CURIOSIDADES BÉLICAS #16: Tempelhof. Más que un aeródromo en Berlín.

Corren los últimos días del mes de Abril de 1945. Nos hallamos en Berlín, la capital del Tercer Reich, arrasada por las bombas, humeante, en ruinas, consumida por el fuego, decadente. Pero, de milagro, uno de sus más emblemáticos y majestuosos edificios parece desafiar a los estragos de la guerra. Hablo de Tempelhof, el mítico aeródromo que se mantuvo en funcionamiento hasta las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial.
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Seguro que el lector visualiza ahora mismo la imponente estructura de Tempelhof, cuyo característico trazado en forma de cuarto de circunferencia aún hoy en día reclama la atención de todo aquel aficionado a la arquitectura e, incluso, de quienes lo descubren al pasear por la confluencia de los barrios berlineses de Neukölln y Kreuzberg.
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Tempelhof durante mi última visita en Diciembre de 2017.

¿Cuáles fueron sus orígenes?
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Pioneros de la aviación como Zipfel o Wright realizaron demostraciones aéreas con sus respectivas máquinas voladoras… Allí se dieron cita decenas de miles de curiosos para atestiguar el origen de un nuevo medio de transporte conocido por el ser humano. Fuentes históricas aseguran que alrededor de 150.000 personas presenciaron el insólito evento protagonizado por Wright.

Cartel promocional de la exhibición de Wright.
Allá por la década de los años 20 del siglo XX se erigió la primitiva terminal, que nada tiene que ver con la que hoy conocemos, y desde la que comenzaron a establecerse las primeras conexiones aéreas con otros puntos de Alemania y el extranjero. Esta originaria terminal se construyó al sureste del actual Tempelhof y sus responsables fueron Paul y Klaus Engler.
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¿Le suena de algo la compañía aérea Lufthansa (Deutsche Lufthansa AG)? Fue fundada allí, en Berlín, a comienzos de Enero de 1926.
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¿Fue Albert Speer el precursor del nuevo Tempelhof?
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Hay quien asocia la construcción de este ciclópeo complejo al mismísimo Albert Speer, arquitecto predilecto de Adolf Hitler durante el Tercer Reich. Pero esa asociación es del todo incorrecta. El levantamiento de este aeropuerto se remonta al año 1936 y su conclusión, forzada a causa de la guerra, data de 1941, cuando las obras se ven paralizadas por el devenir de la contienda mundial.

Maqueta a escala de Tempelhof en 1935.
Su responsable verdadero fue Ernst Sagebiel, quien en 1935, ya con el Partido Nacionalsocialista al frente del gobierno alemán, comenzó a diseñar lo que sería el moderno e incomparable aeropuerto de Tempelhof. Un edificio colosal que contaba, además de la torre de control y zonas de tránsito para pasajeros, con más de 7.000 estancias, numerosos hangares y refugios antiaéreos.
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No sería justo dejar de lado la avanzada infraestructura logística con la que contaba Tempelhof desde la fase de diseño, donde en primera instancia se planificó un mundo subterráneo bajo la construcción principal para dar cabida a una red de transporte de mercancías, equipaje y vehículos. Por suerte a día de hoy, pese al paso de la guerra por sus instalaciones, se conserva gran parte de todo lo anteriormente descrito.

Ernst Sagebiel durante las obras de construcción (portada del libro “Ernst Sagebiel, vida y obra”).
Si el lector tiene la oportunidad de realizar una visita al aeródromo, aún podrá respirar la grandeza histórica y arquitectónica que se respira en el lugar. De campo de maniobras castrenses en el siglo XVIII a puente aéreo durante la Guerra Fría.
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De paradigma arquitectónico del Tercer Reich (Norman Foster lo denominó como “la madre de todos los aeropuertos”) a uno de los aeropuertos más transitados de Alemania y del continente europeo. Sin duda alguna, un espacio mítico que aún fascina por su diseño y por la historia que esconde cada uno de sus rincones.
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Pero… ¿Qué sucedió en Tempelhof durante la Batalla de Berlín?
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Imagínese el lector en medio de aquel inmenso campo de aviación erigido a base de ladrillo y acero, engalanado con piedra por todas partes y de diseño soberbio. Muestra soberbia de la arquitectura del Tercer Reich donde ahora se espera el inminente ataque ruso. El edificio principal, en forma de cuarto de luna, dista más de un kilómetro de extremo a extremo. Pese a sus grandes dimensiones y su llamativo diseño, apenas conforma una parte más de todo el complejo que lo rodea, donde otras edificaciones lo circundan o sirven de base para constituir uno de los puntos más bellos de un Berlín irreconocible, desfigurado por los bombardeos a que ha sido sometida la ciudad a lo largo de la guerra.
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Bajo el voladizo que cubre gran parte del frontal de la terminal, donde antaño se refugiaban los aviones comerciales y pasajeros de las inclemencias del tiempo o del intenso sol veraniego, ahora solamente se atisban algunos aviones de transporte, cazas de combate en reparación, vehículos blindados de todo tipo y soldados, no muchos, pero los suficientes como para intentar plantar cara a la avalancha rusa que, de un momento a otro, irrumpirá con furia imparable.

Vista lateral del aeródromo de Tempelhof con el amplio voladizo a la derecha.
Unos piensan que la masacre es inevitable, que apenas hay nada que hacer contra un enemigo que les supera en número y armas. Se mire por donde se mire, la superioridad soviética es abrumadora. Otros se resignan a defender el lugar de un modo obstinado, pues si cae el aeródromo, la ciudad, cercada desde el 25 de Abril por el Ejército Rojo, quedará abandonada a su suerte y sin posibilidad de comunicación por vía aérea.
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Escenario de pesadilla.
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Pese a que la guerra no ha maltratado en demasía a Tempelhof y sus alrededores más inmediatos (los potencias aliadas enfrentadas con Alemania son conocedores de la vital importancia del aeródromo), el horizonte ofrece una imagen desoladora. Una estampa que oscila entre el escenario de pesadilla o la demencia absoluta.
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Más allá de la pista de aterrizaje y despegue, columnas de fuego gigantescas emergen de los barrios colindantes. Manzanas convertidas en auténticas piras rutilantes capaces de cegar en la distancia. La intensa humareda apenas deja ver más allá de un par de metros en algunas de las avenidas que convergen en el aeródromo. Incluso, en ciertos tramos, alguien con el brazo extendido es incapaz de distinguirse los dedos de la mano.

Un blindado soviético surca el mar de ruinas. “Berlín sigue siendo alemana”, reza la pintada.
Polvo de escombros en suspensión y las nubes incandescentes de hollín que brotan de los incendios se pegan a las vías respiratorias de quienes se aventuran a transitar por las calles berlinesas. La tos y los ojos enrojecidos son males menores.
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Lo que más temen civiles y combatientes es quedar sepultados bajo una traicionera avalancha de cascotes. Numerosas fachadas, vestigios de vigorosos edificios, observan a los transeúntes con miradas huecas. Ventanas que hacen las veces de ojos dotados de expresión funesta. Puertas que simulan bocas oscuras que vomitan los últimos vecinos que habitan sus entrañas; vecinos que resuelven huir hacia el centro de Berlín para evitar el peligro que se cierne sobre el distrito de Tempelhof… A lo lejos ruge el Ejército rojo.
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Combates a vida o muerte en el aeródromo.
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La lucha por Tempelhof comienza con la ciudad de Berlín ya cercada. Las jornadas del 26 y 27 de Abril de 1945 están a punto de quedar grabadas para siempre en las páginas de la Historia.
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Durante la jornada previa, algunos blindados soviéticos han tanteado el sector, pero los alemanes no se han visto en serias dificultades para repeler los ataques enemigos. Muchos soldados incluso celebran la victoria inicial con gran entusiasmo. Piensan que el Ejército Rojo jamás tomará la fortaleza de Berlín (Festung Berlin). ¿Acaso la tensión extrema y el nerviosismo al que muchos defensores de la capital del Tercer Reich se ven sometidos conducen a un optimismo irreal y enfervorecido por un frugal éxito acontecido horas atrás? Solamente los días sucesivos serán capaces de dar la razón a unos u otros…

Maqueta a escala de la entrada principal de Tempelhof (al fondo), plaza y edificios aledaños.
Al despuntar el día 26, el 8º Ejército de la Guardia y el 1er. Ejército Blindado son lanzados al ataque por el generalato soviético. Acometen desde el sur para apoderarse de los suburbios berlineses en aquella parte de la ciudad. Tempelhof se encuentra allí, en el punto de mira del Ejército Rojo.
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Hombres de varias divisiones alemanas se aprestan para el combate. También se hallan desplegados en el aeródromo y sus alrededores elementos de la 11ª División “Nordland” de las Waffen SS. Todos ellos se encuentran exhaustos, apenas cuentan con munición y vituallas para afrontar los sucesivos días de lucha contra los soviéticos.
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Por el lugar se dejan ver grupos de muchachos de las Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas), animados para enfrentarse a los rusos, con ojeras que subrayan miradas infantiles, fruto de las constantes privaciones y la falta de descanso. Apenas son chiquillos que pretenden jugar a la guerra, una guerra de hombres para la que muchos de ellos no están adiestrados ni preparados mentalmente. Una guerra que no es de broma, ya que si se muere, se muere de verdad. Una guerra que no concede segundas oportunidades… ¡Jamás!
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Unos y otros contemplan con cierta fascinación los carros de combate allí desplegados. Se trata de blindados que aporta a la defensa de sector la División Panzer “Müncheberg”, “experimentada” a la fuerza en la lucha contra los soviéticos. A pesar de su escaso recorrido desde su creación en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, sus hombres y carros de combate ya han luchado con fiereza contra el enemigo en Küstrin y las colinas de Seelow.

Material bélico abandonado al concluir la batalla de Berlín sirve de entretenimiento para los niños berlineses.
Tempelhof, situado cerca de la red del S-Bahn (tren de superficie) que rodea Berlín, así como de otras carreteras de vital importancia alrededor de la urbe demacrada, se presenta como un objetivo clave para el Ejército Rojo.
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No muy lejos de allí, al norte, se encuentra el canal que separa el sur de los barrios centrales de la ciudad; se trata de Landwehrkanal. Si los rusos cruzan el canal tras hacerse con los valiosos puentes y pasarelas que lo cruzan, no tardarán mucho en pisar Wilhelmstraße (arteria principal de Berlín) y con ello tendrán vía libre hacia la Cancillería del Reich… ¡La guarida de Adolf Hitler!
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¿Vía libre? Los defensores aún tienen algo que decir… Aún no conciben la capitulación… No al menos sin haber luchado antes.
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Testigos de excepción de las últimas horas de Tempelhof.
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Casi sin previo aviso, apenas unas cuantas andanadas de la devastadora artillería rusa, los T-34 soviéticos asaltan desde el sur la periferia del aeródromo. El ataque principal tiene lugar donde se esperaba. Los defensores no tardan en hacer escupir muerte a sus armas; las MG-42 y los StG-44 retumban sin cesar. A lo largo de improvisadas trincheras y parapetos, los arrabales de Tempelhof se convierten en un quebradero de cabeza para los oficiales del Ejército Rojo. ¿Pero quién demonios osa defender aquel lugar? Tal cuestión martillea la cabeza de muchos de ellos.

Tempelhof, arriba a la izquierda, tuvo su lugar en lo que sería Germania, la nueva capital de Alemania (maqueta a escala).
Durante largas horas, hombres y máquinas se enzarzan en una refriega sin parangón. Blindados rusos y alemanes se baten en duelo ensordecedor. Pese a hallarse en inferioridad numérica, los carros germanos luchan hasta agotar la munición o quedar destruidos por la apabullante lluvia de obuses que disparan los T-34.
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La certera puntería de los Tiger alemanes resulta insuficiente para contener la marea de blindados que el Ejército Rojo lanza contra el aeródromo.
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Tal es así, que llegados a cierto punto, varios soldados deciden montarse en vehículos ligeros tipo Kübelwagen, armados con Panzerfaust y un arrojo desmedido, para dirigirse a continuación contra los carros soviéticos. A velocidad endiablada surcan la pista de Tempelhof y disparan sobre la marcha las armas antitanque.
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Quien presencia semejante escena, que rebosa valentía extrema, o tal vez locura sin parangón, podría jurar que se trata de una estampa propia de una cacería. Los T-34 simulan ser bestias colosales, los alemanes montados a en los Kübelwagen parecen cazadores hambrientos, desesperados por hacerse con la cotizada pieza. Varios T-34 quedan volatilizados en un abrir y cerrar de ojos a causa de la destreza en el combate de los aguerridos soldados.

El aeródromo poco después de la batalla.
Aquellos hombres que luchan a pie sobre la pista del aeródromo, no tardan en contemplar los resultados de la osada maniobra. Algunos Kübelwagen vuelan por los aires convertidos en amasijos de hierros tras recibir el impacto de lleno de un obús escupido por algún T-34. Chatarra entremezclada con restos humanos salpica el terreno de color negro y escarlata.
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Pese a la destreza de los conductores de los vehículos ligeros, muchos pagan con sus propias vidas la intentona suicida por poner fuera de combate a los tanques enemigos. Otros, con más fortuna, o tal vez por falta de puntería de los carros soviéticos, regresan a las inmediaciones del edificio principal de Tempelhof para reabastecerse de munición.
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Mientras los Tiger disparan sus cañones y ametralladoras hasta la última bala y el último obús, la infantería se juega el tipo para contener el avance enemigo. Tras horas de combates, numerosos cadáveres pueblan la pista del aeródromo. Rusos y alemanes, blindados y vehículos de todo tipo, han encontrado el descanso eterno sobre el manto de hierba que preside el campo de aviación, irreconocible, masacrado por la artillería del Ejército Rojo.
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Niños de las Juventudes Hitlerianas y soldados de las Waffen SS reciben orden de replegarse hacia el centro de la ciudad. También los blindados y la infantería de la Wehrmacht (Ejército alemán) son llamados a la defensa de sector central de Berlín. Los comandantes alemanes no pueden permitirse más bajas, ya de por sí espantosas, en la defensa de un aeródromo condenado a la capitulación.

Boceto del lujoso interior de Tempelhof.
La situación es insostenible.
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Los escasos civiles que han encontrado protección durante algunas jornadas previas en las entrañas del aeródromo, ahora, aterrados, abandonan a la carrera los refugios antiaéreos de Tempelhof en busca de la relativa seguridad que, de momento, aún puede ofrecer el centro de Berlín.
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Más de uno sucumbe entre el fuego cruzado o bajo las explosiones con las que la artillería rusa golpea el lugar.
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No hay vuelta atrás. La marea soviética es incontenible. Gran parte de los defensores no tienen otra alternativa que la retirada. Cumpliendo órdenes, tanto los hombres de las Waffen SS, de la Wehrmacht y los muchachos de las Hitler Jugend, todos se repliegan hacia el canal y el anillo defensivo que configura el S-Bahn.
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A sus espaldas, los alemanes y voluntarios extranjeros que han tratado de frenar el avance del Ejército Rojo en Tempelhof y sus alrededores, dejan una escena que a ojos de cualquiera resulta descorazonadora. Decenas de camaradas muertos desparramados por todas partes. Blindados humeantes vomitan densas humaredas de color negro desde lo más profundo de sus entrañas. Cazas de combate, como algunos Focke-Wulf 190, o bombarderos en picado tipo Junkers Ju-87 (Stukas), arden sin control envueltos en llamas abrasadoras o, desposeídos de sus trenes de aterrizaje, reposan sobre sus alas, inertes, horadados por las balas.

Las “catacumbas” del aeródromo.
Solamente un puñado de hombres decide quedarse atrás para cubrir la retirada. Hombres sin nada que perder, hombres enloquecidos por el combate, hombres sin miedo a la muerte o, tal vez, hombres rebosantes de fanatismo se animan unos a otros en lo que saben serán sus últimos instantes de vida.
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No tardan en confirmarlo, pues la avalancha rusa los engulle por completo. Los T-34 disparan a bocajarro contra cualquier nido de resistencia que se les presenta en el camino. La infantería que los acompaña no duda en liquidar a los supervivientes de la lluvia de obuses.
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Estancia por estancia, los soldados del Ejército Rojo barren de enemigos el interior de Tempelhof. Sótanos, el amplio recibidor, el restaurante, los hangares… Nada escapa a la furia de sus ametralladoras, pistolas y fusiles. Incluso los lanzallamas achicharran los últimos vestigios de presencia alemana en el lujoso interior del edificio principal.
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El crepitar de las armas se desvanece cuando el último puñado de defensores opta por la rendición. La lucha ya no tiene sentido. No hay munición… Capitulación o suicidio, ¿existe otra alternativa?

Los restos de la batalla.
La destrucción pudo ser total.
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El Oberstleutnant Rudolf Böttger, comandante en jefe de la defensa del aeródromo de Tempelhof durante los últimos días de la guerra en Berlín, recibió la orden de proceder a su voladura.
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A día de hoy se desconoce el verdadero motivo, pero decidió no hacerlo. Decidió preservar aquel lugar intacto. Decidió no demolerlo.
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¿Cuál fue su último pensamiento? Jamás lo sabremos. Solamente él, rodeado por el enemigo, incapaz de proseguir la lucha, optó por contradecir las órdenes recibidas. Salvó Tempelhof para la posteridad. ¿Tal vez anticipó el papel clave que jugaría el aeródromo en años posteriores? ¿Tal vez anticipó las dificultades que atravesarían los berlineses una vez concluida la guerra? ¿Tal vez anticipó que los aliados occidentales tenderían un puente aéreo (valiéndose de Tempelhof) para hacer llegar suministros a Berlín una vez los rusos sometiesen a un cerco férreo la capital de Alemania?
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Jamás sabremos cuál o cuáles fueron las razones que sopesó en su interior Rudolf Böttger. Solamente sabemos que, con los rusos a punto de capturarle, decidió suicidarse y no llevar a término las últimas órdenes a él encomendadas.

Clásica foto de un avión norteamericano en las inmediaciones de Tempelhof, punto vital del puente aéreo tras la guerra.
¿Has estado en Berlín alguna vez y no has visitado Tempelhof?
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Vestigios de tiempos de guerra y paz aún se respiran en el interior del colosal edificio.
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Te recomiendo su visita, jamás te arrepentirás.
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo

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