CURIOSIDADES BÉLICAS #25: Werneuchen y la Primera Escuadrilla Azul.

A mediados del mes de Abril de 2017 me desplacé hasta Alemania, una vez más, para documentar un nuevo proyecto literario. Aquel viaje supuso uno de los primeros pasos que di a la hora de recabar información con la que impregnarme del halo histórico que aún esconde Werneuchen. No dudé en visitar este aeródromo abandonado del que hoy hablaré al lector, pues fue el punto de partida de los protagonistas de esta entrega de “Curiosidades bélicas”. Hablo del elenco de personajes, reales y ficticios, que tomarán parte en “Cielo rojo, águilas azules”, la historia novelada de la Primera Escuadrilla Azul.
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Si bien este proyecto literario comenzó a tomar forma en el verano de 2016, cuando me centré en diversas entrevistas, búsqueda y estudio de material documental, fue en 2017 cuando, por fin, pude visitar algunos de los escenarios que, 76 años atrás, pisaron los hombres de la 1ª E.A.

Recepción oficial de la expedición española a su llegada a la estación de Anhalt, Berlín (27 de Julio de 1941).
¿Quién conformaba esta agrupación?
La 1ª Escuadrilla Azul consistió en un nutrido grupo de soldados españoles que tomaron parte en la Segunda Guerra Mundial encuadrados en las filas de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana. Un total, aproximado, de 120 hombres.

Desfile del personal de tierra en los aledaños de Anhalter Bahnhof (con el hotel Excelsior de fondo).

Entre ellos cabe destacar dos grupos diferenciados, los aviadores y el personal de tierra (técnicos, sanitarios, intendencia, etc.).
Esta primera escuadrilla expedicionaria comenzó su andadura en el verano de 1941 y se prolongó hasta Abril de 1942, momento en el que regresaron a España.
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Muchos de sus integrantes habían participado en la contienda civil española, por lo tanto, ya eran veteranos de guerra cuando pisaron por primera vez el aeródromo escuela de Werneuchen (Alemania). Además, varios de ellos contaban con excelentes hojas de servicios, por no citar sus uniformes, engalanados con diversas condecoraciones.
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Al frente de todos, el comandante Ángel Salas Larrazábal, aguerrido aviador con 17 victorias aéreas confirmadas en la Guerra Civil española.

Comandante Ángel Salas Larrazábal.
¿Por qué visité Werneuchen?
Werneuchen es una modesta población situada a unos 30 kilómetros al noreste de la capital de Alemania. En coche el acceso resulta sencillo, pues la carretera que conecta ambos puntos está en un estado impecable pese a ser una vía secundaria. En la actualidad, esta localidad cuenta con unos 8500 habitantes. Pero, si volvemos la vista atrás, a la década de los 30, entonces contaba con apenas 4000.
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En 1937 se inauguró uno de los aeródromos más importantes que existieron en el área de Berlín. Allí se instaló la Jagdfliegerschule 1 (Escuela de Caza Nº1), un complejo militar de última generación en aquella época, dotado de amplias instalaciones para albergar a unas mil personas. Contaba con seis hangares y una torre de control, además de edificios auxiliares, casino militar, cantina, estación de ferrocarril y una amplia pista de despegue y aterrizaje.

Kommandantur del campo de aviación (comandancia).
Hay que tener presente que entonces, en 1937, la Segunda Guerra Mundial aún no había estallado, pero sí estaba en curso nuestra Guerra Civil. Allí, en Werneuchen, a partir de ese año, comenzaron su formación decenas de pilotos de caza, de bombarderos, etc.
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Pero sus instalaciones también acogieron a personal que hasta allí se desplazó para formarse como operadores y técnicos de radio y radar, además de albergar un espacio para investigar y desarrollar las citadas tecnologías.

Torre de control de Werneuchen.
El aeródromo, ubicado junto a Werneuchen, cobró mayor relevancia según fue en auge la Segunda Guerra Mundial.
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Tal es así que fue el encargado de coordinar la defensa aérea de Berlín, desde donde despegaban bandadas de cazas para ir al encuentro de los bombarderos aliados o con la misión de interceptar cualquier otra amenaza sobre los cielos de la capital del, entonces, Tercer Reich.
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Muchas fueron las unidades que allí establecieron su base a lo largo de la Segunda Guerra Mundial para adiestrarse o perfeccionar sus habilidades y conocimientos, como fue el caso, ya hacia el final de la guerra, de la célebre escuadrilla de caza nocturna Nachtjagdgruppe 10 (NJGr 10).

Interior de la torre de control.
Pero Werneuchen también vio pasar por sus instalaciones a pilotos de diversas nacionalidades, como fue el caso del personal rumano, búlgaro y, entre otros, el personal de vuelo y tierra español.
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Estos últimos, con el comandante Ángel Salas Larrazábal al frente, dejaron muy buena impresión en Werneuchen, ya que hay que tener presente que a su llegada, en 1941, varios de los aviadores españoles habían sido “ases” durante la Guerra Civil española con varios derribos a sus espaldas.

Juan Azpeitia, uno de los mecánicos de la 1ª E.A., que también sirvió en la 2ª E.A. y 3ª E.A. (foto cortesía de su nieto, Javier A.A.).
El personal de tierra tampoco se quedó atrás, dado que, tras la contienda española, muchos de sus integrantes, al igual que los pilotos, formaban parte del Ejército del Aire y atesoraban gran experiencia como mecánicos, armeros, técnicos, etc.
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Sin duda, un lugar emblemático que no podía pasar por alto en mis viajes a Alemania.
La Primera Escuadrilla Azul en Werneuchen.
Los pilotos y el personal de tierra permanecieron en este aeródromo hasta finales de Septiembre de 1941, es decir, unos dos meses de adiestramiento, instrucción y perfeccionamiento.
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Pero aquí hay algo que no encaja… ¿Dos meses de preparación para un personal, en su mayoría, veteranos de guerra con gran experiencia de combate a sus espaldas? Cabe citar ahora que la Operación Barbarroja (la invasión alemana de Rusia) comenzó el 22 de Junio de 1941, por lo tanto, la guerra y el inseparable caos que arrastra tras de sí, también afectó a la retaguardia y a la organización de las fuerzas armadas alemanas.
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Lógicamente, dadas las circunstancias, el Alto Mando germano apenas tenía tiempo para preocuparse por una simple escuadrilla de pilotos extranjeros, pese a su gran potencial y valor como pilotos veteranos que eran; cuestión que demostraron con creces llegado el momento.

Los integrantes de la 1ª E.A. en compañía de oficiales alemanes, entre ellos Otto Weiss, el “León de Kalinin” (primera fila, a la derecha).
A la llegada de la expedición española a Werneuchen, a finales del mes de Julio de 1941, parte del personal alemán que trabajaba en el aeródromo pensó que los aviadores españoles se iban a hacer cargo de la escuela de pilotos o, por lo menos, de gran parte de las escuadrillas que allí se adiestraban para, posteriormente, partir hacia el frente ruso.
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¿Por qué? Cuestión sencilla. Todos los aviadores españoles, los 17 que hasta allí se desplazaron, ostentaban rangos de comandante (Salas Larrazábal y Muñoz), capitán (Arístides García, Javier Allende y Carlos Bayo) y teniente (Ruibal, Alcocer, Ibarreche, Mendoza, Lacour, O’Connor, Bartolomé, Busquets, Kindelán, Cesteros, Carracido y Zorita).
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A modo de comparación, lo habitual en una escuadrilla alemana es que fuese dirigida por un alférez, un teniente o, en su caso, un capitán (aunque hubo situaciones en que rangos mayores se pusieron al frente de las formaciones de aviones). El resto de pilotos ostentaba, por tanto, rangos menores, como sargento (en sus distintas modalidades). Sin duda, un apunte curioso que me arrancó una sonrisa durante la documentación de “Cielo rojo, águilas azules”.
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Los militares españoles, que en un principio pensaban que apenas permanecerían en Werneuchen durante unas semanas para adaptarse a los cazas germanos, vieron truncadas sus expectativas. Eso sí, al menos el tiempo allí transcurrido estuvo bien invertido, pues desde el mes de Julio de 1941 pudieron efectuar vuelos de entrenamiento con distintos aparatos alemanes, entre ellos, el mítico Bf-109 Messerschmitt (en aquel entonces el caballo de batalla de la Luftwaffe en la guerra aérea).

Jura de la bandera de la 1ª E.A. en el aeródromo escuela de Werneuchen (16 de Agosto de 1941).
Llegados a este punto, no quisiera dejar sin tocar un asunto curioso. Entre la expedición española, antes de la Segunda Guerra Mundial, algunos de sus miembros ya habían tenido oportunidad de volar con este singular aparato, otros no tuvieron ocasión de hacerlo, así que en Werneuchen se conformaron tres grupos para llevar a término la instrucción de un modo adecuado: un grupo de “expertos” (con experiencia de vuelo demostrable con el Bf-109), otro “intermedio” (con pilotos que conocían el aparato) y un último de “novatos” (aquellos que no habían subido jamás a lomos de un Bf-109 pero que, con gran voluntad, terminaron por dominar el caza teutón).
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Durante su estancia en Werneuchen, cabe destacar el papel del personal de tierra, ya que muchas veces, cuando se hace alusión a las escuadrillas azules, automáticamente nuestros pensamientos se dirigen hacia los aviadores. Desde estas líneas me gustaría reivindicar la importancia de los mecánicos, armeros, técnicos y el resto del personal de tierra, ya que sin ellos (y de este punto dejaron testimonio numerosos pilotos de la totalidad de las escuadrillas) su labor en el frente no hubiese sido posible.

Momentos de descanso en la cantina del aeródromo de Werneuchen. Juan Azpeitia en el centro (foto cortesía de su nieto, Javier A.A.).
Además de su adiestramiento técnico, o mejor dicho, “puesta a punto” final antes de partir hacia Rusia, el personal de tierra también efectuó prácticas de tiro, instrucción, ejercicios de marcha y, por supuesto, también hubo tiempo para el esparcimiento, tanto en Werneuchen y alrededores como la cercana ciudad de Berlín.
Werneuchen hoy.
Para concluir esta entrada, me gustaría detallar las instalaciones del complejo que, a día de hoy, todavía pueden ser visitadas, a ser posible con los permisos correspondientes para evitar problemas.
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La llegada al complejo del aeródromo resulta sencilla, apenas hay dificultad para acceder al mismo. Si bien en 1937 el recinto del aeródromo estaba diferenciado del pueblo (apenas estaban separados por un par de kilómetros), hoy en día forma parte de su periferia, ya que varias viviendas e instalaciones privadas y municipales rodean e invaden el mismo.

El autor frente a la antigua torre de control.
Tras aparcar en las inmediaciones, recorrí una pequeña carretera que conducía directamente hacia la torre de control. Hoy está abandonada y resulta peligroso acceder si no es con la correspondiente autorización y con calzado apropiado ya que pasillos y estancias están plagados de escombros y objetos que pueden resultar peligrosos (recomiendo especial precaución si alguien se aventura a visitar los sótanos de la torre de control, la iluminación es nula).
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Tal vez aquella visita al interior de la torre en la primavera de 2017 fue de las últimas que alguien pudo efectuar, pues a finales de año, en una segunda visita, pude comprobar que la entrada había sido sellada.
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Las amplias instalaciones que antiguamente configuraban el complejo de Werneuchen, hoy, la gran mayoría, ya no existen dado que el paso del tiempo ha pasado factura. Algunos de los viejos barracones han sido transformados en viviendas. Otras dependencias, como la cantina o algún edificio administrativo, han sido reconvertidas en una escuela infantil.

La vieja Kommandantur, hoy devorada por la vegetación.
Tras la Segunda Guerra Mundial, los rusos ocuparon el aeródromo y le dieron uso hasta los últimos días del régimen comunista. Si bien el interior de la torre de control, como se puede apreciar en las imágenes, resulta desolador, el exterior aún deja entrever lo que fue su aspecto majestuoso: una edificación que, pese a no contar ya con tejado, nos muestra un edificio que tiempo atrás resultaba hermoso. Prueba de ello son las fotografías en blanco y negro tomadas en la recta final de aquella década de los años 30 y la de los 40 que han llegado hasta nuestros días.
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Por su parte, los exteriores del aeródromo consiguieron sobrecogerme. Un silencio abrumador campaba a sus anchas por la espaciosa pista de aterrizaje (ampliada por los rusos durante su estancia para adaptarla a las necesidades de los aviones a reacción de la posguerra). Recuerdo ahora, al escribir estas líneas, el frío que hacía durante ambas visitas; demasiado intenso pese a ser primavera (mayor aún en la segunda, en pleno invierno). El viento bufaba con fuerza y el cielo plomizo amenazaba lluvia; pero allí estaban aún en pie los hangares para poder refugiarse del chaparrón.

El autor frente al Hangar Nº5.
En el techo aún se puede contemplar elementos de amarre y rieles empleados para transportar los aviones, elevarlos y realizar labores de mantenimiento. De los seis existentes, uno de los hangares ha sido transformado en polideportivo, otro se emplea como almacén, dos son de uso privado y los restantes, los dos últimos, están abiertos para, si uno se atreve, adentrarse y respirar la historia que aún impregna cada metro cuadrado de aquel espacio.
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Con total certeza, puedo asegurar que sendas estancias en Werneuchen han sido de las visitas de las que más he disfrutado a lo largo de tantos años de investigación y pasión por la Historia y la literatura. Tuve la suerte de coincidir con el propietario de un hangar, quien me explicó la evolución que había sufrido el mismo desde que el aeródromo había dejado de tener uso militar.
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El exterior de alguno de aquellos hangares, casi intacto desde los años 30, pese a estar enmascarado por la vegetación, atestigua la grandeza que respiró otrora el viejo aeródromo de Werneuchen.

Vista del Hangar Nº5, abandonado, víctima del paso del tiempo.
Quisiera revelar un secreto al lector ahora que se acerca el final de este artículo. El listón de esta visita lo había situado en un lugar muy alto y, por supuesto, mis expectativas se vieron cubiertas con creces.
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Desde que comencé con la documentación de este proyecto supe que Werneuchen iba a tener un papel muy destacado en la novela “Cielo rojo, águilas azules”. Saber que allí, en aquellas amplias instalaciones inauguradas en 1937, de las que apenas ahora resta la torre de control, los hangares, algunos edificios auxiliares y parte de la maltrecha pista de aterrizaje, hubo una actividad febril donde personal español sirvió en la Luftwaffe, logró conmoverme y darme un impulso extra para terminar la fase de documentación del libro.

Messerschmitt Bf-109 “Emil”, el modelo de caza más empleado por los aviadores de la 1ª E.A.
Werneuchen fue la última estación de un largo viaje de documentación donde, envuelto por la desapacible climatología, me apeé para comenzar a redactar una novela en la que he depositado mucho esfuerzo, dedicación, tiempo e ilusión.
Mi final, su comienzo.
Desde la estación de tren de Werneuchen, aquellos españoles partieron rumbo al frente con la denominación de 15/JG 27 (15 spanische Staffel / JG 27 Jagdgeschwader – 15ª escuadrilla / Ala 27). Allí, en Rusia, pese a ser los “novatos” de todo el contingente español que acompañaría a los alemanes hasta 1944 en la guerra aérea, sin apenas periodo de adaptación, llegaron a participar en unas 450 misiones y obtuvieron un total de 10 derribos (además de varios “posibles” y numerosos ametrallamientos en tierra de vehículos y aviones rusos).

Pilotos de la 1ª E.A.
La cifra de derribos (“victorias”) puede resultar escasa, pero existe una justificación. Este primer contingente actuó como un grupo de asalto, no como una escuadrilla de caza, por lo que sus labores se centraron en proporcionar escolta y protección a otros aparatos, asunto que fue en detrimento de las misiones de “caza libre”, aquellas que reportan mayor número de “victorias”.
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Decidí concluir aquel viaje de documentación en la estación de Werneuchen, la misma desde la que partieron hacia el frente ruso, décadas atrás, los militares españoles que dejarían grabada su gesta en los libros de Historia. Una gesta grabada con dolor, sufrimiento y sacrificio, pero también con profesionalidad y compromiso con sus camaradas. Un compromiso sellado con sangre, pues algunos de ellos perecieron o fueron dados por desaparecidos en Rusia. Jamás regresaron a España.

Fotografía de Juan Azpeitia (a la izda.) en la estación de Werneuchen; probablemente durante su estancia con la 2ª E.A. (foto cortesía de su nieto, Javier A.A.).
Pisé, durante mis últimos minutos en Werneuchen, el mismo andén que ellos. La gran mayoría de la primera expedición española pisó, a finales de Septiembre de 1941, aquellos mismos adoquines tendidos a mis pies justo antes de embarcarse en una aventura sin parangón.
Unos pocos partieron, desde el modélico campo de aviación, hacia el horror de la guerra a bordo de los Bf-109 que les fueron asignados.
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Pero el resto lo hizo a bordo de un modesto convoy repleto de inquietudes, pero también de ardoroso espíritu aventurero. Se encaminaron hacia el frente oriental, el más despiadado de toda la Segunda Guerra Mundial. Allí les esperaba un destino incierto que, si el lector me lo permite, narraré en otra entrega dedicada a la Primera Escuadrilla Azul.
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Hoy, con nostalgia, recuerdo que bajo la nieve que comenzó llorar el cielo grisáceo de aquella tarde de Diciembre de 2017, pisé el mismo andén, pisé sus huellas difuminadas.

El autor en la misma estación en 2017.
Junto al entramado ferroviario y la vieja estación sentí, por qué no decirlo, su presencia, pues allí dejaron su impronta aquellos soldados españoles que, desde aquella misma estación, emprendieron un largo viaje hacia el frente.
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Buen viaje…
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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PD: Si disfrutaste de este episodio histórico, te espera mucho más en mis novelas. Puedes acceder a ellas en:

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