CURIOSIDADES BÉLICAS #2: El mejor amigo del Barón Rojo.

¿Quién no ha oído hablar de Manfred von Richthofen?
Seguro que si hago referencia a su sobrenombre, el “Barón Rojo”, este personaje histórico se dibuja en su mente con nitidez cristalina. Por lo tanto, hoy nos tenemos que retrotraer a la época de la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918).
Empezaré por el final.

Trágico desenlace el de la biografía de nuestro misterioso personaje, quien murió acribillado el 23 de Septiembre de un lejano 1917. Sí, al igual que Richthofen, él también fue aviador. Mejor dicho, fue un gran piloto de caza, pero sobre todo, un gran compañero y amigo de sus camaradas más cercanos.

Se le podría definir como un aventurero apasionado del incipiente mundo de la aviación que, si me permite la expresión, en aquellos años aún gateaba en “pañales”; mas tenía una faceta un tanto “oscura” que le impulsó, en más de una ocasión, a actuar de forma poco ortodoxa a los mandos de los aeroplanos con los que surcó los cielos...

¿Cómo empezó todo?

Llegó al mundo un 13 de Abril de 1897, en Krefeld (Westfalia, Alemania), arropado por una familia más o menos bien posicionada. Su padre poseía una fábrica de tintes y su madre, ama de casa, se ocupó de criar a sus dos hermanos menores (Maximiliam y Otto), además de dos sobrinas, “adoptadas” como hijas.

Fotografía de su infancia.

Desde bien temprano afloró en él un sentido patriótico y militar poco usual en jóvenes de su edad; tal es así que con apenas 17 años se alistó en los húsares (unidad de caballería). ¿Pero no he citado con anterioridad que fue piloto de caza? Exacto. Cabe aclarar que durante la Primera Guerra Mundial eran frecuentes estas “migraciones” de personal de unas unidades a otras. Al igual que él, durante la Gran Guerra, otros aviadores como el propio “Barón Rojo” cumplieron con sus cometidos iniciales dentro de la caballería. Otros, por su parte, en los telégrafos. E incluso los hubo que aterrizaron en la aviación, nunca mejor dicho, procedentes de la sufrida infantería.
¿Cómo llegó a involucrarse en la Primera Guerra Mundial?
Corría el mes de Abril de 1914 cuando, tras mentir sobre su edad en contra de las leyes vigentes en la época y con los lejanos rumores de una más que presumible guerra a punto de estallar, nuestro desconocido protagonista se alistó en la milicia de Krefeld. Meses después, comenzada la Gran Guerra, con un título de mecánico de motocicletas bajo el brazo (además de la oportuna acreditación para conducir ese tipo de vehículos), se ofreció como conductor voluntario para el Ejército alemán.
Noviembre de 1914. 

Mes clave para él. Alentado por su fervor patriótico, entró a formar parte de los húsares y, poco después, su unidad fue reclamada para combatir en el frente. Allí estaba, en medio de una de las contiendas más salvajes que la Historia recuerda. Dadas sus buenas aptitudes castrenses, no tardó en obtener alguna que otra condecoración, incluida la Cruz de Hierro de segunda clase, y progresar en el escalafón militar hasta alcanzar el rango de suboficial con los 18 años recién cumplidos.

Floreció la primavera de 1915, momento en el que se le recomendó para cursar estudios de oficial; pero el asunto no salió del todo bien. Se le detectó cierto defecto físico (tobillos frágiles) y fue declarado reservista. ¡Vaya faena para alguien como él!

Jarro de agua fría pese a que ya había experimentado en sus propias carnes la inutilidad del empleo de la caballería en la Gran Guerra protagonizada por las trincheras y el alambre de espino. Quería seguir combatiendo, pero el destino parecía querer impedírselo. ¿Acaso ese contratiempo fue una señal que no subo interpretar?

Superado el mal trago, no tardó en solicitar el ingreso en la Luftstreitkräfte (fuerzas aéreas alemanas al servicio del Káiser Wilhelm II) y, para gran alegría de nuestro aún desconocido aviador, le fue concedido en el verano de 1915. Sus superiores pronto descubrieron su talento innato para pilotar aeroplanos; tal es así que en apenas dos meses ya volaba en solitario. Incluso a comienzos de 1916, tras su graduación como piloto, fue requerido para permanecer en su propia escuela de adiestramiento como instructor de los nuevos aspirantes a piloto… ¡El instructor más joven de toda Alemania!

Mayo de 1916.
Sucedida una breve etapa como observador en bombarderos, obtuvo la preciada insignia de piloto tras cumplir con éxito las primeras misiones de combate. Posteriormente, sus proezas en el aire no pasaron desapercibidas dentro de la Luftstreitkräfte, ya que en un breve espacio de tiempo engrosó las filas de, entre otras, la célebre Jagdstaffel “Jasta” Nr. 2 (Escuadrón de Caza Nº2) con el grado de oficial, una especie de “club de élite” conformado por Oswald Boelcke (en aquel entonces héroe nacional) donde sirvieron numerosos ases de la aviación germana.

Modelo a escala de su Albatros. Sí, ha visto bien, luce una esvástica, pero el partido Nazi aún no había sido fundado. Corazón y cruz gamada comparten fuselaje, sus símbolos de la “buena suerte”.
¿Quién le aguardaba en la Jasta 2?

Ni más ni menos que Manfred von Richthofen, el “Barón Rojo”, quien acogió a nuestro misterioso aviador con gran entusiasmo. ¿Existió algún motivo en particular? Nadie puede asegurarlo a ciencia cierta. Lo que sí ha quedado patente en las páginas de la Historia es que, durante las semanas de vuelo que compartieron, el uno vio en el otro cierta excentricidad, grandes dosis de temeridad, profesionalidad extrema, arrojo en el combate y, ante todo, una camaradería inquebrantable.

¿Excéntrico he dicho? Sí. Entre otras anécdotas, no dudaba en despojarse de su uniforme y vestirse como un mecánico más y trabajar en su avión como buen entendido en mecánica que era (incluso le gustaba decorar su máquina voladora con vistosas figuras y colores llamativos).

Junto al “Barón Rojo”.
Finales de Noviembre de 1916.

Su primera “victoria” en el aire. ¡Habían pasado dos años desde que se alistó en los húsares! ¡Qué pronto pasa el tiempo! Aquella jornada, temprano por la mañana, a lomos de su inseparable avión modelo Albatros, derribó un Nieuport sobre suelo francés; de su maltrecho piloto jamás se supo, fue declarado “desaparecido en combate”…

Su andadura en la Gran Guerra no terminó ahí. Ni mucho menos. Con o sin Richthofen a su lado, deambuló por varias Jastas a lo largo de la guerra, donde dejó prueba de su gran valía como piloto de caza. Su técnica era de un nivel extraordinario. Piloto agresivo y de excelentes cualidades para el vuelo acrobático. Dentro de todo el elenco de pilotos alemanes, me atrevería a decir que su pericia a los mandos resultó insuperable. Incluso brotó cierta rivalidad sana con el “Barón Rojo”.

Dentro de lo que supone experimentar un conflicto bélico, donde el hombre se convierte en un ser primitivo capaz de mostrar lo mejor y lo peor de sí mismo, la lista de “victorias” de cada uno de ellos comenzó a subir como la espuma, pero siempre con un respeto y admiración mutua impropia de aquellos tiempos y aquellas circunstancias. Sus respectivas guerreras parecían imanes capaces de atraer condecoraciones, una detrás de otra, a una velocidad pasmosa.

Fotografía tomada mientras decoraba su aeroplano.

Pero hubo un punto de inflexión: Julio de 1917. Manfred von Richthofen fue herido de gravedad durante un combate; recibió un balazo inesperado en plena cabeza. Sin apenas conceder tiempo a la recuperación, el “Barón Rojo” regresó a los cielos para continuar, en esta ocasión, con su guerra particular.

Atrás dejó su prudencia en el aire, su fe ciega en las enseñanzas de Boelcke (su mentor según muchos historiadores) que hasta la fecha le habían conseguido mantener con vida. Desde aquel incidente que casi le costó la vida, Manfred protagonizó una etapa oscura, ya que comenzó a comportarse de un modo extraño, tanto en tierra como en el aire.

Richthofen convaleciente.
¿Qué ocurrió entonces?

Nuestro misterioso aviador, consciente del delicado estado físico y mental de su amigo, trató de advertirle. La guerra desgasta, mucho, pero es en el plano psicológico donde causa estragos insondables. Frenéticas misiones repletas de peligro. Incontables horas de vuelo con la muerte como compañera inseparable. Lucha noble en el aire, aunque despiadada, con un enemigo que jamás concede tregua. Hombres que, apenas superada la veintena de años, aparentan casi el doble edad. Rostros grises que sobresalen de uniformes desgastados, que desprenden olor a combustible y tragedia; las fotografías de gala apenas retratan una realidad bien distinta a la que vivían a diario. ¿Hasta dónde aguantarían nuestros nervios en una situación como la que les tocó vivir a ellos?

Llegados a ese punto, el fiel amigo de Richthofen le lanzó un ultimátum. Algo parecido a estas palabras debió salir de sus labios cuarteados: “Deja de volar o terminarás por lamentarlo”. Pero el “Barón Rojo” hizo oídos sordos.

Nadie sabe lo que pasó por su cabeza, pero nuestro todavía misterioso aviador resolvió grabar una lección de sincera amistad en los anales de la Historia.

23 de Septiembre de 1917. 

Como en una de tantas ocasiones, aterrizó tras cumplimentar una misión. Pero algo no marchaba bien. Bajó del avión con semblante extenuado, un jersey gris, sucio, y un pantalón gris, también sucio; algo impropio de él, ya que solía vestir de modo elegante cada vez que pilotaba su avión. Incluso bromeaba con ello. Aseguraba que, en caso de ser derribado, quería resultar presentable ante los ojos del enemigo, o de las muchachas de París, si se diese el caso.

 

Su última foto junto a sus hermanos Maximilian y Otto.

 

Aquel mismo día, tras almorzar con sus hermanos menores y, según se sabe, quedar retratado en una fotografía junto a ellos con el aspecto anteriormente descrito, se subió a su aparato y emprendió una nueva misión, pero en esta ocasión vestido de forma completamente distinta. Ropa elegante y su preciada “Pour le Mérite” anudada al cuello.

Con el ronroneo del motor de su pintoresco Fokker DR 1 en los oídos, se elevó en el cielo sabiendo que, seguramente, no regresaría con vida al aeródromo que le vio partir. Le acompañaban otros dos pilotos, Bellen y Rüdenberg, a los que pronto dejó atrás ya que volaban en otros aparatos más lentos que el suyo.

Preparado para el despegue.
10 minutos míticos en la Historia de la aviación.

En solitario, nuestro misterioso aviador, que surcaba un cielo casi despejado a menos de 1000 metros de altura, fue avistado por aparatos enemigos.

Se trataba de un escuadrón de élite británico comandado por James McCudden, en el que, en los compases iniciales del combate, se produjo una proporción de 10 a 1. Ese uno, el alemán, no titubeó y se enzarzó de lleno en la refriega. Bajo sus alas la infantería se desangraba en las trincheras repletas de barro, ratas, cadáveres y muerte. Los aviones británicos no daban crédito. ¡Un único alemán osaba plantarles cara!

Durante 10 minutos épicos, el fiel amigo del “Barón Rojo” entabló un duelo a vida o muerte con un grupo de pilotos británicos, de los que seis eran “ases”, es decir, aviadores con varios derribos a sus espaldas (otras fuentes aseguran que fueron siete). McCudden y los suyos encajonaron al germano en el aire, pero este último parecía divertirse con ellos. A base de piruetas y maniobras suicidas el piloto de caza alemán conseguía evadir la muerte una y otra vez. Pese a que el Fokker recibió algunos impactos, el misterioso piloto aguantaba en el aire contra todo pronóstico. Incluso un camarada a lomos de un Albatros, en un desesperado intento por asistirle, vio cómo su motor comenzó a despedir humo negro y tuvo que escapar de allí para salvar la vida.

Ilustración de su Fokker DR1.

En el fragor del duelo aéreo, los ingleses dejaron algunos huecos por los que el germano pudo haber escapado, mas no rehuyó el combate. Varios aparatos británicos hubieron de dejar atrás aquel sector ya que su estructura o sus motores presentaban daños tras recibir varias ráfagas escupidas con certeza por las ametralladoras del aviador alemán.

Allí arriba, durante largos minutos, el buen amigo de von Richthofen aguantó lo indecible en medio de un combate caótico. Resistió junto a su avión mucho más de lo esperado. Según los partes de la época, todos los aparatos británicos sin excepción, mostraron orificios de bala una vez regresaron a sus aeródromos. Claro queda que el desconocido aviador hizo un trabajo excepcional, fuera de toda duda.

Pero diez minutos, que parecen poca cosa, en el aire pueden tornarse eternos. Su suerte expiró. Varios de los ases británicos que aún estaban en condiciones de presentar batalla, terminaron por derribar al amigo de Richthofen (pero hay quien sostiene que un fallo en su motor decidió la refriega). Cayó en picado. Se precipitó hacia el suelo belga con el Fokker horadado por las balas. Tras el brutal impacto, una nube de polvo, humo y fragmentos del avión se elevaron hacia el cielo.

El cadáver del misterioso aviador, hallado en Frezenberg, presentaba tres pedazos de plomo inglés albergados en el pecho y en el abdomen. McCudden, al enterarse de a quién habían derribado, dijo: “Su forma de volar era hermosa, su coraje excepcional y, en mi opinión, él fue el aviador alemán más valiente al que jamás haya tenido el privilegio de ver luchar. Nunca olvidaré mi admiración por él, que en solitario, combatió contra siete de nosotros durante diez minutos”.

Hay quien ha afirmado que, en busca de superar en número de “victorias” a Richthofen, no dudaba en embarcarse en misiones suicidas. Ambos eran muy competitivos y unos fuera de serie a los mandos de sus respectivos aeroplanos, pero la amistad, la admiración y el respeto mutuo que se profesaban, un siglo después, permanecen en la Historia para despejar toda duda.

¿Rivalidad? ¿Preocupación extrema por el camarada que está a punto de perder la razón?

No seré yo quien se pronuncie.

+ Werner Voß +

Pero… ¿Quién fue aquel aviador extraordinario cuyo sacrificio pretendió servir de advertencia al propio “Barón Rojo” y al que incluso los británicos le rindieron honores?

Se llamaba Werner Voß (Voss) y apenas contaba con 20 años cuando murió.

Werner Voß, recuerde su nombre.

Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
www.danielortegaescritor.com

Todos los Miércoles una nueva entrega de “Curiosidades Bélicas” en mi web oficial de Facebook: Daniel Ortega Escritor.

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