CURIOSIDADES BÉLICAS #24: Belchite. Dos semanas al límite.

Finales de Agosto de 1937. Verano sofocante. El sol, abrasador, golpea con saña cada rincón de una modesta localidad aragonesa. Se trata de Belchite, emplazada a 50 km. al sur de Zaragoza (España). Sus casi dos mil habitantes padecen los estragos de la climatología. Pero las altas temperaturas pronto quedarán relevadas a un segundo plano, pues la guerra llama a las puertas de este enclave estratégico. Nadie se imagina el resultado de lo que, en cuestión de horas, está a punto de desatarse sobre Belchite.

Vista de Belchite antes de la guerra.
Desafiante, el campanario de la iglesia parece rasgar el cielo despejado. Bajo el arco de la entrada de la villa, pintoresco donde los haya, algunos soldados del bando sublevado buscan el alivio que concede la sombra.
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En otros puntos de la ciudad, como el hospital, los conventos y la comandancia, sus ocupantes resoplan hastiados por el bochorno. Algunos, abatidos por el pesado ambiente, dormitan para evadirse de las altas temperaturas. Ni siquiera la suave brisa que procede desde un pequeño cauce de agua que discurre por el norte de Belchite puede aliviarlos.
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Ya al atardecer, a lo lejos, un rumor alerta a los que, muy pronto, se convertirán en los enconados defensores de Belchite.

Antecedentes de la batalla.
A comienzos del mes de Julio del mismo año, en los alrededores de Madrid, una ofensiva republicana lanzada sobre el sector de Brunete pretende aliviar la presión que, al mismo tiempo, ejercen las tropas nacionales en el norte de la península. En este ataque, las fuerzas republicanas emplean blindados para abrir brecha en las líneas enemigas. Pese a que cosechan una serie de éxitos iniciales, que incluso logran que el propio Franco se vea obligado a detener la ofensiva del Frente Norte (durante un mes aproximadamente), el ímpetu de la acometida pierde fuerza durante los días finales del mes.

Imagen de la batalla de Brunete.
El intenso calor cae como una losa sobre los combatientes. La sed se revela como una enemiga letal de aquellos que, a campo abierto, se dejan la piel para avanzar un metro a pecho descubierto. En el caso de los que defienden sus posiciones, tampoco se libran de los reveses del tiempo, inmisericorde con unos y otros.
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El resultado de las tres semanas de intensa lucha se salda con más de 30.000 bajas entre muertos y heridos. Nacionales y republicanos han pagado un alto precio por un escaso cambio en la línea del frente. Para muchos de los atacantes, lo peor de todo, se traduce en que el esfuerzo efectuado apenas ha conseguido lograr su objetivo, pues algunas ciudades del Norte peninsular terminarán por caer en manos de las tropas nacionales poco después.
La República busca una alternativa.
Dado que la ofensiva en Brunete no ha servido de mucho, los republicanos deciden probar suerte en otro punto del mapa. En esta ocasión, el nuevo ataque tendrá lugar en Aragón. El objetivo será el mismo, ralentizar el avance de las fuerzas de Franco en la cornisa cantábrica.
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El plan de ataque es ambicioso. La extensión del frente suma unos 100 km. desde su punto superior, en Tardiente (al norte de Zaragoza), hasta el enclave opuesto, Belchite (al sur de la capital aragonesa).
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Pero, ¿por qué Belchite y Zaragoza? La respuesta es simple. Aquella franja de terreno se considera el “corazón del valle del Ebro”, la misma puerta de entrada hacia Cataluña, pero también es una base logística de gran importancia para el bando nacional.

Esquema gráfico de los progresos alcanzados durante la Batalla de Belchite.
Decidido el escenario de la operación, en este caso mucho más amplio que el de Brunete, se pretende evitar los errores allí cometidos.
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Aquí, en Aragón, los mandos republicanos se reafirman en su decisión. No ocurrirá lo mismo que en los alrededores de Madrid, donde la lucha se produjo en un frente de corta extensión, y por tanto resultó muy factible el rápido refuerzo y concentración de tropas por parte del enemigo.
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Para evitar la guerra de desgaste materializada en Brunete, en Belchite se apuesta por realizar una serie de golpes rápidos, contundentes, y asegurar lo antes posible aquellas posiciones conquistadas en primer término.
¡Belchite es el frente!
El enclave aragonés, bien fortificado, resulta un objetivo muy atractivo para las fuerzas republicanas desplegadas en el Frente de Aragón desde principios de 1937. Su ubicación, no muy lejos de la línea del frente, se traduce en un constante estado de alerta para sus defensores, que rondan entre los 5.000 y 7.000 (según distintas fuentes). Militares y civiles se apiñan en las calles de Belchite, pero también en el cinturón defensivo exterior. Muchos de ellos desconocen que, durante las primeras horas del 24 de Agosto, tendrán que soportar el abrumador ataque de unos 24.000 efectivos.

Ernest Hemingway en el sector de Belchite.
En contraposición, el bando nacional cuenta con el general Ponte al mando del 5º Cuerpo de Ejército, compuesto por la 51ª División y la 52ª División, apoyadas ambas por un par de brigadas de refuerzo en retaguardia, denominadas de “acción rápida”, donde se integran unidades motorizadas y demás tropas bien pertrechadas y experimentadas.
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Frente a los anteriores, los mandos republicanos dividen el frente en cuatro sectores. La agrupación y los objetivos de sus tropas quedan dispuestas del siguiente modo:
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  • Agrupación A: 27ª División + Elementos de refuerzo de la 28ª División. Objetivo: cruzar el río Gállego, tomar Zuera y luego descender hacia Zaragoza.
  • Agrupación B: 12ª y 13ª Brigadas Internacionales + Elementos de refuerzo de la 26ª División. Objetivo: apoyo en la línea del Ebro y presionar en dirección Oeste hacia Zaragoza.
  • Agrupación C: Elementos de la 43ª División y 26ª División. Objetivo: apoyo en la línea del Ebro y presionar en dirección Oeste hacia Zaragoza.
  • Agrupación D: 11ª División y 35ª División + Elementos de la 25ª y 31ª Divisiones. Objetivo: romper las defensas al sur del Ebro y ascender hacia Zaragoza (Belchite y Codo están justo en el saliente Sur).
  • Reservas: Varias brigadas y la 24ª División.

Brigadistas internacionales a lomos de un blindado de fabricación soviética.
Cabe citar que, dado el calor extremo que golpea la región, incluso de noche, donde bandadas de mosquitos se ceban con los más desprevenidos, además de la sed y la falta de agua, consiguen hacer brotar la incertidumbre y el desánimo entre algunos de los efectivos de la República. Son muchos los brigadistas internacionales que llegan a solicitar la licencia para abandonar el Frente de Aragón e, incluso, regresar a sus respectivos países de origen. Otros, los más comprometidos con su labor, o tal vez los más adaptados al riguroso clima de la zona, aguantan firmes mientras se espera la orden de ataque.
Comienza la ofensiva.
El 24 de Agosto, durante las primeras horas, se busca el efecto sorpresa por parte de los republicanos. Si se pilla al enemigo desprevenido, el éxito de la operación puede llegar en cuestión de horas, tal vez en cuestión de dos o tres días… Pero esos anhelos pronto se verán difuminados, frenados en seco en algunos sectores del frente, de un modo no tan brusco en otros.
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Al norte de Zaragoza, la Agrupación A de tropas republicanas logra efectuar una cuña de importantes dimensiones. Tal es el empuje de la acción combinada de blindados e infantería que se alcanza el río Gállego, se toma el alto de Pilatos y se llega a cortar la línea de ferrocarril que conecta Huesca con la capital de Aragón. En otro punto, los soldados de la Agrupación A irrumpen en el pueblo de Zuera, pero el inmediato contraataque nacional repele a los republicanos, que tienen que recular hasta la otra orilla del río. Ambos contendientes emplazan posiciones defensivas a la espera de futuros acontecimientos.

Infantería al asalto.
En la zona central del frente, la Agrupación B ve detenido su ataque en las inmediaciones de Villamayor, muy cerca de Zaragoza. La Legión y algunos carros de combate han luchado con brío para contener la ofensiva en aquel punto.
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Más al sur, las Agrupaciones C y D experimentan serias dificultades en su avance hacia algunas de las guarniciones de mayor importancia situadas al Sur de Zaragoza. Se trata de enclaves como Quinto, Codo, Fuentes de Ebro y Belchite. Gracias a la red de carreteras, los nacionales hacen llegar hasta allí tropas de refuerzo más rápido de lo que esperaba el enemigo. Pese a esta eventualidad, los republicanos deciden sobrepasar aquellos puntos fortificados que presentan resistencia considerable y, de ese modo, proseguir el avance para conseguir los objetivos planeados para esa jornada decisiva.
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El general Ponte, comandante nacional, advierte del peligro a Franco, pero este último, con sus hombres a punto de tomar Santander, ordena resistir a ultranza ya que no piensa detener la ofensiva ni por asomo. Únicamente concede unos elementos de refuerzo para el sector de Aragón. Algunas escuadrillas, que deberán contrarrestar las acciones de la aviación republicana, y dos divisiones, la 13ª y la 150ª, serán quienes tratarán de socorrer a sus camaradas, demasiado comprometidos en diversos enclaves del frente aragonés.
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Durante los siguientes días, los primeros fallos de ejecución de la “ofensiva relámpago” propuesta por los mandos de la República permiten un rápido refuerzo de las tropas nacionales. Con las recién llegadas divisiones 13ª y 150ª, además de algunos elementos de la 105ª, desplazadas desde el sector de Madrid, comienza una nueva guerra de desgaste. Gracias a la rápida intervención de los refuerzos, varias posiciones nacionales resisten la decidida acometida republicana.

Comparativa del plan inicial republicano y de los resultados finales.
Intensas refriegas tienen lugar a lo largo de toda la línea del frente. Combates brutales, de día y de noche, donde los carros de combate republicanos se enfrentan a la artillería nacional en salvajes trifulcas. Mientras los primeros tratan por todos los medios de abrirse paso hacia Zaragoza, los segundos se clavan al terreno para impedirlo. Tal es así que se llega a la lucha cuerpo a cuerpo, siempre brutal, despiadada. Incluso las curtidas unidades africanas del Ejército nacional han de intervenir para impedir que la capital de Aragón caiga en manos enemigas.
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Entre tanto, Belchite queda rodeada una vez cae la vecina localidad de Quinto. Incluso la cercana estación de tren de Puebla de Alborotón sucumbe bajo la potente ofensiva republicana. Belchite acaba de quedar aislada, abandonada a su suerte. Elementos de tres divisiones enemigas acechan su perímetro exterior. ¿Qué aguarda a los sitiados?
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Uno de los primeros intentos de los mandos republicanos por tomar la ciudad tiene lugar durante la madrugada del 27 de Agosto, donde interviene en acción combinada la infantería junto con carros blindados soviéticos T-26. Por suerte para los defensores, la efectiva artillería nacional logra repeler una y otra vez los repetidos ataques republicanos, que no tardan en experimentar cuantiosas bajas. Decenas de cadáveres se esparcen en los alrededores de Belchite. Restos humanos despedazados por las balas y las explosiones que, bajo el calor sofocante del día, pero también de la noche, pronto comenzarán a descomponerse y embriagarán el ambiente con el dulzón olor a muerte, mezclado con el áspero aroma de los explosivos y de la pólvora.

Vista del Belchite sitiado.
Durante las siguientes horas, ya entrados en el día 28, la victoria se presume cercana para los atacantes, que arrasan la ciudad a base de arrojar incontables obuses de artillería y otros tantos escupidos por los cañones de los tanques. Algunas posiciones de la periferia de Belchite son incapaces de resistir el empuje republicano, por lo que no queda otra que rendirse o perecer bajo la granizada de plomo y fuego.
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El triunfo para la República se atisba en el aire, incluso algunas personalidades políticas y militares se dan cita en las inmediaciones para celebrar la victoria en las calles de Belchite, cuyos edificios, casi irreconocibles, dejan escapar densas columnas de humo. Nubes negras que ascienden hacia el cielo azul, inocente, testigo mudo de la masacre.
“Lucharemos hasta la muerte”.
Fue uno de los mensajes que se radió desde el interior de Belchite, donde militares, asistidos en la lucha incluso por los propios civiles, se defienden con todo tipo de material bélico a su alcance.
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Más y más carros de combate comparecen en las afueras para disparar contra los edificios. La artillería tampoco se queda atrás. Una auténtica lluvia de metralla colma de muerte cada calle, cada esquina, cada habitación de Belchite.
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Los allí dentro cercados pronto comprueban que los víveres y la munición escasean. También el agua, bien preciado hasta límites insospechados, apenas existe entre las vituallas que reciben los soldados que aún aguantan en pie para contener la ofensiva.

El calor a lo largo de la batalla es insoportable.
Con la recta final del mes de Agosto, los últimos defensores del perímetro exterior se ven obligados a recular hacia el casco urbano y el seminario.
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Muchos han perecido bajo el fuego enemigo lejos del centro de Belchite, pero su sacrificio no ha sido en vano, pues muchos camaradas y civiles han logrado alcanzar posiciones más seguras donde ofrecer renovada resistencia a un enemigo implacable, que parece no escatimar en medios humanos y materiales.
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Los sitiados miran con esperanza al cielo, pues allí arriba se suceden combates aéreos entre los cazas nacionales y los bombarderos republicanos, cuya misión no es otra sino hostigar día y noche a los defensores. Por fortuna, sus miradas hallan en lo alto regalos inesperados caídos literalmente del cielo. Se trata de ayuda que llega de forma aerotransportada. Munición, alimentos y medicinas son bien recibidas por los desesperados defensores de Belchite.
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Todo soldado que sobrevive entre las ruinas de Belchite no se siente solo, pues desde el exterior llegan mensajes por radio que los alientan en la lucha y prometen una evacuación por tierra. También los civiles se alegran de la noticia.
¿Llega el rescate de los sitiados?
El último día de Agosto y el primero de Septiembre, las divisiones 13ª y 150ª del bando nacional realizan ímprobos esfuerzos por romper el cerco de Belchite. Su camino hasta alcanzar los alrededores de la población aragonesa ha sido largo, demasiado. Los hombres de estas dos divisiones han padecido lo que supone una larga marcha desde Madrid. La tropa jadea, está extenuada. Falta el agua. El calor es asfixiante. Toda lucha tiene lugar bajo condiciones extremas.

Simbólicos edificios de Belchite destrozados por la artillería.
Con el devenir de las jornadas, Belchite parece haberse convertido en la obsesión de los generales republicanos, pues Zaragoza se presume imposible de capturar, y mucho menos conquistar los objetivos situados más al norte. Por tanto, el flanco Sur de la ofensiva reclama la atención de uno de los comandantes de la República, el general Pozas, consciente del fracaso en el los demás sectores, decide reforzar los logros conseguidos y, de paso, anotarse la toma de Belchite como el gran éxito de toda la ofensiva.
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Pese a que los derrengados hombres de las divisiones 13ª y 150ª del Ejército nacional se dejan literalmente el alma en el campo de batalla, resulta imposible llevar a término la operación de rescate. La enconada resistencia que ofrecen los republicanos impide enlazar con los cercados en Belchite. Apenas les separan 20 kilómetros. Imagínese el lector la desesperación que invade a unos y otros. Tan cerca se presume la ayuda que casi se alcanza con los dedos… Pero tan lejos a su vez…
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Entre tanto, en el seminario, ubicado a las afueras de Belchite a pocos cientos de metros del centro de la población, los republicanos llevan a término un asalto de infantería. Allí dentro, una unidad de “requetés” resiste contra todo pronóstico entre sus muros pese a que son sometidos a intenso fuego artillero.

Las lluvias de cascotes arrasan todo bajo su peso.
Los comandantes republicanos se ven obligados a lanzar un ataque tras otro contra el seminario, pues sus defensores parecen no querer capitular. Se presume una resistencia numantina de trágicas consecuencias.
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No es hasta la madrugada del día 2 de Septiembre, tras varias jornadas de lucha encarnizada, cuando la unidad de “requetés” perpetra una audaz maniobra.
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En medio de la oscuridad, a base de bombas de mano y arrojo desmedido, los supervivientes del seminario se abren paso entre el cerco republicano. Pero no abandonan el pueblo… ¡Todo lo contrario! ¡Se dirigen hacia el centro de Belchite para ayudar a sus compañeros de armas! El intento ha resultado caro a los “requetés”. Apenas setenta hombres logran enlazar con los sitiados. Muchos de sus compañeros de unidad han perecido en el camino, otros ya lo habían hecho, horas atrás, sepultados bajo las ruinas del seminario.
Comienza el combate urbano.
Ya entrados en el mes de Septiembre, los combates tienen lugar en las calles principales. El Alto Mando de la República no puede demorar más la victoria. Se decide echar el resto para tomar Belchite, algo parecido a una piedra en el zapato que supone demasiados quebraderos de cabeza. Las bajas entre las filas republicanas tras cada asalto son demasiado elevadas, terroríficas podría asegurarse.
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Después de arrasar con la periferia, los bombardeos se intensifican a lo largo y ancho del casco urbano. Algunas fachadas se desploman nada más recibir el impacto de los obuses. Los tejados vuelan por los aires tras escucharse sonoras explosiones. Incluso los campanarios, donde se alberga algún tirador nacional, quedan convertidos en coladores, salpicados por el plomo y la metralla.

Parapetos improvisados sirven de cobertura a defensores y atacantes.
El aire es irrespirable. Cadáveres en descomposición por todas partes. Calor insufrible. Falta de provisiones. Carencia absoluta de medicamentos. Los incontables aullidos de los heridos colman de horror una atmósfera de tintes apocalípticos.
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Pero los defensores no se rinden, ni se les pasa por la cabeza. Así lo manifiestan a través de la radio al cuartel general nacional. Incluso piden más suministros y sacos para erigir nuevos parapetos.
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Llegados al 3 de Septiembre, la lucha en el pueblo se decide calle por calle, casa por casa, habitación por habitación. Salvando las distancias… ¿Estamos presenciando un anticipo de batallas como las de Stalingrado o de Berlín que tendrán lugar, poco después, en la Segunda Guerra Mundial?
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Gran tensión. Los periodos de tensa calma se alternan con otros repletos de sonidos ensordecedores. El estampido de las armas y las explosiones retumba con vigor entre las pocas paredes que aún quedan en pie en las calles y plazas de Belchite. Cuando las armas callan, el siseo de las armas blancas cobra el protagonismo. La lucha cuerpo a cuerpo tiene lugar allí donde se agota la munición o el enemigo está demasiado cerca como para terminar con él de un disparo a distancia prudencial.
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Al atardecer, el mando republicano da por tomado el pueblo, pero, una vez más, se han anticipado a la hora de cantar victoria, pues aún resta por hacer algo que requiere demasiado esfuerzo: la labor de limpieza y aniquilación de los últimos focos de resistencia.
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El 4 de Septiembre, los sitiados radian un mensaje: “Imposible resistir hasta mañana”. Desde el exterior, las Divisiones 13ª y 150ª comunican que resulta inviable intentar cualquier tipo de rescate por tierra. Belchite está perdido a su suerte. Pese a ello, algunos grupos aislados resuelven resistir hasta el final. En diversos edificios del centro del pueblo, la iglesia e incluso el ayuntamiento, son transformados en fortines donde nadie pretende dar a torcer el brazo. Tal es así que los republicanos intentan en vano desalojar las posiciones nacionales; un elevado número de bajas es el saldo final de las últimas acometidas de la República en Belchite.

La lucha cuerpo a cuerpo entre las ruinas es algo habitual.
Al día siguiente, la situación se torna aún más crítica para los defensores. El agua, las municiones y los víveres es algo con lo que sueñan. Ya no hay nada con lo que atender a los heridos. Cae en manos republicanas la iglesia tras lucha encarnizada; similar destino aguarda a otras posiciones nacionales si no se intenta adoptar algún remedio.
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Desde el exterior, el Alto Mando del bando nacional sugiere abandonar la población ya que está dada por perdida. Proponen que, al anochecer, se intente romper el cerco. Para facilitar la labor, se encenderán hogueras en el cercano promontorio del Sillero. El jefe de la resistencia en Belchite, el teniente coronel San Martín, accede a la propuesta y ordena al comandante Santa Pau que dirija la operación. El propio San Martín resuelve quedarse en Belchite junto a los heridos. Permanecerá allí hasta el final con aquellos que decidan cubrir la huida de sus compañeros de armas. Tal vez su sacrificio pueda tener sentido si, al menos, un puñado de ellos logra ponerse a salvo.
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Aquellos que aún se presentan como aptos para el combate (poder aguantar en pie y sostener un arma ya es más que suficiente), tratan de abrirse paso a través del cerco republicano… Pero fracasan.
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De noche, a eso de las 22:00h., un pequeño grupo de soldados nacionales logra poner fuera de combate a varios centinelas enemigos demasiado confiados. Gracias a esa audaz acción, logran abrir un estrecho pasillo por el cual logran evadirse unas quinientas personas (entre civiles y militares). En medio de la noche, divididos en pequeños grupos, se esparcen campo a través. Pero el enemigo no tarda en descubrir lo que sucede. Como relámpagos, los cañones de las armas escupen plomo sin cesar; iluminan la noche con su fuego delator. Confusión total. ¡Sálvese quien pueda!

Belchite, villa fantasmal.
Al amanecer del día siguiente, el 6 de Septiembre, apenas doscientos han conseguido romper el cerco… El resto yacen inertes, en medio de los campos que rodean Belchite, acribillados por las balas o desfigurados por la metralla de las bombas de mano. En el interior de la ciudad, apenas resuenan las armas. Solamente algún tirador solitario osa amenazar a los soldados republicanos, que ya han tomado prácticamente la totalidad del pueblo. Los últimos defensores de Belchite sucumben acompañados por los rayos de sol del tórrido atardecer. Toda resistencia es inútil.
El final.
Belchite ha capitulado. Ahora ya no puede llamarse pueblo, ni villa, tampoco ciudad… Aquello que antes se reconocía como Belchite, se ha tornado en un mar de escombros humeante, ennegrecido por el fuego, destrozado por la metralla y las explosiones. No hay edificio que no haya recibido un impacto de bala. Todos y cada uno de ellos presentan las secuelas de la guerra. Ya no resuenan las ráfagas de las ametralladoras.
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El 7 de Septiembre, el general Pozas irrumpe en Belchite acompañado por diversas autoridades militares y políticas. Los ojos de los captores de Belchite reposan sobre las ruinas, regadas por la sangre de atacantes y defensores, donde apenas resta vestigio de vida.

Entrada de las tropas republicanas en Belchite.
Victoria pírrica que no impide sacar pecho a los generales vencedores. Orgullo nacido de la muerte de otros.
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¿Acaso ellos han tomado parte en los combates cuerpo a cuerpo? ¿Acaso ellos han muerto en la más absoluta de las miserias? ¿Acaso ellos han padecido lo experimentado por los civiles y soldados que se han visto inmersos en la violencia de la refriega? ¿Quiénes son ellos para alardear después de atestiguar semejante matanza?
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Concluida la batalla de Belchite, la euforia se desvaneció para dejar paso a la triste realidad. Tras la ofensiva de Zaragoza, los objetivos republicanos no se cumplieron en su gran mayoría. Muchos de los enclaves conquistados en las primeras jornadas de lucha retornaron a manos de los nacionales, incluso la línea del frente se desplazó, en algunos puntos, en favor de estos últimos.
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Belchite evidenció los puntos fuertes y débiles tanto de los atacantes como de los defensores. Si bien los compases iniciales cosecharon ciertos éxitos gracias a una acción coordinada de los blindados, la infantería y la artillería, poco después se llegó a una fase de estancamiento en muchos puntos del frente debido a la rápida respuesta de los nacionales, quienes se aprestaron a reforzar los puntos más críticos con unidades que supieron aguantar las posiciones en primera instancia e incluso lanzaron contraataques una vez detectadas las carencias del enemigo.
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Sin duda, la ofensiva de Zaragoza lanzada aquel verano de 1937 por las fuerzas republicanas, es algo digno de estudio desde el punto de vista histórico-militar, pero también desde el punto de vista más humano, el de los que allí tomaron parte en los brutales acontecimientos.

Patrulla en busca de los últimos reductos defensivos.
¿Sirvió de algo aquella ofensiva? ¿Sirvió de algo aquel cerco implacable? ¿Sirvió de algo la muerte de tantos seres humanos en aquel pueblo llamado Belchite?
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No dude el lector en visitar aquel escenario que ahora se muestra silencioso ante nuestros ojos, como si el tiempo se hubiese detenido. Le aseguro que no le dejará indiferente.
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Yo tuve la oportunidad de pasear por sus calles desoladas, entre sus muros, bajo mudas miradas huecas de puertas y ventanas que parecían querer contar la historia que allí tuvo lugar. Incluso las paredes y esquinas, aún marcadas por las balas, eran capaces de transmitir el dolor, el sufrimiento, la tensión… En definitiva, el horror.
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Estuve allí un cálido día de verano, apacible y silencioso…
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Y me pregunté… ¿De qué sirvió?
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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