CURIOSIDADES BÉLICAS #15: Detuvieron la guerra. Tregua de 1914.

Guerra. La sinrazón llevada a su máximo exponente. Conflicto entre seres humanos donde lo último que brilla es la humanidad de los que la protagonizan. Pero, ¿acaso es siempre así una guerra? Me temo que, afortunadamente, no.
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En esta nueva entrega de “Curiosidades bélicas” relataré algo insólito, un hecho inimaginable en aquel año de 1914 que seguro despertará la atención del lector y le hará experimentar lo mejor y lo peor de lo que es capaz de perpetrar un ser humano.
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Bélgica, últimos días de 1914.
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Incontables soldados alemanes y aliados se encuentran agazapados en el interior de sus respectivas trincheras. Es la víspera de Navidad. La jornada del 24 de Diciembre se presenta gélida al amanecer. Un día más donde el frío y la humedad penetran los uniformes y alcanzan los huesos de aquellos pobres hombres destinados a padecer lo indecible. ¿He dicho un día más? Sí, el sol despunta en el horizonte para revelar un panorama desolador a los ojos de miles de soldados desplegados en las trincheras belgas.

Trinchera alemana. Los hombres se agazapan a la espera del asalto enemigo.

En muchos lugares del frente, durante las primeras horas de la mañana, las armas retumban como cualquier otro día. Disparos, explosiones, el silbido de la metralla… Todos comparecen al alba, puntuales, como es de costumbre desde el comienzo de las hostilidades en la Gran Guerra. Numerosos cadáveres salpican la tierra de nadie, teñida de blanco por la nieve y el hielo.
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Cuerpos inertes, algunos con la espalda recostada sobre el suelo y con los brazos en alto, parecen reclamar un socorro que jamás llegará, pues sus almas han ido a un lugar mucho mejor, a un lugar donde la paz eterna ya les acoge con abrazo cálido. La muerte no conoce nacionalidades, cadáveres de alemanes, franceses, ingleses y escoceses decoran de un modo macabro todo cuanto alcanza la vista de sus camaradas.
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Temblando a causa de la severa climatología, unos y otros prosiguen con sus tareas habituales dentro de sus respectivas trincheras. Continúa la vigilancia del enemigo. Algún que otro bombardeo tiene lugar. El tableteo de las ametralladoras también reclama protagonismo. Los fusiles no se quedan atrás. Como todos los días en el frente, nuevas bajas engrosan las listas de muertos y heridos de cada ejército sumido de lleno en el grotesco infierno.

Miseria en las trincheras británicas.
Cese del fuego.
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Pero, como si alguna autoridad invisible ordenase un alto el fuego, soldados hastiados de la guerra apartan sus armas a un lado y dejan de disparar contra sus adversarios. En algunos puntos del frente belga el silencio es ensordecedor. Un silencio capaz de estremecer al más valiente.
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Quietud incomprensible en primer término por infinidad de hombres conminados a matarse entre ellos. ¿Qué demonios pasa?, es la pregunta que ronda la cabeza de aquellos soldados que, de pronto, se ven envueltos por una calma tensa que se respira inverosímil.
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¿Acaso el enemigo planea un ataque por sorpresa? ¿Es que los de la trinchera de enfrente traman algo? ¿Qué estarán haciendo los alemanes?, se preguntan los británicos y franceses. ¿Por qué callan las armas?, se preguntan los germanos.
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Imagínese el lector, dentro de una trinchera donde hombres y ratas conviven en pésimas condiciones. Frío, humedad, muerte y enfermedad son el pan de cada día. Unos tosen, aquejados por un resfriado que se resiste a abandonar cuerpos malnutridos. Otros tiritan, incapaces de entrar en calor ya que los parapetos apenas ofrecen un lugar donde poder cobijarse. Algunos, con la salud aún intacta, recorren la trinchera mientras reparten el correo, municiones o, en el mejor de los casos, algunas raciones, míseras, cuyo contenido calórico aporta lo justo para que los hombres se mantengan en pie un día más.
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Como si de una broma de mal gusto se tratase, los correos alemanes hacen entrega de paquetes inesperados allí por donde pasan. ¡No puede ser! El mismo Káiser Wilhelm II ha hecho llegar al frente elementos decorativos para alentar a sus soldados, atrincherados lejos de la patria que los vio nacer.
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Nostálgicos, los soldados cuyas cabezas se hallan cubiertas por los característicos cascos encumbrados con un singular pincho apenas dan crédito a lo que ven sus ojos. Velas y árboles de Navidad brotan de aquellos misteriosos paquetes.

Soldados germanos junto a un árbol de Navidad.
Aprovechando que aquel sector del frente belga se encuentra sumido en una paz insólita, lo soldados germanos no dudan en decorar sus trincheras con los presentes llegados desde la misma Alemania.
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Al atardecer, las primeras velas destellan a lo largo del serpenteante recorrido de los parapetos. Los pequeños árboles parecen cobrar vida en lo alto de las trincheras. Desde el interior, los infantes alemanes contemplan con cálido espíritu navideño algo con lo que instantes atrás no eran capaces de imaginar. No tardan en entonar villancicos. “Stille Nacht” (Noche de Paz) brota de incontables gargantas. Al principio el cántico es tímido, pero pronto cobra vigor y muchos se animan a seguir a sus camaradas.
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En las trincheras de enfrente, los británicos, perplejos, asoman con timidez por el borde de sus parapetos. No dan crédito a lo que tiene lugar ante sus propias narices. Aquellos más decididos, replican las tonadillas germanas; pero lo hacen en su lengua materna. Pronto se escucha “Silent night” (Noche de Paz), que como la pólvora recorre las líneas británicas para competir en intensidad con sus contrincantes.
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Sin previo aviso, un alemán rebosante de arrojo decide abandonar su trinchera. Desatiende las órdenes de su superior, más prudente, o tal vez repleto de desconfianza ya que su enemigo se encuentra a treinta metros de distancia, tal vez cuarenta o cincuenta… ¡Por Dios! ¡Vuelve aquí!, insiste su oficial al mando… Pero el soldado alemán se sabe triunfante en aquella acción que va contra toda lógica. Silencio. Los cánticos cesan…
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El infante germano se adentra en tierra de nadie con los brazos en alto. Tiembla. ¿Es el frío? ¿Son los nervios? ¿Acaso un miedo irracional se ha apoderado de él ahora que se halla en medio de la nada, rodeado de cadáveres? Algunas armas británicas apuntan hacia él… Pero no se detiene. Un paso más. Otro.

Ilustración publicada en la prensa inglesa. Un soldado alemán se aproxima a las líneas británicas.
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En el otro extremo, un británico, apoderado por un sentimiento que desconoce, tal vez que ha olvidado a causa de la guerra, también resuelve adentrarse en tierra de nadie. Pese a que su superior le amenaza con desgracias de todo tipo, él también se mantiene firme. Brazos en alto, siente que algo le une con aquel soldado alemán que avanza hacia el con paso temeroso, dubitativo podría decirse.
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¿Es que ambos han enloquecido?
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Ni mucho menos. Llega el momento del encuentro. Los enemigos se tienden la mano. Se saludan con cierta reticencia inicial, pero sus ojos brillan de un modo delator. Ninguno de ellos desea matarse aquella jornada que llega a su fin… ¡Es Navidad!
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Uno de ellos extrae tabaco de su uniforme repleto de barro y humedad. El otro saca una petaca donde se presume el aroma a un licor de alta graduación. Sonrisas tímidas se dibujan en sus rostros. Los dos se saludan de nuevo, esta vez con efusividad. Incluso comienzan a conversar y bromean con el obsequio tendido por su interlocutor.
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¡Esto es de locos! Piensan sus respectivos oficiales. Aquellos soldados se giran sobre sus talones y dibujan gestos en el aire para animar a sus camaradas a que les imiten. Poco después, varios soldados y oficiales deciden adentrarse en tierra de nadie. Muchos esperan un disparo traicionero, pero se suceden los tensos momentos y las armas guardan silencio. Solamente se escuchan pisadas sobre la nieve y el hielo.
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Pronto se presentan incontables hombres en tierra de nadie, unos frente a otros, con la silenciosa compañía de los cadáveres que les acompañan en aquel insólito encuentro. Un encuentro informal, inesperado, no planificado; una reunión que se ha materializado porque un soldado alemán ha decidido que ya es suficiente, que no hay derecho a morir en Navidad y gracias a un soldado británico que no ha disparado su arma contra aquel “loco” que ha salido a pecho descubierto de su trinchera.

Ilustración que recoge el momento de la confraternización.
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¿Leyenda o realidad?
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La Tregua de Navidad de 1914 es sin duda un suceso histórico que tuvo lugar. Un hecho que, magnificado por unos y menospreciado por otros, comenzó con el encuentro de varios soldados enemigos en tierra de nadie.
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Soldados que al amanecer estaban obligados a matarse los unos a los otros, pero que a lo largo de la jornada fueron capaces de reflexionar y evocar el significado de aquellas fechas. Unas fechas simbólicas que todos ellos tuvieron que vivir en la miseria más absoluta. Miseria que, compartida con el enemigo, incluso les supo un poco peor.
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Leyenda… Hay quienes niegan que la tregua entre soldados enemigos durante la Primera Guerra Mundial jamás tuvo lugar. Realidad… Hay quienes la defienden a ultranza ya que hasta no hace mucho algunos testigos de primera fila han dado fe de lo que vivieron en las trincheras belgas.
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Lo que sí está claro es que a día de hoy nos ha llegado correspondencia de muchos solados alemanes, británicos y franceses que, tras sortear la censura militar, llegó a su destino para relatar algo que jamás sería imaginable por sus familiares o el resto de las sociedades de las potencias en guerra. ¿Es que todos los soldados se habían vuelto locos? Todo lo contrario. En aquel sector del frente belga apeló la razón, algo que se había desvanecido por completo aquel verano de 1914, cuando dio comienzo la guerra que iba a terminar con todas las guerras.

La prensa filtró fotografías de varias escenas de confraternización en distintos sectores del frente.
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Testimonios escritos de soldados de distintas nacionalidades relatan su experiencia personal en aquella Navidad de 1914, en el frente, en compañía de soldados enemigos.
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Algunos citan el estremecedor silencio que dominaba su sector, la lejanía del eco de las explosiones y los disparos que tenían lugar a varios kilómetros de distancia. Otros hablan de la confraternización con el enemigo, hombres de distinta nacionalidad con los que intercambiaron provisiones, tabaco y bebidas alcohólicas. Las líneas dejan entrever una ceremonia religiosa oficiada durante el día de Navidad por capellanes castrenses para rezar por los caídos de ambos bandos. Incluso se detalla la sepultura conjunta de los fallecidos durante los combates que tuvieron lugar los días previos. Hasta se apunta a que muchos intercambiaron sus direcciones postales para escribirse y visitarse cuando terminase la guerra. Hay quien asegura que los soldados jugaron al fútbol en algún tramo del día, bien entre los del mismo bando o con el enemigo…
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¿Qué fue realidad y qué fue fruto de la invención?
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Ni yo ni el lector vivimos aquellos instantes repletos de intensidad, de emoción, de miedo y desconfianza, pero que luego devinieron en momentos cargados de fraternidad donde unos hombres lograron lo imposible: detener una guerra.
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Solamente ellos, los protagonistas de aquel insólito acontecimiento son, o mejor dicho fueron, las voces autorizadas para dar fe de lo que vivieron. Hace ya años que los últimos supervivientes de la Tregua de Navidad la Gran Guerra nos dejaron para siempre. Sus testimonios permanecen, incluso algunos relataron su experiencia para las cámaras de los documentales que hoy tenemos a nuestra disposición. Sus ojos, sus miradas y su voz temblorosa no mienten cuando se les escucha una y otra vez al tiempo que relatan semejante proeza. ¿Por qué iban a mentir? Lo que hicieron iba en contra de toda lógica militar. Iba en contra de todo reglamento castrense.

Alemanes y británicos comparten sus escasas provisiones durante unas horas de paz inesperada.
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Las consecuencias.
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El singular suceso no tardó en llegar a oídos de los altos oficiales de los ejércitos enfrentados. Incluso la prensa se hizo eco de la Tregua de Navidad. Tal es así que muchos soldados fueron apartados de sus respectivos sectores del frente para evitar futuras confraternizaciones. Incluso algunos pagaron con su vida aquella heroica gesta, la de compartir unas horas de paz con el enemigo. Fueron ajusticiados, fusilados, tras ser sometidos a un consejo de guerra. Sin duda, una injusticia irracional consecuencia de un acto repleto de racionalidad.
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A día de hoy podemos ver películas o leer novelas basadas en estos hechos; ficción que trata el suceso, en algunos casos, con cierto rigor histórico y que nos puede acercar a lo que fue aquel inesperado hecho. También existen manuales de Historia que recogen el episodio de la Tregua de Navidad, unos con mayor detenimiento, otros apenas lo tratan como un mero suceso de escasa relevancia en el transcurso de la contienda.
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En años sucesivos, y fruto del temor a las represalias que podían tomar sus superiores, los soldados enfrentados apenas flirtearon con la idea de establecer treguas durante las fechas navideñas. Algún alto el fuego no acordado e incluso disparos errados a propósito fueron los protagonistas en sucesivas Navidades. La Gran Guerra escaló en violencia durante meses y años venideros, y con ella pareció evaporarse la intención de repetir un acto similar.

Monumento que inmortaliza la Tregua de Navidad de 1914. Dos soldados, junto a un balón de fútbol, se estrechan la mano (Bélgica).
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Reflexión.
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Si el lector tuviese la oportunidad de revivir aquel episodio histórico…
¿Hubiese tenido el valor de abandonar su trinchera para adentrarse en tierra de nadie? O, por el contrario, ¿hubiese sido capaz de disparar a un soldado desarmado que se dirige hacia su posición?
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Tregua de Navidad de 1914… ¿La recordarás más allá de estas líneas?
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo

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