CURIOSIDADES BÉLICAS #22: Krasny Bor 1943. Un día histórico en el frente ruso.

Febrero de 1943. Nos encontramos en el crudo frente ruso, en la madrugada del día diez del mes en curso. Noche oscura, gélida, en la que se superan los -20ºC. La brisa helada, capaz de cortar el rostro de quien ose permanecer a la intemperie, barre los arrabales de Leningrado. Allí, no muy lejos de una solitaria línea ferroviaria que une Moscú con la antigua capital zarista, varios soldados de la Wehrmacht (Ejército alemán) se agazapan en búnkeres, casamatas y, en el mejor de los casos, en alguna isba de la población de Krasny Bor.

Un soldado padece los estragos de la climatología rusa.
Seguro que el lector ha reconocido a los protagonistas de esta nueva entrega de “Curiosidades bélicas”.
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Así es, se trata de los hombres de la División 250 de Infantería, la División Española de Voluntarios, también llamada “División Azul”.

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Sobre esta agrupación militar mucho se ha escrito, así que poco cabe aportar a lo ya tratado, así que este artículo-relato se centrará en lo que pudieron sentir aquellos hombres en una sucesión de eventos dramáticos, terribles y despiadados, pero repletos de gallardía y coraje sin parangón.
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Acompáñeme para, a través de los ojos de aquellos soldados, revivir el infierno de hielo y fuego en el que combatieron y murieron cientos de españoles en lucha épica contra un enemigo que les superaba en número y armamento.

Verano de 1941, miles de voluntarios españoles parten hacia Alemania para participar en la Segunda Guerra Mundial.
Comienza la “Operación Estrella Polar”, un día que pasará a la Historia.
Durante el intervalo que transcurre desde las últimas horas de la jornada anterior hasta las primeras del décimo día del mes de Febrero, los soldados españoles se han percatado de lo inevitable. Ocupan una posición que se extiende entre Pushkin (al oeste) y Krasny Bor (al este), pero también se les ha asignado otras posiciones cercanas… Demasiado terreno a defender por una única división. El ataque se presume inminente en aquel estratégico punto al sureste de Leningrado.
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Un reducido grupo de osados divisionarios acaba de llegar de una misión de reconocimiento. No tardan en informar a su oficial. La novedad resulta sobrecogedora, más aún cuando ya se ha establecido el estado de alerta para los integrantes de la División Azul allí destinados (unos 5.000 hombres). Grandes concentraciones de tropas y vehículos del Ejército Rojo se preparan para acometer contra las defensas españolas.
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A cada minuto que transcurre, el sonido llega con más nitidez. Más allá de la línea férrea y de alguno de los bosques que decoran el paisaje, rugidos abrumadores resuenan amenazadores. Son los blindados soviéticos que calientan motores; listos para arrasar con todo bajo sus cadenas de un momento a otro.
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Semejante noticia recorre como la pólvora todas las trincheras ocupadas por los “guripas”. Muchos de ellos son veteranos de la guerra de España, no tienen miedo a lo que pronto va a suceder, pero sí respeto, mucho. Otros jamás se han visto envueltos en algo parecido, solamente conocen de oídas lo que supone combatir contra los rusos, disparar un arma contra otro hombre, e incluso llegar al cuerpo a cuerpo, donde todo vale para liquidar al enemigo… Pues no queda otra si se quiere salvar el pellejo.

Soldados rusos reptan hacia las posiciones enemigas.
Temprano, al alba, comienza la preparación artillera. Centenares de cañones rusos siembran de obuses toda la línea del frente, de apenas 6 kilómetros de extensión. Quienes piensan que los pepinazos jamás repiten el lugar donde revientan están muy equivocados, aquello es el frente del este, de lo más despiadado que se ha visto a lo largo de la Historia, y no tardan en pagar con la propia vida esa falsa creencia. Se mire por donde se mire, las piezas artilleras del Ejército Rojo castigan a placer todo alrededor.
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Durante largos minutos las trincheras tiemblan. También los búnkeres y las casamatas se agitan con gran violencia. Macabro y brutal es el ritmo que marcan las explosiones. Obuses por doquier. Estruendo abrumador capaz de hacer enloquecer a más de uno. No importa el lugar escogido para cubrirse del fuego enemigo, la potencia devastadora de la artillería rusa consigue zarandear el terreno con facilidad pasmosa.
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Pobres de aquellos que han corrido a destiempo a buscar un agujero donde intentar protegerse. La metralla silba con lamento agónico y siega en el acto la vida de los más desprevenidos. Ya se cuentan por decenas los cadáveres de soldados españoles, que salpican aquel paraje inhóspito del que brotan géiseres de hielo y nieve a cada segundo que pasa. Incontables lenguas de fuego simulan arañar el cielo.
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Cuando todo parece a punto de derrumbarse, irrumpe la aviación rusa con intenciones asesinas. Bombarderos y cazas se turnan para dar pasadas que rozan el suicidio, pues algunos efectúan vuelos a baja altura para ametrallar las posiciones españolas. Bombas y balas golpean con furia isbas, trincheras y aquellos edificios que aún se mantienen en pie de puro milagro.

Misa de campaña.
Muchos son los heridos que se retuercen sobre la nieve triturada por los cañonazos. No son pocos los que logran salvarse gracias a la ayuda de los intrépidos sanitarios, quienes se juegan el físico para evacuar a retaguardia a aquellos camaradas que pueden ser trasladados con ciertas garantías hasta un puesto médico.
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Otros no corren tanta suerte y perecen en medio de aquella desoladora sinfonía de destrucción. Se llega a tal punto de desconcierto a causa de la artillería, que en ciertos momentos se contagia la confusión. El terreno resulta irreconocible, donde antes había trincheras ahora apenas existe un conglomerado de restos humanos, nieve y material bélico.
Comienza el asalto de infantería ruso.
Después de dos horas de intenso bombardeo, además de la letal acción de la aviación soviética, el Ejército Rojo pone en movimiento a sus infantes, unos 45.000, distribuidos en cuatro divisiones. Los oficiales rusos inspeccionan el campo de batalla a través de sus prismáticos. Paisaje desolador el que contemplan. Aprecian el humo negro que tanto contrasta con el paisaje níveo.
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Tras apartar los binoculares de sus ojos, pronto les invade una cálida sensación de confianza. Parece que nadie ha sobrevivido a la devastadora acción de la artillería, rematada a la postre por los aeroplanos que, en apenas unos minutos, han desatado una tormenta de fuego sobre el campo de batalla. Alientan a sus hombres. ¡Avancen! ¡Avancen!

Infantería rusa avanza sobre la nieve.
Dichos oficiales desconocen algo que les pasará factura al final de la jornada. Pese a que han visto cómo el fuego consume las posiciones enemigas, no se imaginan que muchas de ellas aún permanecen ocupadas por los “guripas”.  Los españoles, a pesar de todo lo soportado y de las nutridas bajas experimentadas, aguantan firmes en la línea del frente, clavados al terreno para lo que esté por venírseles encima.
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La primera oleada de la infantería soviética se dibuja en el horizonte con nitidez. Incontables siluetas se recortan en lontananza con la claridad de la mañana. Pero esa claridad deja entrever algo que les costará caro a los rusos.
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Debido a la intensidad del bombardeo, el terreno ha quedado convertido en un lodazal. Donde antes existía terreno congelado, duro como el acero, encumbrado por una espesa capa de nieve inabarcable por la vista, ahora se aprecia un barrizal donde, en algunos puntos, hay quien se hunde hasta la rodilla. En esas condiciones, además del intenso frío, da comienzo el asalto de la infantería rusa.
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Progresando con gran torpeza, los soldados soviéticos inicial la aproximación hacia las líneas españolas, donde se corre la voz de alarma con la rapidez propia que exige la situación. Un retraso indebido puede comprometer la vida de muchos compañeros de armas. Los rusos prosiguen el lento avance, pues el barro parece succionar las botas de quienes tratan de dar un paso más hacia el frente.
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También los carros de combate afrontan dificultades, pues más de uno patina sobre la gruesa capa de fango y sus orugas son incapaces de ejercer la tracción suficiente como para rodar hacia las trincheras de los divisionarios españoles.

T-34 ruso destruido.
Una vez los soldados rusos se hallan al alcance de los fusiles y las ametralladoras de los “guripas”, las armas vomitan plomo en medio de un ensordecedor estruendo. Oficiales y suboficiales se desgañitan. ¡Fuego! ¡Abran fuego!
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De inmediato, un huracán de muerte se cierne sobre el enemigo, que pronto riega con su sangre el campo de batalla. En cuestión de minutos cientos de rusos yacen horadados por las balas españolas; quienes no perecen en el acto o han caído bajo los disparos, tratan de regresar hacia sus propias líneas. Nadie en su sano juicio esperaba semejante resistencia.
El Ejército Rojo lo intenta de nuevo.
Tras experimentar un primer revés, los oficiales soviéticos lanzan más y más hombres contra la barrera de fuego y muerte erigida por los “guripas” españoles. Incluso los carros T-34 del Ejército Rojo experimentan bajas considerables, no a causa de armas antitanques convencionales (ya que apenas cuentan con alguna), sino más bien por el empleo de medios “artesanales” y minas antitanque utilizadas a la desesperada.
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Varios carros soviéticos vuelan en mil pedazos a cargo de demostraciones de coraje absoluto protagonizadas por algunos soldados de la División 250. Cócteles Molotov y granadas de mano (de potencia incrementada al aferrar varias cabezas explosivas con cuerdas o cables) contra cíclopes de acero. La lucha desigual se salda con los suficientes blindados rusos destruidos como para que otras tripulaciones se replanteen proseguir el avance. Alto es el precio pagado por los divisionarios. Decenas de ellos sucumben bajo las ráfagas de las ametralladoras enemigas, pero otros resultan triunfantes en las arriesgadas maniobras. Son soldados aguerridos, no temen a la muerte.

Soldados alemanes operan una pieza artillera de 8,8cm.
En el ala derecha de la defensa española se halla la 4ª División de las Waffen SS alemana, pero no pueden acudir en ayuda de sus camaradas de armas, pues en su sector también está en peligro y permanecen paralizados ante presumible llegada de la marea roja.
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Oleada tras oleada, los “guripas” resisten lo inimaginable clavados al terreno literalmente. Las ametralladoras, casi al rojo vivo, dejan escapar hilos de humo que se entremezcla con el vaho blanquecino de quienes las manejan. Muchos de los operadores de estas máquinas de muerte, las MG alemanas, son hombres con nervios templados, pues otros hubiesen enloquecido al tener que aguantar mareas humanas que se precipitan contra la posición ocupada.
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Por desgracia, en varias casamatas, ejercer de tirador se paga con la vida. En cuestión de minutos, los certeros francotiradores del Ejército Rojo asestan golpes letales. También los morteros soviéticos baten los nidos de ametralladoras que aún resisten. Pero a pesar de todo, los españoles aguantan con coraje desmedido en sus puestos… Aguantan hasta el final.

General Esteban Infantes.
Llegado el mediodía, la línea del frente trazada por las defensas españolas ha sido rebasada en varios puntos. Se vaticina el desastre absoluto. Quienes han sobrevivido a las primeras horas de combate, proceden al repliegue hacia posiciones más seguras donde, más cohesionados, conformar nuevos núcleos de resistencia.
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Krasny Bor, con el río Ishora a su izquierda y la línea del ferrocarril a su derecha, atestigua el furioso empuje del Ejército Rojo en sus arrabales. Varias edificaciones caen en poder de los infantes soviéticos, pero a un alto precio, pues los españoles más experimentados, veteranos de la Guerra Civil muchos de ellos, conocen a la perfección las siniestras artes del combate callejero.
La presión enemiga es abrumadora. Toca continuar el repliegue a través de la población bombardeada, fantasmal, desfigurada por completo.

MG-34 en acción.
Los esperados refuerzos alemanes no llegan. Aquellos hombres de la “División Azul” combaten a la desesperada, dejados a su suerte en un sector de extensas dimensiones.
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La situación se torna desesperada. En su puesto de mando avanzado, no muy lejos de Krasny Bor, el propio general Esteban Infantes, comandante en jefe de la agrupación española, desconoce la situación real de sus hombres. Toda información que llega a sus oídos parece confusa. Con el masivo ataque artillero las comunicaciones han quedado prácticamente destruidas. Ordena la consolidación de nuevas posiciones defensivas junto al Ishora para proteger el flanco izquierdo donde los combates son salvajes.
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En los arrabales de Krasny Bor, al sur, con un pequeño bosque a sus espaldas, los “guripas” conforman una línea de resistencia que pronto obtiene buenos resultados, ya que logran detener el avance enemigo al que ocasionan graves pérdidas, eso sí, también a un elevado coste para los españoles.
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No muy lejos, en otros puntos al este y oeste de la villa, los núcleos de resistencia de vanguardia conformados por grupos aislados de divisionarios son aniquilados por el implacable avance del Ejército Rojo. Numerosas son las escenas repletas de heroísmo que protagonizan aquellos hombres, desvinculados de sus batallones. Compañías enteras son literalmente arrasadas por la apisonadora soviética.

Mítica ilustración de un grupo de españoles al acecho. Un carro soviético al fondo ruge amenazador. (Ilustración: Bujeiro).
Cuando las armas españolas ya no pueden disparar por falta de munición, se entabla el despiadado combate cuerpo a cuerpo. ¡Aguantad! ¡Valor camaradas! Gritos de ánimo sirven para que unos otorguen valor a otros. Gritos que se entremezclan con los que brotan de las gargantas de los cuantiosos heridos que se retuercen de dolor sobre el mar de fango.
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Bayonetas y palas silban en el aire. También las culatas de los fusiles sirven para arremeter contra los infantes rusos. Apenas hay supervivientes, los que no han muerto o se desangran sobre el barrizal, caen prisioneros del Ejército Rojo tras oponer resistencia hasta el final. Los cautivos se pueden contar con los dedos de las manos, pues la lucha ha sido salvaje.
Llega la tarde.
Con el ímpetu inicial de la ofensiva soviética totalmente desvanecido, comienzan a llegar algunas unidades de refuerzo al sector de Krasny Bor. Los corazones de aquellos hombres de refresco se encogen en un puño al presenciar la dantesca escena, gobernada por la destrucción allí donde alcanza la vista. Pavoroso escenario en el que pronto se ven obligados a participar, una pesadilla absoluta. Se trata de soldados estonios y flamencos que también sirven en la Wehrmacht alemana.

Mapa de la ambiciosa operación rusa. Krasny Bor al norte.
Para conceder más dramatismo al fantasmal panorama, el sol comienza su descenso en picado hacia el horizonte. Apenas son las tres de la tarde y el brillo del astro rey comienza a desvanecerse.
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Como si del mismo infierno se tratase, las llamas y el humo decoran con espeluznantes matices el paisaje próximo a Leningrado.
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En esos momentos, Esteban Infantes ordena contraatacar desde el río Ishora hacia las posiciones antes ocupadas por los españoles aislados, pues en algunos puntos aún se escucha el estrépito de las armas y se presume que la resistencia aún es enconada. Por desgracia, el contraataque, efectuado entre las sombras de la noche, no obtiene los resultados esperados, pues los divisionarios que participan no encuentran camaradas a los que socorrer. Rechazados por las ingentes masas de infantes rusos a los que acaban de enfrentarse, proceden a retirarse hacia sus posiciones de origen.
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Casi en ese preciso instante es cuando, por fin, algunas unidades alemanas comparecen en las inmediaciones del campo de batalla para reforzar o relevar a los “guripas” españoles que, durante un día entero, han conseguido resistir a capa y espada en aquel inhóspito paraje.
El resultado.
Era medianoche cuando los alemanes consiguieron llegar a las inmediaciones de Krasny Bor para relevar a los españoles que habían aguantado con arrojo insuperable en los arrabales de la villa.
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Llegó la hora del triste recuento, la hora del resultado. Después de casi un día de intensos combates (apenas 16 horas), la “División Azul” experimentó cuantiosas bajas. 1.125 “guripas” dejaron la vida en Rusia aquel día (la cuarta parte del total de muertos que tendría el contingente español durante toda su historia). Más de 1.000 heridos y cerca de 100 desaparecidos se sumaron a los anteriores. Prisioneros, según fuentes, entre 200 y 300 emprendieron el camino del cautiverio hacia los implacables campos de prisioneros rusos.
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Del total de 5.000 hombres que amanecieron aquel 10 de Febrero de 1943, poco más de la mitad sobrevivió para relatar lo acontecido. Sucesos que acuñaron la gloria de aquella expedición española en tierras rusas, donde se forjó su leyenda, aderezada con numerosas condecoraciones concedidas a decenas de sus integrantes, como la prestigiosa Laureada de San Fernando. Allí, en Krasny Bor, surgieron de la épica hazaña, ni más ni menos, que tres.

Monumento conmemorativo a los caídos españoles en Pankowka, Novgorod (Rusia).
Tal fue la brutalidad de la lucha en Krasny Bor que la BBC británica se jactó de que la División Española de Voluntarios había sido totalmente aniquilada por el Ejército Rojo, mas la Historia pronto demostraría el grave error de esas declaraciones.
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El propio Ejército Rojo, quien había subestimado con anterioridad la capacidad combativa de los españoles, a los que se consideraba como elementos de poca relevancia, también pagaron su desacertado pronóstico. Más de 9.000 muertos y alrededor de la mitad de heridos, fueron unas cifras estadísticas, y aún hoy en día lo son, dignas de estudio. Seguro que ningún oficial soviético, aquella mañana, imaginó que sus bajas llegarían a tal punto concluido aquel 10 de Febrero de 1943.
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Los hombres de la “División Azul”, muchos de ellos veteranos de la guerra en España, motivados y duchos en el combate, nada tenían que ver con otros soldados que, hasta la fecha, habían acompañado a la Wehrmacht en otros puntos de Rusia. Los españoles no eran los soldados rumanos, húngaros o italianos que habían combatido junto a los alemanes en Stalingrado. Aquellos soldados eran españoles que no dieron su brazo a torcer pese a la gran superioridad del enemigo. Apenas cedieron tres kilómetros de terreno durante la batalla de Krasny Bor.

Oficial alemán impone condecoraciones a soldados españoles.
¡Tres kilómetros en el frente ruso! Nimio progreso dado el empuje avasallador con el que el Ejército Rojo comenzó su avance aquella mañana. Una piedra en el zapato soviético que, a pesar del esfuerzo realizado, no logró romper el frente en su totalidad y, por ende, deshacer el cerco a la sitiada ciudad de Leningrado.
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Krasny Bor no fue el final de la “División Azul”. Muchos “guripas” continuaron sirviendo en la Wehrmacht durante los meses posteriores. Otros se enrolaron en la “Legión Azul” una vez la primera quedó disuelta… Incluso un pequeño reducto llegó a combatir en las calles de Berlín durante los últimos estertores del Tercer Reich.
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Fueron soldados, fueron modélicos en el combate.
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Fueron soldados, fueron audaces españoles.
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo
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