CURIOSIDADES BÉLICAS #18: La Madonna de Stalingrado.

Cuando el inminente abrazo de la muerte se cierne sobre el ser humano, tal vez es cuando éste se siente más vulnerable y trata de aferrarse a la vida durante sus últimos suspiros. Es entonces cuando surca su mente un rosario de imágenes que, a modo de vivos resplandores, le hacen recordar toda su existencia, desde su infancia hasta los momentos previos al fatal desenlace. Justo en dichos momentos cargados de emotividad, el ser humano es capaz de abrazar un símbolo religioso, solicitar el calor de una mano ajena o rogar que alguien rece a su lado una sentida oración. La Madonna de Stalingrado fue uno de aquellos símbolos al que muchos soldados de la Wehrmacht (Ejército alemán) dedicaron sus últimas miradas y oraciones antes de morir.
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En esta nueva entrega de “Curiosidades bélicas” abordaré la historia de un suceso que, aunque seguramente de sobra conocido por el perfil de lector aficionado a la Segunda Guerra Mundial y en concreto a la batalla de Stalingrado, seguro que no tanto por aquellos profanos en la materia.
Mediados de Diciembre de 1942.
Nos encontramos en Stalingrado, la urbe industrial situada junto al río Volga, cuyo cauce surca de norte a sur esta histórica ciudad convertida en paradigma del comunismo estalinista. En ella y sus alrededores, desde el 23 de Agosto, se han sucedido los que tal vez sean los combates más brutales de la contienda bélica a escala mundial… ¡Y lo que falta por ver!

Stukas alemanes comienzan un picado para bombardear Stalingrado.
A finales del mes pasado, Noviembre de 1942, Stalingrado ha quedado cercada por el Ejército Rojo. La ambiciosa contraofensiva, organizada y ejecutada por el alto mando soviético en aquel sector, ha sido todo un éxito.

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Tanto en el interior de la ciudad como en sus arrabales, alrededor de 250.000 soldados alemanes han quedado acorralados. El crudo invierno, uno de los más espantosos que se recuerdan en el lugar, y el enemigo, se ciernen como una amenaza fantasmal sobre los hombres de la Wehrmacht.
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Durante casi un mes, el VI Ejército alemán, atrapado en Stalingrado, confía en su supervivencia gracias a la ayuda que llega a través del puente aéreo tendido desde el exterior del cerco. Varios aeródromos surten de provisiones y munición a los hombres que aguardan el rescate. Pese a que Hermann Goering (comandante en jefe de la Luftwaffe, fuerza aérea alemana) había prometido surtir con las toneladas suficientes a los atrapados en el cerco de Stalingrado, los suministros nunca llegan en la cuantía suficiente, unas 700 toneladas diarias… Rara vez superan las 100 pese a los heroicos esfuerzos de las tripulaciones de los aviones alemanes.
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Atrás han quedado sangrientas jornadas de lucha donde el Ejército Rojo ha pasado literalmente por encima de distintas divisiones alemanas y otras tantas de sus aliados, entre otros, rumanos e italianos. En la estepa aún se distinguen los restos de vehículos, carros de combate y miles de cadáveres, todo ello teñido de blanco por la escarcha o ya sepultado por la ingente cantidad de nieve que llora el cielo plomizo.

Cadáveres insepultos de soldados en Stalingrado.
Con las primeras luces del día 12 de Diciembre de 1942, la retirada del VI Ejército de la ciudad de Stalingrado es ya inviable por no decir imposible. Hitler ha reiterado una y otra vez su orden de no abandonar la posición. Paulus, el comandante en jefe de las tropas alemanas allí sitiadas, obedece; no le queda otra opción salvo resistir y permanecer a la espera de futuros acontecimientos.
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En este punto se puede abrir un debate muy interesante. Un debate que ha hecho correr ríos de tinta durante décadas. ¿Qué hubiese sucedido si Paulus hubiera llegado a adoptar otra actitud menos sumisa? En el interior del Kessel (“caldera” en alemán para referirse al cerco), muchos se preguntan por qué su superior no actúa y solventa la dramática situación…
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Por suerte, desde el exterior de la trampa mortal en que se ha convertido la ciudad junto al Volga, alguien ha maquinado un plan que puede suponer la liberación de miles de soldados alemanes, asediados por la infantería, acechados por la aviación y machacados hasta la saciedad por los blindados soviéticos.
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Se trata de Erich von Manstein, el célebre mariscal de campo alemán. Oficial de renombre, curtido en mil batallas, lanza una ofensiva con su LVII Cuerpo Panzer que pretende enlazar con las tropas asediadas para crear así un pasillo por el que puedan escapar del Kessel. La idea es sencilla, una vez los cercados escuchen la palabra en clave “Trueno”, deberán emprender una furiosa acometida contra las líneas rusas e ir al encuentro de sus camaradas que proceden desde el flanco sur de Stalingrado.

En primer término, a la derecha, Erich von Manstein.
Al frente del IV Ejército Panzer, Hermann Hoth, brazo ejecutor de Manstein, parte desde la localidad de Kotelnikovo y sus alrededores, rumbo noroeste, hacia Stalingrado. Las primeras horas del ataque germano son fulminantes. La Operación “Wintergewitter” acaba de ponerse en marcha con empuje enérgico.
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Pese a que los efectivos con los que cuentan Manstein y Hoth no son suficientes bajo criterio del primero, la ayuda no debe demorarse más, pues cada día que pasa corre en contra de los sitiados en Stalingrado.

Esquema gráfico de la Operación “Wintergewitter”.
Así, los algo más de 200 tanques alemanes que forman parte de las tres divisiones comandadas por Hoth, irrumpen con brío en la estepa rusa. Los cañones de los Panzers disparan sobre la marcha, no hay tiempo que perder.
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Enérgico empuje durante las horas iniciales de la ofensiva orquestada por Manstein. No importa la climatología, agreste, implacable en aquel inhóspito paraje ruso. Con idéntica fuerza, la ventisca, cargada de nieve en suspensión, y las ráfagas de las armas se confunden en el fragor de los combates. Parecen competir en intensidad. Hombres de ambos bandos, que lucen ropas blancas de camuflaje, se disparan unos a otros acompañados por el estruendo de las explosiones.

Hermann Hoth.
La Wehrmacht parece haber recobrado el estado de forma que lució durante la Blitzkrieg (Guerra relámpago) tiempo atrás. Frenético, el rugido de los motores hace estremecer a la infantería germana que acompaña a los Panzers, algunos de ellos traídos a última hora desde el frente occidental para sumarse a la ofensiva de Manstein. ¡Qué cambio de paisaje! Muchos son los vehículos que ni han podido ponerse en marcha debido a los fallos mecánicos y el frío, eventualidad que resta potencia al ataque alemán.
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Debido al frío extremo (se llega a luchar a varias decenas de grados bajo cero), las entrañas de los blindados germanos no parecen querer cobrar vida. Las tripulaciones más experimentadas saben de sobra que debe mantenerse el motor en marcha mucho antes del combate, incluso prender hogueras bajo el mastodóntico armazón de los blindados para garantizar que el arranque sea factible.

La infantería desciende de un carro y se lanza al ataque.
Por su parte, los rusos, mucho mejor preparados para la guerra invernal, no padecen semejante problemática. Los T-34 soviéticos parecen inmunes al frío, incluso la infantería que los escolta parece no inmutarse ante las duras condiciones climáticas que castigan la estepa.
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Frente a ellos, los alemanes, mal pertrechados para este tipo de combate extremo, hasta la fecha han padecido lo indecible para ganar posiciones y conservarlas en su poder.
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La lucha prosigue durante largas horas aquel 12 de Diciembre de 1942, en la que se consigue profundizar unos 50 kilómetros en apenas 24 horas de furiosa pugna con un enemigo, en primera instancia, cogido por sorpresa.
¡Viene Manstein!
A Stalingrado llega la noticia del intento de rescate por tierra. Muchos, que ya se daban por perdidos ante un enemigo implacable, estallan en lágrimas o incluso no dan crédito a lo que oyen a través de los aparatos de radio. Son muchas las jornadas repletas de penalidades las que han sufrido en el interior del cerco. Parece que, por fin, un destello de luz despunta en el horizonte. Sus camaradas, fuera del Kessel, tratan de abrirse paso a sangre y fuego por la estepa plagada de rusos.

Columna blindada camino del frente.
Paulus, entre tanto, no recibe la palabra en clave “Trueno”, que supondría la inmediata puesta en marcha de sus efectivos en dirección sur para ir al encuentro de las tropas lanzadas al ataque por Manstein. A cambio, le recalcan la orden de permanecer en Stalingrado y ofrecer una resistencia a ultranza, hasta el último hombre, hasta el último cartucho.
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Se suceden los días y al sur de Stalingrado brillan las lejanas explosiones. Su siniestro resplandor ilumina el horizonte al anochecer. El Ejército Rojo se ha repuesto del revés inicial. Sus generales han caído en la cuenta de que la penetración alemana puede resultar mortal para sus intereses. Si la Wehrmacht logra enlazar con sus camaradas atrapados en la devastada urbe industrial, todos los esfuerzos realizados con anterioridad por los soviéticos habrán sido en vano. Incluso podrían llegar a evadirse del Kessel y, de ese modo, dejar pasar la oportunidad de exterminar a un enemigo que comienza a agonizar entre las ruinas de la urbe de aspecto fantasmal.
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Debido a este motivo, persuasivo a todas luces, el Ejército Rojo redobla esfuerzos. Ya desde el propio día 13 de Diciembre, sus generales lanzan todos sus efectivos contra la amenaza que se cierne sobre el extremo sur de Stalingrado. Pugna brutal, diríase salvaje, la que mantienen ambos ejércitos. La estepa ofrece un paisaje desolador, donde cadáveres y máquinas de guerra perecen aquí y allá. Cierta tonalidad rojiza, brillante, salpica las dunas de nieve.
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Grotescas manchas negras simbolizan lo que, horas atrás, eran avasalladores carros de combate. Panzers alemanes y T-34 rusos se confunden en una estampa abrumadora, donde masas sanguinolentas, vestigios de seres humanos, yacen junto a las rodadas de los blindados. Las cadenas de las bestias de acero no conocen compasión con el enemigo, no dudan en arrollar trincheras, casamatas y parapetos para liquidar todo bajo su peso o el fuego que escupen sus armas.

Restos de los enfrentamientos. Los vivos contemplan la destrucción.
También el frío hace estragos… No debe caer en el olvido sus devastadores efectos. Aquellos heridos que han tenido la desgracia de caer en la inmensidad del escenario níveo, incapaces de obtener socorro por parte de los sanitarios, perecen en la miseria más absoluta, acompañados en su lecho de muerte por el gélido ulular de la ventisca y el retumbar de las explosiones.
Río Myshkova, un obstáculo insalvable.
Casi una semana después, la ofensiva germana se ve condenada a frenar casi en seco frente al río Myshkova. El Ejército Rojo ha hecho lo imposible para acumular tropas y plantar cara a la irrupción enemiga. Apesadumbrados, apenas a 50 kilómetros de Stalingrado, las tripulaciones de los Panzers atisban a lo lejos la ciudad. Su ruinosa silueta, al alcance de los prismáticos, parece desdibujarse entre el humo y el resplandor del manto de nieve que se pierde en la inmensidad. Su imagen simula un espejismo en el desierto, pero este desierto nada tiene de cálido, mas todo lo contrario; es capaz de congelar hombres y máquinas en cuestión de minutos.

Mecánicos y tripulaciones de los Panzers ponen a punto las máquinas de guerra.
Dentro del Kessel, los soldados aún mantienen la esperanza, pero los más realistas saben que el rescate resulta casi imposible. No importa que Manstein y Hoth se dejen el pellejo en el intento, el Ejército Rojo y la climatología son argumentos categóricos para terminar por convencerse de lo complicado de la situación.
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El intento de rescate ha llegado tarde, demasiado. Cientos de compatriotas han perecido en una odisea que, aunque noble y repleta de valor, ha terminado por desvanecerse frente al cauce del Myshkova.
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En el otro extremo de la balanza, el sacrificio ruso ha tenido su recompensa ya que el avance de la Wehrmacht ha quedado prácticamente paralizado. Así lo atestiguan las pérdidas terroríficas de los soviéticos, nada desdeñables en comparación con las alemanas.
Navidades de 1942.
Conscientes de su desesperada situación, miles de soldados alemanes buscan refugio entre las ruinas de Stalingrado. Sótanos y búnkeres son lugares cotizados donde poder hallar algo de calor. Aunque la fetidez inunda las cuatro paredes de estos emplazamientos, decenas de hombres se apiñan para esquivar la muerte que, a placer, deambula por la superficie. El frío, la artillería y la infantería del Ejército Rojo prosiguen con su sistemática labor de aniquilación.

Llegado el invierno ruso, la dieta se tornó espartana en las filas alemanas.
¿He dicho hombres? A estas alturas la Wehrmacht está integrada por sombras de seres humanos. Lo que antes fueron soldados bien nutridos para la guerra, cuyas raciones alcanzaban las 3000 calorías diarias (para aquellos destinados al frente), a estas alturas pueden comprobar que sus raciones apenas alcanzan las 300 calorías al día (no tardarían en dar cuenta de todos los caballos, muertos o no, para subsistir un día más). El estado de salud se desploma por horas. Fornidos soldados que meses atrás pesaban ochenta kilos, ahora dan gracias si llegan a los 60. La enfermedad corroe a cada uno de ellos bajo los harapos que lucen, vestigios de uniformes. Distrofia, disentería, tifus y un largo etcétera de padecimientos diezman a los cercados en Stalingrado.
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Durante estas fechas tan señaladas, una noticia devastadora hace estragos en la moral. Tazinskaia, uno de los aeródromos más importantes fuera del Kessel desde el que se hacía llegar suministros al VI Ejército alemán, ha caído en manos rusas. ¿Qué va a ser de ellos? Complicada labor la de la Luftwaffe, que ahora se ve casi incapaz de hacer llegar provisiones a sus compañeros de armas; apenas sí logra dejar en paracaídas algunos bultos, en el mejor de los casos, repletos de víveres y munición. Al igual que la salud, la moral de la mayoría de los soldados alemanes termina por desplomarse.
Kurt Reuber.
Es en estos momentos cuando la acción de uno de tantos hombres queda grabada para siempre en los libros de Historia. Se trata de Kurt Reuber, un médico perteneciente a la 16ª División Panzer, que también ejerce como pastor evangélico, además de ser un hombre dotado de cierto talento para el dibujo.
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Kurt Reuber.

En medio de aquella miseria, en algo parecido a un hospital de campaña, por denominar así al búnker donde se encuentra, comienza a plasmar en el reverso de un mapa algo que le ha venido a la mente. La inspiración, tan caprichosa, ha suspirado al oído de Reuber una singular escena que no tardará en dibujar en el improvisado lienzo.
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Armado con un trozo de madera chamuscada, esboza sobre el mapa la imagen de una mujer joven en cuyo regazo reposa un bebé. Un gran manto arropa a ambos. Ella, sentada, acuna al fruto de sus entrañas al amparo de una gran capucha que envuelve su cabeza y también a la criatura. Pese a estar ataviada con una prenda amplia, sus pies, desnudos, tocan un suelo que se intuye gélido, pese a no estar plasmado en el papel. ¿Qué quiere expresar Reuber con su obra? ¿Qué le pasa por la cabeza a la par que da vida a una escena que rebosa afecto?

Madonna de Stalingrado.
Su respuesta es clara. No deja cabida al error, pues alrededor de madre e hijo escribe:
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1942. Navidad en el cerco. Luz, vida y amor. Fortaleza Stalingrado.
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La Madonna de Stalingrado.
La improvisada escena quedó retratada para la posteridad sobre el citado plano, de apenas un metro de longitud por ochenta centímetros de ancho. Decidió colgarlo en una de las paredes de aquel búnker atestado de heridos, hombres que ya abrazaban la muerte, conscientes de que su hora había llegado.
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No tardaron en llegar más soldados alemanes al interior del búnker de Reuber para contemplar la Madonna de Stalingrado. Imagen que les inspiraba ternura, compasión, tranquilidad… Tal vez el calor de un hogar distante al que, ni en sueños, la mayoría esperaba regresar.
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Una lámpara, situada cerca del dibujo, emitía una luz lánguida para dotar de cierta calidez a la obra del médico alemán. No se sabe si algunas velas acompañaron al candil que allí situó Reuber, pero seguro que sí lo hicieron las decenas de miradas de los soldados congregados, iluminadas por la nostalgia, por la pureza y la compasión que en ellas se adivinaba. Al fin y al cabo… Pronto iban a morir. ¿Por qué no dejarse abrazar por unos sentimientos acaso ya olvidados?

Autorretrato de Reuber.
Gracias a la acción desinteresada de uno de sus superiores, la “Madonna de Stalingrado” consiguió evadir el cerco ruso dentro de uno de los últimos aviones que logró despegar y dejar atrás la urbe masacrada por la guerra. Junto a varios heridos, una carta redactada por Reuber acompañó el dibujo hasta Alemania, donde llegó a manos de su familia. El médico conocía su destino, sellado semanas atrás… Así se lo dejó entrever a su mujer a lo largo de las líneas de trazo tembloroso.
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Reuber, que no quiso descuidar la atención a sus camaradas heridos (como muchos otros médicos alemanes que allí quedaron rodeados), permaneció junto a ellos hasta el final. Otros facultativos, días atrás, perecieron bajo el fuego de los tanques rusos cuando éstos irrumpieron en los aeródromos de Gumrak y Pitomnik para hacerse con su control definitivo. Un episodio que merece una entrega en exclusiva.

Paulus, a la izquierda, camino de la firma de la capitulación.
La inmortalidad de la Madonna de Stalingrado.
El día 31 de Enero de 1.943, Paulus resolvió capitular ante el Ejército Rojo. No obstante, no fue hasta el 2 de Febrero de 1.943, cuando los combates cesaron por completo. Las últimas bolsas de resistencia alemanas fueron sofocadas aquel día por el Ejército Rojo.
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Reuber emprendió el camino hacia el cautiverio. Lejos de Stalingrado, a varios cientos de kilómetros, le aguardaba un campo de prisioneros. Uno de tantos cuyas espantosas condiciones pasaron factura a los internos alemanes.
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Factura mortal que se vio acrecentada debido al ya de por sí terrible estado de salud que presentaban los capturados. De no ser así, tal vez hubiesen logrado sobrevivir muchos más.
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Para que se haga una idea el lector, de los 250.000 atrapados en el Kessel de Stalingrado, 91.000 cayeron en manos del Ejército Rojo. De esos casi cien mil capturados, solamente regresaron con vida a Alemania cerca de los 6.000 (algunos incluso en 1.955).

Una de tantas columnas de prisioneros alemanes.
Reuber no fue uno de ellos. Pereció en Enero de 1.944 en un campo soviético.
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La enfermedad, como a otros miles de camaradas, se lo llevó por delante. Pero, a modo de testamento, regaló al mundo y a la Historia una copia de su Madonna de Stalingrado.
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Fue durante las Navidades de 1.943, cautivo del Ejército Rojo, cuando dibujó otra escena similar… Nos regaló la Madonna de los Prisioneros.

Madonna de los Prisioneros.
Símbolos de paz en medio de la sinrazón humana que hoy en día pueden contemplarse en Berlín, la primera (iglesia-memorial Káiser Wilhelm), y en Kassel (iglesia Auferstehung), localidad que le vio nacer y crecer, la segunda.
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Imagínese el lector en medio de aquella locura, aterido por el frío, atenazado por el horror de la guerra…
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¿Abrazarías la última esperanza que reflejaba la “Madonna de Stalingrado”?
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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