CURIOSIDADES BÉLICAS #7: Berlín 1945. Un puente más resistente de lo esperado.

Hoy abro la entrega de esta semana lanzando una pregunta al lector. ¿Ha visitado alguna vez la capital de Alemania? Si es así, ¿ha visitado el Reichstag y sus inmediaciones?

Tanto si la respuesta es afirmativa como negativa, seguro que ahora mismo se presenta en su mente la imagen del colosal edificio gubernamental que preside la plaza tendida a sus pies. Estoy convencido de que el lector, tanto si ha permanecido frente al Reichstag o bien lo ha contemplado en fotografías, ha reparado en su aspecto grisáceo, donde los restos de la guerra aún resultan patentes. En la actualidad, casi toda la estructura del edificio deja entrever numerosas cicatrices, resultado del paso de la guerra por aquella zona de Berlín.

A través de estas líneas, quisiera transportarle hoy a aquellas últimas jornadas de la Segunda Guerra Mundial, a las últimas horas de lucha en las calles de Berlín, una ciudad consumida por el fuego, arrasada hasta los cimientos por los bombardeos, cuyos edificios, horadados por las balas y mutilados por las esquirlas de la metralla, ofrecen la viva imagen del infierno en la tierra. Pero aquel infierno fue real. Y tuvo lugar en Berlín, un Berlín bien distinto al que conocemos hoy en día.
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Estamos en el mes de Abril, en los días finales del mes, concretamente quiero que recuerde una jornada concreta, la del 28 de Abril de 1945, porque si así lo hace, la próxima vez que se detenga ante el Reichstag para admirarlo, le aseguro que lo hará con otros ojos y el vello de su piel se erizará.

Vista aérea del Reichstag después de los combates.

Las jornadas previas, toda la ciudad, y en concreto el distrito gubernamental, ha sido sometida a intensos bombardeos. Incluso el día 25, en Torgau, al sur, tropas americanas y soviéticas se han encontrado para cerrar así el cerco alrededor de la capital del Tercer Reich. Las cosas se acaban de poner muy mal para los dirigentes de Alemania, aquellos aún que permanecen allí, en Berlín, literalmente enterrados a varios metros bajo tierra en la Nueva Cancillería y el búnker del Führer Adolf Hitler.
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No muy lejos del Führerbunker, el Reichstag, devastado por la artillería rusa, permanece en pie de milagro. Ni siquiera las incontables pasadas de la aviación angloamericana han podido tumbarlo a lo largo de la guerra. Muchas de sus ventanas y puertas están ahora tapiadas a cal y canto. Algunas únicamente ofrecen pequeñas aberturas; aspilleras desde las que vigilar y disparar a través de ellas llegado el caso. En su interior, pero también alrededor del majestuoso edificio, unos cinco mil soldados esperan lo inevitable: el último y definitivo asalto ruso destinado a tomar por completo la capital del Reich. Si cae el distrito gubernamental, Berlín capitulará sin remedio.

Königsplatz, a los pies del Reichstag, donde destaca una zanja antitanque repleta de agua.
Königsplatz, la plaza que se tiende a los pies de la escalinata principal, presenta un aspecto dantesco. Innumerables trincheras recorren toda su extensión de parte a parte. Alambre de espino, cráteres causados por las explosiones de la artillería y los bombardeos, cadáveres y material de guerra decoran el lugar. Incluso algunas piezas antiaéreas de 8,8 cm. aún osan presentar resistencia frente al Reichstag. Una enorme zanja antitanque atraviesa la plaza de norte a sur. Una zanja que, debido a las explosiones, se encuentra inundada de agua procedente del cercano río Spree. Sin duda, una barrera formidable para intentar contener la inminente avalancha soviética.
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En el lado opuesto de la plaza, allí donde mira la humeante fachada del Reichstag, se erige el Ministerio del Interior (conocida popularmente como “La Casa de Himmler”) y varias embajadas extranjeras, entre ellas la de Suiza.
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La calle que conforman estos edificios nos conducen hacia un puente. El puente Moltke. Imponente, de unos 30 metros de ancho por casi 100 de largo, fue levantado a finales del siglo XIX. El material empleado para construirlo, de color rojizo, le otorga un aspecto siniestro en medio de la estampa que ofrece el sector a los soldados que en sus inmediaciones combaten a vida o muerte.
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Son las 16:30h. aproximadamente.
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Durante las jornadas previas, el Ejército Rojo ha presionado con fuerza sobre las inmediaciones del puente Moltke. Sus comandantes saben que si lo toman intacto tendrán un acceso directo hacia el distrito gubernamental, la Nueva Cancillería y el propio Führerbunker. Numerosas patrullas, soviéticas y germanas, se han enzarzado más allá del Moltke con brutalidad desmedida.
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Los soldados rusos han pagado con litros de sangre cada metro recorrido en dirección al Reichstag. La toma de cada calle, cada casa, e incluso cada habitación, ha pasado una factura terrible al Ejército Rojo. Sus bajas se cuentan por millares y eso que la batalla de Berlín aún no ha llegado a su punto álgido.

Puerta de Brandeburgo, en las inmediaciones del Reichstag.
En el extremo oeste del puente, al amparo que otorgan las ruinas de los edificios, las tropas rusas ultiman los preparativos para el asalto definitivo. Junto a la infantería, varios grupos de carros de combate soviéticos calientan motores. Los rostros grisáceos y extenuados de los soldados hablan por sí solos.
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Un auténtico infierno de fuego y plomo está a punto de desatarse.
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En el extremo opuesto, los alemanes se aprestan a ofrecer una resistencia desesperada. Saben que todo estará perdido si el puente cae en manos del enemigo. Sus rostros también reflejan la tensión y el miedo. Están rodeados. No hay escapatoria posible. Pelean por sobrevivir. Si luchan y mueren todo habrá terminado. Pero si se rinden y caen en manos del Ejército Rojo, ¿qué les deparará el futuro? Esa cuestión surca la mente de casi todos los defensores del sector. A sus oídos han llegado rumores de todo tipo que hablan del salvajismo con el que los rusos tratan a los prisioneros. Otros ya lo han vivido en primera persona y así se lo hacen saber a sus camaradas. ¿Qué esperar después de tantos años de guerra?

Panorámica del puente Moltke abarrotado de blindados soviéticos.
Las SS, también presentes en el sector, amenazan con juicios sumarios a todos aquellos que hablen más de la cuenta. No se permite el derrotismo ni despotricar contra el régimen de Hitler, pese a que esté en sus últimos estertores.
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Tanto el Reichstag, como Königsplatz y las cercanías del puente Moltke están inundadas por un silencio abrumador. Mudos, todos los soldados alemanes agudizan el oído, se mantienen a la espera de los próximos movimientos de los Ivanes. Poco resta allí de lo que otrora fue la gloriosa Wehrmacht, capaz de conquistar Europa en un abrir y cerrar de ojos, de este a oeste, empleando la entonces temida Blitzkrieg (Guerra Relámpago), capaz de someter a países enteros en cuestión de días o semanas. Francia, Polonia, Holanda, y un largo etcétera, son claros ejemplos de aquel pasado idílico.
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Ahora se percibe otra atmósfera bien distinta. El Ejército alemán, atrincherado junto al Moltke y las cercanías del Reichstag, es un cúmulo variopinto de retales de unidades reunidas de forma improvisada para resistir hasta el final. Una sombra de lo que fue años atrás. Pero algunos de sus integrantes, curtidos veteranos, aún tienen algo que decir en la batalla de Berlín. Otros, niños vestidos de uniforme, están a punto de experimentar la crudeza de la guerra en su máximo exponente; ni más ni menos que contra la apisonadora rusa.
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Respirando la humedad que procede del río Spree, los alemanes permanecen a la espera tras parapetos, en el interior de socavones en el suelo y, en el mejor de los casos, dentro de algún que otro edificio ruinoso que de milagro aún aguanta en pie. Soldados de la Luftwaffe (Fuerza Aérea), del Heer (Infantería), de la Kriegsmarine (Armada), de las Juventudes Hitlerianas, de la Volkssturm (Milicia Popular) e incluso integrantes de la Policía, se miran con ojos temerosos al tiempo que comparten sus escasas provisiones o algo de tabaco.
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Al igual que la humedad, también reconocen el dulzón olor a muerte que impregna el ambiente, cargado del pestilente aroma a combustible quemado, pólvora y el siempre penetrante hedor de los explosivos.

La infantería rusa progresa hacia el puente Motlke.
Se inicia el intercambio de disparos.
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De pronto, el silencio se ve truncado por el rugido de lejanos motores. Son los tanques rusos que dan comienzo al avance sobre las cercanías del Moltke. Una lluvia de morteros de corto alcance revienta en las primeras líneas de defensa alemanas tendidas a lo largo del puente.
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Sacos terreros y alambre de espino vuelan por los aires. También lo hacen los cuerpos destrozados de aquellos que han tenido la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno.
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Las ametralladoras MG-42 alemanas comienzan a barrer el lado opuesto, allí donde las primeras siluetas de la infantería rusa se dejan entrever entre la densa humareda que brota por todas partes. Siluetas, difuminadas, acompañadas por los mastodónticos T-34 e IS-2 con sus motores rugiendo a pleno rendimiento. Numerosas formas ataviadas de color pardo se desploman sobre el suelo al encajar las ráfagas de las armas alemanas. El suelo pronto queda colapsado de escombros y cadáveres, teñido de rojo. Cadáveres que no dudan en aplastar las bestias de acero soviéticas en su progreso hacia el disputado puente.
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Desde la fachada del Ministerio del Interior que mira al Spree, al igual que desde el resto de edificios colindantes, un tornado de fuego arrasa con la orilla contraria. Incontables soldados rusos aúllan de dolor en las inmediaciones del puente que, con gran osadía, tratan de tomar a toda costa. Por su parte, los blindados del Ejército Rojo vomitan obuses, uno detrás de otro, cuyo estrépito ensordecedor no tarda en escucharse en todo Berlín. Fragmentos de metralla silban muerte por todas partes. Colapsan fachadas enteras tras recibir las brutales andanadas de los cañonazos soviéticos.

Un carro soviético en primer plano ya tiene el Reichstag a tiro.
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No tardan en sucumbir los defensores más expuestos, aquellos que por azares del destino o por imprudencia asoman más de lo debido en sus parapetos. La avalancha roja amenaza con barrer del mapa a todo aquel que se cruce en su camino. Más y más hombres del Ejército Rojo se apiñan en el extremo oeste del puente Moltke dada la confianza que otorga la nutrida presencia de los carros de combate, cuyas armas no dejan de disparar ni por un segundo.
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Los cañones atruenan. Las armas crepitan. Los hombres blasfeman, gritan al caer heridos y pedir ayuda o, en el peor de los casos, mueren en silencio, como tantos otros a lo largo de la jornada.
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Sin previo aviso, los alemanes disparan sus Panzerfaust (armas antitanque) una vez los blindados rusos se ponen a tiro. Se dibujan estelas de muerte por doquier. Mientras unos proyectiles salen zumbando desde las ventanas de los edificios que aún se mantienen en pie, otros hacen lo propio desde los parapetos dispuestos a ras de suelo y las trincheras excavadas junto al Spree. Varios T-34 vuelan por los aires en un abrir y cerrar de ojos. Otros quedan heridos de muerte, con sus orugas o torretas destrozadas tras sufrir el devastador golpe de los Panzerfaust.
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Gritos de júbilo brotan de las gargantas de los defensores alemanes cada vez que un tanque ruso estalla o queda envuelto por las llamas. Sus tripulaciones tratan de apearse en marcha, convertidos en antorchas humanas, pero a estas alturas del combate no hay piedad; pronto sucumben bajo la lluvia de plomo germana. Caen sobre la estructura de las moles de acero, al rojo vivo tras las salvajes detonaciones, y se consumen irremediablemente hasta tornarse en momias ennegrecidas. Hombres y máquinas se funden en un abrazo eterno mientras un estruendo ensordecedor les sirve de panegírico.

Blindados soviéticos cruzan el puente Moltke.
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Soviéticos y germanos atacan y contraatacan durante largas horas. El puente es testigo mudo de la brutalidad de la refriega.
Sorpresa en el combate.
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Llegados a cierto punto, cuando peor parecen pintar las cosas para los defensores, comparece en el lugar una compañía de paracaidistas alemanes. Soldados aguerridos, la élite de la Infantería. Su mera presencia infunde respeto en camaradas y enemigos. En cuestión de segundos, bajo el fuego enemigo, despliegan varias MG-42 a lo largo del puente y comienzan a liquidar infantes rusos con pasmosa facilidad. Incluso los Panzerfaust que disparan logran poner fuera de combate varios tanques que, momentos atrás, osaban cruzar el amplio puente.
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Lo inevitable está por suceder. Aquel grupo de Fallschirmjäger (paracaidistas alemanes) es muy reducido, apenas una compañía. Pronto ven comprometida la posición y no les queda otra que recular hacia otro lugar menos expuesto. Con la munición a punto de agotarse, los paracaidistas comienzan a sucumbir sobre el Moltke a ritmo preocupante. Muy numerosa, la infantería rusa logra penetrar en el puente, acompañada de los T-34. Algunos paracaidistas, conscientes de lo irremediable, deciden sacrificarse para garantizar el repliegue de sus camaradas. Poco o nada se puede hacer ya sobre el puente. Incluso las piezas antitanque germanas parecen haber enmudecido, apenas sí han tenido oportunidad de entrar en acción.
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Cientos de ojos se clavan en el Moltke.
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Paracaidistas y soldados del Ejército Rojo se enzarzan en un bestial combate cuerpo a cuerpo. Todo vale. Todo está permitido para mandar al otro barrio al enemigo.
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Al tiempo que los últimos paracaidistas, heridos o de milagro aún indemnes, consiguen abandonar el puente, sus aguerridos camaradas que allí han resuelto luchar hasta el final, lo hacen con todos los medios a su alcance. Bayonetas y palas cortan el aire con silbidos siniestros. Las pistolas se emplean como último recurso, únicamente cuando los fusiles y las ametralladoras han enmudecido por falta de munición. Incluso los cascos y los restos de los parapetos se emplean como armas homicidas. Las aguas del Spree acogen en su seno los cuerpos sin vida de aquellos que caen desde lo alto del puente con ojos desorbitados y muecas grotescas dibujadas en sus rostros. Tanto rusos como alemanes hallan sepultura en las apacibles aguas del río que atraviesa Berlín.
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En apenas unos minutos más, ya no restan paracaidistas con vida sobre el Moltke. Todos han perecido, no sin antes haberse llevado por delante estos últimos a varios T-34 y decenas de infantes rusos. Enemigos en vida, ahora yacen, hermanados en la muerte, juntos sobre los humeantes restos de la batalla.

La artillería autopropulsada del Ejército Rojo dispara a bocajarro contra un foco de resistencia.
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El reloj rebasa las 19:00h.
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De pronto se hace un silencio abrumador. Una especie de tregua involuntaria. Tanto atacantes como defensores precisan tiempo para recobrar fuerzas y reorganizarse.
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Justo entonces, una detonación seca retumba en los oídos de todos los allí agazapados. Una imponente sacudida hace estremecer el puente Moltke de arriba abajo. A continuación, el humo lo ciega todo. Su estructura queda envuelta por una bruma grisácea y rojiza que apenas deja ver nada. Poco después, la brisa que emerge de las aguas del Spree barre la humareda con delicadeza inusitada.
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La voladura del puente.
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Los rusos lo esperaban. Los alemanes también. Por suerte para unos y para desgracia de otros, el puente ha resistido. Nadie se lo explica. ¿Cómo es posible que el puente haya aguantado firme tras semejante explosión? Todo está perdido. El último obstáculo de notoria importancia que se interponía en el camino hacia la victoria del Ejército Rojo… ¡Ha aguantado en pie tras el intento de demolición!
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Poco después, vítores y gritos de júbilo emergen de la orilla oeste del puente que conduce hacia el barrio de Moabit. Ni los propios soldados soviéticos terminan de creerse lo que acaban de presenciar. Pronto se aprestan para aprovechar la inesperada oportunidad. Nuevos blindados y más infantería se reúnen en las inmediaciones para intentar tomar el puente al asalto.
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¿Se imagina estar embutido en un uniforme alemán en semejante momento?
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Dadas las insólitas circunstancias, debió ser algo espeluznante. Sin duda, aquellos defensores, atrincherados entre los humeantes escombros, pronto experimentaron en sus propias carnes la apabullante superioridad del rodillo soviético. Pese a saberse en las últimas, los alemanes lucharon con arrojo desmesurado para defender aquel punto de la ciudad. De ello dependía la vida de muchos camaradas, de muchos civiles, de muchos integrantes de los servicios sanitarios cuya labor requería cierta seguridad para salvar la vida de los incontables heridos que llegaban hasta los puestos de socorro.

Infantes soviéticos avanzan a la carrera. A su lado se tiende el cadáver de un soldado alemán.
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Varios intentos tuvieron que perpetrar los rusos hasta que, finalmente, el puente terminó por caer en sus manos. Sus bajas fueron muy elevadas, tanto en hombres como en blindados. Aún hoy en día los historiadores no arrojan cifras exactas de los muertos y heridos que sumaron entre ambos bandos tras la conclusión de la batalla de Berlín.
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Dos ejércitos soviéticos, el Tercero de Choque y el Octavo de la Guardia, tuvieron que practicar un movimiento en pinza para conseguir tomar el Reichstag y sus inmediaciones. A modo de dato estadístico, de los cinco mil defensores alemanes que defendieron el Reichstag, la mitad pereció en su cometido. El resto de los supervivientes presentaban todo tipo de heridas, visibles, fáciles de curar unas, otras no tanto. Pero otra herida incurable rasgó su interior para siempre: la imagen de aquel hermoso Reichstag convertido en un montón de escombros es algo que muchos veteranos de la batalla jamás olvidaron. Un doloroso recuerdo que, al evocarlo, trae a la memoria el olor a muerte, la peste a combustible quemado y el áspero hedor a pólvora y explosivos.
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Hoy en día se sabe que la carencia de explosivos de calidad fue una de las claves para que el Moltke permanezca en pie en la actualidad. Pese a que los zapadores alemanes lograron hacer un buen trabajo, hay quien afirma que los que planificaron su voladura subestimaron la robustez del puente. ¿Tal vez dispusieron una cantidad insuficiente de explosivos de lo que hubiese sido recomendable para practicar la voladura del puente con garantías? ¿Tal vez no los colocaron en los puntos estratégicos dada la premura con la que fue efectuada la tarea?

Imagen del Reichstag tras los combates.
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Durante la batalla de Berlín, numerosos fueron los puentes que volaron por los aires para evitar la progresión del Ejército Rojo hacia el sector central de Berlín. Mas el caso del Moltke fue algo insólito.
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Cuando visite Berlín, cuando pasee por el Reichstag, no olvide dar la espalda a la escalinata del edificio gubernamental y mirar hacia el oeste, allí donde se erige un pequeño edificio de piedra de color grisáceo. En lo alto verá ondear la bandera de Suiza. Sí, se trata de la embajada del país helvético, el único superviviente (en parte), en aquella plaza, a la batalla de Berlín, además del propio Reichstag.
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Una vez distinga la bandera, diríjase hacia allí. Apenas hay quinientos metros de distancia hasta el punto donde le quiero conducir: el puente Moltke. Exacto, una vez llegue a la embajada, un poco más adelante, tendrá la oportunidad de pisar aquel escenario histórico.
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Ni más ni menos que el propio puente Moltke, punto concreto donde tuvo lugar uno de los combates más salvajes durante la batalla por la toma de la capital del Tercer Reich.

Aspecto del puente Moltke antes de la guerra.
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¿Recordará su nombre?
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Moltke Brücke – Puente Moltke.
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Estoy convencido de que si lo cruza, e incluso se detiene sobre él unos instantes, saboreará la Historia.
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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PD: si disfrutaste de este relato, tal vez resulten de tu interés mis dos libros dedicados en exclusiva a la batalla de Berlín.
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