CURIOSIDADES BÉLICAS #33: Stalingrado 1943. Hasta el último hombre y el último cartucho.

2 de Febrero de 1943. Un frío atroz, abrumador e inhumano, impera en la ciudad fantasmal ubicada junto al río Volga. El aire que se desliza entre las irreconocibles calles de la urbe fantasmal es afilado como una cuchilla de afeitar. Viento gélido, diríase que capaz de cortar rostros, desgarrar labios y cuartear la piel de quienes osan abandonar sótanos y parapetos para adentrarse en el mar de escombros en que se ha tornado la otrora deslumbrante ciudad industrial.
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Stalingrado, orgullo de la Unión Soviética, se presenta ante los ojos de los hombres que todavía combaten entre sus ruinas como una colosal tumba donde miles de camaradas han sucumbido en medio de una lucha salvaje, cuyos inicios se remontan al 23 de Agosto del año anterior. Barbarie indescriptible. Masacre sin parangón.
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Las horas finales de la Wehrmacht en Stalingrado están contadas. Los reducidos contingentes alemanes que aún se resisten a capitular aguardan en sus posiciones la acometida final del Ejército Rojo. En el interior de una fábrica del sector norte de la ciudad, un operador de radio intercambia una mirada cargada de angustia junto al oficial que le acompaña. Uno de ellos está a punto de radiar el que, sin saberlo, será su último mensaje. El otro, con los nervios más templados, hace recuento de los escasos cartuchos que le restan para alimentar su Luger P-08.
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Ambos saben que su suerte está echada…
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Stalingrado. Vista de un escenario apocalíptico.

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CURIOSIDADES BÉLICAS #29: Hombres y armas. Un día de lucha más allá del Rin.

Marzo de 1945. La Segunda Guerra Mundial toca a su fin. No muy lejos de la frontera con Alemania, en un campamento americano emplazado a pocos kilómetros del Rin, los motores de varios carros de combate rugen con estrépito. Monstruos de acero cuya robusta piel de tono verdoso brilla tenue a causa del rocío de la mañana. Son un puñado de tanques Sherman que se preparan para atravesar el caudaloso río germano. Frente a ellos, un espigado soldado imberbe, novato, sostiene en sus manos un subfusil M3 recién estrenado; el uso que le ha dado durante el periodo de instrucción básico apenas le ha pasado factura, pues presenta un estado impecable. A duras penas puede disimular una mirada, curiosa y repleta de fascinación, que recorre de arriba abajo uno de aquellos tanques. Jamás ha entrado en combate. Ni mucho menos ha tenido el privilegio de ver en acción a los populares Sherman.
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Recostado sobre la torreta de uno de los Sherman, un desgarbado artillero que ostenta el rango de cabo, curtido por largos años de penalidades en la contienda, calibra con ojo experto el arma que porta su camarada. Al tiempo que hace bailar un palillo entre sus labios, un pequeño trozo de madera que salta con agilidad de una comisura a otra, sopesa en su interior todo cuanto ha escuchado acerca del M3 que porta el joven soldado. Sí, no cabe duda, es el arma del que tanto ha oído hablar.

Blindados Sherman.
Los ojos del menudo cabo relampaguean con picardía. Un simple gesto de su cabeza sirve de invitación para que el bisoño soldado se aproxime hacia la bestia de acero que no para de ronronear. Sin pensárselo dos veces, el tripulante de aquel Sherman le ofrece un pitillo; quiere ganarse su confianza.
El recluta lo rechaza, no fuma. No hay tiempo para andarse con rodeos, la hora del avance hacia el Rin se aproxima. Voces apremiantes que emergen de la escotilla así lo confirman.

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CURIOSIDADES BÉLICAS #28: Halbe. Infierno en un bosque olvidado.

Recuerdo aquel día de Abril de 2017. Llovía mucho. Demasiado. El lugar al que acababa de llegar, un cementerio junto a una modesta villa, desprendía quietud. Excesiva. Podría definirla como fantasmal. Todavía en el interior de mi coche, ya con el motor parado, la lluvia repiqueteaba con fuerza sobre la estructura del vehículo. Una fina hilera de vapor se deslizaba desde las entrañas del mismo hacia el exterior. Así lo atestiguaba una nubecilla blanquecina que pronto se difuminó a causa de las gotas de agua, fría, como aquella jornada. Abrí la puerta y, con decisión, decidí apearme. No había vuelta atrás. Estaba en Halbe, Alemania. Nada a esas alturas iba a detenerme. Hasta allí había llegado con una sola idea en mente: impregnarme de lo que en aquel lugar había sucedido durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.

Placa conmemorativa a los soldados alemanes caídos durante la Primera Guerra Mundial (fotografía del autor).
Mis primeros pasos, dubitativos en primer término, me condujeron hacia un modesto monumento erigido junto al perímetro exterior del cementerio. Una placa metálica, de sobrio diseño, destacaba sobre unas rocas que conformaban una suerte de monolito cuyo silencioso mensaje apenas es percibido por los paseantes. Grabados en su superficie figuraban nombres de los soldados nacidos en Halbe que cayeron en combate durante la Gran Guerra. Húmeda de arriba abajo, aquel homenaje de piedra y metal parecía exudar lágrimas repletas de dolor y nostalgia.

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