CURIOSIDADES BÉLICAS #19: Flaktürme. Bastiones inexpugnables del Tercer Reich.

Verano de 1940. Berlín. Un apacible atardecer decora con su cálida luz las últimas horas de actividad en las calles de la capital del Tercer Reich. En las inmediaciones del parque zoológico, grupos de niños remolonean los minutos finales de asueto que les conceden sus padres. Jóvenes matrimonios disfrutan de la relajada estampa al tiempo que pasean arropados por el cántico de aves exóticas confinadas en el cercano zoo.
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El autor junto a la torre antiaérea del parque Humboldthain (Berlín, 2017).
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Sí, por extraño que le parezca al lector, la salvaje brutalidad desatada por la Segunda Guerra Mundial aún no ha tocado de lleno a la sociedad berlinesa. Padres que aún no han sido llamados a las filas de la Wehrmacht (Ejército alemán)… Madres que aún no se han visto envueltas en la vorágine de los efectos devastadores que la contienda está por ocasionar en la retaguardia…

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Niños que, ajenos a la lejana barbarie que se desarrolla más allá de las fronteras de Alemania, aún juegan, ríen, corren, brincan y disfrutan de su niñez; porque aún son solamente eso, niños.

Ciudad alemana vista desde un bombardero aliado.
Se desata el infierno.
Ya de regreso a sus respectivos hogares, muchas de estas familias, que hasta hace poco sacaban buen provecho del tramo final de una tarde del ya casi extinto mes de Agosto, pronto van a ser testigos de algo inimaginable.
25 de Agosto de 1940.
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Cielo salpicado de estrellas. Casi sin previo aviso, un grupo de bombarderos ingleses de la RAF (Royal Air Force) irrumpe contra todo pronóstico en los cielos de Berlín.
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Sorpresa total, pues semejante acción no cabe en la cabeza de ningún berlinés, ni mucho menos en las de los dirigentes de la Alemania entonces gobernada por Adolf Hitler.
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El zumbido de los motores de aquellas máquinas volantes, cuyas entrañas se hallan repletas de muerte, llama la atención de la ciudadanía e incluso despierta cierta curiosidad ante algo que, hasta la fecha, jamás se había producido… ¡Un bombardeo en la capital del Tercer Reich!

Civiles acuden a una de las torres antiaéreas de Berlín.
Presagio de desgracia es lo que significa aquel rugido que se ha presentado así, de pronto. Pese a los vanos esfuerzos de la defensa aérea alemana (nada que ver con la existente en Berlín hacia mediados y finales de la guerra), los bombarderos británicos, apenas veinte, se abren paso y dejan caer su carga mortífera. Apenas han sido un centenar de bombas las que han estallado en un barrio residencial, pero el daño ya está hecho, la respuesta de Churchill ha conseguido su efecto. La venganza está consumada.
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El Primer Ministro británico no ha querido dejar pasar la ocasión. Durante la noche anterior, la del 24 de Agosto, un bombardero alemán soltó de forma accidental su carga sobre Londres. Error que conllevaría consecuencias trágicas ya que hasta la fecha la Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana) ha concentrado sus esfuerzos fuera de las ciudades enemigas, para evitar así alcanzar a la población civil inglesa.
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No será desde estas líneas donde se juzgue o determine quién empezó primero con los bombardeos sobre la población civil enemiga. Pero patente ha quedado en la Historia que ingleses y alemanes se enzarzaron en una campaña de bombardeo de objetivos, ya no sólo militares o estratégicos para la guerra, sino civiles también. Una escalada de violencia que afectó a millares de personas que nada tenían que ver o, peor aún, nada querían saber de una guerra en la que cada vez se hallaban más inmersos.

Cartel alemán de época que reza: “El enemigo ve tu luz. ¡Oscurece!”
Para apostillar lo anterior, cabe citar algunas frases de autores clave para comprender lo acontecido:
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“…esa histórica noche, los bombarderos ingleses, en vez de atacar las concentraciones alemanas en el frente, fueron lanzados hacia la retaguardia civil del enemigo. Era un acontecimiento que hacía época, puesto que era la primera ruptura deliberada de la regla fundamental de la guerra civilizada, de que sólo se deben llevar a cabo hostilidades contra las fuerzas combatientes enemigas… Sin saberlo, los tripulantes de esos 18 bombarderos estaban dando la vuelta a una gran página de la Historia”.
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F. J. P. Veale en “The Crime of Nuremberg”.
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“Churchill, a pesar de ser comandante supremo de las fuerzas armadas británicas, no podía actuar como un caudillo militar […]. El 11 de mayo de 1940 ordenó bombardear la ciudad de Freiburg. Pero Hitler no devolvió el golpe, aunque no cabe la menor duda de que estos ataques contra Freiburg y otras ciudades alemanas lo impulsaron, a su vez, a pasar al ataque”.
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J. F. C. Fuller en “The Conduct of War”.
Führer Sofort Programm.
Poco después de este histórico acontecimiento, se dio comienzo a un programa masivo de construcción de refugios antiaéreos en Berlín (entonces su población superaba los 4 millones de habitantes), pero también en numerosas ciudades alemanas. Esta acción recibió el nombre de “Programa inmediato del Führer” (traducción literal).

Boceto de Hitler (1940).
Mediante este programa, llevado a término en gran parte por la Organización Todt, se llegaron a paralizar innumerables obras de carácter “irrelevante” para la guerra y se dio prioridad total a la construcción de estos búnkeres (incluso se desviaron ingentes cantidades de recursos materiales y humanos para tratar de cumplir con los objetivos).
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Edificios públicos, estaciones de metro, hoteles, hospitales e incluso bloques de viviendas pronto vieron modificadas sus estructuras (aunque también reacondicionadas al efecto) para ofrecer cobijo a los ciudadanos ante los ya más que presumibles ataques aéreos enemigos.
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Tal vez los más llamativos fueron las Flaktürme (torres antiaéreas). Colosales edificaciones erigidas a base de hormigón y armadas hasta los dientes a base de cañones antiaéreos de diferentes calibres que oscilaban entre los de 20 mm. de los más pequeños a los 12,8 cm. de los más grandes.

Flakvierling (cañón cuádruple) en lo alto de una torre antiaérea. De fondo se aprecia una torre de control de tiro.
Para que se haga una idea el lector, por poner un ejemplo que seguro le resulta familiar, en la ciudad de Berlín, estas fortificaciones, se construyeron por parejas.
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Una de las torres, la de mayor tamaño, cuya altura alcanzaba los 40 metros, levantada sobre una base cuadrada de 70 x 70 metros, hacía las veces de gigantesca arma antiaérea (recibía el nombre de Gefechtsturm -Torre de combate-).
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Por su parte, otra torre gemela, ubicada en las inmediaciones de la primera, se encargaba de localizar mediante sistema de radar la incursión de los aparatos enemigos (se la denominaba Leitturm -Torre guía del fuego antiaéreo-). Esta segunda torre, de similar altura que la primera, contaba con una base más estrecha, unos 55 x 25 metros. Resultaba clave, ya que era los ojos y oídos de la primera torre; eso sí, estaba dotada de menor armamento que su “hermana mayor”. Sin duda, un tándem letal capaz de intimidar a cualquier piloto que osara surcar el cielo berlinés.
Fortalezas inexpugnables.
Sobre el plano de Berlín se proyectó la construcción de varias torres, pero solamente se llegaron a materializar tres parejas. Su disposición táctica resultó clave para la defensa del sector central de la ciudad, donde se ubicaba el barrio diplomático y la sede de los principales edificios gubernativos.

Disposición de las tres torres antiaéreas (señaladas en rojo) construidas en Berlín.
Con los planos completados en el transcurso de apenas una semanas, las obras de la primera pareja de torres se iniciaron a comienzos de Octubre de 1940 en las inmediaciones del Parque Zoológico (al oeste de Berlín). El tiempo promedio para erigir semejantes fortalezas oscilaba entre los seis y los once meses. En el caso de estas primeras se emplearon siete meses, eso sí, mediante trabajo continuado durante prácticamente las veinticuatro horas del día.
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De inmediato se levantaron idénticas estructuras en el parque de Friedrichshain (al este de Berlín) y, por último, en el parque Humboldthain (al norte de la urbe). Para Abril de 1942, todas las torres estaban listas, unas antes que otras, para cumplir con su cometido en una amplia disposición triangular con el centro neurálgico de la ciudad situado justo en medio.
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Para ello, poco después de concluidas las obras, la Luftwaffe tomó posesión de las ciclópeas edificaciones para instalar el armamento que las transformaría en fortalezas inexpugnables. Fortalezas operadas por los integrantes de la Wehrmacht, aunque bajo el mando de la propia Luftwaffe.
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Estas dotaciones de personal solían ascender a 260 hombres y una docena de oficiales, todos ellos repartidos entre cada pareja de torres, la de control y la de combate.

Mujer alemana opera un sistema de escucha.
Una cuarta pareja de torres, en los planes iniciales de protección de la ciudad, fue fijada para el sector sur (en el parque Hasenheide, cerca del aeródromo de Tempelhof), pero nunca se llegó a iniciar su construcción.
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Cabe reseñar que cada pareja de torres estaba comunicada de forma subterránea a través de un entramado de túneles subterráneos por el que transcurrían los conductos de calefacción y el necesario cableado para establecer las comunicaciones entre las torres. Cada una de ellas podía operar de forma autónoma ya que disponían de sus propios suministros de agua y electricidad.
Flaktürme y el ocaso del III Reich en Berlín.
Con el transcurso de la guerra, y el desastroso desenlace para Alemania cada vez mejor perfilado en el horizonte, se precisaban más y más hombres para sustituir las bajas (heridos y muertos) que ocasionaba la trituradora del frente ruso en mayor medida, además del frente occidental, este último en menor medida.

Grupo de auxiliares femeninas de la Luftwaffe.
Debido a semejante sangría de seres humanos, la mayoría de los escasos soldados aptos para la lucha que existían en Berlín y que entonces no tenían asignado ningún cometido esencial en la capital del Tercer Reich, debió abandonar la ciudad y encaminarse hacia el infierno de la guerra en primera línea de combate.
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Para sustituir estas carencias, también en las dotaciones de las torres antiaéreas, pronto se comenzó a recurrir a fuerzas auxiliares, engrosadas incluso con numerosos menores de edad. Tal fue el caso de los Luftwaffenhelfer (auxiliares / ayudantes de la Luftwaffe) y las Blitzmädchen (auxiliares femeninas de la Wehrmacht).
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En Enero de 1943 Hermann Goering había decretado el empleo de menores de edad como auxiliares de la Luftwaffe. Ese fue el destino que aguardó a centenares de muchachos, reclutados en los propios colegios berlineses para servir en la Flakartillerie (artillería antiaérea), cuyas edades oscilaban entre los doce y los catorce años. Más tarde se les unirían muchachos de poblaciones vecinas para completar las filas del 123 Flak-Abteilung, encuadrado en la 1ª Flak-Division (1ª División Antiaérea), de servicio permanente en Berlín desde el comienzo de la guerra.

Jóvenes soldados en una de las torres de Berlín.
A modo de curiosidad, y como ejemplo del a veces humor negro berlinés, a partir de Abril de 1945, ya con los tanques rusos en las calles de Berlín, a estos imberbes soldados, destinados como LH (iniciales que corresponden a los citados Luftwaffenhelfer) se les “bautizó” como la “Letze Hoffnung”, idénticas iniciales que, en este caso reinterpretadas de forma mordaz, esconden el tétrico significado de “Última esperanza”.
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No le faltaba razón a quien buscó esa alternativa a las siglas LH, pues muchos menores de edad participarían en la enconada resistencia que ofrecieron los defensores de Berlín ante la avalancha imparable del Ejército Rojo que, día tras día, terminó por arrasar la ciudad desde los arrabales hasta la misma puerta de Brandeburgo.
¡Llegan los rusos!
Es durante esos últimos días de la batalla de Berlín (25 de Abril al 2 de Mayo de 1945) cuando los T-34 e IS-2, imponentes carros de combate del Ejército Rojo, dan de bruces con estas fortalezas de colosales dimensiones. En el interior de cada una de ellas se cobijan unas 30.000 personas, civiles en su mayoría que han corrido en pos de la salvación, pues las tropas soviéticas no hacen concesiones con el enemigo y, en numerosas ocasiones, tampoco con la población civil.
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Pese a que la población alemana siempre ha lucido un comportamiento y ajuste a las normas cuando menos modélico, dadas las circunstancias, los civiles corren en manada para irrumpir a toda costa en el interior de las torres antiaéreas, símbolos de relativa seguridad. La guerra, implacable, es capaz de convertir en bestias a los seres humanos, que no dudan en pasar por encima de otros semejantes para asegurarse un reducido espacio en el interior de las fortalezas.

Dotación de una pieza antiaérea en acción.
¡Qué distinta imagen a la que se empeña en ofrecer la Propaganda del Reich! Imágenes controladas por el régimen muestran hileras perfectas, donde apenas se muestra personal militar, y en las que sí se aprecian personas con semblante tranquilo a la espera de su turno para poder acceder al ciclópeo refugio… Mas la realidad es diametralmente opuesta.
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Militares y policías se desgañitan en medio de la noche para intentar poner orden en un caótico tumulto imposible de ser controlado.
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Diseñadas en un principio para albergar a 10.000 personas distribuidas a lo largo de sus diferentes plantas, las entrañas de la torre antiaérea del zoo de Berlín ahora acogen a más del triple. Ambiente irrespirable. Calor insoportable. Humedad condensada que hace exudar cálidas gotas de agua a todas y cada una de las paredes. Hedor a muerte debido al gran número de heridos que atestan el hospital de la torre y muchos de los pasillos donde también se mezcla el olor a éter y alcohol. Llantos, gemidos y lamentaciones de los allí congregados, aferrados a sus escasas pertenencias, conforman una melodía desoladora capaz de deprimir al más estable emocionalmente. Panorama descorazonador, se mire por donde se mire.

Heridos descansan al aire libre durante un periodo de calma, sin amenaza aérea sobre los cielos de Berlín.
Empujados por su sentido del deber, los soldados aún parecen mantener la compostura, pues su frenética actividad apenas les concede un minuto de respiro. Desde el Reichstag, con gran urgencia, se ha solicitado el apoyo artillero de la torre. Los tanques soviéticos han cruzado el puente Moltke, tendido sobre el río Spree, y acaban de irrumpir en Königsplatz, la enorme plaza que se tiende a los pies del Reichstag.
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El estruendo ensordecedor de los cañones instalados en la parte superior de la formidable construcción llega amortiguado hasta los oídos de los civiles que allí han acudido a buscar refugio.
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También se suma al concierto de destrucción el incesante sonido de los elevadores que, desde la parte inferior de la torre, surcan toda su estructura para nutrir de obuses a los cañones arriba emplazados.
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Pese a la complejidad de la maniobra, la artillería antiaérea ya no apunta hacia el cielo. La urgencia del apoyo reclamado por la Infantería en Königsplatz obliga a las piezas Flak a apuntar en horizontal. Gracias a la certera puntería de sus dotaciones, decenas de tanques rusos revientan en mil pedazos para alegría de los hombres que luchan en la embarrada plaza.

Parte superior de un ascensor. Dos soldados abren la puerta donde recogerán los obuses que llegan desde la parte inferior de la torre.
Por desgracia, pese a estar bien pertrechada de munición, llegados a cierto punto, la torre debe cesar el fuego, pues tras largas horas de lucha, el Ejército Rojo ha tomado el Reichstag.
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De los 5.000 hombres que allí habían sido desplegados para defender la posición, alrededor de la mitad de los efectivos jamás verán la luz de otro amanecer.
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Sus restos mortales reposan sobre montañas de casquillos o yacen en el interior de cráteres ocasionados por las explosiones de obuses.
Concluyen las hostilidades en Berlín.
Con el mes de Mayo recién estrenado, los combates llegan a su fin en la capital del Reich. Unos combates que han destrozado la ciudad de este a oeste y de norte a sur. Apenas reconocible. Montañas de escombros pueblan el horizonte y casi ningún civil es capaz de distinguir a primera vista cuál era su propia calle.

Ruinas de guerra. Memorial Káiser Wilhelm en primer término. Al fondo las torres del parque zoológico.
La propia torre emplazada en el Zoológico de Berlín está cosida a disparos de arriba abajo. Los tanques rusos, en su avance, se han visto obligados a rodear la enorme construcción y proseguir su camino hacia el centro de la ciudad. Sus disparos apenas han ocasionado daños en la estructura de la torre. Incluso el Ejército Rojo se ha visto obligado a disponer piezas de artillería para intentar echar abajo la torre.
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Pese a contar con potentes cañones unos y otras, el hormigón armado lo ha resistido todo. Arañazos sin importancia es lo único que han conseguido ocasionar los soldados rusos… Y eso que se han dedicado a martillear durante días el singular objetivo. No es de extrañar, pues las torres cuentan con paredes de más de dos metros de espesor en los laterales y alcanzan casi los cuatro metros de grosor en el techo. Imposible echar abajo la férrea construcción.

Friedrich Tamms.
Friedrich Tamms, arquitecto responsable de las torres, aseguró:
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“Las torres antiaéreas debían ser vistas como el sitio más seguro frente a los ataques aéreos”.
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No fue para menos… Incluso terminada la guerra en Berlín, los rusos hubieron de enviar emisarios en más de una ocasión para negociar la rendición de la torre. Aislados respecto al mundo exterior, los oficiales al mando decidieron capitular largas horas después de que el general Weidling anunciase el cese de las hostilidades en la ciudad.
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Imagínese el lector en la tesitura… Ataviado con el uniforme del Ejército Rojo y una ametralladora PPSh-41 en la mano, como uno de tantos infantes que rodean la torre del zoo, observa incrédulo la escena. Ante sí, sobre la estructura de cuarenta metros de altura en cuya cumbre acaban de enmudecer imponentes cañones antiaéreos, aprecia cráteres de distintos tamaños que salpican las cuatro caras de la estructura. También distingue un sinfín de salpicaduras de metralla; consecuencia directa de salvajes explosiones que han quedado materializados a base de arañazos aquí y allá.

Voladura de una de las torres después de la guerra.
Tras comprobar que los esfuerzos de tanques y cañones soviéticos para demoler la torre no han servido de nada, seguro que llegaría a preguntarse… ¿Con qué demonios han construido esta mole los alemanes?
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Así que… ¿Cuánto tardaría en adentrarse en la fortaleza para curiosear en su interior?
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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