CURIOSIDADES BÉLICAS #27: Wewelsburg. El misterioso castillo de Himmler.

Verano de 2015. Recuerdo a la perfección el atardecer de un día concreto del mes de Agosto. Aquella apacible jornada, que ya tocaba a su fin, fue muy especial, pues acababa de aparcar mi coche en una plaza pegada a los muros del castillo de Wewelsburg. Tras recorrer los casi mil setecientos kilómetros en apenas dos días, la fortaleza germana de la que tanto había leído estaba ante mí. Cierta emoción comenzó a invadirme. Sus imponentes muros, además del espectacular entorno donde se encuentra ubicado el castillo, me dieron una bienvenida que jamás olvidaré.

Mi llegada al castillo. Al fondo el antiguo alojamiento de la guardia de Wewelsburg, hoy museo y centro de investigación.
Anduve con cierta parsimonia los metros que me separaban de la entrada principal del castillo. Recuerdo el cansancio acumulado mientras dejaba atrás la pequeña iglesia erigida junto a la fortaleza. Pero, al atravesar el pequeño puente que conduce hacia el recinto interior de la misma, la sensación pareció esfumarse como por arte de magia. Mis pisadas resonaron con prudencia dentro de aquel patio de forma triangular, acotado por muros de anchura generosa, encumbrados en cada una de las tres esquinas por torres cuyas formas invitan a todo visitante a permanecer absorto por su irrefrenable magnetismo.
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De pronto, una voz me despertó del singular trance en el que me hallaba inmerso al tiempo que trataba de ubicar mil y una imágenes, en blanco y negro, de aquel castillo de Wewelsburg que desfilaban ante mis ojos a la velocidad del rayo. Era Kirsten, la directora del museo que hoy en día alberga el complejo de Wewelsburg, un lugar cargado de leyendas, crueldad, Historia, aún impregnado de un halo esotérico, donde realidades y mitos convergen en uno de los puntos más oscuros, o tal vez más misteriosos, de toda Alemania.

Gran detalle del personal que regenta el castillo.
¿Por qué me desplacé hasta aquel lugar? La respuesta no puede ser otra que: investigar y documentarme para comenzar a dar forma a un nuevo proyecto literario. No importa cuándo lo comience. Tampoco importa cuándo lo concluya.
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Lo esencial de aquel viaje fue que pude sentir el escenario y, tarde o temprano, el lector también será capaz de sentir lo que yo percibí, pues necesitaba empaparme de todo cuanto experimentaron los personajes reales que allí vivieron y murieron.
Antecedentes históricos de la fortaleza.
Wewelsburg, ubicada en Westfalia, al oeste de Alemania, no muy lejos de Dortmund y Colonia, es una modesta población que en la actualidad apenas supera los dos mil habitantes. Llama en especial la atención el castillo erigido en el punto más alto de la misma, una colina que despunta en los alrededores, desde la que se tiene una vista completa de todo cuanto la rodea.

Wewelsburg en la actualidad.
La singular fortaleza que despunta en el paisaje de tintes armónicos y apacibles, remonta sus orígenes a la edad media. Varias fuentes dejan constancia de emplazamientos en aquella colina que datan de los siglos IX y X.
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Aunque la actual construcción renacentista que podemos apreciar en todo su esplendor, la que se ha hecho célebre por su vinculación con las SS de Heinrich Himmler, fue construido a comienzos del siglo XVII. Desde entonces, hasta hoy, ha sufrido distintas reformas y reconstrucciones.
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Es en el año 1934 cuando Himmler, Reichsführer de las SS, arrendó el castillo de Wewelsburg al distrito de Büren – Paderborn (región a la que pertenece la villa) tras mantener varias negociaciones durante casi todo el año anterior. El coste estipulado en el contrato de alquiler no fue muy elevado para las SS. Se pagó la simbólica cifra de 1 Reichsmark por año, para un periodo total de cien años, cuya primera cuota se estableció para el 1 de Enero de 1934.

Bartels y Himmler.
Ya bajo sus dominios, encomendó al arquitecto Hermann Bartels su reconstrucción y rehabilitación para convertirlo en una suerte de centro del nuevo mundo. Himmler sabía que el proyecto de restauración supondría un coste elevado, por lo que no tardó en pergeñar una idea que le reportó pingües beneficios.
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Fundó la Asociación para el Avance y Mantenimiento de las Reliquias Culturales Alemanas (Gesellschaft zur Förderung und Pflege deutscher Kulturdenkmäler). A través de esta asociación obtuvo una importante financiación que llegó en forma de donaciones y algún que otro préstamo. De este modo, las arcas del NSDAP permanecerían intactas y Himmler podría seguir adelante con su proyecto.
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Un proyecto en el que invirtió algo más de 15 millones de Reichsmark y que no se centró únicamente en la fortaleza, sino que también sirvió para erigir otra serie de edificios que alteraron la figura original de Wewelsburg, como la “Casa del pueblo”, zonas residenciales para oficiales y sus familias, casa-cuartel para el cuerpo de guardia, una villa para el propio Bartels e incluso un campo de concentración de reducidas dimensiones, Niederhagen, que proporcionaría mano de obra forzosa para la reconstrucción del castillo.
¿Por qué razón Himmler escogió Wewelsburg?
El Reichsführer de las SS trató de apropiarse o arrendar otros castillos a lo largo y ancho de Alemania. Un camino repleto de fracasos en negociaciones anteriores condujo a Himmler hasta la pintoresca fortaleza de Wewelsburg. Fue un 3 de Noviembre de 1933 cuando el Reichsführer visitó por primera vez la estilizada población dominada por el castillo de forma triangular.

Himmler en una de sus visitas a Wewelsburg.
Parece que aquella visita inspiró al jefe supremo de las SS una serie de ideas y proyectos de futuro. Algunos, años después, se materializarían. Otros, por su parte, simplemente se quedaron en el limbo.
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Karl Maria Wiligut, consejero ideológico y una de sus principales influencias en materia de mitología y tradiciones germánicas, tuvo mucho que ver a la hora de que Himmler se decantara por la elección de Wewelsburg. Charlaron acerca de la leyenda de Schlacht amb Birkenbaum, la cual versaba sobre una gran batalla, que tendría lugar en las inmediaciones de aquel emplazamiento, donde un ejército occidental vencería a una horda de ejércitos procedentes del Este en una lucha épica.
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Himmler quedó fascinado por las explicaciones de Wiligut, pues sabía que tarde o temprano estallaría la guerra contra Rusia; mas no así los científicos de las SS que pronto comenzarían a trabajar en Wewelsburg. No resulta extraño que aquel personal, experto en diversas disciplinas como Historia, Arqueología, Antropología y Genealogía, siempre alineados conforme a la ideología nacional socialista, rechazasen de lleno los relatos fantásticos de Wiligut por considerarlos como algo poco creíble.

SS Ehrenring – Anillo de honor de las SS.
Fruto de esa historia, Himmler, que vaticinaba la lucha de Alemania contra las “hordas asiáticas”, decretó en 1938 que todo portador del Ehrenring (Anillo de Honor de las SS) que cayese en combate o abandonase organización de las SS, debía ser recuperado para su posterior depósito en el castillo de Wewelsburg. Este anillo, entregado por Himmler a modo de distinción exclusiva al personal de las SS, se fabricó en una tirada que, según estimaciones, alcanzó la cifra de 14.700 unidades. De ellas, con el transcurso de la guerra, alrededor de 9.000 regresaron a la fortaleza de Himmler.
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Aquella idea de construir una especie de santuario místico que desde un principio recorría su mente, cada vez estaba más cerca de convertirse en una realidad.

Maqueta del futuro Wewelsburg con la fortaleza en el centro.
También Wewelsburg se barajó como una futura escuela de líderes de las SS que gobernarían la futura Alemania, la nación vencedora en la presunta batalla que tendría lugar no muy lejos de los muros de la fortaleza de las SS. Dicha institución se proyectó como un centro de élite que regirían el país una vez Alemania resultase triunfante. Pero, con el transcurso de la década de los 30, la idea se desvaneció por completo. Solamente el elenco de expertos que allí fue ubicado se centró en sus labores de investigación acerca de la raza aria.

Plano del proyecto de remodelación de Wewelsburg y su entorno.
La siniestra fortaleza, con su peculiar entramado de muros y torres en forma de triángulo, se vislumbraba en la cabeza de Himmler como una punta de una lanza, orientada al norte, en cuya base se extendía el gran complejo diseñado en los cimientos de Wewelsburg, cuya fisonomía urbana quedaría, en un breve espacio de tiempo, transformada para albergar a la élite de las SS.
Mitos y realidades.
Wewelsburg, en especial todo lo relacionado con el castillo, ha hecho correr ríos de tinta, e incluso ha servido de soporte para innumerables obras de ficción (escritas y cinematográficas), pero también para documentales y ensayos que han tratado el tema con mayor o menor acierto.
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Recuerdo que cuando pisé por primera vez el pueblo de Wewelsburg, iba plenamente convencido de hacer un trabajo de investigación riguroso, desviado de cualquier condicionante previo. Allí llegué con largas horas de lectura a mis espaldas acerca de lo que allí había sucedido. Pero como siempre que realizo una labor de documentación, pisar el escenario a analizar te abre los ojos aún más y te desvela la auténtica realidad de lo que en verdad sucedió en aquellas lejanas décadas de los años 30 y 40.

La cripta, ubicada en las entrañas de la torre norte.
¿Quién no ha leído o escuchado que en la cripta de la torre norte de la fortaleza de Wewelsburg se efectuaron ritos paganos, ocultistas o incluso prácticas satánicas? ¿Quién no ha leído o escuchado que el castillo era una especie de lugar de retiro donde el “guerrero” disfrutaría de un merecido descanso antes de regresar a la batalla?
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Estas cuestiones, y muchas más, deambulaban por mi mente poco antes de efectuar las entrevistas a algunos de los expertos que trabajan en el actual museo de Wewelsburg, con Kirsten y Markus al frente, pero también a varios habitantes de aquel lugar marcado por la Historia.
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Gracias al amable trato dispensado, pero también a las entrevistas concedidas y la total disponibilidad con la que conté para visitar las instalaciones del castillo y los edificios aledaños, pude hacerme una idea real de lo que en realidad esconde Wewelsburg, tanto la fortaleza como el pueblo que la rodea.
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Apenas un reducido porcentaje de lo que se ha escrito acerca de la vertiente esotérica de Wewelsburg es totalmente real. Allí, al amparo de los muros de la fortaleza, tuvieron lugar varias bodas que enlazaron para siempre las vidas de oficiales de las SS y sus respectivas mujeres. Enlaces matrimoniales que seguían los pasos de los ritos paganos, de los ancestros germanos de aquellas parejas.

Ceremonia nupcial en el interior del castillo de Wewelsburg.
En el interior de la cripta, un lugar que aún despierta fascinación y asombro, se pueden contemplar una docena de soportes de piedra dispuestos alrededor del círculo central, en cuyo interior se halla el extremo de una canalización. A través de esta tubería, se supone que una llama eterna daría calor a los restos mortales de los altos oficiales de las SS que allí se tenía proyectado reposaran para la eternidad.
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En la actualidad, la utilidad de ese orificio practicado en el suelo aún no ha sido explicada con total certeza. Existen numerosas dudas al respecto, pero esta teoría es la que más se maneja, pese a que los investigadores del museo todavía no las tienen todas consigo.

Interior de la cripta, con el supuesto orificio en el centro para albergar la llama eterna.
Sin duda, la cripta es un lugar misterioso, donde el eco de las pisadas y de la propia voz resuena con un timbre que es capaz de erizar el vello.
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Según la respuesta que allí pude encontrar, el diseño de la cripta buscaba precisamente eso, sobrecoger al visitante, envolverlo en un manto de fría penumbra apenas difuminada por la luz de las antorchas que reposaban sobre cada soporte.
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Justo encima, a ras de suelo, la denominada “Sala de los generales” (en alemán Obergruppenführersaal, traducción exacta: sala de los tenientes generales) es una auténtica contraposición a la cripta. Amplios ventanales permiten el paso de bocanadas de luz en su interior.
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Allí, varias columnas de grueso tamaño que nacen de un cuidado suelo de mármol, rodean un sol negro, claro guiño al símbolo de los antiguos pueblos germánicos, pero también del esoterismo y del misticismo del que eran fervientes seguidores Himmler y muchos de sus acólitos.

Obergruppenführersaal con el “sol negro” arropado por las gruesas columnas.
Más allá de la torre norte, el resto de la fortaleza sirvió como centro administrativo para los expertos allí destinados, pero también como alojamiento para el personal de las SS que trabajaba en Wewelsburg. Solamente las SS tenían autorizado el paso al recinto, apenas sí existían algunas excepciones (personal de tareas domésticas reclutado en el mismo pueblo).
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Los controles eran estrictos. Mucho. Las SS se cuidaban muy bien de que la población local no entablase contacto con la mano de obra forzada que trabajó en las tareas de restauración del castillo, presos por convicciones religiosas (testigos de Jehová en su mayoría), disidentes con el régimen de Adolf Hitler y algunos soldados capturados en el frente ruso. Más de 1.200 personas murieron en estas tareas que tanto esfuerzo requirieron.

Trabajos de reconstrucción de la fortaleza en 1934.
Llegados a este punto, cabe citar que muchos hombres de las SS encargados de la custodia de prisioneros y del propio campo se encontraban en periodo de convalecencia, no eran, de modo temporal, aptos para el combate, por lo que se les encargaban labores de vigilancia. Este es otro de tantos mitos infundados, los soldados que custodiaban Wewelsburg, en su gran mayoría, no eran “súper-soldados”.
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También existe la convicción infundada de que la población de Wewelsburg, en aquella época, era ferviente seguidora del NSDAP. Ni mucho menos. Apenas un reducido porcentaje de los habitantes locales votaron al partido de Adolf Hitler en las elecciones de los años 30, incluso únicamente dos familias fueron las únicas que se animaron a seguir la política de colonización germánica del suelo conquistado más allá de las fronteras orientales del Tercer Reich.
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A día de hoy, Wewelsburg sigue siendo un pueblo donde la religión tiene una gran importancia. La confesión católica (mayoría) convive con la protestante mucho antes de que las SS se hicieran con el control del pueblo. Tal es así que, según la información obtenida en entrevistas mantenidas en Wewelsburg con personas relacionadas con ambas iglesias, siempre se desmarcan de la relación con el NSDAP y las SS, estas últimas no muy compatibles con los católicos.

Guarnición de las SS.
Una mujer, entonces niña, me aseguró que varios habitantes de Wewelsburg se jugaron su integridad física al ayudar a escondidas a los presos que restauraban el castillo.
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No muy lejos de allí, los prisioneros del campo de Niederhagen, ubicado en las afueras del pueblo, debían recorrer a pie la escasa distancia que les separaba de su lugar de trabajo. En ese reducido recorrido, algunos víveres cambiaban de manos entre locales y la hilera de trabajadores forzados.
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Algo me sorprendió, y mucho. Casi en las últimas horas de mi estancia en Wewelsburg, una persona se ofreció para guiarme hasta un recóndito cementerio militar que alberga un puñado de tumbas. Si mal no recuerdo, no llegarían al centenar. Allí, todos los años, el pueblo rinde homenaje a sus hijos caídos en ambas guerras mundiales.

Cementerio militar en las inmediaciones de Wewelsburg.
La población de Wewelsburg no olvida a quienes fueron a la guerra, enviados a morir por un Káiser o un posterior Führer en los que no creían. Tíos, sobrinos, hermanos, padres, nietos, esposos e hijos todavía dejan su impronta en unas emotivas placas esculpidas en piedra junto a la iglesia católica. En el propio cementerio, modesto, acondicionado con mimo en medio de un bosque denso, descansan los que no debieron hallar la muerte en medio de la sinrazón humana. Al menos, su pueblo jamás los olvidará. No existe mejor tributo para aquello hombres que fueron arrancados a la fuerza de los brazos de sus seres queridos.

Memorial a los caídos y desaparecidos en ambas guerras mundiales de Wewelsburg.
Impresiones finales.
Wewelsburg es un lugar de esos que dejan huella en los visitantes que hasta allí nos desplazamos en busca de respuestas a preguntas surgidas, en algunas ocasiones, del condicionamiento que impregna numerosas publicaciones, artículos de prensa y diversos documentales.
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Allí, muchos de los mitos acerca de Wewelsburg que personalmente creía falsos de antemano, cayeron ante mis ojos. Es curioso comprobar cómo los rumores llegan a convertirse en leyenda. Pero también resulta curioso comprobar cómo auténticas leyendas se convirtieron en realidad. Aquella fortaleza ofrece la cara y la cruz de los mitos que se achacan al esoterismo nazi. Solamente hay que dejarse guiar por la mano experta de quienes entienden en la materia para, con un estudio previo acerca de la historia de Wewelsburg, entender lo que en verdad allí ocurrió.
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Todavía hay quien piensa que la fortaleza fue una especie de centro ocultista del Tercer Reich, que se acondicionó como un lugar que sirviese como residencia permanente para Heinrich Himmler y sus más allegados altos oficiales de las SS. La documentación que a buen recaudo se guarda en el museo anexo al castillo evidencia que el Reichsführer de las SS apenas visitó el lugar en diecinueve ocasiones, estancias de corta duración en su mayoría.
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Lo que se proyectó como un punto de reunión anual para los más selectos altos oficiales de las SS allá por 1938, apenas sí se materializó en una ocasión: las jornadas previas al inicio de la Operación Barbarroja, en concreto del 11 al 15 de Junio… Curioso, ¿verdad?

Mediados de Junio de 1941. Encuentro de los Gruppenführer en el castillo de Wewelsburg antes de dar comienzo la Operación Barbarroja (a la izquierda se puede distinguir a Reinhard Heydrich).
Estas y otras tantas anécdotas quedaron grabadas en mi mente, pero también las reservo por escrito en mis anotaciones personales de aquel diario de viaje que con tanto aprecio atesoro.
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Un viaje que concluyó una mañana soleada, cuando dejé atrás mi habitación en el actual albergue-residencia que en sus muros vuelve a tener lugar, pues antes de que las SS se apoderasen de Wewelsburg, el castillo contaba con dependencias para el alojamiento de jóvenes alemanes y viajeros llegados desde remotas ubicaciones. También, hoy en día, existe un museo, al igual que en décadas previas al control de la fortaleza por parte de la organización de las runas plateadas.
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Atrás dejé un pueblo que me fascinó por su hermosura, por el paisaje que la rodea, la Historia que impregna cada calle, cada esquina, cada rincón relacionado con la antesala de la guerra así como los vinculados a la misma.
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Todavía allí se pueden contemplar numerosos vestigios de ella. Pero, si he de sincerarme con el lector, lo que más me encandiló fue la amabilidad de sus gentes y la quietud que se percibe en la actualidad. Quietud que durante la noche se transforma en una especie de atmósfera tensa, no diría que tétrica, pero sí que inculca cierto respeto por lo que allí sucedió.

Vista del pueblo con la torre sureste del castillo al fondo.
Puedo asegurar al lector que aún se puede respirar dolor entre los muros y los aledaños de la fortaleza, pero también se percibe la paz que fue capaz de inundar la totalidad de la localidad tras el paso de la guerra.
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Una guerra que en sus compases finales en Wewelsburg dejó un intento de voladura total del castillo que quedó en mera tentativa, pues apenas una parte del mismo sufrió desperfectos.
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Pero también quedó en vilo el enigma relativo a los “Anillos de Honor” de las SS que allí se custodiaban con celo junto a documentación personal del propio Himmler. Existe otro mito, tal vez se algo real, referente a esos anillos.
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Hay quien asegura que los anillos de los oficiales de las SS que retornaron a Wewelsburg fueron escondidos en una cueva cercana y se procedió a la posterior voladura de su entrada, para dejarlos de ese modo sepultados de por vida.

Panorámica del patio interior de la fortaleza.
Otros aún se empeñan en afirmar que los soldados americanos que irrumpieron en el pueblo saquearon el castillo de arriba abajo, por supuesto los anillos fueron de los objetos más codiciados por los que incluso se produjeron disputas.

Castillo de Wewelsburg, fuente de inspiración, siempre rodeado de misterio.
Mitos, realidad, ficción, sensaciones… Llegué a Wewelsburg con unas ganas tremendas de aprender, de investigar, de descubrir… Ese fue mi objetivo inicial. Y por supuesto que regresé a España con él cumplido.
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¿Te animarías a adentrarte en los fríos y misteriosos muros de la fortaleza de Wewelsburg?
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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CURIOSIDADES BÉLICAS #26: Combate a vida o muerte en el Reichstag.

Berlín, últimos días de Abril de 1945. El Tercer Reich agoniza. También lo hace uno de sus edificios más simbólicos: el Reichstag. La capital de Alemania, cercada por el Ejército Rojo, se presenta como un escenario de pesadilla. Estampa apocalíptica, infernal, donde el fuego y la destrucción campan a sus anchas. Colosales columnas de humo brotan allí donde los incendios aún consumen lo poco que queda por arder en Berlín.
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Sobre la ciudad, el cielo plomizo llora una fina capa de lluvia, demasiado fría pese a ser primavera… Pero es Berlín, una urbe donde la climatología no concede tregua. Tampoco la artillería soviética. Desde hace unos días, las piezas de largo alcance han castigado a placer el centro de la ciudad. No importa el lugar donde se pose la mirada, la granizada de obuses rusos ha reventado casi todo lo que restaba en pie. Los otrora vistosos edificios del sector gubernamental berlinés ahora son montoneras de escombros informes. Fachadas que flirtean con la gravedad parecen seguir con miradas huecas a los soldados y civiles que se atreven a surcar el mar de ruinas en que se ha convertido la capital germana.

Berlín, ciudad fantasmal, azotada por la guerra.

La antesala de la batalla de Berlín.

La infantería y los blindados del Ejército Rojo, desde el día 25, acechan los arrabales de Berlín. Jornadas atrás, durante la batalla de las colinas de Seelow (16 al 18 de Abril), la penúltima gran batalla del frente ruso, diezmadas unidades de soldados alemanes se han visto obligadas a retroceder hasta la capital del Reich. Berlín, ahora denominada “fortaleza”, será el escenario donde se producirá la última batalla entre soviéticos y alemanes.
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En Seelow las bajas para ambos bandos han sido espantosas. Ninguno de los contendientes se atreve a arrojar cifras exactas, pero la Historia siempre cuenta con paciencia infinita y, a fecha actual, se calcula que en Seelow las pérdidas humanas, entre muertos y heridos, oscilan entre los treinta y los cincuenta mil efectivos… En apenas 72 horas de lucha.

Preparación artillera del Ejército Rojo en las colinas de Seelow, al este de Berlín.
En las postrimerías del mes de Abril, la última línea defensiva de la Wehrmacht ha tenido que recular hasta Berlín para, en un esfuerzo final, intentar contener la acometida soviética. Muchos soldados alemanes han llegado exhaustos a la ciudad. Apenas cuentan con víveres, agua o munición. Los voluntarios extranjeros que los han acompañado en su retirada, más o menos organizada, tampoco corren mejor suerte. Entre las ruinas o en lúgubres sótanos, surgen conversaciones entre alemanes de la Wehrmacht y soldados de las Waffen SS procedentes de media Europa. Castigadas unidades de franceses, belgas, daneses, letones…, incluso un puñado de españoles, aguardan la ofensiva final. Gargantas resecas evocan tiempos mejores. Agua… Un bien escaso por el que matar o morir.
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También muchachos de las Juventudes Hitlerianas, algunos apenas son niños que juegan a ser soldados, comparten los tensos momentos de espera en compañía de curtidos veteranos que les miran con compasión. Vaticinan su predecible final en silencio. Saben lo que implica la guerra. Junto a ellos, algunos hombres de edad respetable, incluso ancianos que han experimentado en sus carnes la Gran Guerra, contemplan con ojos desorbitados los resultados de la artillería enemiga. ¿Cuándo llegará el ataque? Esa pregunta corroe las entrañas de todos ellos. Nervios a flor de piel.

Hombres reclutados a última hora, armados con Panzerfaust, engrosan las filas de la Volkssturm.
Durante las primeras horas y días de la batalla de Berlín, los carros soviéticos han lanzado ataques de sondeo en los barrios periféricos. Sin dar crédito a la furiosa resistencia que ofrecen los apenas 90.000 defensores (únicamente la mitad son soldados), la infantería del Ejército Rojo ha contemplado cómo decenas de los blindados a los que escoltan han sucumbido bajo una demoledora lluvia de fuego. El Panzerfaust, arma antitanque empleada con maestría por los obstinados defensores, se ha revelado como una solución simple y efectiva con la que contener la ofensiva enemiga en algunos sectores de la ciudad. Las ametralladoras MG-42, los fusiles de asalto StG-44 y las granadas de mano tampoco se han quedado atrás, pues su potencia, más que contrastada, también sirve para repeler los ataques enemigos.
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Algunos de esos soldados alemanes, también varios voluntarios de las Waffen SS, llevan consigo un arma de largo recorrido en la contienda. Se trata de un subfusil denominado MP-40 (Maschinenpistole 40) de fabricación germana, todavía un símbolo del poder armamentístico del Tercer Reich, a punto de sucumbir en cuestión de horas, tal vez días. Sus portadores, muchos de ellos curtidos veteranos, conocen a la perfección su funcionamiento, para nada complejo.

Soldado alemán con una MP-40 durante la ya lejana batalla de Stalingrado.

Breves antecedentes del MP-40.

En 1938 Heinrich Vollmer diseñó un arma que pasaría a la Historia. Si bien a finales de la Primera Guerra Mundial los propios infantes alemanes se sirvieron de subfusiles del tipo MP-18 durante los últimos compases de la contienda para asaltar y limpiar trincheras enemigas con relativa facilidad, no fue hasta la década de los treinta cuando esta clase de armas conoció tiempos propicios para un mejor desarrollo y producción a gran escala.
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La anterior contienda mundial había demostrado la inutilidad de la guerra estática en favor de una guerra de movimientos donde lo que primaba era sobrepasar al enemigo, rodearlo y aniquilarlo sin contemplaciones. También, la Gran Guerra y conflictos posteriores, habían dejado patente la importancia del empleo de armas con mayor cadencia de disparo que los viejos fusiles de cerrojo en favor de las automáticas, como las ametralladoras y los primeros subfusiles.
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Tal es así que las naciones no tardaron en comenzar a desarrollar y producir este tipo de instrumentos de muerte en una frenética carrera por superar a sus competidores. Vollmer y otros fabricantes, en aquellos años treinta, soñaban con patentar el arma perfecta. Pero, como suele suceder en ingeniería, para llegar a un diseño final siempre hay que pasar por distintas fases que implican esfuerzo y tiempo. Ese fue el caso de la MP-40, un arma que alcanzó su mayor grado de perfeccionamiento en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial. Varios modelos la precedieron, como el MP-38, superior en costes a nivel de materiales que el MP-40, además de ser más complicado de producir en cantidades masivas.

MP-38. Modelo predecesor del subfusil MP-40.
Una serie de decisiones condujeron a que el modelo MP-40 prevaleciese respecto a los anteriores, entre ellas la sustitución de partes fabricadas de un modo “artesanal” mediante el empleo de tornos y fresadoras en favor de piezas prefabricadas en acero, mucho más fáciles de ensamblar y ajustar, por no hablar de la reducción en tiempos de trabajo invertido por los operarios en las cadenas de montaje.
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El MP-40, con la guerra ya en curso, se reveló como un arma fundamental para el desarrollo de la Blitzkrieg (guerra relámpago alemana), que demandaba este tipo de subfusiles para su infantería y tropas acorazadas.
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A modo de apunte estadístico cabe citar que, al final de la Segunda Guerra Mundial, se contabilizó la producción de más de un millón de unidades. Si bien el MP-40 en líneas generales cumplió con las expectativas y fue fiable para quienes la utilizaron, no hay que dejar pasar por alto que también contó con algunas desventajas respecto a otras armas similares fabricadas por algunas de las potencias que participaron en la contienda. La Thomson americana, la legendaria PPSh-41 rusa, el Sten Mark II británico e incluso el Suomi KP/-31 finlandés presentaron, como no podía ser, sus luces y sombras una vez fueron puestas a prueba en el campo de batalla.

Réplica DenixⓇ del MP-40.

El Tercer Reich toca a su fin.

Königsplatz, la espaciosa plaza tendida a los pies del Reichstag, bien podría compararse con el paisaje lunar aquella mañana del 30 de Abril de 1945. Mutilada por infinidad de cráteres, además de una gran zanja antitanque inundada de agua que atraviesa casi toda su extensión de norte a sur, la plaza está a punto de albergar uno de los episodios más dramáticos en la batalla de Berlín.
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La jornada anterior, la infantería soviética, apoyada de cerca por numerosos carros de combate, ha logrado hacerse con el control de varios edificios en el simbólico recinto. Königsplatz, emplazada justo en medio del barrio diplomático de Berlín, apenas resulta reconocible. Todos los edificios que la rodean, sin excepción, han sido masacrados por la artillería y los bombardeos.
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El Ejército Rojo no está dispuesto a perder más carros y hombres de lo estrictamente necesario. La toma del cercano puente Moltke, e incluso el Ministerio del Interior, en cuyo interior aún resuenan los disparos de los últimos defensores alemanes, ha supuesto una hemorragia de bajas para el Alto Mando soviético. Ha llegado la hora de asestar el golpe definitivo…

Vista aérea de Königsplatz con el Reichstag a la derecha (Foto: G. Earth).
Agazapados dentro de los cráteres que pueblan Königsplatz, los soldados alemanes aguardan el asalto soviético. Con las primeras luces del día, acompañados por una lluvia que no deja de caer del cielo grisáceo, manos nerviosas palpan las armas con las que en cuestión de minutos habrán de enfrentarse a la apisonadora rusa. Las MP-40, desgastadas por el paso del tiempo, parecen haber perdido el brillo que las acompañó durante sus primeros días de vida.
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Los aguerridos soldados contemplan la pátina que decora su superficie metálica, como si fuera una merecida condecoración tras haber aguantado firme el paso del tiempo en el frente, en compañía de sus amos, fieles hasta el final.
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Mientras unos comprueban que el mecanismo de disparo funciona correctamente, otros se aprestan a introducir munición en los cargadores. Cada uno de ellos, con capacidad para treinta y dos cartuchos, supone un salvavidas llegado el momento decisivo. Los más veteranos saben que, para evitar problemas con el arma, resulta más conveniente insertar treinta, pues algún camarada, traicionado por el caprichoso sistema de alimentación del arma, ya no se encuentra entre los vivos.
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Unos cinco mil hombres, distribuidos en el sector del Reichstag, escuchan la aterradora sinfonía que emerge al otro lado del río Spree. Sobre el caudaloso cauce, el puente Moltke, escenario de dramáticos combates horas atrás, se erige como una pasarela vital para las compañías de blindados rusos. El rugido de sus motores llega a oídos de los defensores alemanes. Pronto, las siluetas de los T-34 soviéticos se dibujan en la calle que, desde el puente, conduce a Königsplatz. Entre el humo y el polvo en suspensión que inunda la capital, las moles de acero se aceran a paso lento, cautelosos, pues las tripulaciones han aprendido que precipitarse en las calles de Berlín supone morir antes de tiempo.

Dos soldados comparten tabaco antes del inminente combate (izda. una MP-40).
De pronto, varias estelas de muerte se dibujan en el aire. Son los Panzerfaust germanos que vuelan al encuentro de los tanques enemigos. No tarda en escucharse una andanada de explosiones. Algún alemán, emplazando en posiciones de vanguardia, ha acertado de lleno sobre su objetivo. Las llamas devoran aquellos carros de combate alcanzados por los proyectiles de carga hueca capaces de destrozar las bestias de acero como si de un juguete de hojalata se tratase. Los vítores iniciales se entremezclan con los lamentos de los heridos, pues al retroceder hacia el Reichstag, los osados cazadores de carros caen bajo el fuego ruso, implacable, avasallador.
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Más y más tanques se abren paso camino del Reichstag pese al intenso fuego alemán. Nutridos grupos de infantería escoltan a esa especie de monstruos mastodónticos que no dejan de hacer rugir sus potentes cañones. El suelo retumba. Parece resquebrajarse en dos. Son los T-34 y los poderosos KV-1 que, a un paso de la victoria, irrumpen con violencia en Königsplatz.

Puente Moltke.

Instantes finales en el Reichstag.

Llega el turno del combate cuerpo a cuerpo. Con la infantería soviética ya en la plaza, los alemanes emergen de sus respectivos cráteres o asoman tras los parapetos para apuntar sus armas hacia la marea de color pardo. Centenares de soldados rusos disparan sus armas al bulto, desde la cadera, pues se saben superiores en número a los exhaustos defensores. Sobre sus cabezas pasan decenas de obuses escupidos por la artillería y los tanques. No dudan en arrojar un vendaval de acero y destrucción para proteger a sus camaradas.
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Los infantes de la Wehrmacht y de las Waffen SS disparan sus armas para tratar de repeler las oleadas enemigas. Numerosas MP-40 entonan su cántico de muerte a coro. Quienes las manejan con destreza vacían un cargador tras otro. Con el dedo pegado al gatillo, la treintena de cartuchos apenas dura cinco segundos en su interior. Pronto se escuchan las peticiones habituales. Heridos y tiradores, indemnes de milagro, reclaman asistencia y munición respectivamente. Las primeras líneas de trincheras caen en poder soviético no sin antes pagar un alto precio en vidas humanas; por no citar las pérdidas de blindados, terroríficas.
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Bajo la misma fachada del Reichstag, los desesperados defensores, con el dedo soldado a los gatillos de sus MP-40, rocían con plomo a diestro y siniestro. Frente a ellos, los soldados del Ejército Rojo se desploman como si fuesen bolos. Tras los muros del edificio gubernamental, más infantes alemanes disparan sus Kar-98 y los modernos StG-44 en un intento suicida por contener la posición.

En otros sectores de la ciudad, las secuelas de los combates resultan desoladoras.
Bajo sus pies, los sótanos del Reichstag apestan a muerte. Atestadas de heridos, sin apenas luz como para practicar los primeros auxilios a quienes llegan triturados tras pasar por el campo de batalla, y mucho menos como para llevar a término una intervención quirúrgica, las entrañas del ciclópeo edificio mutilado por la artillería se han convertido en una auténtica carnicería. Ni siquiera la penumbra que allí abajo reina es capaz de ocultar la desgarradora escena que contemplan decenas de hombres, unos dispuestos a luchar hasta el final, otros a punto de enloquecer.
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Con el paso de las horas la batalla se recrudece hasta límites insospechados. Incluso se solicita a la torre antiaérea del zoo que barra con sus potentes cañones toda la extensión de Königsplatz. La demanda es escuchada. Pronto se hace presente el silbido ensordecedor de los obuses de gran calibre que se aproximan a velocidad endiablada desde el extremo occidental del cercano parque de Tiergarten. Géiseres de tierra, capaces de ocultar un edificio, brotan del suelo con furia asesina. La infantería soviética vuela por los aires como si fuesen muñecos de trapo. También los carros de combate rusos, de varias toneladas de peso, salen despedidos hacia el cielo, donde se detienen durante unas milésimas de segundo para, a continuación, llover desde allí arriba convertidos en rutilantes amasijos de chatarra y restos humanos.

Los “Órganos de Stalin” soviéticos machacan toda la ciudad.
Llegado el atardecer, las primeras avanzadillas del Ejército Rojo logran irrumpir en el Reichstag. Afuera, la desolación es absoluta. Centenares de cadáveres, esparcidos por todas partes, yacen unos junto a otros en posiciones grotescas. Sus armas, inseparables compañeras hasta el último aliento de sus dueños, aún vomitan hilos de humo por los cañones. Han trabajado sin cesar desde bien temprano. Los restos sin vida de rusos y alemanes, enemigos hasta hace unos instantes, ahora emprenden juntos el camino hacia la eternidad.
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Numerosas PPSh-41 y MP-40, abandonadas sobre el manto de fango en que se ha convertido Königsplatz, son recuperadas por aquellos soldados del Ejército Rojo que, en breve, recibirán la orden de asaltar el Reichstag. Entre sus muros resulta más adecuado vérselas con el enemigo armado con un subfusil antes que con un simple Mosin Nagant de cerrojo.

1 de Mayo, día decisivo en la batalla de Berlín.

La madrugada del primer día de Mayo no concede tregua en la lucha. Dentro del Reichstag, los combates tienen lugar en los pasillos, en escaleras y sótanos. Pugna sin cuartel. Habitación por habitación. El cuerpo a cuerpo es inevitable. Quienes defienden el edificio gubernamental saben que se encuentran entre la espada y la pared, pues no esperan piedad de los rusos. No queda otra salvo resistir hasta el final. El fanatismo nada tiene que ver ya con ideologías, todo se resume a intentar salvar la vida propia, la del camarada herido o moribundo que se desangra al lado de quien aún aguanta en pie, más o menos de una pieza, para disparar a quemarropa contra todo soldado soviético que osa pisar allí dentro.

Interior del Reichstag, tras los combates, donde aún se aprecian los restos de la barbarie.
Cada estancia se ha transformado en un fortín. Auténticas fortalezas defendidas por hombres desesperados por sobrevivir un día más. El Ejército Rojo paga muy cara la tentativa de colocar la bandera rusa en lo alto del Reichstag en un definitivo gesto triunfal. Toda estancia tomada a la fuerza se traduce en una sangría de hombres para las tropas de Stalin.
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Pese a ello, los comandantes soviéticos lanzan más y más hombres a la trituradora de carne en que se ha tornado aquel fantasmagórico edificio, lúgubre, destrozado por los obuses, donde la única fuente de iluminación procede de velas, candiles y los intermitentes fogonazos de las armas y las explosiones de las granadas de mano. La electricidad es un lujo inaccesible que se ha desvanecido.
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Durante todo el día, pese a los esfuerzos del Ejército Rojo por hacer hincar la rodilla de una vez por todas a su eterno enemigo, tienen lugar salvajes refriegas entre los castigados muros del Reichstag. Las unidades de la Wehrmacht y de las Waffen SS allí destinadas se resisten a sucumbir. Sin cesar, las MP-40 de unos y otros vomitan plomo a un ritmo frenético. Acorralados, los defensores reculan hacia lo más profundo del sótano, donde se revuelven con brío en un intento desesperado por contener la ofensiva rusa. Allí abajo, heridos y sanitarios se ven inmersos en la lucha, primitiva, inmisericorde.
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Tableteos de subfusiles y granadas de mano son la banda sonora de aquella jornada. Centenares de casquillos de nueve milímetros se tienden como una alfombra bajo los pies de los últimos guardianes del símbolo político por excelencia del Tercer Reich. Incontables MP-40 aún restallan entre las tinieblas. También los fusiles de asalto StG-44 y las Luger alemanas se suman a la ensordecedora sinfonía.
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Por su parte, la infantería rusa, con sus PPSh-41 en ristre, barren parapetos y estancias casi a ciegas, pues el humo inunda cada esquina del sótano. El intenso olor a muerte, explosivos y pólvora quemada impregna los pulmones de los que aún viven para proseguir la lucha.

Vista exterior del Reichstag. En primer término, un 8,8 cm. alemán empleado como desesperada defensa antitanque.
Con las últimas horas del día, la lucha parece llegar a su fin… Eso es lo que creen algunos soldados rusos, confiados al ver que varios grupos de alemanes han resuelto optar por la rendición antes que saborear la muerte en aquel escenario de pesadilla. Pronto despertarán de ese sueño irreal.
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Varios altos mandos del Ejército Rojo, horas atrás, también soñaban con izar la bandera rusa en lo alto del Reichstag para, a modo de regalo, ofrecer la capitulación de Berlín a Stalin el simbólico 1 de Mayo.
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Apenas un reducido grupo de soldados, casi al concluir el día 30 de Abril, fue capaz de hacer ondear algo parecido a una bandera roja en el tejado. Pronto tuvieron que recular, pues la lucha arrasaba el edificio de arriba abajo.

El final.

Fue tras el amanecer del día 2 de Mayo cuando, por fin, un oficial alemán, el general Weidling, firmó la capitulación. Restaban unos minutos para que los relojes marcasen las nueve de la mañana. Relojes como los del soldado ruso que portaba en su muñeca al ser retratado para la eternidad por la cámara de Yevgueni Jaldéi.
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Instantánea original que, retocada con posterioridad para dotarla de mayor dramatismo y librarla de posibles interpretaciones sobre el saqueo cometido por los infantes soviéticos, permanece grabada en nuestras retinas.
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Aquellas primeras horas del 2 de Mayo, en el interior del Reichstag, resonaron los últimos disparos según el sol emprendía su camino hacia lo más alto del firmamento. Soldados alemanes, desconocedores de la rendición firmada por Weidling, todavía se resistían a capitular. Como en otros puntos de la ciudad fantasmal, pequeños grupos se negaban a asumir el fin de las hostilidades. Parapetados entre ruinas, hambrientos, sin agua y con los últimos cartuchos insertados en el cargador de sus armas, no tardaron en ser arrollados bajo una lluvia de plomo devastadora.

Realista ilustración de Antonio Gil que nos muestra un puñado de Waffen SS franceses, de los últimos defensores de Berlín, en encarnizada lucha con infantes del Ejército Rojo.
Los soldados soviéticos encargados de reducir las bolsas de resistencia en el sótano del Reichstag descubrieron, al retornar la calma tras furiosas horas de combates, que sus enemigos yacían sobre un manto de cascotes, adornados con casquillos que reflejaban la tenue luz de las linternas.
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Como otros tantos, un infante ruso se reclinó sobre el cadáver de un oficial alemán, cuyo uniforme, ensangrentado y polvoriento, mostraba orgulloso varias condecoraciones. Aquel hombre, exánime, aún aferrado a su arma, parecía no querer desprenderse de la pieza de ingeniería letal que le acompañaba en su lecho de muerte.

Soldados soviéticos en el tejado del Reichstag alzan la bandera de la URSS.
Un arma que, junto a su dueño, había visto tiempos mejores, cuando a bordo de un semioruga había combatido en Francia. Un arma que también había tomado parte en otros escenarios, como el norte de África e Italia. Pero un arma que, de un modo inevitable, había sido testigo de excepción de las últimas horas de vida del régimen de Adolf Hitler en la misma capital del Tercer Reich.
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Sí, aquel soldado ruso, joven y de mirada curiosa, cuya atención se centraba en el oficial horadado por las balas, no quiso dejar pasar la oportunidad de regresar a la Madre Patria con un recuerdo valioso, simbólico, legendario a partir de aquel mismo instante… Se trataba de una MP-40 cuya superficie, con una pátina característica causada por el paso del tiempo, reflejaba el haz de luz proyectada por la linterna de aquel infante llegado desde los Urales.
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Asida con fuerza, alzó la MP-40 en el aire y, tras contener un grito de victoria en su garganta, la agitó en el aire para mostrársela a sus compañeros de pelotón.
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La guerra había concluido.
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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PD: Si disfrutaste de este episodio histórico, te espera mucho más en mis novelas. Puedes acceder a ellas en: Mis libros.
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La MP-40 al detalle en la web de Denix, haz click aquí.

CURIOSIDADES BÉLICAS #25: Werneuchen y la Primera Escuadrilla Azul.

A mediados del mes de Abril de 2017 me desplacé hasta Alemania, una vez más, para documentar un nuevo proyecto literario. Aquel viaje supuso uno de los primeros pasos que di a la hora de recabar información con la que impregnarme del halo histórico que aún esconde Werneuchen. No dudé en visitar este aeródromo abandonado del que hoy hablaré al lector, pues fue el punto de partida de los protagonistas de esta entrega de “Curiosidades bélicas”. Hablo del elenco de personajes, reales y ficticios, que tomarán parte en “Cielo rojo, águilas azules”, la historia novelada de la Primera Escuadrilla Azul.
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Si bien este proyecto literario comenzó a tomar forma en el verano de 2016, cuando me centré en diversas entrevistas, búsqueda y estudio de material documental, fue en 2017 cuando, por fin, pude visitar algunos de los escenarios que, 76 años atrás, pisaron los hombres de la 1ª E.A.

Recepción oficial de la expedición española a su llegada a la estación de Anhalt, Berlín (27 de Julio de 1941).
¿Quién conformaba esta agrupación?
La 1ª Escuadrilla Azul consistió en un nutrido grupo de soldados españoles que tomaron parte en la Segunda Guerra Mundial encuadrados en las filas de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana. Un total, aproximado, de 120 hombres.

Desfile del personal de tierra en los aledaños de Anhalter Bahnhof (con el hotel Excelsior de fondo).

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CURIOSIDADES BÉLICAS #24: Belchite. Dos semanas al límite.

Finales de Agosto de 1937. Verano sofocante. El sol, abrasador, golpea con saña cada rincón de una modesta localidad aragonesa. Se trata de Belchite, emplazada a 50 km. al sur de Zaragoza (España). Sus casi dos mil habitantes padecen los estragos de la climatología. Pero las altas temperaturas pronto quedarán relevadas a un segundo plano, pues la guerra llama a las puertas de este enclave estratégico. Nadie se imagina el resultado de lo que, en cuestión de horas, está a punto de desatarse sobre Belchite.

Vista de Belchite antes de la guerra.
Desafiante, el campanario de la iglesia parece rasgar el cielo despejado. Bajo el arco de la entrada de la villa, pintoresco donde los haya, algunos soldados del bando sublevado buscan el alivio que concede la sombra.
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En otros puntos de la ciudad, como el hospital, los conventos y la comandancia, sus ocupantes resoplan hastiados por el bochorno. Algunos, abatidos por el pesado ambiente, dormitan para evadirse de las altas temperaturas. Ni siquiera la suave brisa que procede desde un pequeño cauce de agua que discurre por el norte de Belchite puede aliviarlos.
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Ya al atardecer, a lo lejos, un rumor alerta a los que, muy pronto, se convertirán en los enconados defensores de Belchite.

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CURIOSIDADES BÉLICAS #23: Fort Douaumont. Pasado y presente de una masacre.

Hoy quiero transportar al lector a Verdún. Un escenario que seguro reconoce de antemano casi todo aficionado a la Historia, pero seguro que también lo hacen aquellos profanos en la materia, pues mucho se ha escrito sobre lo allí ocurrido en el lejano año de 1916. La modesta ciudad, emplazada al noreste de Francia, a unos 125 km. de la frontera con Alemania, fue destino de uno de mis habituales viajes de documentación para poder hallar respuestas e información sobre uno de los acontecimientos más brutales en los que ha participado el ser humano. Evocar mi estancia en aquella ciudad, bella, modesta y de aspecto añejo, aún consigue ponerme los pelos de punta. Sus alrededores apenas logran enmascarar cuanto allí aconteció.
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¿Por qué? Permítame relatarle los que esconde aquel paisaje de Verdún…

Vista aérea de Fort Douaumont en 1915, 100 años antes del inicio de mi viaje a la región de Verdún.
Verano de 2015.
Como siempre que comienzo un proceso de documentación para cualquiera de mis proyectos literarios, no dudo en visitar los escenarios donde sucedió aquello que, con posterioridad, relataré en las páginas de cada libro o novela que escribo.
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De regreso de Alemania, decidí emplear unos días en el estudio de Verdún y el sistema de fortalezas que lo rodean. Allí, gracias al cruce previo de correos electrónicos y el envío de varias solicitudes antes de partir, pude contar con la ayuda de diversos expertos y guías locales para conocer el terreno a la perfección.

Tumba de un soldado desconocido en el osario-monumento de Verdún.

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Conferencia “Hazañas y Curiosidades Bélicas” de la I y II Guerra Mundial

CONFERENCIA – COLOQUIO
“CURIOSIDADES Y HAZAÑAS BÉLICAS DE LA I y II GUERRA MUNDIAL”
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¿Te dejas atrapar por una forma diferente de contar y experimentar la Historia?

El Jueves 1 de Marzo, a partir de las 20:00h., en la biblioteca del exclusivo Club Argo de Madrid, Daniel Ortega, docente, escritor e investigador de la historia de la I y II Guerra Mundial, nos hablará de hazañas y curiosidades bélicas desde un punto de vista poco conocido, el de los perdedores. Continuar leyendo “Conferencia “Hazañas y Curiosidades Bélicas” de la I y II Guerra Mundial”

CURIOSIDADES BÉLICAS #22: Krasny Bor 1943. Un día histórico en el frente ruso.

Febrero de 1943. Nos encontramos en el crudo frente ruso, en la madrugada del día diez del mes en curso. Noche oscura, gélida, en la que se superan los -20ºC. La brisa helada, capaz de cortar el rostro de quien ose permanecer a la intemperie, barre los arrabales de Leningrado. Allí, no muy lejos de una solitaria línea ferroviaria que une Moscú con la antigua capital zarista, varios soldados de la Wehrmacht (Ejército alemán) se agazapan en búnkeres, casamatas y, en el mejor de los casos, en alguna isba de la población de Krasny Bor.

Un soldado padece los estragos de la climatología rusa.
Seguro que el lector ha reconocido a los protagonistas de esta nueva entrega de “Curiosidades bélicas”.
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Así es, se trata de los hombres de la División 250 de Infantería, la División Española de Voluntarios, también llamada “División Azul”.

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CURIOSIDADES BÉLICAS #21: Cambrai 1917. Bestias de acero desatadas.

Noviembre de 1917. Nos encontramos al norte de Francia, en algún punto no muy lejos del paso de Calais y la frontera con Bélgica. Al amanecer del día 20, agazapados en el interior de las incontables trincheras que surcan el sector del frente, cientos de soldados alemanes aprecian perplejos un estruendo que emerge tras el horizonte.
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Aquel siniestro rugido simula el horrísono canto de una manada de animales prehistóricos. Pero no, estamos en pleno siglo XX, y aquello que llega a oídos de los defensores de la Línea Hindenburg no es otra cosa que el rugido de casi cuatrocientas bestias de acero desatadas. Su aullido metálico y ensordecedor vaticina muerte.

Campos de muerte donde el alambre de espino se pierde en el horizonte.
¿Cómo se ha llegado a semejante situación? La respuesta a esta cuestión es sencilla…

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CURIOSIDADES BÉLICAS #20: Nachtjäger. “Vampiros” en el campo de batalla.

Por extraño que parezca al lector este titular, más propio de una novela de vampiros, esta nueva entrega de “Curiosidades bélicas” tiene como protagonista la tecnología militar alemana desarrollada antes de la Segunda Guerra Mundial y perfeccionada durante la contienda.
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Muchos historiadores afirman que, durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes emplearon tecnología militar muy avanzada para su época. Otros, por su parte, secundan una vertiente más progresiva de la evolución tecnológica en materia de armamento del Ejército alemán.
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A diferencia de la actualidad, donde los progresos en cualquier campo parecen lograrse de hoy para mañana, en la década de los años 20 y 30 del siglo XX, Alemania comenzó a experimentar en muchas facetas relacionadas con la esfera castrense. Desde la aviación hasta los sumergibles, sin descuidar, por supuesto, armas, vehículos y un sinfín de áreas que, ya adentrados en los años 40, vieron su “culminación” (veremos que apenas marcaron el inicio del camino).
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Incluso después de la guerra, las potencias vencedoras imitaron la tecnología capturada a los alemanes y, como bien es sabido, “reclutaron” a muchos científicos para mejorar sus propios programas militares, científicos e incluso espaciales (Operación “Paperclip”).
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Pero, para poner cara a uno de tantos ejemplos, permítame el lector adentrarle de lleno en la acción…

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Informe Enigma – Misterios bélicos

Colaboraciones en  “Informe Enigma”
Medio: Radio Platja d'aro
Fecha: 27/02/2018
Presenta: Jorge Ríos
Programa: Informe Enigma
Temporada 3x08: La leyenda del Barón Rojo.


Medio: Radio Platja d'aro
Fecha: 05/01/2018
Presenta: Jorge Ríos
Programa: Informe Enigma
Temporada 3x01: La "Muerte Blanca" (Simo Häyhä)


Medio: Radio Platja d'aro 
Fecha: 16/11/2017 
Presenta: Jorge Ríos 
Programa: Informe Enigma
Temporada 2x48: Los fantasmas de la I Guerra Mundial


Medio: Radio Platja d'aro 
Fecha: 19/10/2017 
Presenta: Jorge Ríos 
Programa: Informe Enigma
Temporada 2x44: Batallas espectrales (Belchite)


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