CURIOSIDADES BÉLICAS #13: Fallschirmjäger en Eben Emael. Audacia temeraria preludio del éxito.

Nos encontramos en los albores de Mayo de 1940. La Segunda Guerra Mundial, iniciada el 1 de Septiembre del año anterior, solamente conoce, como batalla más destacable, la invasión de Polonia. La campaña polaca le ha supuesto a la Wehrmacht (Ejército alemán) apenas un mes de combates. Después, la calma.
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Pero esa tensa calma está a punto de conocer su fin. Lejos del este, los alemanes miran hacia el extremo opuesto del mapa, el oeste. Allí, Francia, su eterno rival, aguarda lo inevitable: la apertura de un nuevo frente donde la Wehrmacht no tardará en desplegar su Blitzkrieg (guerra relámpago).
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La fortaleza de Eben Emael.
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Eben Emael está ubicada al sur de Maastricht, en la orilla occidental del Canal Alberto, casi rozando la frontera con Holanda (Países Bajos). Esta fortaleza belga resulta clave a la hora de progresar en terreno enemigo. Y bien lo saben los alemanes, conocedores de que si logran capturarla en una acción rápida y contundente, podrán garantizar el cruce de los puentes cercanos en condiciones de seguridad a sus camaradas de las divisiones Panzer.

Fotografía aérea de época de Eben Emael.

Su estructura, hoy en día, todavía resulta visible. Sobre la meseta que discurre sobre el paisaje belga entre Amberes y Namur, destaca su forma triangular. A una altura aproximada de 120 metros, domina cinco carreteras, varios puentes, el río Mosa y los canales que serpentean a su alrededor. Terminado de construir en 1935, sus más de treinta posiciones artilleras se muestran más que amenazantes a cualquier ataque por tierra.
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Añadamos a lo anterior una dotación de unos 1.200 hombres que, en dos turnos, custodian el fuerte. Un total de 75 hectáreas repletas de obstáculos y armas capaces de destrozar cualquier ataque enemigo, desde cañones de 120 mm. y 75 mm. hasta bunkers de diferentes tamaños, casamatas y nidos de ametralladoras, además de alguna que otra posición encumbrada con armas antiaéreas.

Esquema gráfico del fuerte Eben Emael y sus posiciones defensivas (por Robert M. Jurga).
Sin duda, en aquel entonces, el fuerte Eben Emael se consideraba una posición inexpugnable si se osaba atacar con agrupaciones de infantería; incluso se afirmaba que su dotación artillera era la más potente de toda Europa.
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9 de Mayo de 1940. Llega la hora de la verdad…
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Durante las jornadas previas, los alemanes ultiman los preparativos del próximo ataque que les permitirá adentrarse en tierras holandesas, belgas, francesas y de Luxemburgo.
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Para la osada maniobra, meses atrás, se había escogido y entrenado a un selecto grupo de paracaidistas. Temprano, aquella jornada del 9 de Mayo de 1940, el grupo es puesto en alerta. La acción se presume inmediata. Los hombres adiestrados hasta la extenuación en Hildesheim (Alemania), conocen el fuerte de memoria sin haber siquiera pisado sus alrededores. Planos y maquetas están grabadas a fuego en sus respectivas cabezas. Incluso han llevado a cabo maniobras sobre terreno cuya orografía se presenta semejante a la de Eben Emael. Todo está preparado. No se concibe el fracaso.
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Envueltos por el mayor secretismo posible, durante siete meses, la citada agrupación de paracaidistas (y algunos zapadores) se han entrenado exclusivamente para ejecutar una misión que resultará fundamental en el devenir de la guerra. El general alemán Kurt Student, durante ese periodo, ha sido el responsable del adiestramiento de estos hombres. Student se muestra obcecado a la hora de dar cumplimiento al plan inicial de Hitler de invadir Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo; al menos de la parte de la que él es directamente responsable.
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Kurt Student, desde el primer momento, prometió ultimar hasta el más mínimo detalle de la operación que nos atañe en el relato de hoy: la toma del fuerte belga Eben Emael.

Paracaidistas alemanes en un aeródromo.
Al amanecer del día 9, alrededor de cuarenta planeadores alemanes del modelo DFS-230 fueron remolcados por aviones Ju-52 desde un aeródromo de Colonia hasta las proximidades de la frontera de Holanda. En el interior de esos planeadores, el número de efectivos apenas alcanza los 400 hombres. Con ellos viajan sus armas personales y munición para aguantar durante el asalto y las horas sucesivas. Además, portan explosivos para perforar blindajes en la fortaleza (cargas huecas de 50 kgs.) y otros de menor peso para detonar a distancia. En total, unos 2.400 kg. de explosivos para llevar a término la audaz misión.

Planeador DFS-230.
El plan se presenta simple sobre el papel. Un reducido grupo de esos selectos soldados debe aterrizar con los planeadores en lo alto de la fortaleza, desplegarse a toda prisa para disponer las cargas explosivas en las torretas artilleras y de ventilación de Eben Emael, arrojar explosivos dentro y, a continuación, tomar al asalto el fuerte en medio de la total confusión.
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Mientras se acomete la proeza, la fuerza germana debe dar cumplimiento a otros objetivos: el resto de los hombres han de tomar y asegurar tres puentes cercanos nombrados Vroenhoven, Veldwezelt y Kanne hasta la llegada de los refuerzos; la infantería y los blindados germanos.
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10 de Mayo de 1940.

Walter Koch.
El capitán Koch, al frente del grupo de asalto alemán (Sturmabteilung Koch), encabeza la formación de élite encargada de la toma de Eben Emael y los puentes tendidos en sus proximidades. Cabe citar la estructura de este audaz contingente de soldados estructurado en cuatro grupos con cometidos preestablecidos (las cifras de hombres y planeadores pueden variar en función de las fuentes):
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1. Grupo “Granito”: al mando del teniente Rudolf Witzig, compuesto por 85 hombres, a bordo de once planeadores, cuyo objetivo consiste en asaltar y tomar el fuerte Eben Emael (el grupo sobre el que versa esta “Curiosidad bélica”).

2. Grupo “Acero”: con el teniente Gustav Altmann al frente, integrado por 92 soldados en nueve planeadores, se encargará de tomar el puente Veldwezelt.

3. Grupo “Hormigón”: al mando del teniente Gerhard Schacht, formado por 96 hombres transportados en once planeadores, con la misión de tomar el puente de Vroenhoven.

4. Grupo “Hierro”: comandado por el teniente Martin Schächter, con 90 hombres a su cargo transportados a bordo de nueve planeadores, con el cometido de asaltar y asegurar el puente de Kanne...

Velocidad y silencio: factores clave.
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Durante las primeras horas del 10 de Mayo, tras despegar de las inmediaciones de Colonia, los Ju-52 remolcan a los planeadores hasta la frontera holandesa, donde los liberan a la altura de Aquisgrán. Desde allí, a 2.100 metros de altitud, comienzan a efectuar una curva que los encamina hacia Eben Emael y, poco después, emprenden el descenso procedentes del noroeste de la fortaleza. Primer movimiento audaz, pues el enemigo espera el ataque desde el este.
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Pero no todo sale según lo previsto en los compases iniciales de la operación, pues dos planeadores se desvinculan del grupo principal al soltarse uno antes de tiempo y otro quedar desenganchado por romperse el cable que le une al Ju-52 remolcador. Uno de ellos transporta al teniente Witzig, jefe del grupo “Granito”, por lo que su ausencia y la de sus acompañantes merma las filas de la unidad encargada de tomar el fuerte.

Vista de un avión Ju-52 desde el interior de un planeador.
Los paracaidistas, con el capitán Koch al frente, saben que la irrupción en silencio en la fortaleza y sus alrededores es decisiva para el desarrollo y éxito final de la misión.
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Por su parte, una vez pisen suelo belga, la velocidad y la sorpresa también deben ser una baza a tener en cuenta, pues si juega en su favor, las posibilidades de acometer la operación con garantías aumentan considerablemente.
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A las 5:20 a.m., minutos antes de desatarse la ofensiva generalizada contra Francia y los países vecinos (Operación Fall Gelb -Plan Amarillo-), el primer planeador alemán toca suelo, exactamente sobre la cubierta de la misma fortaleza de Eben Emael. Indiscutible pericia la del piloto. Para ello se ha sometido a disciplinado entrenamiento durante los meses previos. Por fortuna, durante el aterrizaje, el planeador se lleva por delante una posición antiaérea belga, lo que impide que ésta abra fuego contra sus camaradas.
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Entre tanto, otras armas antiaéreas belgas disparan hacia el cielo tras haber detectado la presencia de los remolcadores, los Ju-52. Ya no hay vuelta atrás. Todos los planeadores pican hacia el suelo con sus tripulantes en el interior prestos para la acción.

Paracaidistas abandonan un planeador a la carrera.
Los primeros paracaidistas, ya sobre la cubierta de Fort Eben Emael, reducen a los ocupantes de varias casamatas y emplean, de forma sistemática, las cargas huecas contra las torretas artilleras. Incrédulos, los defensores belgas no tienen ni idea de lo que ocurre.
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En medio de la sorpresiva acción, los alemanes prosiguen con su misión tan rápido como las circunstancias lo permiten. Algunas casamatas ofrecen resistencia enconada. Intercambio de granadas y disparos. Las armas resuenan durante las horas iniciales de la mañana. Estrépito ensordecedor el de las explosiones que compiten en furia con las ráfagas de las ametralladoras y los estampidos de la fusilería.
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También se dejan notar los lanzallamas, cuyas lenguas de fuego abrasan todo a su paso y logran poner en desbandada a las guarniciones de bunkers y casamatas; si es que no han perecido antes bajo el resplandor anaranjado de tacto abrasador.

Un paracaidista alemán emplea un Flammenwerfer (lanzallamas).
En aquella rápida refriega los alemanes del grupo “Granito” dejan a sus seis únicos muertos sobre suelo enemigo durante el desarrollo de la operación. El número de heridos comienza a crecer, la misión parece correr peligro, pero los germanos no se amedrentan y continúan luchando con bravura. Saben que si fallan en su cometido, el trabajo del resto de sus camaradas puede verse seriamente comprometido.
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Solamente son 70 hombres los que integran la intrépida agrupación; el resto ha quedado atrás debido al percance en el aire con los remolcadores (Witzig y sus subordinados no lograrían enlazar con sus camaradas hasta las 8:30 a.m.).
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Por su parte, numerosos belgas yacen en el interior de la fortaleza y en las casamatas que la encumbran. Columnas de denso humo negruzco emergen de los respiraderos y las torretas de la fortaleza. Gritos, maldiciones, disparos y explosiones también brotan de sus entrañas. Total confusión la que experimentan los defensores, sumidos en las tinieblas en muchos de los corredores que surcan las tres plantas de Eben Emael debido a los fallos en la iluminación producto del ataque.
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Llega el atardecer.
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Los paracaidistas alemanes, desde bien temprano, han dejado patente su capacidad combativa. Casi todas las torretas artilleras (que pueden disparar contra los cercanos puentes en cualquier momento), además de varias casamatas y posiciones antiaéreas, han sido puestas fuera de juego.

Canal Alberto.
Durante largas horas se baten en solitario y logran causar cuantiosas pérdidas al enemigo, que en ocasiones puntuales llega a organizarse para lanzar contraataques con la intención de impedir que los paracaidistas reciban refuerzos desde la orilla opuesta.
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El devenir de la jornada resulta muy fructífero para los paracaidistas germanos, que llegan a inutilizar algunos accesos a las plantas inferiores del fuerte. Decenas de belgas quedan atrapados en el interior y se ven incapaces de salir a la superficie para repeler el ataque. No les queda otra que permanecer a la expectativa ya que asomar supone morir.
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Los Stukas (aviones Ju-87) alemanes, que acuden a la llamada de socorro de los paracaidistas, prestan sus alas para dejar caer letales bombas que logran acallar aquellas posiciones que sus camaradas no pueden destruir por falta de medios o resultar demasiado peligrosas como para exponerse al fuego enemigo.

Stukas alemanes vuelan en formación de ataque.
Con Witzig ya presente en Eben Emael, dirige con maestría a sus disciplinados hombres que, una y otra vez, logran repeler con el fuego de sus armas los descoordinados contraataques lanzados por los belgas. El enemigo no parece rendirse y mucho menos pretende ceder la plaza al ocaso.
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Durante la noche, el combate en la fortaleza pierde intensidad, pero no peligrosidad, ya que desde otros fuertes próximos se dispara contra Eben Emael para intentar ahuyentar a los atacantes alemanes. Pegados al terreno, atrincherados y con resuelta gallardía, los paracaidistas alemanes no piensan siquiera en abandonar el lugar. Han recibido una orden y la van a cumplir cueste lo que cueste.
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Disparos y explosiones iluminan la noche, una oscuridad que resulta peligrosa pues la confusión aún gobierna en aquel promontorio frente al río Mosa.

Torreta artillera destruida.
11 de Mayo de 1940.
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Amanece con el olor a quemado y pólvora impregnando cada palmo de terreno. Las llamas asoman por las troneras de la fortaleza y los soldados aún prosiguen la lucha, cada vez menos intensa.
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A las 7:00 a.m. los paracaidistas vislumbran en la lejanía un grupo de soldados dotados de un uniforme de aspecto familiar. Se trata de un grupo de zapadores que encabeza un contingente mayor que, no muy lejos de allí, comienza a cruzar el río.

Infantes alemanes cruzan
el río a bordo de un bote de goma.
El 51º Batallón de Ingenieros, con cierto retraso respecto al plan inicial, acude al relevo de sus compañeros paracaidistas. Estos últimos celebran con júbilo el éxito de la operación al enterarse de que el resto del Sturmabteilung Koch, con grandes dosis de temeridad y resolución, ha conseguido asegurar dos de los tres puentes que se les había ordenado tomar previamente.
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Kanne ha sido el único puente que los belgas han sido capaces de destruir ante la amenaza de la presencia de mayores formaciones alemanas.
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A media mañana, la guarnición de la fortaleza resuelve optar por la rendición. Así lo deja patente un reducido grupo de parlamentarios que, con bandera blanca alzada en lo alto, asoma por uno de los accesos parcialmente inutilizado.
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Misión cumplida con éxito abrumador. Las bajas alemanas han sido mínimas y gran parte de los objetivos han sido tomados. Por su parte, los defensores suman un centenar de bajas, entre muertos y heridos, tras la breve pero intensa batalla.
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Poco después, los primeros Panzers pisan atraviesan la frontera de Bélgica.

El puente Kanne destruido durante los combates.
El mito de los paracaidistas.
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Horas y días después, gracias a la audaz maniobra de los paracaidistas y el resto de hombres liderados por Koch, la infantería y los Panzers alemanes pudieron cruzar el Mosa y evitar el enfrentamiento con tropas belgas en otras posiciones fortificadas.
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La vía hacia el interior de Bélica había quedado expedita.
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El legado del Grupo “Granito” sin duda marcó un antes y un después en el empleo de tropas paracaidistas en conflictos bélicos. Apenas rusos y alemanes habían configurado este tipo de formaciones en el periodo de entreguerras, cuya notoriedad en batallas posteriores se vería más que contrastada.
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Operaciones similares ejecutadas por otros ejércitos se sucederían en años venideros durante la Segunda Guerra Mundial, como la del Puente Pegaso, en Normandía, protagonizada por paracaidistas británicos y que tomó mayor protagonismo. Pero, sin duda, la toma del fuerte Eben Emael fue un hito en este tipo de acciones, una operación quirúrgica, que con un reducido número de hombres, adiestrados y muy motivados, consiguieron tomar una posición estratégica que, tal vez, hubiese sido capaz de frenar el avance de varias divisiones alemanas en los comienzos de la guerra en el frente occidental.

Hitler posa con los protagonistas de la toma del fuerte Eben Emael (Koch es el tercero por la izquierda).
La “gloria” se pagó con seis muertos y una veintena de heridos. Pero el sacrificio también fue recompensado con el reconocimiento de propios y extraños, además de numerosas condecoraciones que no tardaron en pender de los uniformes de aquellos paracaidistas.
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Hombres decididos y de extremo valor que dejaron su huella en la Historia, pero mucho más fue la impronta que dejó en la Historia de las tropas aerotransportadas.
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Todo ejército cuenta con héroes y villanos… Pero los Fallschirmjäger alemanes de la Segunda Guerra Mundial tienen un papel destacado entre los primeros. De ello dejaron constancia en todas y cada de sus acciones. Tal es así que recibieron la admiración de amigos y enemigos, especialmente de estos últimos, que en más de una ocasión se refirieron a ellos como hombres de honor y de extremo valor.

Ilustración del asalto a Eben Emael (créditos de FVSJ).
Si el lector tuviese la oportunidad de transportarse a aquella época…
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¿Hubiese sido capaz de enfrentarse y sobrevivir a una situación tan peligrosa como la de Eben Emael?
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo

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