CURIOSIDADES BÉLICAS #1: ¿Te orinarías encima para salvar la vida?

Año 1914.
La 1ª Guerra Mundial ha estallado en verano, el 28 de Julio para ser más exactos, pero ni los soldados ni los dirigentes de las potencias enfrentadas son capaces de imaginar las devastadoras consecuencias de la contienda.

Soldados heridos tras un ataque con gas.
La Gran Guerra dejó tras de sí millones de bajas de seres humanos, cuyo desglose se presenta variable según las distintas fuentes consultadas. Aquellas más optimistas apuntan a los 8,5 millones de muertos (militares). Otras, por su parte, elevan la cifra a los 10 millones (militares). Pero el resultado de los conflictos bélicos no se resume a los fallecidos como consecuencia directa de los combates, también hay que tener en cuenta a los heridos, desaparecidos, prisioneros y, por supuesto, las bajas civiles; un total que entonces ascendería, aproximadamente, a los 40 millones. Números aterradores.
 Soldados alemanes y un asno posan para la cámara con sus respectivas máscaras antigás.

No quisiera dejar al margen de estas sobrecogedoras cifras estadísticas a los animales, cuyo protagonismo en algunos casos fue más que destacado. Por poner un par de ejemplos, cabe citar a los equinos y las palomas mensajeras. Los primeros, caballos y yeguas, tiraron de las pesadas piezas de artillería, o ambulancias, a lo largo y ancho de toda Europa. Las segundas, empleadas como mensajeras entre el frente y la retaguardia, se jugaron el tipo para hacer llegar órdenes e información arropadas por enjambres de balas.

Estos nobles animales sufrieron lo suyo, así lo demuestran los números: 8 millones de equinos muertos y 100.000 palomas dejaron sus plumas sobre el campo de batalla.

Soldados alerta en el interior de una trinchera.

Imagínese en medio de aquel caos, a la intemperie o guarecido en una trinchera cavada en algún lugar entre Bélgica y Francia. Barbarie en estado puro. Combates primitivos capaces de insensibilizar a cualquiera con una sinfonía de explosiones inaguantable como telón de fondo. Frío extremo en invierno. Calor abrasador en verano. El otoño y la primavera no se quedan atrás: barro por todas partes, imposible mantener los pies secos y la humedad que cala hasta el tuétano.

No se prive de la fiel compañía de las ratas, siempre dispuestas a devorar a quien sucumba al cansancio y quede atrapado por un sueño abrumador del que apenas se puede despertar si no es a base de culatazos o empujones propinados por algún camarada. Más de uno despertó con una oreja de menos, sin nariz o, por muy desagradable que resulte, sin parte de los genitales. Así se las gastaban las ratas de aquel entonces.

Sí, en la mente de muchos, la Gran Guerra apenas iba a durar unas semanas y todo el mundo regresaría victorioso por Navidad en aquel lejano año de 1914; mas no fue así. La guerra que supuestamente iba a acabar con todas las guerras, no cumplió su objetivo, se prolongó más allá de lo previsto.

Entonces, ya al comienzo de la contienda, alguien consideró que la artillería, las ametralladoras y los fusiles no resultaban suficientes para matarse los unos a los otros. ¿Por qué no emplear algo más letal? El gas. Sí, gas, dilucidó alguna mente diabólica.

Un francés anónimo fue el primero en emplearlo. En concreto, una pequeña carga de gas lacrimógeno alojada dentro de una granada. El galo la arrojó por encima del parapeto y fue a explotar en la trinchera de enfrente, ocupada por alemanes.

 

Infante alemán junto a dos perros, empleados habitualmente como mensajeros o incluso como improvisados “sanitarios”.

Y así comenzó la escalada de masacre. Poco después, en el sector de Neuve Chapelle (al norte de Francia), los germanos hicieron lo propio, pero esta vez fueron un poco más lejos. ¿Por qué no rellenar obuses de artillería con agentes irritantes? No se hizo esperar la respuesta. A fe qué lo hicieron, pero la jugada no salió muy bien. La concentración de gas resultó pequeña y los efectos apenas se notaron entre las filas francesas.

Llegó 1915.

Prosiguió el intercambio de gas entre los contendientes. El gas como arma a gran escala había nacido; cuyos efectos, a ser posible, buscaban herir en vez de matar. ¿Por qué? Sencilla respuesta, un herido implica más recursos en retaguardia que los empleados con un muerto que, en el mejor de los casos, podría llegar a reposar bajo tierra con unas paletadas de tierra por encima (cientos de miles de cadáveres anónimos aún reposan en alguna parte del frente sepultados por el barro centenario; allá por el verano de 2015 mis ojos fueron testigos de la exhumación de un soldado alemán caído en las inmediaciones de Verdún, Francia; apenas palmo y medio de terreno cubría su esqueleto, sobre el que reposaban aún sus prismáticos y varios botones plateados).

Cloro, fosgeno, bromuro de xililo, gas mostaza, etc. Nombres de compuestos químicos que, combinados con la imagen de aquellos campos de batalla, consiguen encoger las entrañas al más valiente. ¿Se imagina usted, de nuevo, agazapado en su trinchera? Cierta nube de color verde grisáceo se desplaza hacia su parapeto. Está de suerte, es cloro, la nube de gas que acaban de lanzar los alemanes es visible. Pero usted llegaría a ese razonamiento si ya hubiese pasado por la experiencia. Otros, anteriormente, no fueron tan afortunados, que por poco llegaron a escupir los pulmones por la boca (es bien sabido que el cloro es altamente irritante, pero una dosis más allá de lo soportable, puede resultar letal para la víctima del ataque).

Más adelante, por “cortesía” de Fritz Haber, el cloro, en combinación con el fosgeno, resultaría aún más devastador. Este último gas, incoloro y de olor similar al heno, resultó imperceptible por las primeros soldados que a él se enfrentaron. “Muerte dulce”, así la denominaron algunos. Sucedidas 24 horas desde la exposición, o más en algunos casos, el soldado comenzaba a manifestar los síntomas… ¿Se imagina la situación? Intoxicado y sin saber que, probablemente, moriría al día siguiente; o lo que es peor, quedaría intoxicado durante largas semanas o meses repletos de agonía. Cuestión de suerte. Cuestión de viento.

¿Recuerda esas imágenes de sucios soldados con máscaras antigás en las trincheras de la Primera Guerra Mundial? ¿Cómo se llegó a la conclusión de que resultaban necesarias? La obviedad habla por sí misma… Pero, ¿cuál fue la primera máscara empleada?

 

Modelo británico de máscara antigás.

Regresemos a nuestra trinchera atestada de barro, mugre, algún que otro cadáver y un olor dulzón a muerte que impregna cada centímetro de tierra que alcanzan a ver sus ojos. Por suerte, su camarada, quien fuma una pipa a su lado, es químico de profesión, o farmacéutico, o tiene conocimientos básicos de medicina. Visto lo sucedido en otros sectores del frente, con la nube tóxica a punto de invadir su parapeto, su camarada le anima a orinar en un pañuelo.

¿Se ha vuelto loco? Otros obedecen sin cuestionarle. Saben de lo que habla, sacan su “arma” y “disparan”. Incluso los hay que, generosos, reparten su orina a los que, aterrados, son incapaces de miccionar. ¡No queda tiempo para explicar que el amonio de la orina contrarresta los efectos del cloro!

Así ocurrió.

Mediante el uso de un simple pañuelo amarillento, impregnado de orines para cubrir las vías respiratorias, muchos salvaron la vida cuando el cloro, todavía, era el rey de las armas químicas a finales de 1914 y comienzos de 1915.

Pero lo peor aún estaba por llegar…

Así que… ¿Te orinarías encima para salvar la vida?

¡Comparte si te gustó!

Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
www.danielortegaescritor.com

Todos los Miércoles una nueva entrega de “Curiosidades Bélicas” en mi web oficial de Facebook: Daniel Ortega Escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.