Viaje a Berlín, 2017 (Parte 1 de 4)

Destino: Werneuchen, Alemania.
Objetivo: vista a un aeródromo abandonado.
Fecha: mediados de abril de 2017.
Proyecto: "Cielo rojo, águilas azules"

Crónica:

A mediados del mes de abril de 2017 me desplacé hasta Alemania, una vez más, para proseguir con la documentación de un nuevo proyecto literario en el que me encuentro inmerso desde hace un año: “Cielo rojo, águilas azules”, la historia novelada de la gesta de la 1ª Escuadrilla Azul en Rusia.

¿Quién conformaba esta agrupación? Un total aproximado de 120 hombres, entre personal de tierra y aviadores. La 1ª Escuadrilla Azul consistió en un nutrido grupo de soldados españoles que tomaron parte en la Segunda Guerra Mundial encuadrados en las filas de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana. En lo referente a esta primera escuadrilla expedicionaria, su participación en la contienda comenzó en el verano de 1941 y se prolongó hasta abril de 1942. Otras cuatro escuadrillas más, que relevaron a esta primera en turnos sucesivos, operaron en el frente ruso hasta febrero de 1944.

Llegada de la 1ª Escuadrilla Azul a Berlín. Desfile en las inmediaciones de la estación de Anhalter. 1941.

Si bien el proyecto “Cielo rojo, águilas azules” comenzó a tomar forma ya en el verano de 2016, cuando me centré en diversas entrevistas, búsqueda y estudio de material documental (de ello hablaré en otra entrada), es en 2017 cuando, por fin, pude visitar algunos de los escenarios que, 76 años atrás, pisaron los hombres de la 1ª E.A. 

Personal de vuelo de la 1ª Escuadrilla Azul y personal alemán. Werneuchen, 1941.

Hoy os hablaré de Werneuchen, una modesta población situada a unos 30 kilómetros al noreste de la capital de Alemania. En coche el acceso resulta sencillo, pues la carretera que conecta ambos puntos está en un estado impecable pese a ser una vía secundaria (también existe la posibilidad de acceder en transporte público). En la actualidad, esta localidad cuenta con unos 8500 habitantes. Si volvemos la vista atrás, al año 1937, entonces contaba con apenas 4000.

¿Por qué visité Werneuchen? En aquel año de 1937 se inauguró uno de los aeródromos más importantes que existieron en el área de Berlín. Allí se instaló la Jagdfliegerschule 1 (Escuela de Caza Nº1), un complejo militar de última generación en aquella época, dotado de amplias instalaciones para albergar a unas mil personas. Contaba con 6 hangares y una torre de control, además de edificios auxiliares, casino militar, cantina, estación de ferrocarril y una amplia pista de despegue y aterrizaje.

Panorámica del aeródromo de Werneuchen. 1942.

Hay que tener presente que entonces, en 1937, la Segunda Guerra Mundial aún no había estallado, pero sí estaba en curso nuestra Guerra Civil. Allí, en Werneuchen, a partir de ese año 1937 comenzaron su formación decenas de pilotos de caza, bombarderos, etc., pero también sus instalaciones acogieron a personal que hasta allí se desplazó para formarse como operadores y técnicos de radio y radar, además de albergar un espacio para investigar y desarrollar las citadas tecnologías.

Para hacernos hoy en día una idea, todo el complejo militar fue capaz de albergar alrededor de unas 1000 personas. Un aeródromo ubicado junto a Werneuchen que, según fue progresando la Segunda Guerra Mundial, cobró más importancia. Tal es así que fue el encargado de coordinar la defensa aérea de Berlín, desde donde partían cazas para ir al encuentro de los bombarderos aliados o con la misión de interceptar cualquier otra amenaza sobre los cielos de la capital del entonces Tercer Reich.

Torre de control del aeródromo. Años 40.
Torre de control del aeródromo. 2017.

Muchas fueron las unidades que allí establecieron su base a lo largo de la Segunda Guerra Mundial para adiestrarse o perfeccionar sus habilidades y conocimientos, como fue el caso, ya hacia el final de la guerra, de la célebre escuadrilla de caza nocturna Nachtjagdgruppe 10 (NJGr 10).

Pero Werneuchen también vio pasar por sus instalaciones a pilotos de diversas nacionalidades, como fue el caso del personal rumano, búlgaro y, entre otros, el personal de vuelo y tierra español. Estos últimos, con el comandante Ángel Salas Larrazábal al frente, dejaron muy buena impresión en Werneuchen, ya que hay que tener presente que a su llegada, en 1941, varios de los aviadores españoles habían sido “ases” durante la Guerra Civil española con varios derribos a sus espaldas. El personal de tierra tampoco se quedó atrás, dado que, tras la contienda española, muchos de sus integrantes, al igual que los pilotos, formaban parte del Ejército del Aire y atesoraban gran experiencia como mecánicos, armeros, técnicos, etc.

Interior de la torre de control. Años 40.
Interior de la torre de control. 2017.

Los pilotos y el personal de tierra permanecieron en este aeródromo hasta finales de Septiembre de 1941, es decir, unos dos meses de adiestramiento, instrucción y perfeccionamiento. Pero aquí hay algo que no encaja… ¿Dos meses de preparación para un personal, en su mayoría, veteranos de guerra con gran experiencia de combate a sus espaldas? Cabe citar ahora que la Operación Barbarroja (la invasión alemana de Rusia) comenzó el 22 de Junio de 1941, por lo tanto, la guerra y el inseparable caos que arrastra tras de sí, también afectó a la retaguardia y a la organización de las fuerzas armadas alemanas (lógicamente, dadas las circunstancias, el Alto Mando germano apenas tenía tiempo para preocuparse por una simple escuadrilla de pilotos extranjeros, pese a su incalculable potencial y valor como pilotos veteranos que eran; cuestión que demostraron con creces llegado el momento).

Por lo tanto, el personal de la 1ª E.A., que en un principio pensaba que apenas estaría en Werneuchen durante unas semanas para adaptarse a los cazas alemanes, vio truncadas sus expectativas. Si bien durante el mes de Julio de 1941 pudieron efectuar vuelos de entrenamiento con los cazas alemanes, entre otros, el mítico Bf-109 Messerschmitt (en aquel entonces el caballo de batalla de la Luftwaffe en la guerra aérea).

Llegados a este punto, no quisiera dejar sin tocar un asunto curioso. Entre la expedición española, antes de la Segunda Guerra Mundial, algunos de sus miembros ya habían tenido oportunidad de volar con este singular aparato, otros no tuvieron ocasión de hacerlo, así que en Werneuchen se conformaron tres grupos para llevar a término la instrucción de un modo adecuado: un grupo de “expertos” (con experiencia de vuelo demostrable con el Bf-109), otro “intermedio” (con pilotos que conocían el aparato) y un último de “novatos” (aquellos que no habían subido jamás a lomos de un Bf-109 pero que, con gran voluntad, terminaron por dominar el caza teutón).

Rumbo al frente partieron con la denominación de 15./JG 27 (15 spanische Staffel / JG27 Jagdgeschwader – 15ª escuadrilla / Ala 27) y allí, pese a ser los “novatos” de todo el contingente español que acompañaría a los alemanes hasta 1944 en la guerra aérea, volaron en unas 450 misiones de vuelo y obtuvieron un total de 10 derribos (además de varios “posibles” y numerosos ametrallamientos en tierra de vehículos y aviones rusos). La cifra de derribos (“victorias”) puede resultar escasa, pero existe una justificación: este primer contingente realizó mayoritariamente labores de escolta en detrimento de las misiones de “caza libre”, las que reportan mayor número de “victorias”),

Emblema de la 1ª Escuadrilla Azul: “Vista, suerte y al toro”. 1941.

Durante su estancia en Werneuchen, cabe destacar el papel del personal de tierra, ya que muchas veces, cuando se hace alusión a las escuadrillas azules, automáticamente nuestros pensamientos se dirigen hacia los aviadores. Desde estas líneas me gustaría reivindicar la importancia de los mecánicos, armeros, técnicos y el resto del personal de tierra, ya que sin ellos (y de este punto dejaron testimonio numerosos pilotos de la totalidad de las escuadrillas) su labor en el frente no hubiese sido posible. Además de su adiestramiento técnico, o mejor dicho, “puesta a punto” final antes de ir al frente, el personal de tierra también efectuó prácticas de tiro, instrucción, ejercicios de marcha y, por supuesto, también hubo tiempo para el esparcimiento.

Bajo este párrafo dejo una de las fotografías que más me llamó la atención cuando efectué la documentación de esta novela; en la misma se aprecia a un soldado junto a una bomba mientras lee el periódico con aire relajado. Pese a que ya la había visto en algún que otro libro, se tornó especial ya que, por azares del destino, he conocido al que fue su nieto, y ahora buen amigo, Javier A. Azpeitia, también un gran apasionado de la Historia y, en especial, de las escuadrillas azules. ¿Quién era este soldado? Se trata de Juan Azpeitia Pérez, mecánico que desempeñó su trabajo con gran profesionalidad, en muchas ocasiones expuesto a gran peligro y unas condiciones climáticas terribles, durante su estancia, ni mas ni menos, que en las tres primeras escuadrillas azules que operaron en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial.

Tiempo para el descanso al amparo de una tienda de campaña cerca del frente. Foto: cortesía de Juan A. Azpeitia.
No todo fue duro trabajo, también el ocio tuvo su protagonismo. Foto: cortesía de Juan A. Azpeitia.
Estación de Werneuchen. Posiblemente invierno de 1942. Foto: cortesía de Juan A. Azpeitia.
Trabajos de mantenimiento en el motor de un Bf-109. Fecha desconocida entre 1941 y 1943. Foto: cortesía de Juan A. Azpeitia.

Para concluir esta entrada, me gustaría detallar brevemente las instalaciones del complejo que, a día de hoy, todavía pueden ser visitadas, a ser posible con los permisos correspondientes para evitar problemas.

En primer término, la llegada al complejo del aeródromo resulta sencilla, apenas hay dificultad para acceder al mismo. Si bien en 1937 el recinto del aeródromo estaba diferenciado del pueblo (apenas distaba un par de kilómetros), hoy en día forma parte de su periferia, ya que varias viviendas e instalaciones municipales rodean el mismo.

Tras aparcar en las inmediaciones del recinto, recorrí una pequeña carretera que conducía directamente hacia la torre de control. Por desgracia, hoy está abandonada y resulta peligroso acceder si no es con el correspondiente permiso y con calzado apropiado ya que pasillos y estancias están plagados de escombros y objetos que pueden resultar peligrosos (recomiendo especial precaución si alguien se decide a visitar los sótanos de la torre de control, la iluminación es nula).

Camino hacia la torre de control. 2017.

Las amplias instalaciones que antiguamente configuraban el complejo de Werneuchen, hoy, la gran mayoría, ya no existen dado que el paso del tiempo ha pasado factura. Cabe citar que, tras la Segunda Guerra Mundial, los rusos ocuparon el aeródromo y le dieron uso hasta los últimos días del régimen comunista. Si bien el interior de la torre de control, como se puede apreciar en las imágenes, resulta desolador, el exterior aún deja entrever lo que fue su aspecto majestuoso: una torre de control que, pese a no contar ya con tejado, nos muestra un edificio que tiempo atrás resultaba realmente hermoso (prueba de ello son las fotografías en blanco y negro tomadas en la recta final de aquella década de los años 30 y 40 que han llegado a nuestros días).

Torre de control. 2017.

Por su parte, los exteriores del aeródromo consiguieron sobrecogerme. Un silencio abrumador campaba a sus anchas por la espaciosa pista de aterrizaje (ampliada por los rusos durante su estancia para adaptarla a las necesidades de sus aviones a reacción de la posguerra). Recuerdo ahora, al escribir estas líneas, el frío que hacía durante la visita; intenso pese a ser primavera. El viento bufaba con fuerza y el cielo plomizo amenazaba lluvia; pero allí estaban aún en pie los hangares para poder refugiarse del chaparrón.

Vista exterior de los hangares. 2017.

En el techo, por suerte, aún se puede contemplar elementos de amarre y rieles empleados para transportar los aviones, elevarlos y realizar las posteriores labores de mantenimiento. De los seis existentes, uno de los hangares ha sido transformado en polideportivo, otro se emplea como almacén, dos son de uso privado y los restantes, los dos últimos, están abiertos para, si uno se atreve, adentrarse y respirar la historia que aún impregna cada metro cuadrado de aquel espacio.

Interior de uno de los hangares. 2017.
Exterior de un hangar abandonado.
Exterior de un hangar, casi intacto, destinado al uso privado.    

Permanecí casi todo el día en el aeródromo y puedo asegurar que ha sido una de las visitas de las que más he disfrutado. Tuve la suerte de coincidir con el propietario de un hangar, quien amablemente me explicó la evolución que había sufrido su hangar desde que el aeródromo había dejado de tener uso militar. Sin duda, el exterior de alguno de ellos, casi intacto desde los años 30, pese a estar arropado por la vegetación, atestigua la grandeza que respiró otrora el viejo aeródromo de Werneuchen.

Garaje ubicado en los bajos de la torre de control. 2017.

Top secret: a modo de curiosidad no quisiera dejar pasar por alto un detalle. A la llegada de la expedición española a Werneuchen, a finales del mes de Julio de 1941, parte del personal alemán que trabajaba en el aeródromo pensó que los aviadores españoles se iban a hacer cargo de la escuela de pilotos o, por lo menos, de gran parte de las escuadrillas que allí se adiestraban para, posteriormente, partir hacia el frente ruso. ¿Por qué? Cuestión sencilla. Todos los aviadores españoles, los 17 que hasta allí se desplazaron, ostentaban rangos de comandante (Salas Larrazábal y Muñoz), capitán (Arístides García, Javier Allende y Carlos Bayo) y teniente (Ruibal, Alcocer, Ibarreche, Mendoza, Lacour, O’Connor, Bartolomé, Busquets, Kindelán, Cesteros, Carracido y Zorita). A modo de comparación, lo habitual en una escuadrilla alemana es que fuese dirigida por un alférez, un teniente o, en su caso, un capitán (aunque hubo situaciones en que rangos mayores se pusieron al frente de las formaciones de aviones); el resto de pilotos ostentaba, por tanto, rangos menores, como sargento (en sus distintas modalidades). Sin duda, un apunte curioso que me arrancó una sonrisa durante la documentación de este libro.

Bodegón con material empleado por la 1ª Escuadrilla Azul. Destacar ejemplar de ABC que recoge los rostros de los 17 aviadores. Foto: cortesía de Carlos Bourdon.

Impresiones finales: el listón de esta visita lo había situado en un lugar muy alto y, por supuesto, mis expectativas se vieron cubiertas con creces. Desde que comencé con la documentación de este proyecto supe que Werneuchen iba a tener un papel muy destacado en la novela “Cielo rojo, águilas azules”, que en estos momentos ya tengo bastante avanzada. Saber que allí, en aquellas amplias instalaciones inauguradas en 1937, de las que apenas ahora resta la torre de control, los hangares y parte de la maltrecha pista de aterrizaje, logró conmoverme y darme un impulso extra para terminar la fase de documentación del libro, ya que Werneuchen fue la última estación donde me apeé para comenzar a redactar una novela en la que he depositado mucho esfuerzo, dedicación e ilusión. Pero no solamente el que escribe estas líneas, también hay varias personas que han apostado por este proyecto editorial y sin cuya ayuda jamás habría podido empezar a teclear una palabra. Desde aquí quiero agradecer su ayuda, entre otras personas, a mis amigos Carlos Bourdón y Santiago Guillén, Blas Vicente, Antonio Duarte, Javier Alzola, Joe Ve y los amigos del grupo Escuadrillas Azules Expedicionarias 15(Span.) / JG51 (en entradas posteriores os presentaré a alguno de ellos).

Muchas gracias por tu tiempo y no olvides compartir si disfrutaste de la lectura de este artículo.

¡Hasta pronto!

© Daniel Ortega

 

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