Sus bajas fueron muy elevadas, tanto en hombres como en blindados. Aún hoy en día los historiadores no arrojan cifras exactas de los muertos y heridos que sumaron entre ambos bandos tras la conclusión de la batalla de Berlín.
Dos ejércitos soviéticos, el Tercero de Choque y el Octavo de la Guardia, tuvieron que practicar un movimiento en pinza para conseguir tomar el Reichstag y sus inmediaciones. A modo de dato estadístico, de los cinco mil defensores alemanes que defendieron el Reichstag, la mitad pereció en su cometido. El resto de los supervivientes presentaban todo tipo de heridas, visibles, fáciles de curar unas, otras no tanto. Pero otra herida incurable rasgó su interior para siempre: la imagen de aquel hermoso Reichstag convertido en un montón de escombros es algo que muchos veteranos de la batalla jamás olvidaron. Un doloroso recuerdo que, al evocarlo, trae a la memoria el olor a muerte, la peste a combustible quemado y el áspero hedor a pólvora y explosivos.
Hoy en día se sabe que la carencia de explosivos de calidad fue una de las claves para que el Moltke permanezca en pie en la actualidad. Pese a que los zapadores alemanes lograron hacer un buen trabajo, hay quien afirma que los que planificaron su voladura subestimaron la robustez del puente. ¿Tal vez dispusieron una cantidad insuficiente de explosivos de lo que hubiese sido recomendable para practicar la voladura del puente con garantías? ¿Tal vez no los colocaron en los puntos estratégicos dada la premura con la que fue efectuada la tarea?

Imagen del Reichstag tras los combates.
Durante la batalla de Berlín, numerosos fueron los puentes que volaron por los aires para evitar la progresión del Ejército Rojo hacia el sector central de Berlín. Mas el caso del Moltke fue algo insólito.
Cuando visite Berlín, cuando pasee por el Reichstag, no olvide dar la espalda a la escalinata del edificio gubernamental y mirar hacia el oeste, allí donde se erige un pequeño edificio de piedra de color grisáceo. En lo alto verá ondear la bandera de Suiza. Sí, se trata de la embajada del país helvético, el único superviviente (en parte), en aquella plaza, a la batalla de Berlín, además del propio Reichstag.
Una vez distinga la bandera, diríjase hacia allí. Apenas hay quinientos metros de distancia hasta el punto donde le quiero conducir: el puente Moltke. Exacto, una vez llegue a la embajada, un poco más adelante, tendrá la oportunidad de pisar aquel escenario histórico.
Ni más ni menos que el propio puente Moltke, punto concreto donde tuvo lugar uno de los combates más salvajes durante la batalla por la toma de la capital del Tercer Reich.

Aspecto del puente Moltke antes de la guerra.
¿Recordará su nombre?
Moltke Brücke – Puente Moltke.
Estoy convencido de que si lo cruza, e incluso se detiene sobre él unos instantes, saboreará la Historia.
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
PD: si disfrutaste de este relato, tal vez resulten de tu interés mis dos libros dedicados en exclusiva a la batalla de Berlín.

CURIOSIDADES BÉLICAS #6: ¡Toc, toc! ¿Quién es? ¡La Wehrmacht!

Tsaritsyn.

Si cito el nombre de Tsaritsyn para referirme a una vieja ciudad, tal vez al lector no le inspire nada. Pero si en vez de Tsaritsyn hago alusión a Stalingrado, Rusia, tal vez sí nos podamos ubicar ahora.

Stalingrado, ubicada junto al río Volga, urbe industrial cuyo nombre consigue poner la piel de gallina a cualquiera que evoque lo que allí sucedió. De entrada, la ciudad fue “bautizada” con el nombre de Stalin, quien dirigió la URSS con mano de hierro durante largos años. En 1925, y hasta 1961, perdió su nombre original, Tsaritsyn, en honor al río Tsarista (agua amarilla), cuyo curso desemboca en el vasto e interminable Volga, en favor del dictador de origen georgiano. Exacto, Stalin no era ruso, sino georgiano.

Stalingrado antes de sufrir los efectos de la guerra.

En esta entrega de “Curiosidades bélicas” nos encontramos en uno de los momentos decisivos de la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, el de hoy, fue un episodio que quedó grabado para la eternidad en las páginas de la Historia. Desde finales de Agosto de 1942 hasta Febrero de 1943, sus calles, plazas y embarcaderos atestiguaron una de las batallas más sangrientas de la contienda, la de Stalingrado, donde la Wehrmacht se desangró y, por ende, selló su propio destino.

Hay quien asegura que esta es la batalla que decidió la Segunda Guerra Mundial. Tal vez lo fuese, tal vez no, pero jamás cabe dudar de un hecho cierto: el frente ruso fue donde se jugó la guerra de verdad, el teatro de operaciones del este fue el que decantó, desde los comienzos de la Operación Barbarroja en Junio de 1941, la balanza de la segunda gran contienda del siglo XX.
Últimos días de Septiembre de 1942.

Un mes después del gran bombardeo del 23 de Agosto de 1942, y debido a la incesante actividad de la Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana), ya en Septiembre casi la totalidad de la ciudad se ha transformado en un montón de ruinas. Amasijos de hierros y escombros cubren casi toda su extensión, de norte a sur y de este a oeste. El humo campa a sus anchas por doquier. Incontables incendios consumen hasta los cimientos aquellos edificios que aún se mantienen en pie; el resto, demacrados por las bombas, apenas resultan reconocibles. Imposible respirar aire puro entre sus calles, repletas de polvo de ladrillo y hollín. Allí donde se mire, gigantescas columnas de humo negro se elevan hacia el cielo.

Podría decirse que por momentos el día se transforma en noche. A su vez, la noche parece de día debido a que las llamas rasgan la oscuridad sin contemplación. En definitiva, un infierno desatado sobre la tierra donde el horizonte barrunta muerte.

La Casa de Pavlov.
Junto al Volga, a unos doscientos metros de sus aguas teñidas de sangre, acaba de suceder algo que daría pie a un particular suceso. Si bien esta hazaña fue magnificada en la época por la propaganda soviética, este episodio no queda exento de valor, determinación y obstinación por parte de sus protagonistas.

Soldados rusos avanzan entre las ruinas de la ciudad.
No muy lejos del caudaloso río, arteria vital que comunica la orilla oriental con la orilla occidental de Stalingrado, rodeada por completo por los alemanes, se erige un edificio de cuatro plantas. De puro milagro aún se mantiene en pie tras los bombardeos, por lo tanto resulta una posición de valor estratégico ya que domina la cercana plaza 9 de Enero, a su vez próxima a la estación de ferrocarril Nº1 de la ciudad.
Chuikov, general en jefe del 62º Ejército al frente de la defensa de Stalingrado, confía a uno de sus oficiales, Rodímtsev, general de la 13ª División de la Guardia, que tome aquella casa dada su importancia sobre el mapa. La orden discurre a través de la cadena de mando y llega a oídos de un teniente llamado Afanasev, pero antes de poder cumplir con la orden recibida queda ciego temporalmente y el cometido es asumido de inmediato por uno de sus subordinados, el sargento Jacob Pavlov.

General A. Rodímtsev.
Pavlov debe reconocer aquel edificio de la calle Penzenskaya (que antes de la guerra recibía el nombre de “Casa de la Gloria del Soldado”) lo antes posible. De noche, con suma precaución, aún sin la delatora luna en lo alto del cielo, un reducidísimo grupo de soldados del Ejército Rojo repta como serpientes sobre el terreno triturado por la artillería. Gran parte del sector está tomado por los alemanes, quienes no dudan en rociar con balas todo aquello que les resulta sospechoso. Un ruido inoportuno o un movimiento en falso significan un pasaporte directo a la tumba. Después de tantear el terreno con paciencia y temeridad, aquellos cuatro hombres consiguen alcanzar uno de los accesos de la casa, misteriosamente desprovista de vigilancia enemiga en el exterior.
No hay vuelta atrás.

Tras deslizarse dentro e inspeccionar la planta baja, no hallan resistencia, por lo que proceden hacia la planta baja. Allí encuentran un nutrido grupo de civiles y varios militares heridos, quienes les confirman que en las plantas superiores se hallan soldados de la Wehrmacht. No tardan en escuchar voces extranjeras en las plantas superiores, por lo que en cuestión de segundos ascienden las escaleras y arrojan unas granadas de mano en el interior de algunas habitaciones. Se escuchan detonaciones secas y ráfagas de ametralladora. Los hombres de la Wehrmacht que allí permanecían caen muertos bajo las explosiones. Otros, más afortunados, consiguen huir del lugar al amparo de la noche. Varios dan con sus huesos contra el suelo al ser abatidos por la espalda a causa de los disparos soviéticos.

Apenas un puñado de germanos logra sobrevivir para contarlo. Inexplicablemente, la guarnición de aquel edificio consistía en un contingente reducido. Tal vez, confiados por la cercana presencia de numerosos camaradas, los alemanes habían decidido mantener aquella posición con pocos soldados. Error que posteriormente saldría muy caro a la Wehrmacht.

Pavlov no desaprovecha la oportunidad. Entre los supervivientes del sótano encuentra a un sanitario que, tras informarle de lo comprometido de la situación, acepta su nuevo cometido de mensajero y parte hacia retaguardia para comunicar el favorable resultado de la operación y solicitar refuerzos para consolidar la posición.

Una sanitaria rusa atiende a un herido.

El primer paso está dado. Pavlov había recibido la orden de sondear aquella casa para tantear las defensas enemigas, mas el resultado ha sido demasiado sorprendente: ahora se encuentra en la tesitura de tener que resistir allí dentro a toda costa ante la más que previsible sucesión de contraataques alemanes. ¡Y solamente dispone de un puñado de hombres!

Aquellos cuatro soldados de la 13ª División de la Guardia que perpetraron con éxito la incursión se llamaban Alexandrov, Glushchenko, Chernogolov y el propio sargento Pavlov.

Con la luz de la luna ya como compañera de la primera madrugada en la casa recién capturada al enemigo, Pavlov y los demás contemplan el resultado del asalto. Varios cuerpos de soldados alemanes, inertes, yacen a lo largo de la segunda planta así como en las inmediaciones de la plaza 9 de Enero, ubicación perfectamente visible desde una de las fachadas de la casa, ahora, en manos soviéticas.

La lucha fue brutal en toda la ciudad, pero en especial en el distrito fabril, situado al norte de la ciudad.
¿Habrá llegado el mensaje al puesto de mando?

Semejante cuestión debió rondar una y otra vez dentro de la cabeza del suboficial ruso. Pavlov, que aguardaba lo inminente, pudo comprobar con sus propios ojos que los germanos no se iban a quedar de brazos cruzados. Durante aquellas largas horas de la madrugada, varias oleadas de soldados alemanes penetran en la plaza y se lanzan al ataque con la intención de recapturar aquella posición clave en el sector junto al Volga.

Pavlov, distribuye a sus hombres dentro del edificio en puntos estratégicos para repeler los primeros contraataques. A base de astucia suicida y gran movilidad consiguen lo imposible durante las primeras horas. Uno tras otro, cada asalto alemán obtiene idéntico resultado: fracaso absoluto.

Soldados alemanes prestos para el ataque.

Esa misma noche, para alegría del sargento ruso y los suyos, comienzan a llegar refuerzos y munición; eso sí, a cuentagotas. Sucedidas unas horas de aquella noche, logran reunirse unos veinte efectivos para asumir la arriesgada tarea de resistir o morir junto al Volga.

Si el enemigo consigue tomar aquel edificio, podría decirse que el camino hacia el río quedaría expedito.

La respuesta alemana.
Pero ocurre algo que escapa a toda lógica militar. Durante los siguientes días, la Wehrmacht, contra todo pronóstico, no lleva a término un intento a gran escala para retomar la posición. Por tanto, los rusos, una vez más, aprovechan las circunstancias y comienzan a fortificar aquella casa y sus alrededores. Minas, puestos de tirador bien parapetados, obstáculos para los blindados enemigos e incluso logran hacerse con fusiles antitanque y algunas ametralladoras. No hay que olvidarse de la importancia de las comunicaciones. Por suerte para Pavlov, sus camaradas consiguen tender una línea de teléfono para así evitar quedar aislados del resto de su batallón.

El silo de grano de Stalingrado, otro edificio simbólico de la resistencia rusa en la ciudad. Prisioneros alemanes desfilan delante de él tras concluir la batalla.

Con el transcurso de los días, la casa tomada por Pavlov, casi de forma involuntaria varias madrugadas atrás, se transformó en un fortín inexpugnable. Ametralladoras emplazadas en la planta baja configuraban una red de muerte invisible. Todo a su alrededor quedaba perfectamente protegido por el plomo ruso. Algún que otro cañón, también situado en la planta baja, supuso fuertes quebraderos de cabeza para las tripulaciones de los blindados enemigos.

Cabe citar también el magnífico uso que dieron los rusos a sus fusiles antitanque, especialmente efectivos desde las plantas superiores de la casa, donde disparaban contra los carros enemigos para ponerlos fuera de combate. Incluso algún francotirador ruso visitó la casa ocupada por Pavlov y sus hombres para hacer de las suyas con artes letales insuperables. Hasta los morteros tuvieron su protagonismo, cuyos diestros operadores conseguían, día tras día, barrer las trincheras enemigas con pasmosa facilidad.

Ante la casa, la amplia Plaza 9 de Enero, resultaba un perfecto coto de caza donde abatir soldados enemigos. Los rusos comprendieron que allí es donde deberían hacer pagar un alto precio a los alemanes en su intento por recuperar la posición tan disputada. Los Panzer germanos, a campo abierto, resultaban relativamente fáciles de destruir para los hombres del Ejército Rojo equipados con fusiles antitanque. Desde el ático, con una buena línea visual, disparaban contra aquellos que osaban pisar las inmediaciones con sus cadenas. El cañón de los tanques no podía elevarse lo suficiente como para disparar contra el ático, ni tampoco bajar lo necesario como para barrer las oquedades que, practicadas en la base del edificio, parecían vomitar incesantes ráfagas de plomo y cañonazos a bocajarro. La infantería alemana, sin la protección de sus Panzer, quedaba expuesta y finalmente era aniquilada en cada intento por dominar el sector.

La lucha resultó brutal en las calles, pero también en los edificios, donde a veces la línea del frente la marcaba un pasillo.

Ni siquiera la artillería, cuya potencia devastadora podría tirar una casa abajo en un abrir y cerrar de ojos, logró echar abajo el edificio fortificado. Los soldados del Ejército Rojo aprovechaban la configuración de la casa para ponerse a cubierto en los sótanos y, pasado el chaparrón de destrucción, emerger de nuevo a la superficie para volver a plantar cara a un enemigo cada vez más obstinado. Se intercalaban jornadas de gran quietud con otras de gran brutalidad en los combates. Pero pese a la violencia desatada en los alrededores de la casa defendida por los hombres de la 13ª División de la Guardia, la resistencia continuó.

Pero no todo fue coser y cantar. Para sobrevivir, los soldados del Ejército Rojo allí acantonados debían asegurar su línea de suministros. Y así lo hicieron pese a las terribles dificultades. Hubieron de cavar una trinchera de más de un centenar de metros para conectar con el cercano molino, donde se situaba el puesto de mando de sus superiores. Muchos hombres perecieron en el intento, pero, una vez construida, otros tantos acabaron en la tumba mientras llevaba a término labores de reabastecimiento, envío y recepción de mensajes así como a la hora de evacuar civiles de la línea del frente. La artillería y las armas alemanas tenían bien batido cada metro cuadrado de aquel sector, imposible escapar de la muerte a menos que la fortuna sonriese a los temerarios soldados durante sus cometidos.

19 de Noviembre.

Fecha crucial en el transcurso de la batalla de Stalingrado. Se desata la “Operación Urano”. Flanqueadas al norte y al sur de la ciudad, las tropas alemanas quedaron cercadas en cuestión de horas en las ruinas de Stalingrado y sus inmediaciones, la gélida estepa rusa. El Ejército Rojo acababa de lanzar una gran ofensiva para envolver a la Wehrmacht y realizar un contraataque hacia el oeste.

En aquella bolsa quedaron rodeados más de un cuarto de millón de hombres, cuyo final se presumía más que trágico. En apenas un par de meses, a comienzos de Febrero de 1943, casi cien mil soldados de la Wehrmacht emprendieron el camino hacia el cautiverio, del que solamente cinco mil regresaron a Alemania transcurridos varios años después de que la guerra concluyese.

Vista aérea de la ciudad, arrasada hasta los cimientos.

Completado el cerco de la Wehrmacht en Stalingrado, los hombres del 62º Ejército de Zhúkov, y en especial los de la 13ª División de la Guardia de Rodímtsev, se sumaron a la ofensiva a gran escala. Si bien habían logrado resistir lo indecible en el interior de aquella edificación, ahora irreconocible, destrozada, sin techo y apenas con cuatro paredes en pie, sus defensores comprendieron que lo peor ya había pasado.

En meses y años sucesivos, ¿acaso les podría aguardar algo peor que la batalla de Stalingrado?

El poder de la propaganda.

No cabe duda que este episodio, que se desarrolló desde finales de Septiembre hasta los últimos días de Noviembre de 1942, si bien fue exagerado en su día por la propaganda soviética para ensalzar la gesta de Pavlov y sus hombres, el suceso, que sí se produjo, con el paso del tiempo ha crecido como una bola de nieve ladera abajo. En función de las fuentes consultadas, unos citan que la casa fue defendida por apenas una veintena de hombres. Otras, por su parte, aseguran que llegaron a resistir en la posición cerca de un centenar.

Mientras unos apuntan a Pavlov como el protagonista absoluto de la proeza (a quien no hay que quitarle mérito ya que recibió el título de “Héroe de la Unión Soviética”), otros defienden que fue uno de varios líderes que alentó, día a día, a sus subordinados. La Historia olvida con facilidad a Potanski (cuyo relato del episodio resulta muy revelador), al teniente Anatoly Mereshko (su testimonio también resta protagonismo al sargento Pavlov), al teniente Afanasiev, a Anton Dragan o al capitán Naumov, quien resultó muerto durante las horas finales de la defensa de la “Casa de Pavlov”. Estos “olvidados”, menos mediáticos hoy y entonces, parecen haber caído en la parte oscura de la historia.

¿Quién es el culpable de su relativo anonimato? Pregunta difícil de contestar, pero no imposible, ya que por suerte los testimonios de algunos de aquellos protagonistas anónimos han visto la luz para arrojar algo de claridad en un suceso en el que se han inspirado hasta los desarrolladores de videojuegos y directores de cine.

“La casa de Pavlov” tras la batalla.
“No hay tierra para nosotros más allá del Volga”

Frase acuñada por Rodímtsev, el comandante en jefe de la 13ª División de la Guardia rusa, cuando peor pintaban las cosas en la batalla de Stalingrado. Y así fue. Ucranianos, georgianos, tártaros, uzbekos, rusos y un largo etcétera de nacionalidades se dieron cita en aquella ruinosa casa para configurar uno de los episodios más dramáticos de la batalla por Stalingrado.

No quisiera cerrar esta “Curiosidad bélica” sin añadir que todo cuanto ocurrió en aquella casa defendida por un obstinado grupo de soldados, sucedió de igual modo en otros tantos edificios de aquella gran ciudad tendida junto al Volga, donde cada montaña de escombros se tornaba en fortaleza y, tras los combates, en leyenda gracias al arrojo de sus protagonistas (vivos o muertos).

El propio Pavlov terminó sus días, mucho después de la guerra, entre los muros de un monasterio. ¿Buscó el retiro espiritual tras experimentar una de las más salvajes batallas que se recuerdan de toda la Historia? No sería de extrañar…

“La casa de Pavlov” en la actualidad, reconstruida, donde un monumento conmemorativo se erige en una de sus esquinas.

Stalingrado, Antigua Tsaritsyn, hoy conocida por Volgogrado.

Stalingrado. Un nombre para recordar, pues allí, entre terribles sufrimientos, casi dos millones de seres humanos hallaron la enfermedad, la congelación, las heridas, el cautiverio y, en el peor de los casos, una muerte anónima y espantosa.

Hoy en día, ¿seríamos capaz de sobrevivir a semejante infierno?

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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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CURIOSIDADES BÉLICAS #5: ¿Cómo murió realmente el “Barón Rojo”?

¿Cómo murió realmente el “Barón Rojo”?
Sin duda, la conclusión a la que he llegado tras tantos años de lectura, aprendizaje e investigación en cuanto a Historia se refiere, es que el ser humano, a veces, pretende ser inmortal en las páginas de los libros de Historia de forma voluntaria, a toda costa, mientras que, en otras tantas, lo logra de forma involuntaria.
Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen, el “Barón Rojo”, también bautizado como el “Diablo Rojo” por muchos de sus enemigos.
¿Por qué “Barón”?
La respuesta es sencilla. Manfred procedía de cuna noble. Concretamente nació en Breslau (antiguo Imperio alemán), hoy llamada Wroclaw, Polonia, un 2 de Mayo de 1892. Es más, si el lector ha reparado bien en su nombre y apellidos, figura la palabra “Freiherr”, que del alemán se traduce por “Barón”.

Imagen de un joven Manfred von Richthofen.
¿Por qué “Rojo”?

Responderé con otra pregunta. ¿Quién no ha visto alguna ilustración de su mítico Albatros biplano o su Fokker triplano totalmente pintado de rojo? Así es. Entre otras muchas especulaciones, se sabe que Manfred decidió decorar su avión con una capa de pintura roja bien brillante. Unos aseguran que pretendía infundir pánico en sus adversarios. Otros sostienen que el vistoso color era su marca particular, con la que pretendía diferenciarse de otros camaradas aviadores de la Fuerza Aérea alemana y así hacerse notar, comunicar al enemigo que allí estaba él, uno de los mejores pilotos de caza de la Primera Guerra Mundial y que no temía enfrentarse a nadie.

Resulta evidente que el protagonista de la entrega de esta semana de “Curiosidades bélicas” es una auténtica leyenda que tiene un puesto de honor reservado en la Historia. Nadie a día de hoy discute su pericia a los mandos de aquellos endebles aviones que surcaron los cielos de Europa durante una de las mayores confrontaciones bélicas que ha padecido la Humanidad.

Manfred, desde joven, al igual que su hermano pequeño Lothar, decidió seguir los pasos de su padre, un notable terrateniente quien llegó a formar parte de las altas esferas de un mítico regimiento de caballería prusiana: los Ulanos. Ambos, Manfred y Lothar, se alistaron en el ejército del káiser Wilhelm II, y también lo hicieron en la caballería; como era de esperar, incluso mucho antes de que estallase la Primera Guerra Mundial.

Desde bien jóvenes fueron aficionados a la caza, pero ninguno de los hermanos parecía asemejarse al otro, salvo en su desarrollado instinto depredador que latía con fuerza en sus corazones. Uno de ellos, Lothar, no dudaba en apretar el gatillo de su arma a las primeras de cambio, como guiado por un acto reflejo que brotaba de su interior. Él era así, el “tirador”, quien disparaba sin pestañear y asumía las consecuencias de sus actos después… Si es que alguna vez lo hacía dado su frío temperamento.

En el extremo opuesto se encontraba Manfred, el “cazador”, más comedido y prudente. Gustaba acechar a la presa, observarla desde la distancia, furtivo, disfrutar de esa superioridad de quien se sabe con la victoria en la mano pero no actúa hasta el último instante. Todo por sentir el fuego de la adrenalina en sus venas durante el mayor tiempo posible.

Manfred y Lothar.
Verano de 1914.

Estalló la Gran Guerra. Un conflicto armado que asoló Europa desde el verano de 1914 hasta el invierno de 1918. Largos años de miseria, destrucción y padecimiento para millones de militares y civiles de todas las nacionalidades que tomaron parte en la brutal contienda.

Los hermanos Richthofen comenzaron su andadura bélica en la caballería, su destino desde hacía años en las tropas al servicio del káiser. Dado que la misma se presentaba como un arma anticuada para esta guerra moderna, no tardaron en trasladarse a otra rama del Ejército donde poder prestar sus servicios de forma más efectiva. El propio Manfred consideraba como “aburrida” la vida en las trincheras. Y, en cierta medida, no andaba desencaminado. Al fin y al cabo, la guerra en las trincheras resultaba monótona; miles de hombres que atacaban y esperaban ser atacados día tras día. Por no hablar de las condiciones inhumanas en las que se desarrollaba la carnicería. ¿Afirmó aquellas palabras con cierto aire cínico? ¿Lo hizo con sarcasmo? ¿Tal vez lo hizo con ironía? Lo cierto es que las trincheras no iban con él, ni mucho menos con su hermano.

Tal es así que Manfred y Lothar consiguieron sendos destinos en la Luftstreitkräfte, la aviación alemana. La flamante rama del Ejército les fascinaba, parecía hecha a medida para ellos. Eran jóvenes, bien posicionados en el Ejército y con ganas de acción a más no poder. Además, con su sexto sentido para la caza… ¿Quién no hubiese hecho lo mismo en su lugar? Pero aquel reclamo tan prometedor terminó en desgracia para cientos de jóvenes deseosos de experimentar nuevas sensaciones y correr aventuras insuperables a lomos de los cada vez más modernos y mejor desarrollados aviones de caza.

Cuando los hermanos Richthofen se subieron por primera vez a un avión de caza, otros pilotos ya eran auténticos héroes nacionales, mucho más experimentados que ellos y curtidos en decenas de batallas; como fue el caso de Max Immelmann u Oswald Boelcke.

Oswald Boelcke.
Centrémonos en Manfred, nuestro protagonista. Si bien durante su periodo de instrucción no parecía demasiado prometedor (no fue uno de los alumnos más destacados de su promoción), el transcurso de la guerra y su participación en la misma comenzaron a esbozar la leyenda del “Barón Rojo”. Sus inicios en la aviación se limitaron a labores de observación y fotografía. Algo que, según el propio Manfred, no iba tampoco con él, ya que lo que realmente perseguía era imitar esas aventuras y hazañas logradas por sus grandes ídolos, entre ellos el propio Boelcke, merecido portador de la “Pour le Mérite” (sin entrar en mayores detalles, citar que fue la máxima condecoración otorgada por Alemania durante la Primera Guerra Mundial).

Pour le Mérite

Para que se haga una idea el lector, allá por 1916, Manfred debió quedarse totalmente perplejo el día en que Boelcke le reclamó para su Jagdsstaffel Nº2 (Jasta – Escuadrón de Caza); era un auténtico novato, pero el ojo experto de Boelcke no se equivocaba, había distinguido con gran anticipación a un excelente piloto para las filas de su Jasta. Por aquel entonces, su mentor, Boelcke, ya había derribado numerosos aeroplanos enemigos, un número de “victorias” que se vio incrementado hasta las 40, poco antes de hallar la muerte en un trágico accidente aéreo a finales de Octubre de 1916.

Manfred no perdió el tiempo en las escasas semanas que compartió con su idolatrado Oswald. Tal es así que, en su primer combate, a las 11:00h. (recuerde esta hora el lector) del 17 de septiembre de 1916 derribó su primer avión enemigo sobre suelo francés. Ese día comenzó a forjarse el mito, la leyenda del “Barón Rojo”. Pero hay que recordar que, en ese breve intervalo, Richthofen dejó patente a ojos de su tutor las grandes cualidades que le definieron como uno de los mejores aviadores de la Gran Guerra: astucia, agudeza visual, gran capacidad de gestión de las situaciones de peligro y, ante todo, paciencia y prudencia durante los combates aéreos.

1917.

Con la todavía reciente muerte de Boelcke presente en sus pensamientos, Manfred no tardó en revelarse como un gran piloto de caza. Tal es así que a comienzos de año ya había obtenido su ansiada “Pour le Mérite” e incluso se le había concedido el mando de la Jasta 11 y más adelante comandaría la Jagdgeschwader Nº1 (Ala de Caza 1, que comprendía varias Jastas: la 4, 6, 10 y 11). Dice mucho a su favor como líder que en tan poco espacio de tiempo llegase tan alto en el escalafón del arma aérea alemana. Incluso llegó a derribar veinte aviones enemigos en el mes de Abril de 1917… ¡Veinte! ¡Toda una proeza en aquella época! Boelcke no se había equivocado en su elección.

 

Jagdgeschwader Nº1 con Manfred von Richthofen en el centro.
Su meteórica progresión como líder y piloto se vio frenada en seco cuando el 6 de Julio de 1917 resultó herido en combate. Una bala furtiva impactó en su cabeza. El estado del “Barón Rojo” revestía gravedad. En ese preciso instante, como un ángel despojado de sus alas, la leyenda viviente de la Luftstreitkräfte germana comenzó a caer en picado en un declive personal que le arrastró hacia un trágico final.

Kate Otersdorf, su enfermera.

Comenzó una peregrinación por varios hospitales. En uno de ellos conoció a Kate Otersdorf, la enfermera que le cuidó hasta que el noble piloto decidió regresar a los sangrientos cielos europeos. También realizó alguna que otra visita a la mansión familiar para encontrar, quién sabe, la conexión sentimental que buscaba con su padre, figura autoritaria, modelo a seguir y en el que inspirarse para proseguir sus hazañas bélicas.

Hoy en día se sabe que Manfred reposó menos de lo recomendado dada la seriedad de su herida en el cráneo. Pero no despreció su tiempo; llegó a escribir su propia biografía (disponible en multiplicidad de idiomas). También esbozó una especie de manual de combate aéreo, inspirado en los mandamientos de Boelcke, quien dejó un legado imprescindible en la materia que, a fecha actual, aún se sigue respetando en las refriegas entre cazas de combate.

Richthofen convaleciente.

Regresó al frente, acompañado en su Jasta por su hermano Lothar, quien competía con él en “victorias”, pero también en heridas (el menor de los Richthofen fue herido en varias ocasiones a lo largo de la guerra; de no haber sido así, tal vez hubiese llegado a ser el piloto de caza más eficiente de toda Alemania si se tiene en cuenta las misiones de combate llevadas a término y los derribos conseguidos durante las mismas). Ambos parecían disputarse de forma continuada la aprobación paterna, como si buscasen conseguir un puesto privilegiado en el corazón de su progenitor.

Pero la guerra continuó su curso…

Llegó el año 1918 y con él un día aciago: el 21 de abril de 1918. Amaneció con un manto de niebla a modo de alfombra en el aeródromo donde se hallaba destinado Richthofen. Por fortuna, poco después quedó despejado y la climatología permitió que los pilotos trepasen a sus respectivos aviones para emprender nuevas misiones en la fase final de la Gran Guerra.

Manfred no parecía el mismo hombre aquella mañana. Tampoco durante los meses que siguieron al día en que sufrió la herida de bala en la cabeza. Desde entonces había lucido una imagen muy distinta a la que tenía acostumbraos a sus camaradas del aire. Su personalidad, sin duda, había cambiado desde el verano del año anterior. Hay quien asegura que su comportamiento a los mandos de su avión ya no era el mismo que logró encumbrarle a lo más alto de los ases de la aviación alemana y, por supuesto, mundial. Incluso sus compañeros le tildaban de “raro”, “extraño”, “suicida”, entre otros calificativos.

El mayor de los Richthofen siempre se había caracterizado por su prudencia en el aire, tal como aconsejaba Boelcke.

Sabemos que era paciente hasta el extremo y que jamás entablaba combate si no tenía todas las de ganar. También era de los que no dudaba en abandonar el campo de batalla aéreo si las probabilidades de éxito se tornaban en su contra. Aquellas sabias decisiones le habían mantenido con vida hasta entonces; no se sabe si por cuestión de azar, o tal vez porque pilotaba su aeroplano de una forma mecánica e instintiva. El caso es que su suerte le abandonó para siempre aquella mañana.

Hasta este punto, toda la información ha sido contrastada y corroborada cientos de veces, pero a partir de ahora es cuando las versiones de lo sucedido distan mucho unas respecto a otras. Oscilan entre la fantasía y la realidad a partes iguales. Es ahora cuando entra en juego el hombre, Manfred von Richthofen, y la leyenda, el “Barón Rojo”.

El “Barón Rojo” frente a su mítico Albatros, aparato con el que consiguió la mayoría de sus “victorias”.

Aquella jornada, con el viento soplando de frente, algo inusual en aquel sector donde estaba destinado, el piloto germano ascendió a los cielos una vez más, a la cabeza de su unidad, con autoridad, seguido como por inercia por todos sus hombres. Entre sus subordinados se encontraba su primo, entonces un joven Wolfram von Richthofen (cuyo nombre también ha quedado reflejado en las páginas de la Historia tras su participación en ambas contiendas mundiales y en la guerra civil española). Wolfram era un novato, su primera acción de combate en un caza requería prudencia extrema, por lo que se le ordenó permanecer a una altura elevada y no participar en las previsibles refriegas salvo en caso extremo.

Manfred no tardó en divisar un par de aeronaves enemigas que realizaban labores de reconocimiento en el bosque de Le Hamel (Francia) en una situación que le resultaba favorable para iniciar el combate.

10:40h.

Manfred y otro piloto, ambos con sus respectivos Fokker DR1, se descolgaron de la formación de cazas alemanes para picar sobre los aviones RE.8 pilotados por personal de vuelo del Cuerpo Aéreo Australiano. Realizaron una pasada e intercambiaron disparos sin resultados reseñables, apenas unos impactos sin importancia en los aparatos de germanos y australianos. Poco después, conscientes de su inferioridad, los aviones australianos deciden abandonar el campo de batalla y ponen rumbo hacia un banco de nubes. Consiguen zafarse en el último momento. Justo entonces aparece en escena el as canadiense Roy Brown, comandante del escuadrón 209º británico.

Un enjambre de aviones modelo Albatros y Fokker de la Jasta 11, apoyados por otros tantos de la Jasta 5, entablan combate con el escuadrón de Brown, donde otro novato, el teniente canadiense May, que había recibido idénticas instrucciones a las de Wolfram ya que aquel día participaba en su tercera misión. May debió pensar que todo aquello debía ser una mala jugada del destino.

Justo entonces, Wolfram decide actuar por iniciativa propia y ataca a un aeroplano que considera vulnerable, el del teniente May. Entre el ataque de uno y la maniobra evasiva del otro, ambos terminaron metidos de lleno en la “pelea de perros” que, instantes atrás, observaban desde una altura superior. Lo que parecía ser la primera víctima de Wolfram se le  acababa de esfumarse entre las manos. En medio de aquel caos, May optó por la solución menos prudente y lógica en un combate aéreo: picó hacia abajo con la intención de alejarse de allí lo antes posible en línea recta. Error de novato que no pasó desapercibido a ojos de Richthofen, quien paladeaba su inminente “victoria” número 81.

Error fatal de este último.

Triplano Fokker DR1.

10:58h.

Justo en ese momento, Brown se percató de las dificultades en las que se encontra su camarada. No dudó en asistir al que, perseguido por el Fokker DR1 rojo de Richthofen, parecía un serio aspirante a la tumba. Brown se situó en la cola del avión germano, que volaba demasiado tiempo en la misma dirección, y abrió fuego sin pensárselo dos veces. El aeroplano del “Barón Rojo” pareció sacudirse durante unos instantes; pero al poco tiempo recobró la compostura y siguió volando con naturalidad durante medio minuto más. Un tiempo precioso en el que, según testigos oculares, solamente quedaban en el cielo dos aviones: el de Richthofen y el de May. Brown, consciente de que perseguir a la misma presa durante más tiempo del debido conlleva serios problemas, se retiró del lugar pensando que había asestado un golpe letal al Fokker.
Pero al “Barón Rojo” aún le restaban 90 segundos de vida.

Misterioso dilema.

Al mismo tiempo, en tierra, cientos de armas apuntaban al cielo. La infantería australiana, alertada por el rugido de los motores, disparó rifles y ametralladoras contra el avión rojo que tan serios problemas brindaba al del teniente May. Ambos aparatos volaban bajo, demasiado, casi rozaban las copas de los árboles. Otro error fatal.

Tal vez desorientado por no reconocer algún elemento del paisaje, tal vez despreciando el peligro que le acechaba o tal vez absorto en su tarea homicida, el caso es que Richthofen acababa de rebasar las líneas enemigas y, a baja altura, enjambres de balas asesinas empezaron a arropar su último vuelo sobre los cielos de Europa.

Los segundos finales de vida de Richthofen siguen suscitando interés y debate. Resulta más que evidente que se coló en una trampa mortal. Con el viento en contra, por lo tanto a una velocidad más lenta de lo previsto, el “Barón Rojo” sobrevoló un pequeño promontorio que destacaba sobre la llanura, sector donde varias ametralladoras hacían las veces de armas antiaéreas. Tres operadores de ametralladora, el sargento Popkin y los artilleros Buie y Evans, vigilaban el sector con ojo de águila.

Richthofen seguía a May de cerca, quien volaba en zigzag sobre los árboles para tratar de zafarse de su amenaza escarlata. Ambos lo hacían a unos 90 km/h. Velocidad demasiado reducida debido al viento desfavorable.
Desde un promontorio, Popkin adviertió la novedad y abrió fuego a lo lejos, imitando con sus ráfagas el recorrido que seguían ambos pilotos. El alemán pasó de largo y continuó con la persecución.

Es entonces cuando, emplazado justo enfrente, Buie disparó su ametralladora. Richthofen pareció advertir el serio peligro (sobrevuela terreno enemigo, el viento es desfavorable y se halla a baja altura) e hizo algo impensable: giro ciento ochenta grados con su aparato con la intención de regresar a sus líneas; pero lo hizo a baja altura. Buie pareció errar el blanco, por lo que, no muy lejos, Evans decidió entrar en acción. El “Barón Rojo” rodeó su posición, logrando así esquivar la muerte por milímetros. Es entonces, justo cuando el morro del Fokker DR1 apuntaba hacia las líneas alemanas, que la tragedia se cernió sobre el joven piloto alemán.

Popkin, por segunda vez, disparó su arma. Esta vez desde mucho más lejos, con el flanco derecho del aparato totalmente expuesto a ojos del infante australiano. Parece que la suerte le acompañó tras apretar el gatillo. El avión rojo efectuó un movimiento extraño. Su motor enmudeció. Giró hacia la izquierda, con relativa suavidad y, como una hoja que se desprende de un árbol en otoño, comenzó un descenso que le llevó hacia un campo de remolachas próximo a la población francesa de Vaux-sur-Somme; no muy lejos de la posición defendida por Popkin, a medio kilómetro aproximadamente.

Allí se estrelló, no con violencia excesiva, sino más bien como mecido por el viento, ahora de cola, que pareció intentar devolverlo a sus líneas para encontrar el descanso eterno. Mas no fue así. Manfred von Richthofen, el “Barón Rojo”, se desplomó sobre los mandos de su Fokker DR1 para siempre.

Restos del Fokker DR1 de Richthofen.
Madrugada del 20 al 21 de Abril de 1918.

No tardó en producirse la rapiña entre los vestigios del avión y las propias pertenencias del piloto alemán. Todo aquel que pudo se llevó un recuerdo del famoso Fokker y su piloto, cuya leyenda comenzó a grabarse en la Historia desde las 11:00h. del día anterior. Coincidencia o no, su primera “victoria” y su muerte se produjeron a la misma hora.

También hubo agitada polémica por dilucidar quién fue el que derribó al “Barón Rojo”. Unos y otros se querían hacer con el “trofeo” humano. Aquel “trofeo” de carne y hueso, el cuerpo magullado de un aviador de 25 años, delgado, rubio y de piel blanquecina, cuyos restos mortales se apresuraron a estudiar cuatro oficiales médicos británicos.

La autopsia del cadáver, no muy exhaustiva, se hizo de modo poco exhaustivo, por parejas, en las instalaciones del Cuerpo Aéreo Australiano en Poulanville; labor que no fue aceptada de muy buen grado por los facultativos, dado que hombres heridos que goteaban del frente precisaban de su ayuda en aquellos mismos instantes.

Restos mortales de Manfred von Richthofen.

Los análisis del cuerpo revelaron los numerosos hematomas que presentaba el cuerpo sin vida de Richthofen, fruto del golpe una vez el avión se estrelló contra el suelo. También apreciaron un orificio de entrada en la región de la axila derecha y otro de salida, de mayor tamaño, en el pectoral izquierdo, un poco por encima respecto al primero.

Por lo tanto, quedó patente desde el primer instante que una bala había atravesado el cuerpo de derecha a izquierda y de abajo hacia arriba. En su trayectoria el proyectil, del calibre .303 (similar en todas las armas que dispararon aquel día las fuerzas de la Commonwealth, las ametralladoras y rifles australianos, además de las balas disparadas desde el avión de Brown, un canadiense subido a lomos de un Sopwith Camel inglés) causó terribles destrozos en el interior de la caja torácica del héroe alemán caído en desgracia. Varios órganos vitales resultaron dañados, entre ellos el corazón, hígado y pulmones.

Historiadores y forenses, en sus opiniones arrojadas a lo largo de décadas, han declarado que Richthofen, tras sufrir el disparo, estabilizó el Fokker, apagó el motor (al igual que hizo en ocasiones anteriores de modo instintivo cuando se vio en peligro para evitar que se incendiase) e intentó hacer un aterrizaje de emergencia.

¿Llegó vivo al suelo?

Tal vez sí; no hubiese resultado extraño. Muchos otros pilotos, con heridas de gravedad, habían logrado con anterioridad regresar a sus aeródromos y salvar la vida in extremis. Pero Richthofen no tuvo semejante suerte aquella mañana de Abril. La existencia del “Barón Rojo” se difuminó en cuestión de un minuto, envuelto por el aroma a gasolina y pólvora, con el rostro destrozado tras golpearse contra los mandos del aeroplano.

Entierro con todos los honores del “Barón Rojo”, ya convertido en leyenda, brindado por tropas australianas.

Por tanto… ¿Quién efectuó el “disparo de oro”?

Numerosos han sido los libros y estudios se han publicado acerca de esta cuestión. Incluso algún documental ha expuesto de un modo muy acertado lo que fueron los últimos instantes de vida del “Barón Rojo”.

Pero lo que está claro es que, con más de un millar de armas apuntando y disparando al Fokker DR1 del piloto alemán, que con gran temeridad sobrevoló las posiciones enemigas en su ocaso vital, uno de aquellos proyectiles puso fin a su paso por este mundo, en el que, sin duda, ha dejado huella eterna.

Muchos apuntan a Popkin como el autor material de la muerte de Richthofen, dadas las circunstancias del terreno, el arma empleada, su cadencia de tiro y la experiencia del tirador. Es una teoría que me encaja bastante por lo anteriormente expuesto acerca del flanco ofrecido de lleno a la posición que defendía el australiano. Pero también Evans disparó largas ráfagas contra el avión Rojo, horadado en varios puntos de su estructura al estrellarse.

¿Quién de todos aquellos privilegiados testigos de primera fila fue el que acertó al “Barón Rojo”?

No seré yo quien se pronuncie. Solamente me remitiré a las palabras del ametrallador australiano Popkin: “Creo que se trata de una cuestión que jamás se resolverá”.

Y creo que no le faltaba razón.

 

Manfred junto a su perro “Moritz”.

En medio de aquel enjambre de balas anónimas, ni siquiera el aguerrido “Barón Rojo” fue capaz de esquivar la muerte.

Una bala llevaba escrito su nombre, pero en ella no figuraba el remitente.

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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo

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CURIOSIDADES BÉLICAS #4: Los últimos ases Panzer de la Segunda Guerra Mundial (2 de 2).

Berlín, 1945.

Al igual que en la entrega de la semana pasada, nos encontramos en Berlín, a finales de Abril de 1945. Las devastadas calles refulgen a causa de las llamas que consumen todos y cada uno de los edificios del centro de la ciudad. El Ejército Rojo rodea la capital del mortecino Tercer Reich, allí donde un reducido número de defensores aún osa plantar cara a la arrolladora marea soviética.

Entre ellos, un Königstiger perteneciente al schwere SS Panzer Abteilung 503 (Batallón de carros pesados 503) progresa a través del mar de ruinas. Comandado por el Unterscharführer Georg Diers (equivalente a sargento segundo en la Wehrmacht, Ejército alemán), la bestia de acero se dirige hacia el barrio berlinés de Neukölln, donde se presume un inminente encuentro con las tropas rusas.

Atrás quedaron varios días de feroz lucha en las colinas de Seelow (16 al 18 de Abril de 1945), ubicación próxima a la frontera germano-polaca. Durante la jornada del 19 del mismo mes, Diers y sus hombres lograron emboscar una columna de blindados soviética. En apenas 9 minutos pusieron fuera de combate a 13 de ellos; pero hubieron de pagar un pequeño precio tras experimentar semejante victoria. Un temible IS-2 ruso alcanzó su oruga derecha, además de su torreta, engalanada con el número de identificación 314. Por suerte pudieron retirarse a tiempo del campo de batalla para proceder con las más que necesarias reparaciones del blindado.

Preparación artillera rusa en las colinas de Seelow, a pocos kilómetros al este de Berlín.

Diers, a bordo de su Königstiger, recuerda cómo los días han transcurrido repletos de incertidumbre. El 22 de Abril lograron alcanzar el barrio berlinés de Neukölln, donde se estableció el cuartel general de su schwere SS Panzer Abteilung 503; ni más ni menos que en el edificio del Juzgado del citado barrio.
Un fugaz destello relampaguea en sus ojos de cazador al evocar el último blindado ruso destruido por su Königstiger. Las retinas de Diers parecen reflejar aquel humeante amasijo de hierros con el que ha incrementado su número de victorias hasta casi rozar la cincuentena.

Llega el fatídico día del 25 de Abril de 1945. Con su implacable empuje, el Ejército Rojo ha conseguido acorralar en Berlín a todo tipo de unidades; desde algunas de las Waffen SS a otras de la Wehrmacht, incluso tropas de la Luftwaffe, además de jóvenes de las Hitlerjugend y ancianos de la Volkssturm. Berlín ha quedado definitivamente rodeada.

Ese mismo día, Diers y sus hombres entablan brutal lucha con las unidades de vanguardia soviéticas en el barrio de Neukölln. La verdadera batalla por la toma de Berlín acaba de comenzar. En su sector, con el apoyo de otros carros alemanes y tropas de la División Nordland de las Waffen SS, el aguerrido comandante consigue detener parte de la ofensiva. Pero, una vez más, las bajas propias son cuantiosas.

No muy lejos de su posición, otro Königstiger recibe incontables impactos de obuses enemigos. Pese a que este último logra poner fuera de combate a varios tanques rusos antes de su fatal desenlace, la avalancha de fuego enemiga resulta abrumadora. El Königstiger comienza a arder y, a duras penas, su tripulación logra escapar por los pelos de una muerte más que segura. En medio de la locura de la refriega, Diers consigue volar en pedazos tres tanques más poco antes de replegarse hacia una nueva posición defensiva.

Königstiger en las calles de Berlín.

Aquella madrugada, una lluvia infernal de cohetes Katyusha barre Neukölln de arriba abajo. Los “Órganos de Stalin” son un arma devastadora capaz de arrasar con todo. Su silbido es estremecedor. El blindado de Diers resulta dañado, incluso él mismo presenta heridas en uno de sus brazos. Pese a ello, se repliegan hacia Potsdamer Platz, no sin antes despachar a dos blindados soviéticos más.

Dadas las circunstancias, incluso un cambio de posición se presenta como una maniobra suicida; el Ejército Rojo está a punto de campar a sus anchas por la ciudad de Berlín.

Durante una pausa para reabastecerse de munición, Diers se desliza hasta un puesto de socorro en las inmediaciones de Anhalter Bahnhof (estación de Anhalt). Tras recibir las oportunas curas, sin mayor demora, regresa a su tanque con la intención de pasar la noche. Por delante se presenta una madrugada repleta de tensión debido a las constantes escaramuzas entre atacantes y defensores.

El Königstiger del SS-Unterscharführer Georg Diers frente a Anhalter Bahnhof en los últimos días de Abril de 1945. Ilustración: Steve Noon.

Dos días transcurren entre las ruinas de Berlín. Diers y sus hombres patrullan las calles en busca de blindados soviéticos a los que dar la bienvenida a base de fuego y plomo. Participan con éxito en varias refriegas. Las órdenes son claras: bajo ningún concepto se debe permitir el paso al Ejército Rojo hacia el centro de la ciudad.

Día 29.

Diers dirige su Königstiger hacia Potsdamer Platz, donde coincide con su camarada el Oberscharführer Turk (equivalente a sargento), el protagonista de la anterior “Curiosidad Bélica”. Codo con codo, sin pausa alguna, cumplen con sus nuevas indicaciones: resistir a toda costa en aquel sector.

Durante horas interminables, los rusos atacan la posición sin obtener progreso alguno. Sobre el suelo berlinés yacen centenares de cadáveres soviéticos horadados por las ráfagas de las ametralladoras teutonas. Numerosos blindados enemigos, humeantes y devorados por las llamas, iluminan el atardecer. Un IS-2 y varios T-34 lanzados por el Ejército Rojo rutilan en los alrededores de la plaza convertidos en antorchas metálicas. Sus tripulaciones, esparcidas sobre la estructura de los tanques rusos, arden convertidos en momias ennegrecidas. Cada intento de los Ivanes ha resultado en vano. El sector, ahora en calma, aún permanece en manos de los alemanes, quienes también han sufrido costosas pérdidas.

Formación de varios Königstiger en 1944.

 

Al amanecer del día siguiente, Turk y Diers deben separarse; así se lo han ordenado desde el cuartel general.

El Königstiger de Diers, con el número 314 aún visible en la torreta, se aleja rumbo al Reichstag, donde se espera un inminente ataque a gran escala.

Con el alma encogida por dejar atrás a su camarada, consciente de su negro porvenir, Diers surca un mar de socavones omnipresentes en las calles berlinesas; profundos boquetes ocasionados por la salvaje artillería rusa en cuyo interior cadáveres putrefactos se bañan en charcos de maloliente agua estancada.

Georg Diers al mando de su Königstiger bajo la dañada estructura del Reichstag. Ilustración: David Pentland.
El mediodía anuncia destrucción.

Incontables andanadas de obuses soviéticos hacen retumbar el terreno en Königsplatz, el punto de destino de Diers. Junto al mismo Reichstag, desplegado no muy lejos de una de sus esquinas, la tripulación del Königstiger observa los devastadores efectos de la artillería enemiga a lo largo y ancho de la espaciosa e irreconocible plaza. Surtidores de tierra se elevan hacia el firmamento con brutalidad desmedida. Material y seres humanos son lanzados al aire con fuerza arrolladora. Apenas resta nada de ellos cuando aterrizan sobre el embarrado suelo de la majestuosa Königsplatz, atravesada de parte a parte por una zanja antitanque repleta hasta los topes de agua procedente del cercano río Spree.

Nada más concluir la barrera artillera, una marea humana vestida de color pardo irrumpe en las inmediaciones de Königsplatz. Se trata de la infantería del Ejército Rojo que, al amparo de numerosos blindados, trata de abrirse camino al asalto hacia el simbólico edificio gubernamental. A sus espaldas humea el Ministerio del Interior, así como diversas embajadas erigidas en el barrio diplomático; ahora irreconocibles, tornadas en montones de escombros. Los defensores alemanes poco o nada pueden hacer para detener la salvaje acometida. Con rostros desencajados, presididos por el miedo, la infantería germana se repliega hacia el Reichstag con el plomo soviético subrayando sus pisadas.

Königstiger destruido en las inmediaciones del Reichstag.
Defensa del Reichstag.

Pero allí está Diers, frente al Reichstag, acompañado por centenares de hombres de la Wehrmacht y de las Waffen SS, listos para tomar parte en una de las refriegas más brutales jamás presenciadas en las calles de la capital del Tercer Reich.

Al borde de la extenuación, la tripulación del Königstiger número 314 combate sin respiro alguno. El cañón escupe un obús tras otro para, a lo lejos, hacer volar por los aires a cuantiosos T-34. Nadie sabe a cuántas ascienden las victorias de Diers y los suyos. Demasiados blindados enemigos, convertidos en piras metálicas, ennegrecen el cielo con las densas nubes de humo que vomitan sus entrañas. Gritos de dolor, miedo y desesperación envuelven al tanque de Diers. Los alemanes parecen estar a punto de perder la posición, pero el Königstiger 314 redobla esfuerzos y, casi de milagro, consigue repeler el ataque lanzado por el Ejército Rojo en el último momento.

Los rusos se retiran rumbo al puente Moltke, la pasarela que cruza el Spree camino del barrio de Moabit, ubicado al oeste. Incontables cadáveres y T-34 yacen a sus espaldas. Inmóviles, la chatarra humeante y los cuerpos horadados por las balas son testigos mudos de la cruenta batalla. Incluso algunos miembros de las tripulaciones de los blindados rusos, en un vano intento por escapar de la muerte, se deslizan fuera de sus T-34 convertidos en rutilantes piras humanas. No tardan en perecer bajo el fuego de las MG-42.

El Reichstag y Königspltaz irreconocibles tras los combates.

Un silencio abrumador se apodera de Königsplatz. El Reichstag, desfigurado por la artillería, contempla orgulloso el trabajo de la defensa alemana. Nadie en su sano juicio hubiese apostado por semejante desenlace, pero, por imposible que parezca, el Königstiger de Diers, ayudado por las últimas piezas Flak de 8,8cm. existentes en la plaza, además de la artillería procedente de la Flakturm (torre antiaérea) del zoo, ha conseguido decantar la balanza a su favor.

Amanece el día 1 de Mayo.

Jornada simbólica para los rusos, quienes se aprestan para tomar por la fuerza los últimos resquicios del Reichstag que aún permanecen en manos enemigas. Diers, sumido en la caótica batalla, patrulla el sector de la Puerta de Brandeburgo y sus alrededores. Incluso, en cierto momento, logra liderar un pequeño contraataque para repeler a los soldados soviéticos que importunan a los heridos que se refugian en la cercana Ópera Kroll. Pero en esta ocasión la suerte le es esquiva. Con la munición a punto de agotarse, Diers da la orden de repliegue hacia el Ministerio del Aire, situado en Wilhelmstraße, donde solicita urgente reabastecimiento. Allí, en medio del desconcierto que gobierna Berlín, recibe el arriesgado cometido de romper el cerco ruso.

Esquema gráfico de un Königstiger.

Poco después, su carro rueda rumbo a Friedrichstraße acompañado de un reducido número de vehículos blindados, entre los que se halla uno con su camarada Turk a bordo. Diers, llegado el momento decisivo, pide un último esfuerzo a su tripulación, exhausta después de las agotadoras jornadas de combates. Arropados por la oscura noche, no tardan en alcanzar el puente Weidendamm, en Friedrichstraße, donde una variopinta fuerza se ha congregado para cruzar la pasarela camino de la salvación. Soldados, civiles, vehículos de todo tipo y los últimos tanques resuelven intentar la proeza.

Varios hombres trepan a la estructura del Königstiger número 314. Diers lo permite pese a la gravedad de las circunstancias. Los rostros de aquellos que se han encaramado demandan ayuda a la desesperada con tal de huir de las hordas rusas.

Llegados al extremo opuesto del puente son recibidos con nutrido fuego de obuses y ametralladoras, pero pese a ello logran progresar unos metros decisivos. Es en Ziegelstraße donde se ven obligados a frenar en seco ya que el Ejército Rojo consigue golpear con furia devastadora al improvisado convoy. Varios de los soldados que viajan a lomos del blindado de Diers caen inertes a ambos flancos de la mole de acero. Balas asesinas silban por todas partes. Estrepitosas explosiones zarandean los alrededores con brutalidad.

Restos de la batalla en Friedrichstraße.
En primer término, un vehículo semioruga destruido de la División Nordland de las Waffen SS.

Justo entonces, el operador de radio de Diers se apresura a comunicar la situación. Imposible continuar por aquel punto; hay que buscar una alternativa más segura para lograr romper el cerco ruso. Gracias a un camarada que emerge de la nada, reciben valiosa asistencia para salir de aquel infierno, donde el fuego enemigo por poco consigue aniquilar a casi todo el convoy.

Gracias a la pericia del conductor, el blindado de Diers alcanza las inmediaciones de la torre antiaérea del parque Humboldthain. Una amarga sorpresa les aguarda allí. Con ojos rebosantes de lágrimas, Diers recibe una noticia demoledora: deben abandonar su Königstiger y destruirlo para evitar que caiga en manos enemigas. Muy a su pesar, cumple su último cometido y, poco después, ve volar por los aires los restos de su fiel Königstiger. Diers, con semblante presidido por la emoción, contempla la humeante ruina metálica en que se ha convertido aquel fabuloso tanque. Un blindado que, hasta ese preciso instante, jamás le había fallado.

Debido a las acuciantes circunstancias, tal vez aquel último acto, inimaginable horas atrás, ha conseguido salvar su vida y la de su tripulación. Después de reflexionar sobre lo acontecido, un único pensamiento aborda la mente de Diers: huir a pie resulta una opción mucho más segura que hacerlo a lomos de su querido Königstiger; ahora inerte, pasto de las llamas.

Y así fue como Diers y sus hombres lograron sobrevivir a la guerra, a través del sacrificio de su inseparable Königstiger número 314.

Su tripulación estaba compuesta por:

  • Willi Kenkel (Conductor)
  • Bodo Hansen (Operador de radio y ametralladora)
  • Alex Sommer (Cargador)
  • Wolf-Diether Kothe (Artillero)
  • Georg Diers (Comandante)

 

Unterscharführer Georg Diers.

 

Hay quien, en la actualidad, asegura que uno de aquellos que cruzaron el puente Weidendamm en compañía del blindado de Diers fue el propio Martin Bormann y que, herido tras el ataque en Ziegelstraße, logró zafarse de Berlín.

O puede que, no muy lejos del Reichstag, tal vez llegase a perecer en las inmediaciones de Lehrter Bahnhof. Hay teorías que avalan esta opción.

Lo que sí resulta probado es que su viejo camarada Turk, tras sobrevivir a la emboscada de Ziegelstraße, huyó de la ciudad cercada.

¡Qué hermosa es la Historia y los enigmas que aún esconde!

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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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CURIOSIDADES BÉLICAS #3: Los últimos ases Panzer de la Segunda Guerra Mundial (1 de 2).

Finales de abril de 1945.

Entre las devastadas calles de Berlín, dos blindados alemanes, como sombras siniestras, emergen de la neblina generada por el humo de los incendios y el polvo en suspensión. Sus motores rugen con cierta discreción. Los muros de aquellos edificios que aún se mantienen en pie vomitan un eco delator capaz de alertar a las tropas del Ejército Rojo que cercan la capital del agonizante Tercer Reich. Las entrañas de las bestias de acero germanas regurgitan un sonido capaz de estremecer a cualquier ser humano.

Se trata de una pareja de Königstiger pertenecientes al schweren SS Panzer Abteilung 503 (Batallón de carros pesados 503), dos de los seis únicos supervivientes de esa unidad que aún osan patrullar por las fantasmales calles de Berlín. Uno de ellos está comandado por el Oberscharführer Turk (equivalente a sargento en la Wehrmacht, Ejército alemán) con la serigrafía del número 101 apenas visible en su torreta, y el otro, el comandado por el Unterscharführer Georg Diers (equivalente a sargento segundo) con el número 314 aún apreciable en su respectiva torreta pese a los encarnizados combates en los que ha tomado parte en jornadas anteriores.

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CURIOSIDADES BÉLICAS #2: El mejor amigo del Barón Rojo.

¿Quién no ha oído hablar de Manfred von Richthofen?
Seguro que si hago referencia a su sobrenombre, el “Barón Rojo”, este personaje histórico se dibuja en su mente con nitidez cristalina. Por lo tanto, hoy nos tenemos que retrotraer a la época de la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918).
Empezaré por el final.

Trágico desenlace el de la biografía de nuestro misterioso personaje, quien murió acribillado el 23 de Septiembre de un lejano 1917. Sí, al igual que Richthofen, él también fue aviador. Mejor dicho, fue un gran piloto de caza, pero sobre todo, un gran compañero y amigo de sus camaradas más cercanos.

Se le podría definir como un aventurero apasionado del incipiente mundo de la aviación que, si me permite la expresión, en aquellos años aún gateaba en “pañales”; mas tenía una faceta un tanto “oscura” que le impulsó, en más de una ocasión, a actuar de forma poco ortodoxa a los mandos de los aeroplanos con los que surcó los cielos.

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CURIOSIDADES BÉLICAS #1: ¿Te orinarías encima para salvar la vida?

Año 1914.
La 1ª Guerra Mundial ha estallado en verano, el 28 de Julio para ser más exactos, pero ni los soldados ni los dirigentes de las potencias enfrentadas son capaces de imaginar las devastadoras consecuencias de la contienda.

Soldados heridos tras un ataque con gas.
La Gran Guerra dejó tras de sí millones de bajas de seres humanos, cuyo desglose se presenta variable según las distintas fuentes consultadas. Aquellas más optimistas apuntan a los 8,5 millones de muertos (militares). Otras, por su parte, elevan la cifra a los 10 millones (militares). Pero el resultado de los conflictos bélicos no se resume a los fallecidos como consecuencia directa de los combates, también hay que tener en cuenta a los heridos, desaparecidos, prisioneros y, por supuesto, las bajas civiles; un total que entonces ascendería, aproximadamente, a los 40 millones. Números aterradores.

Soldados alemanes y un asno posan para la cámara con sus respectivas máscaras antigás.

No quisiera dejar al margen de estas sobrecogedoras cifras estadísticas a los animales, cuyo protagonismo en algunos casos fue más que destacado. Por poner un par de ejemplos, cabe citar a los equinos y las palomas mensajeras. Los primeros, caballos y yeguas, tiraron de las pesadas piezas de artillería, o ambulancias, a lo largo y ancho de toda Europa. Las segundas, empleadas como mensajeras entre el frente y la retaguardia, se jugaron el tipo para hacer llegar órdenes e información arropadas por enjambres de balas.

Estos nobles animales sufrieron lo suyo, así lo demuestran los números: 8 millones de equinos muertos y 100.000 palomas dejaron sus plumas sobre el campo de batalla.

Soldados alerta en el interior de una trinchera.

Imagínese en medio de aquel caos, a la intemperie o guarecido en una trinchera cavada en algún lugar entre Bélgica y Francia. Barbarie en estado puro. Combates primitivos capaces de insensibilizar a cualquiera con una sinfonía de explosiones inaguantable como telón de fondo. Frío extremo en invierno. Calor abrasador en verano. El otoño y la primavera no se quedan atrás: barro por todas partes, imposible mantener los pies secos y la humedad que cala hasta el tuétano.

No se prive de la fiel compañía de las ratas, siempre dispuestas a devorar a quien sucumba al cansancio y quede atrapado por un sueño abrumador del que apenas se puede despertar si no es a base de culatazos o empujones propinados por algún camarada. Más de uno despertó con una oreja de menos, sin nariz o, por muy desagradable que resulte, sin parte de los genitales. Así se las gastaban las ratas de aquel entonces.

Sí, en la mente de muchos, la Gran Guerra apenas iba a durar unas semanas y todo el mundo regresaría victorioso por Navidad en aquel lejano año de 1914; mas no fue así. La guerra que supuestamente iba a acabar con todas las guerras, no cumplió su objetivo, se prolongó más allá de lo previsto.

Entonces, ya al comienzo de la contienda, alguien consideró que la artillería, las ametralladoras y los fusiles no resultaban suficientes para matarse los unos a los otros. ¿Por qué no emplear algo más letal? El gas. Sí, gas, dilucidó alguna mente diabólica.

Un francés anónimo fue el primero en emplearlo. En concreto, una pequeña carga de gas lacrimógeno alojada dentro de una granada. El galo la arrojó por encima del parapeto y fue a explotar en la trinchera de enfrente, ocupada por alemanes.

Infante alemán junto a dos perros, empleados habitualmente como mensajeros o incluso como improvisados “sanitarios”.

Y así comenzó la escalada de masacre. Poco después, en el sector de Neuve Chapelle (al norte de Francia), los germanos hicieron lo propio, pero esta vez fueron un poco más lejos. ¿Por qué no rellenar obuses de artillería con agentes irritantes? No se hizo esperar la respuesta. A fe qué lo hicieron, pero la jugada no salió muy bien. La concentración de gas resultó pequeña y los efectos apenas se notaron entre las filas francesas.

Llegó 1915.

Prosiguió el intercambio de gas entre los contendientes. El gas como arma a gran escala había nacido; cuyos efectos, a ser posible, buscaban herir en vez de matar. ¿Por qué? Sencilla respuesta, un herido implica más recursos en retaguardia que los empleados con un muerto que, en el mejor de los casos, podría llegar a reposar bajo tierra con unas paletadas de tierra por encima (cientos de miles de cadáveres anónimos aún reposan en alguna parte del frente sepultados por el barro centenario; allá por el verano de 2015 mis ojos fueron testigos de la exhumación de un soldado alemán caído en las inmediaciones de Verdún, Francia; apenas palmo y medio de terreno cubría su esqueleto, sobre el que reposaban aún sus prismáticos y varios botones plateados).

Cloro, fosgeno, bromuro de xililo, gas mostaza, etc. Nombres de compuestos químicos que, combinados con la imagen de aquellos campos de batalla, consiguen encoger las entrañas al más valiente. ¿Se imagina usted, de nuevo, agazapado en su trinchera? Cierta nube de color verde grisáceo se desplaza hacia su parapeto. Está de suerte, es cloro, la nube de gas que acaban de lanzar los alemanes es visible. Pero usted llegaría a ese razonamiento si ya hubiese pasado por la experiencia. Otros, anteriormente, no fueron tan afortunados, que por poco llegaron a escupir los pulmones por la boca (es bien sabido que el cloro es altamente irritante, pero una dosis más allá de lo soportable, puede resultar letal para la víctima del ataque).

Más adelante, por “cortesía” de Fritz Haber, el cloro, en combinación con el fosgeno, resultaría aún más devastador. Este último gas, incoloro y de olor similar al heno, resultó imperceptible por las primeros soldados que a él se enfrentaron. “Muerte dulce”, así la denominaron algunos. Sucedidas 24 horas desde la exposición, o más en algunos casos, el soldado comenzaba a manifestar los síntomas… ¿Se imagina la situación? Intoxicado y sin saber que, probablemente, moriría al día siguiente; o lo que es peor, quedaría intoxicado durante largas semanas o meses repletos de agonía. Cuestión de suerte. Cuestión de viento.

¿Recuerda esas imágenes de sucios soldados con máscaras antigás en las trincheras de la Primera Guerra Mundial? ¿Cómo se llegó a la conclusión de que resultaban necesarias? La obviedad habla por sí misma… Pero, ¿cuál fue la primera máscara empleada?

Modelo británico de máscara antigás.

Regresemos a nuestra trinchera atestada de barro, mugre, algún que otro cadáver y un olor dulzón a muerte que impregna cada centímetro de tierra que alcanzan a ver sus ojos. Por suerte, su camarada, quien fuma una pipa a su lado, es químico de profesión, o farmacéutico, o tiene conocimientos básicos de medicina. Visto lo sucedido en otros sectores del frente, con la nube tóxica a punto de invadir su parapeto, su camarada le anima a orinar en un pañuelo.

¿Se ha vuelto loco? Otros obedecen sin cuestionarle. Saben de lo que habla, sacan su “arma” y “disparan”. Incluso los hay que, generosos, reparten su orina a los que, aterrados, son incapaces de miccionar. ¡No queda tiempo para explicar que el amonio de la orina contrarresta los efectos del cloro!

Así ocurrió.

Mediante el uso de un simple pañuelo amarillento, impregnado de orines para cubrir las vías respiratorias, muchos salvaron la vida cuando el cloro, todavía, era el rey de las armas químicas a finales de 1914 y comienzos de 1915.

Pero lo peor aún estaba por llegar…

Así que… ¿Te orinarías encima para salvar la vida?

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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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Viaje a Berlín, 2017 (Parte 1 de 4)

Destino: Werneuchen, Alemania.
Objetivo: vista a un aeródromo abandonado.
Fecha: mediados de abril de 2017.
Proyecto: "Cielo rojo, águilas azules"

Crónica:

A mediados del mes de abril de 2017 me desplacé hasta Alemania, una vez más, para proseguir con la documentación de un nuevo proyecto literario en el que me encuentro inmerso desde hace un año: “Cielo rojo, águilas azules”, la historia novelada de la gesta de la 1ª Escuadrilla Azul en Rusia.

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Prensa

Medio: 20 Minutos
Fecha: 13/04/2017
Periodista: David Yagüe
"Daniel Ortega, autor de novela bélica de la 2ªG.M."


Medio: El Correo de Burgos
Fecha: 05/05/2016
Periodista: Almudena Sanz
"La batalla contrarreloj del sargento Hoffman"



Medio: El Correo de Burgos 
Fecha: 28/05/2013 
Periodista: Almudena Sanz 
"La última misión del sargento Hoffman"


Medio: 4 Bastardos (Argentina)
Fecha: 26/07/2017 
Periodista: María Laura Paredes
"D. Ortega, una mirada literaria hacia la Historia" 


Radio

Entrevistas en radio
Medio: Onda Madrid
Fecha: 30/06/2017
Presenta: Ely del Valle - Sergio Rodríguez
Programa: Hoy en Madrid


Medio: Radio Argo Madrid
Fecha: 30/06/2017
Presenta: Ezequiel Triñaque
Programa: La Charla - ArgoHistoria



Medio: Onda Cero
Fecha: 26/05/2016
Presenta: Javier González
Programa: Burgos en la Onda


Medio: RNE / Radio5 
Fecha: 05/05/2013 
Presenta: Francisco Peñacoba 
Programa: Cultura