CURIOSIDADES BÉLICAS #28: Halbe. Infierno en un bosque olvidado.

Recuerdo aquel día de Abril de 2017. Llovía mucho. Demasiado. El lugar al que acababa de llegar, un cementerio junto a una modesta villa, desprendía quietud. Excesiva. Podría definirla como fantasmal. Todavía en el interior de mi coche, ya con el motor parado, la lluvia repiqueteaba con fuerza sobre la estructura del vehículo. Una fina hilera de vapor se deslizaba desde las entrañas del mismo hacia el exterior. Así lo atestiguaba una nubecilla blanquecina que pronto se difuminó a causa de las gotas de agua, fría, como aquella jornada. Abrí la puerta y, con decisión, decidí apearme. No había vuelta atrás. Estaba en Halbe, Alemania. Nada a esas alturas iba a detenerme. Hasta allí había llegado con una sola idea en mente: impregnarme de lo que en aquel lugar había sucedido durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.

Placa conmemorativa a los soldados alemanes caídos durante la Primera Guerra Mundial (fotografía del autor).
Mis primeros pasos, dubitativos en primer término, me condujeron hacia un modesto monumento erigido junto al perímetro exterior del cementerio. Una placa metálica, de sobrio diseño, destacaba sobre unas rocas que conformaban una suerte de monolito cuyo silencioso mensaje apenas es percibido por los paseantes. Grabados en su superficie figuraban nombres de los soldados nacidos en Halbe que cayeron en combate durante la Gran Guerra. Húmeda de arriba abajo, aquel homenaje de piedra y metal parecía exudar lágrimas repletas de dolor y nostalgia.

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Justo entonces, inmóvil ante el pétreo tributo, sentí fluir en mi interior el respeto por quienes mueren a causa de la sinrazón, lejos del hogar, en brazos de un camarada o al amparo de la piadosa mirada de una enfermera, arropados por el fragor de la batalla o, tal vez, mecidos por los agónicos lamentos de otros seres humanos consumidos por el dolor. Reparé en cada detalle de aquella placa, donde resaltaban impactos de metralla y orificios ocasionados por las balas que allí fueron a estamparse en otro mes de Abril, este otro mucho más lejano, pues hablo del año 1945.
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La estilizada lista de nombres y apellidos, acompañados de las correspondientes fechas que señalaban la defunción de los grabados en la placa, parecía reclamar su protagonismo aquella oscura jornada, presidida por un cielo plomizo y entristecido; tal vez los protagonistas de este artículo fueron sus hijos, o tal vez fueron sus nietos… Pero, en esta ocasión, de quienes hablaré en esta entrega de “Curiosidades bélicas”, no hallaron la muerte lejos de Alemania, más bien podría decirse que fueron aniquilados en suelo patrio.
Antecedentes de la batalla de Halbe.
Nos encontramos en la recta final de Abril de 1945. La batalla de Seelow, que comenzó el pasado día 16 del mismo mes, parece un mal recuerdo en las mentes de aquellos que han sobrevivido a la carnicería. En apenas 72h. de combates, alemanes y rusos suman un total de cincuenta mil bajas, entre muertos y heridos. Pero la pesadilla aún no ha terminado. La guerra en el frente oriental, que ahora se desarrolla en territorio alemán, todavía tiene algo que ofrecer: la penúltima gran masacre.

General Theodor Busse.
Theodor Busse, general alemán al mando del IX Ejército, ante el furioso empuje soviético procedente del Este, se ve obligado a retirar a sus tropas hacia las inmediaciones de Berlín. Sus ochenta mil hombres conforman una mezcolanza extraña. Soldados de las Waffen SS, Cazadores de Montaña, también de las SS, hombres de la Wehrmacht e incluso miles de civiles conforman una columna variopinta donde la incertidumbre, la desesperación y el horror resulta patente en los ojos de la mayoría de ellos. Otros, aún dispuestos a presentar batalla al Ejército Rojo, se muestran con semblante amenazador, pues para ellos la guerra aún no ha terminado; quieren luchar hasta el final, pese a quien pese, lo van a hacer.
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Reunidos en el área de Spreewald, boscoso sector al sureste de la mortecina capital del Tercer Reich, las divisiones diezmadas tras su paso por la trituradora de Seelow se preparan para lo inevitable. Un nuevo combate contra los rusos está a punto de tener lugar en los alrededores de Halbe y los frondosos bosques que la rodean.

Esquema gráfico del plan de escape del IX Ejército alemán.
Busse es consciente de lo que se le viene encima, por lo que, tras mantener un diálogo con el general Wenck, comandante del XII Ejército alemán, resuelve abrirse paso hacia el Oeste con la intención de reunirse con su camarada y los miles de soldados que de él dependen. Tal vez sea la única opción de salir con vida de la inminente matanza. Wenck accede, comparte idéntica visión acerca del porvenir de sus subordinados.
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Ambos acuerdan que lo mejor será establecer un corredor mediante el cual los hombres del IX Ejército de Busse, además de los millares de civiles que los acompañan, puedan deslizarse hacia el Elba, donde se entregarán a los norteamericanos. El plan parece sencillo, pero dadas las circunstancias, las probabilidades de éxito son escasas… Pero, a pesar de las terribles dificultades, deben intentarlo.

General Walther Wenck.
Las órdenes procedentes desde el búnker de Hitler en Berlín conminan a ambos generales a hacer lo imposible por dar media vuelta y atacar, con todos los efectivos a su disposición, en dirección a la capital. Semejante acción supondría un descalabro inútil para ambos ejércitos, por lo que sus respectivos generales, a riesgo de sus propias vidas, hacen oídos sordos. Acaban de contravenir las instrucciones que brotan del tétrico Führerbunker.
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Wenck y Busse… ¿Serán capaces de acometer la heroica proeza?
Bosques de muerte.
El Primer Frente Bielorruso, gigantesco contingente comandado por Zhúkov, progresa desde el Norte. Por su parte, el Primer Frente Ucraniano, con Koniev a la cabeza, avanza desde el sur. El enérgico movimiento en pinza efectuado por los soviéticos está a punto de cerrarse sobre Berlín y sus inmediaciones.
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Es en Halbe, al sureste de Berlín, donde están a punto de desarrollarse unos dramáticos combates. A la pequeña población de unos 2.500 habitantes, llegan los lejanos ecos de la artillería rusa. Incontables explosiones resplandecen en el horizonte. Fogonazos de muerte capaces de iluminar con su siniestro brillo el grisáceo atardecer.
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Oleadas de civiles huyen de aquel infierno. También nutridos grupos de soldados, hasta ahora dispersos en los bosques, consiguen alcanzar la localidad. Varios habitantes no dudan en acoger a quienes más lo necesitan. Los víveres y el agua escasean de un modo alarmante. También las armas y las municiones. Muchos son los soldados, muy jóvenes, imberbes, que hasta allí han llegado desarmados. Presa del pánico, no tardan en hacerse con ropa civil que amablemente les tienden los hombres y mujeres de Halbe. Eso sí, saben que tal acción puede suponer la pena capital, pues el castigo por encubrir a un desertor conlleva un juicio sumario con una única sentencia posible: la ejecución del autor y los encubridores.

Rusos, británicos y americanos, según se adentran en territorio germano, presencian cada vez con mayor frecuencia la rendición de jóvenes soldados alemanes.
Las SS andan demasiado cerca, todo el mundo extrema la precaución. Morir ahora que la guerra toca a su fin no tiene sentido alguno. No tardan en sucederse los encontronazos entre los soldados de la Wehrmacht y las SS, quienes llegan a culparse mutuamente de la desastrosa situación.
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Allí donde se mire, el panorama es dantesco. Pese a la fría lluvia, en la lejanía, los árboles se han tornado en piras incandescentes. Rutilantes incendios consumen a placer los bosques que cubren el horizonte en dirección Este, allí por donde se aproxima la devastadora apisonadora soviética.
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Más allá de Halbe, la retaguardia del IX Ejército de Busse, prácticamente aislada y abandonada a su suerte, combate a la desesperada para permitir que el resto de sus camaradas pueda huir hacia el Oeste. Valor extremo el que demuestran aquellos quienes, con el transcurso de las horas, son masacrados sin contemplación por el Ejército Rojo. Carreteras y pistas forestales configuran un cuadro de pesadilla. Cientos de vehículos humeantes, otros aún en llamas, yacen junto a las cunetas. Camiones, blindados y vehículos de todo tipo arden sin control. La gasolina es un bien escaso y muy preciado, por lo que aquellos vehículos cuyos depósitos no albergan una gota de combustible son destruidos en el acto. Apenas resta tiempo para arrancar alguna pieza que pueda servir de repuesto para otros… Apenas resta tiempo para rellenar los depósitos…

Muerte y tragedia campan a sus anchas en el campo de batalla.
Los rusos se acercan. Sus gritos se escuchan a lo lejos. La artillería soviética golpea cada centímetro cuadrado de la floresta, ennegrecida en algunos puntos tras ser devorada por el fuego, rutilante en otros, pues las llamas danzan con ritmo voraz alrededor de ramas y troncos.
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Cientos de soldados sucumben para conceder una mínima oportunidad de escape a aquellos que ya han llegado a las inmediaciones de Halbe. Cientos de civiles perecen en medio del fuego cruzado o bajo la granizada de obuses de la artillería rusa; mujeres, niños, ancianos… La cortina de fuego soviética no hace distinciones.
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Todos querían alcanzar la salvación, pero ha resultado demasiado tarde para ellos. Imposible escapar de una tragedia segura.
Intentos de ruptura.
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El 26 de Abril, por la mañana, Busse lanza la vanguardia de sus tropas hacia un sector donde existe un poro en el cerco soviético. Apenas es el ojo de una aguja, pero debe intentarlo a toda costa, sus soldados y los civiles deben salir de aquel embolsamiento a toda costa. Un puñado de carros de combate alemanes, de los últimos supervivientes, acompañados por grupos de soldados, irrumpen en la cercana autovía que comunica Berlín con Dresde, eje vital de comunicaciones Norte – Sur, y logran penetrar varios kilómetros en dirección Oeste. El empuje es fuerte, fruto de la desesperación de quienes saben que o luchan por abrirse camino o perecerán sin remedio, bien en el campo de batalla, o lo que es peor, en los campos de prisioneros de la lejana Rusia.

Ubicación de Halbe, al sureste de Berlín.
A través de los densos bosques, y sirviéndose de algunas pistas y caminos forestales, el avance alemán, a costa de grandes sacrificios, consigue alcanzar la carretera que une Zossen, población cercana al sur de Berlín, y Baruth, modesta localidad emplazada más al sur que la anterior. Allí, la alegría inicial que invade a soldados y civiles por haber conseguido tal proeza, se torna de inmediato en tragedia.
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Los soviéticos, alertados por la presencia enemiga en aquel punto frágil de su cerco, no tardan en machacar el sector con su artillería. La aviación tampoco se queda atrás y procede a bombardear cualquier lugar sospechoso donde pueda ocultarse un uniforme germano.
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Unido a lo anterior, la infantería del Ejército Rojo lanza impetuosos contraataques tanto en la carretera como en los bosques. La lucha entre la floresta adquiere tintes dramáticos. Los disparos resuenan con crudeza. Rusos y alemanes se enzarzan en salvajes combates, impropios de seres humanos. Los heridos, sin recursos para ser atendidos, quedan tendidos en las cunetas o apoyados en los troncos de los árboles. Algunos suplican el tiro de gracia, el dolor es insufrible. Otros, moribundos, apenas se atreven a gemir, pues los rusos andan cerca y no hacen prisioneros. Pobre del que es descubierto con vida…
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En medio del caos, el Führer envía un mensaje Busse. Adolf Hitler, aún incrédulo al comprobar que Busse ha desoído sus órdenes, deja patente que aquellos que no obedezcan su mandato caerán en el mayor de los desprecios, pues se espera que los hombres del IX y del XII Ejército acudan raudos al socorro de la capital del Tercer Reich. La ciudad de Berlín, también rodeada, es testigo de excepción de una defensa desesperada. Allí, soldados y civiles perecen entre las ruinas humeantes. El cerco ruso está a punto de asfixiar la cabeza del régimen de Adolf Hitler.

Material de guerra inutilizado o destruido.
De nuevo, el 27 de Abril, las tropas alemanas intentan de nuevo abrirse paso hacia el Oeste. En esta ocasión, divididos en dos grupos, se ultiman los preparativos para lanzar ataques desde dos puntos distintos. Una agrupación partirá desde Halbe, en dirección a Baruth, con la intención de liberarse de la tenaza rusa en dirección Sur. Otra, que partirá desde la cercana Teupitz, hará lo propio en dirección Norte.
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Ambos intentos cosechan éxitos iniciales. La desesperación por escabullirse del cerco no concede otra opción: luchar para sobrevivir o morir sin haberlo intentado. Los soldados alemanes llegan incluso a tomar algunos pueblos ubicados varios kilómetros más allá de sus respectivos puntos de partida. Por desgracia para ellos, el Ejército Rojo no puede permitirse el lujo de dejar escapar un nutrido contingente enemigo, así que no duda en aplastar con fiereza toda fuerza hostil que se cruce en su camino.
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En los bosques, los obuses escupidos por las piezas de artillería y los carros de combate soviéticos aciertan deliberadamente en las copas de los árboles. Intención macabra. Tras las brutales explosiones, la inevitable lluvia de astillas se proyecta sobre los aterrados soldados y civiles que tratan de contactar con el XII Ejército de Wenck. Tal es la granizada de metralla y afilados fragmentos de árboles que los bosques pronto quedan salpicados de incontables heridos. No hay protección posible. Quienes intentan cavar un pozo en el suelo para poder refugiarse no tardan en darse cuenta de la cruda realidad. Su esfuerzo resulta inútil. Muchos sucumben perforados por el chaparrón de afilada madera.

Los estragos de la batalla.
El crujido de troncos y ramas se entremezcla con los desgarradores gritos de los heridos y moribundos. Ya no se les puede prestar atención médica, no hay recursos y los escasos sanitarios que acompañan a civiles y soldados apenas pueden cumplir su trabajo.
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La tormenta de muerte es abrumadora. Ni los más veteranos combatientes intentan contener el horror que aflora en sus retinas. Nadie, ni ellos mismos, aguerridos soldados con varios años de lucha a sus espaldas, son capaces de soportar el desolador bombardeo soviético.
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Los bosques donde tienen lugar los combates semejan el infierno sobre la tierra. Cascos, armas, maletas, mochilas, cargadores y cartuchos vacíos se esparcen por el terreno junto a vehículos calcinados y una infinidad de cadáveres despedazados.
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Temerarios, algunos carros alemanes se adentran en los caminos forestales con la clara intención de escapar de aquella masacre. Sobre su estructura metálica, diversos soldados, exhaustos la mayoría, apenas cuentan con fuerzas para aguantar agarrados a alguna parte de la misma. Otros vehículos, semiorugas y camiones, también atestados de soldados y civiles, siguen a las bestias de acero a través del recorrido de incierto final.
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Al acecho, cañones antitanque y blindados soviéticos esperan entre los árboles, como cazadores, aguardan con paciencia la presa, que tarde o temprano se presentará ante ellos. Tras establecerse contacto visual, las detonaciones estremecen a los que allí presencian en primera persona la pugna entre los colosos metálicos. Quienes no se apean a tiempo caen fulminados por las ráfagas de las ametralladoras y de los obuses rusos. Escenas plagadas de dramatismo, donde locura y heroísmo se entremezclan en medio de un estrépito ensordecedor.

Los cadáveres se contabilizan por centenares.
La fiereza de la lucha es tal que, en cuestión de minutos, el terreno se presenta plagado de restos de blindados rusos y germanos. Piras de un brillo deslumbrante ciegan a los que aún conservan la vida. El humo, junto al olor a combustible, pólvora y explosivo, impregna cada palmo del bosque.
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Densa cortina negruzca que apenas deja ver lo que se encuentra varios metros por delante. En determinados puntos, las copas de los árboles tampoco resultan visibles. Ojos llorosos y enrojecidos. Gargantas resecas. Olor a cuerpos quemados y vísceras esparcidas sobre el mullido suelo boscoso. Una sinfonía de toses y arcadas acompañan en el camino de retirada a los supervivientes alemanes que han visto frenada en seco una nueva tentativa de escape. Atrás quedan motones de muertos, otros agonizan en sus últimos estertores, o peor aún, hay quienes incluso han desaparecido bajo el peso de las cadenas de los blindados en retirada; apenas una pulpa sanguinolenta es lo único que resta de ellos.
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El estruendo de las explosiones cede el turno a otro sonido aún más estremecedor. Son las voces de aquellos soldados y civiles que han quedado descolgados de sus respectivos grupos. Impotencia, desorientación, terror y pánico invaden a todos y cada uno de ellos. ¿Dónde están los demás? ¿Qué ha pasado con mi superior y mis camaradas? ¿Por dónde tengo que ir ahora? Son apenas una muestra de las preguntas que bombardean la cabeza de los que, todavía indemnes de milagro, aspiran a la libertad.
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Al anochecer del día 28, los alemanes organizan otro intento de huida. Sin apenas mapas ni brújulas con los que poder encaminar los pasos hacia el Oeste, sumado a la falta de visibilidad y la escasa presencia de oficiales, la labor resulta casi imposible.
La lucha en Halbe y sus alrededores.
Durante el 28 y el 29 de Abril, a la ciudad de Halbe llega el estruendo de los combates, pero también los rumores y noticias portados por soldados aterrados y civiles que imploran refugio en los sótanos de aquellas viviendas que aún se mantenían en pie. La población local no tarda en extender una mano auxiliadora a los que así lo demandan.

Panorámica de Halbe.
Numerosos soldados bisoños (algunos ni siquiera han tenido la oportunidad de entrar en combate) alcanzan Halbe con un rictus de pánico absoluto dibujado en su rostro. Más de uno aparece en la ciudad con los pantalones húmedos, impregnados en orines o restos fecales. Jamás en toda su vida habían presenciado semejante caos y muestra de destrucción. Ni los más curtidos soldados, algunos muy experimentados en el frente ruso, son incapaces de ocultar su preocupación. Los rusos están a las puertas de la ciudad. Saben que la lucha sin cuartel no tardará en arrasar aquel lugar.
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Con Halbe a tiro, y sin previo aviso, los temibles cohetes Katyusha (los “Órganos de Stalin”) entran en acción. Su sinfonía de destrucción inunda las calles de la ciudad. Inconfundible silbido anunciador de muerte que procede de los cercanos bosques situados en el extremo oriental de la ciudad. ¡Cuerpo a tierra! ¡Sálvese quien pueda! Las advertencias efectuadas a pleno pulmón quedan ahogadas por el estruendo de las interminables explosiones. Toda la ciudad, de arriba abajo, sufre sacudidas de gran intensidad. Incluso el propio suelo parece estar a punto de resquebrajarse.

Varios civiles examinan despojos de guerra en busca de algo que pueda resultarles de utilidad.
Los puestos de socorro improvisados pronto se ven atestados de soldados y civiles que son trasladados para recibir atención médica. Los menos afortunados yacen en las calles o las cunetas de las carreteras y caminos que conducen a Halbe.
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Los casos más graves, soldados que hacía unos instantes caminaban por su propio pie, ahora suplican asistencia con manos temblorosas que se alzan en el aire en un último intento por despertar compasión en los camaradas que se alejan.
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Nadie se detiene para atender sus peticiones. ¿Quién puede ayudarlos ahora que los rusos están a punto de arrasar con todo? No tardarán en hallar la muerte entre terribles sufrimientos.
La huida hacia el Oeste.
A lo largo del día 29, como si de un milagro se tratase, el cielo se despejó en parte. Escampó la lluvia que tanto había azotado días atrás Halbe y sus alrededores. El sol volvió a ser visible. Agradecidos, muchos soldados pudieron orientarse en medio de aquel mar de humo que envolvía Halbe y sus alrededores. Algunos aviones soviéticos dejaron caer octavillas que conminaban a la rendición de los cercados y les informaban acerca del final de la guerra, ya inminente.
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Aquellos que aún conservaban la cordura se organizaron y emprendieron el arriesgado camino hacia el Oeste. A base de enconados combates y refriegas con las tropas rusas, diversos grupos de solados alemanes, acompañados de civiles, lograron perforar el cerco ruso. Otros lo habían conseguido en días anteriores. Los que ya habían saboreado la salvación, en compañía de los que acababan de evadirse del embolsamiento, se sumaron para progresar rumbo al cercano río Elba.

Soldados soviéticos progresan a través de uno de los bosques que rodean Halbe.
Sí, lograron alcanzarlo. Miles de soldados, unos veinticinco mil, en compañía de varios miles de civiles, llegaron a las inmediaciones de la localidad de Beelitz, donde parte del XII Ejército de Wenck les esperaba. Otros no corrieron tanta suerte. Alrededor de treinta mil sucumbieron en el campo de batalla, junto a incontables civiles. Los que no hallaron la muerte, como no pudo ser de otro modo, fueron capturados por los rusos.
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Indescriptibles escenas de alegría las que tuvieron lugar en el punto de encuentro alemán. Soldados y civiles se fundieron en interminables abrazos cargados de alivio, dolor y comprensión. Pero el dramático escape aún no había concluido. Todavía restaba un largo trecho hacia las líneas estadounidenses, donde Wenck y Busse pretendían rendir sus tropas, cuestión que se materializó durante los primeros días del mes de Mayo. Incluso, algunos rezagados del grupo principal, agradecieron de por vida haber peleado hasta el final, pues hallaron la salvación al reencontrarse con los hombres de Wenck y Busse días después de la ruptura decisiva del cerco soviético.

Una de tantas lápidas bajo que la que reposan los restos de un caído desconocido en aquel lejano mes de Abril de 1945 (fotografía del autor).
Más que un campo de descanso eterno.
Recuerdo con claridad cristalina mi paseo por el cementerio de Halbe. Se calcula que unas 15.000 almas allí reposan; otras fuentes elevan al doble esa cifra. Soldados y civiles alemanes compartieron un doloroso y tráfico final. Ahora comparten la quietud que emana aquel lugar. Muchos de ellos tienen inscrito su nombre en lápidas modestas. Otros simplemente descansan de forma anónima bajo una cruz o lápida donde un cartel reza “Unbekannte” (desconocido).
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Dejé atrás ese cementerio con el alma en un puño, pues su simbólico silencio no puede dejar indiferente a nadie. Paseé bajo la lluvia sin importarme terminar empapado; mucho peor lo pasaron los enterrados en ese lugar. Imposible pensar en quejarse por semejante nimiedad.

Cruces de piedra recuerdan a las víctimas de Halbe (fotografía del autor).
Recorrí Halbe, sus calles, el estratégico cruce ferroviario con la carretera que atraviesa la ciudad. Aún se pueden contemplar los estragos de la guerra en numerosos edificios, incluso en la propia estación de tren, donde permanecí en silencioso respeto durante largos instantes.
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Contemplé con curiosidad a sus gentes, amables, se percibía en sus ojos la hospitalidad que de forma desinteresada brindan a los que allí llegan en dificultades. No era mi caso, pero tal vez mi aspecto, calado de agua de arriba abajo, obligó de forma involuntaria a más de un transeúnte a ofrecerme cobijo bajo su paraguas. Con educación rechacé la oferta, pues quería caminar bajo aquella lluvia fría del mes de Abril que también empapó a soldados rusos y alemanes, civiles que vivían entonces en Halbe y los numerosos refugiados que hasta allí se desplazaron en busca de una salvación incierta.
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Con la única compañía de mi cámara fotográfica, cubierta bajo la funda de plástico, deambulé por Halbe y sus alrededores hasta que la luz se desvaneció.

Estación de tren de Halbe en la actualidad (fotografía del autor).
Entonces sentí la soledad de quienes en Abril de 1945 se vieron obligados a luchar por su propia supervivencia. Sentí la soledad de los que murieron en lúgubres sótanos. Sentí la soledad de los soldados rusos que, lejos de su patria, estaban a punto de ganar una guerra y no querían morir ahora que la victoria estaba al alcance de la mano.
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También, una vez más a lo largo de estos años, sentí la soledad de quien camina por un escenario donde el sufrimiento lo impregna todo. Al fin y al cabo, todos estamos solos en este mundo donde, en la actualidad, algunos consideran una fruslería dejarse impregnar por todo cuanto yace oculto en este tipo de escenarios que tantas lecciones nos enseñan en silencio.

Abrumadora quietud que induce a la reflexión en solitario (fotografía del autor).
Ahora que hemos llegado al final de este artículo-relato quisiera lanzar una pregunta al lector…
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¿Acaso, alguna vez, también usted ha sentido esa singular soledad de la que le hablo?
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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