CURIOSIDADES BÉLICAS #33: Stalingrado 1943. Hasta el último hombre y el último cartucho.

2 de Febrero de 1943. Un frío atroz, abrumador e inhumano, impera en la ciudad fantasmal ubicada junto al río Volga. El aire que se desliza entre las irreconocibles calles de la urbe fantasmal es afilado como una cuchilla de afeitar. Viento gélido, diríase que capaz de cortar rostros, desgarrar labios y cuartear la piel de quienes osan abandonar sótanos y parapetos para adentrarse en el mar de escombros en que se ha tornado la otrora deslumbrante ciudad industrial.
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Stalingrado, orgullo de la Unión Soviética, se presenta ante los ojos de los hombres que todavía combaten entre sus ruinas como una colosal tumba donde miles de camaradas han sucumbido en medio de una lucha salvaje, cuyos inicios se remontan al 23 de Agosto del año anterior. Barbarie indescriptible. Masacre sin parangón.
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Las horas finales de la Wehrmacht en Stalingrado están contadas. Los reducidos contingentes alemanes que aún se resisten a capitular aguardan en sus posiciones la acometida final del Ejército Rojo. En el interior de una fábrica del sector norte de la ciudad, un operador de radio intercambia una mirada cargada de angustia junto al oficial que le acompaña. Uno de ellos está a punto de radiar el que, sin saberlo, será su último mensaje. El otro, con los nervios más templados, hace recuento de los escasos cartuchos que le restan para alimentar su Luger P-08.
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Ambos saben que su suerte está echada…
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Stalingrado. Vista de un escenario apocalíptico.

31 de Enero de 1942. La tragedia de un ejército.

Justo antes de dar paso al nuevo mes, el 31 de Enero, las tropas alemanas sitiadas en Stalingrado se hallaban divididas y rodeadas en dos embolsamientos, uno al norte, en el sector industrial, y otro al sur, en el distrito central de la ciudad. En esta segunda bolsa, en el lugar exacto donde se erigían los almacenes Univermag, allí dentro, en sus sótanos, Paulus había fijado su puesto de mando durante la recta final de la batalla.
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Horas atrás, el citado Paulus, comandante en jefe del desintegrado VI Ejército, fue ascendido a mariscal de campo por Hitler. Semejante “recompensa” se traducía en una clara invitación al suicidio (jamás en la Historia de Alemania ninguno de sus mariscales había caído en manos del enemigo con vida). Tras desoír las órdenes del Führer, abrumado por las terribles pérdidas experimentadas por sus divisiones, Paulus rubricó la rendición.
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Atenazado por una atmósfera irrespirable y los gemidos de decenas de heridos apiñados en aquella ratonera, el mariscal de campo hubo de resignarse a aceptar la capitulación. No quedaba otra opción, no existía otra salida. Sus hombres habían luchado hasta el final, cientos de ellos habían caído por el fuego enemigo, las enfermedades, el frío, e incluso los hubo que fallecieron a causa de la inanición.
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Sí, muchos de los otrora imponentes y modélicos soldados de la Wehrmacht habían muerto de hambre, inmersos en la mayor de las miserias. Durante los últimos días de la lucha, el personal apto para el combate apenas recibía, entre otros alimentos, 100 gramos de pan; el equivalente a 230 calorías, cuando, en los meses previos, el VI Ejército alemán estableció que las raciones para los soldados del frente debían aportar, como mínimo, 3.000.
Paulus (dcha.) observa el frente a través de unos binoculares.
Llegado el tenso momento de la rendición, a las puertas de los almacenes Univermag aguardaba un solitario blindado T-34 ruso, cuyo motor ronroneaba de un modo amenazador. Por una de sus escotillas asomó el jefe de la tripulación, el teniente Yelchenko, listo para parlamentar. Su semblante se mostraba austero, decidido y desafiante. No temía recibir balazo alguno, pues le embriagaba la seguridad que otorga la victoria sobre el enemigo.
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Silencio sepulcral apenas importunado por algunas ráfagas de viento helado y el inconfundible sonido de las entrañas del T-34.
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Momentos después, arrastrando los pies, la oficialidad alemana abandonó el hediondo cuartel general. Aquellos hombres presentaban una estampa dantesca. Sus ojos, entreabiertos y pitañosos, destacaban en un marco deplorable, conformado por rostros de tintes grisáceos, consumidos por la enfermedad, abofeteados por la hiriente claridad del exterior.
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―Nuestro jefe supremo desea hablar con el suyo ―dijo uno de los oficiales germanos.

―El nuestro tiene otras cosas que hacer. Tendrán que tratar conmigo ―respondió el teniente soviético.

Poco después, Paulus y sus acompañantes fueron conducidos en un vehículo del Estado Mayor ruso hasta Beketovka, suburbio de Stalingrado. En el interior de una humilde casa de madera les aguardaba el general Shumilov, comandante del 64º Ejército soviético para negociar los términos de la rendición.
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Numerosos camarógrafos, ávidos por hacerse con una valiosa instantánea del mariscal alemán, aprovecharon el momento para inmortalizar la singular escena de cara a la posteridad. Sin ellos saberlo, se convirtieron en testigos de excepción del histórico suceso. La Wehrmacht por fin había sido derrotada junto a las orillas del Volga.
Paulus, quien luce un aspecto demacrado, llega acompañado de otros oficiales alemanes al puesto de mando del general Shumilov, del 64º Ejército ruso.

2 de Febrero de 1943.

La ciudad Stalingrado, donde días atrás el mariscal de campo Paulus hubo de aceptar la capitulación, todavía es escenario de desesperados combates.
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A pesar de que el propio Paulus ordenó que cesasen las hostilidades contra el enemigo el pasado 31 de Enero, desde entonces algunos de sus subordinados se han negado a aceptar la realidad. Al mismo tiempo, otros reductos alemanes, que han perdido el contacto con las unidades vecinas, se mantienen firmes en sus puestos pese a que los rusos anuncian por todas partes que el VI Ejército alemán acaba de capitular.
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No se fían. Piensan que se trata de un embuste de los soviéticos. Los demacrados soldados intercambian miradas repletas de cansancio y abatimiento. Las retinas de esos infantes vapuleados por la guerra reflejan con brillo mortecino los rostros de camaradas que, a pesar de los terribles padecimientos, albergan un halo de esperanza. Saben que las cosas están mal, muy mal, pero… ¿Tanto como para que todo el VI Ejército se haya rendido ante los rusos? No, no puede ser…
Un suboficial de la Wehrmacht repone fuerzas entre las ruinas.
Enfermos, desnutridos y muertos de frío, aquellos alemanes que de milagro han sobrevivido a la batalla, se mentalizan para lo inevitable: el último día de lucha en el infierno de Stalingrado.
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En el interior de una fábrica en ruinas del sector norte de la ciudad, un reducto de ateridos soldados de la Wehrmacht escucha uno de tantos mensajes que el Ejército Rojo, en repetidas ocasiones, emite por un altavoz emplazado en la distancia. Entre ellos, el oficial al mando, atento a la novedad, comprueba el estado de su Luger P-08. Suspira aliviado. Todavía se presenta funcional. Entre tanto, la palabra “rendición” surca el aire desde las posiciones rusas hasta los parapetos germanos.
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Allí, a cubierto tras restos de maquinaria destrozada por los intensos combates, hay quien flirtea con la duda. A punto de abrazar la paz ofrecida por los soviéticos, más de uno tantea dos opciones totalmente opuestas: salir con los brazos en alto o hallar la muerte de un momento a otro.
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Algunos, cuya moral todavía no se ha desplomado por completo, se aprestan a recargar sus armas y disponer granadas al alcance de la mano. Otros, al amparo de la protección que brindan los escasos muros que aún se mantienen en pie, se llevan las manos a los oídos; no quieren escuchar lo que esa maldita voz propone. La voz metálica habla de comida caliente y cobijo que, fuera del horror que simboliza Stalingrado, se proporcionará a quienes capitulen inmediatamente, sin rechistar. La angustia, la duda y la desesperación son tres martillos que golpean con idéntica fuerza el cerebro de todo soldado que interioriza el mensaje lanzado por el Ejército Rojo.
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¡Voz traicionera!, exclaman para sus adentros los que, de un modo u otro, no piensan darse por vencidos.
Interior de una fábrica de Stalingrado. Desolación absoluta.
El desgarbado soldado ruso que acaba de brindar la suculenta oferta, cede el altavoz a su superior, un capitán adusto que no tarda en advertir de algo que hiela la sangre a todo aquel que permanece a la escucha. Si no deponen las armas, en unos minutos la posición alemana será arrasada. Son la última bolsa de resistencia. No habrá cuartel para aquellos enemigos que se interpongan en el avance del Ejército Rojo.

El final de la Wehrmacht se acerca.

De nuevo, el silencio se adueña de gran parte del campo de batalla. Solamente algunos disparos y explosiones lejanas desgarran la quietud de aquel sector fabril. El aire se desliza por las oquedades existentes en muros y paredes, horadados por las balas, machacados por las explosiones. El ulular del viento se torna mucho más siniestro cuando atraviesa los ventanales, donde algunos fragmentos de cristales, a modo de cuchillos, cortan la corriente para, de ese modo, emitir un silbido sobrecogedor.
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Hay quien no resiste la presión y se descerraja un tiro en la sien con la Luger arrebatada al cuerpo sin vida de algún oficial caído bajo el fuego ruso. Otros, de un modo deliberado, exponen el torso a través de ventanas y puertas. No tarda en escucharse un disparo y, acto seguido, el cuerpo de un harapiento soldado alemán se desploma contra el suelo.
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Uno de los pocos oficiales germanos que ha sobrevivido a los asaltos anteriores, pese a estar herido, reúne fuerzas para lanzar una arenga a sus hombres. ¡Qué mismo da morir aquí que hacerlo días después en el cautiverio! ¡Nadie debe fallar a los camaradas malheridos que precisan la protección de quienes todavía respiran y se mantienen en pie para luchar! Asegura con el brazo en alto al tiempo que agita su vieja Luger P-08.
Un soldado alemán contempla la techumbre destrozada de una factoría.
Las palabras del oficial parecen infundir valor a los que, de un modo irremediable, han de vérselas con un enemigo muy superior en número y recursos. Un valor que algunos hombres dejan entrever en el nimio brillo que resplandece en sus ojos. Valor. Algo que creían ya olvidado. Valor. Un mero espejismo difuminado a lo largo de interminables meses de padecimientos entre las ruinas de Stalingrado. Valor. La única nota de vida en los incontables rostros macilentos allí confinados.
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En un lugar apartado, el único operador de radio vivo que resta en la posición germana, procede a emitir el que será el último mensaje de la unidad parapetada en la fábrica. Su voz, quebradiza en un principio, se torna firme según brotan las subsiguientes palabras de su garganta:
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Somos los últimos supervivientes. Tenemos varios heridos. Llevamos cuatro días atrincherados entre las ruinas de la fábrica. No hemos comido en días. Acabo de abrir las últimas municiones para mi automática. Dentro de diez minutos los bolcheviques nos atacarán. Decidle a mi padre que he cumplido con mi deber y que sabré morir. ¡Larga vida a Alemania!

Un operador de radio de la Wehrmacht transmite un mensaje. ¿Llegará a su destino? (Ilustración de Antonio Gil perteneciente a “Stalingrado. La Historia Gráfica” – La Esfera de los Libros, 2018 – Antonio Gil & Daniel Ortega).
El oficial, con una mueca de desaprobación grabada en su rostro de facciones afiladas, contempla su inseparable Luger. Asiente con gran parsimonia. Su estructura de metal presenta un tacto gélido. Ni siquiera las estilizadas cachas de madera de la P-08 brindan algo de calidez a su propietario. El frío es atroz. Resopla. Solamente ella, junto con la escasa munición que le resta, podrán otorgarle una mínima oportunidad de salir con vida de aquel cerco mortal.

Una pistola legendaria: Luger P-08.

Parabellum-Pistole, en alemán, es la denominación exacta del arma que, comúnmente, conocemos como Luger; aunque dentro de la variedad de modelos que han llegado hasta nuestros días, la Luger P-08 es el que ha brillado con luz propia en la Historia. Su patente corrió a cargo de Georg Johann Luger en 1898, diseñador de armas y munición de origen austríaco.
Georg Johann Luger.
A partir del año 1900, la pistola Luger (modelo 1900 Parabellum) entró en producción en la Deutsche Waffen und Munitionsfabriken (Fábrica de armas y municiones alemana). Prácticamente a continuación, uno de los primeros países en introducirla como arma complementaria para oficiales y tropas de caballería fue el Ejército de Suiza, cuyo modelo empleó el calibre 7.65 × 21 mm. Parabellum.
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1904 supuso un antes y un después en la, entonces, corta existencia de la Luger. En aquel año fue aprobada para su uso en la Marina Imperial Alemana. Eso sí, el diseño del arma para la Marina (P-04) implicó algunas variaciones, como fue un alza con dos posiciones y una longitud mayor para el cañón.
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Pero si este acontecimiento fue un hito en la historia de la Luger, dos años antes, en 1902, la implantación de un nuevo calibre, el 9 mm., fue sin duda algo que revolucionó la historia de las armas de fuego. A partir de 1902, el cartucho de 9 mm. se labró su propia fama, ya que llegó a erigirse como una referencia a nivel mundial y que, gracias a su versatilidad, ha llegado a nuestros días como uno de los más empleados para pistolas (usado también en revólveres y subfusiles).

Pistola Luger P-08 (réplica fabricada por Denix).

Tal fue la fama que adquirió la Luger en sus primeros compases de vida que, en años venideros, bajo licencia, se comenzaron a producir pistolas “Parabellum” más allá de las fronteras de Alemania.
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Llegado el año 1908, la patente de Luger marcó otro hito en su historia. Ni más ni menos que el Ejército de Alemania incorporó la pistola como arma auxiliar para sus soldados. Incluso llegó a sustituir al ya vetusto M-1879, revolver usado hasta entonces de forma habitual.
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Fue durante la Primera Guerra Mundial cuando la Luger, en concreto su famoso modelo P-08, vio la acción de forma masiva. Según fuentes consultadas, se calcula que algo más de dos millones de unidades fueron empleadas en la contienda. La Luger P-08 utilizada en la Gran Guerra fue alimentada con cartuchos de 9×19 mm. Parabellum; un tándem inseparable que se mantuvo durante décadas posteriores.

Varios soldados alemanes posan con sus respectivas pistolas Luger (versión de Artillería y con un tambor para 32 cartuchos, Primera Guerra Mundial).

A la hora de abordar sus aspectos técnicos, cabe reseñar que la Luger P-08 es una pistola semiautomática accionada por retroceso. Si algo distingue a esta mítica arma es su corredera, interna, que es operada mediante el accionamiento de un brazo articulado también característico de la P-08. En su época, este peculiar sistema fue un tanto llamativo (hoy en día todavía lo es), pues la corredera era de tipo externo en la gran mayoría de pistolas semiautomáticas de comienzos del siglo XX.
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Con ella en la mano, una vez montada y liberado el seguro, el usuario dispara el primer cartucho y, acto seguido, el cerrojo y el cañón se desplazan levemente hacia atrás debido al movimiento de retroceso. Una vez alcanzado el final del recorrido por parte del cañón y la articulación característica de la Luger P-08, la recámara queda al descubierto y, a través de la oquedad, la vaina vacía es expulsada al exterior.
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Entonces, gracias a la acción del muelle recuperador, el mecanismo introduce un nuevo cartucho en la recámara desde el cargador (con capacidad para 8 cartuchos). Una vez vaciado el mismo, un pulsador emplazado en el lado izquierdo de la empuñadura, próximo al gatillo, sirve para, una vez apretado, desprender el cargador.

Una Luger con su respectiva funda.

A modo de conclusión, no se puede pasar por alto que la Luger fue presentada en varias versiones dentro del ámbito militar, como la empleada por la rama de Artillería del Ejército alemán, cuyo cañón medía unos 20 cm. (contaba también con un alza regulable de ocho posiciones), en comparación a los habituales 10 cm. del modelo utilizado por la Infantería o los 15 cm. de la Marina. También son destacables algunos de los accesorios que se fabricaron para la Luger P-08, como fue el caso de un culatín adaptable, distintas fundas e incluso un cargador en forma de tambor con capacidad para 32 cartuchos (“Trommelmagazin 08”).

Paracaidista alemán con una Luger P-08 aferrada al ceñidor (Segunda Guerra Mundial).

A pesar de ser empleada por millares de soldados durante ambas guerras mundiales, a finales de la década de los años treinta, otra pistola, la Walther P-38, reemplazó de forma paulatina a la Luger P-08 dentro del ámbito castrense. Pero, a pesar de ello, no supuso su extinción definitiva, ni mucho menos su condena al olvido. Durante las dos contiendas fue una pieza cotizada por los combatientes de ambos bandos. También en la actualidad es un arma de fuego muy apreciada por infinidad de coleccionistas y entusiasta de la Historia, pues su llamativo diseño es capaz de captar la atención de cualquiera que repose sus ojos sobre ella.

Esquema gráfico de una pistola Luger.

Furia soviética.

Regresamos a la bolsa norte, allí donde las fábricas de Stalingrado simulan un apocalíptico cementerio erigido a base de chimeneas y amasijos de hierros. Los soldados alemanes se resignan a tomar parte en el combate final. Ya no hay vuelta atrás. Aquel reducto de la Wehrmacht, con el curtido oficial al mando de un grupo de hombres harapientos, malnutridos y cuya moral titubea, se prepara para lo inminente: la improbable rendición o una muerte más que segura.
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El oficial, con mirada ausente, contempla su inseparable Luger P-08, cuyo tacto metálico parece advertirle del peligro que se cierne sobre su posición.
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Previo al asalto soviético, cientos de cañones desatan una lluvia de destrucción desgarradora. Toda la furia soviética se ceba con aquel sector, víctima de un bombardeo devastador. Durante largos minutos, la artillería del Ejército Rojo consigue que las ruinas y los cimientos de cada fábrica tambaleen como si fueran castillos de naipes. Incontables explosiones iluminan el día, plomizo, con llamaradas abrasadoras. Techumbre, muros y ventanales revientan en medio de un caos atronador. Tierra, hielo y nieve vuelan por los aires; parecen brotar del suelo para ir a arañar con furia el cielo que contempla la barbarie que se desata en Stalingrado. La metralla silba sin merced, desgarra el aire en busca de carne fresca a la que hincar el diente.
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Vivos y muertos danzan el macabro baile que marcan los “Órganos de Stalin”. Todo el suelo parece querer abrirse en dos, como si deseara engullir tanto los cadáveres que se desparraman por todas partes como los cuerpos magullados de los infantes alemanes que, agazapados, tratan de aferrarse a la vida… Al menos durante unos instantes más.
Infantería soviética al asalto.
De nuevo, como algo inesperado tras un apocalipsis ensordecedor que se presumía interminable, el silencio domina los alrededores de la fábrica. Tal es la devastación que presencian los soldados alemanes que ni uno solo es capaz de articular palabra. Ni siquiera los heridos se atreven a emitir lamento alguno. Restos humanos y maquinaria desvencijada salpican el terreno aquí y allá. Los primeros susurros, entremezclados con llantos y lamentos agónicos, comienzan a recorrer parapetos y trincheras. La tormenta de fuego y acero por fin ha amainado.
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Como accionados por mecanismos automáticos, los soldados reaccionan casi al unísono. Recargan armas y preparan granadas de mano. No tardará en presentarse la infantería rusa.
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El oficial, con su lustrosa Luger P-08 aferrada en la mano, recorre con la vista las posiciones defensivas. Sanitarios, sin vendas ni medicamentos, atienden como pueden a los que se hallan en sus últimos estertores; más que sanar, procuran acompañar con buenas palabras a los que a punto están de morir en medio de horrendos charcos de sangre. Con la cabeza agachada recorre el último palmo de terreno que resta en poder de la Wehrmacht en aquel drama llamado Stalingrado.
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Serpenteando entre los cadáveres y los incontables cráteres ocasionados por las bombas, infunde ánimos a sus subordinados, quienes asienten con la cabeza tras escuchar sus palabras, acurrucados entre escombros y cadáveres. También aprovecha para hacerse con algunos cartuchos más del calibre 9 mm. Pronto su pistola demandará gran cantidad de munición.
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Calma absoluta…

Aspecto fantasmal del interior de una de las fábricas emplazadas en el sector norte de Stalingrado.

Tras retornar a su puesto, sus oídos escuchan un extraño sonido. Es como si un peculiar crujido acompañase el movimiento pendular de un objeto pesado. Alguien junto a la radio señala hacia una de las pocas vigas que aún permanecen intactas sobre sus cabezas. Un par de soldados cuelgan de sendas sogas. No han podido soportarlo más. Ese es el destino de quien pierde la razón ahora que el final está tan cerca. Un tiro en la sien o una soga; cualquiera de ambas alternativas se presenta como una solución aceptable ahora que los rusos están a punto de arrasar con todo.
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―¿Nadie lo ha impedido? ―pregunta en voz baja el oficial al tiempo que desliza el seguro de su P-08.

―¿Acaso tendría sentido? ―le rebate el operador de radio.

La hora final de los condenados. Matar o morir.

En el exterior, más allá de los muros de la fábrica, cientos de pulmones exclaman al unísono un característico grito. “¡¡Urraaaaaaaah!!” Es la infantería del Ejército Rojo que acaba de lanzarse al ataque. Numerosos T-34, acto seguido, comparecen en el recinto fabril cual aparición fantasmal. Sus entrañas rugen con furia y sus cañones vomitan obuses a diestro y siniestro. Las orugas de los blindados soviéticos aplastan todo a su paso. Esparcen nieve y barro a su paso. Pero también esparcen muerte, pues sus ametralladoras golpean los muros de todo edificio tras los que se parapetan los soldados enemigos.

Un T-34 en primer plano, escoltado por infantes soviéticos, se dirige hacia una posición enemiga.

Mientras que la mayoría de los hombres de la Wehrmacht optan por enzarzarse en salvaje lucha con los soviéticos, otros resuelven quitarse la vida disparándose o abrazándose a una granada de mano con el estrépito del combate a su alrededor. Se trata de aquellos que no quieren terminar sus días en un campo de prisioneros en Siberia. A veces los rumores causan estragos.
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El resto, los que todavía osan plantar cara al Ejército Rojo, se baten con ardor. Son soldados, algunos imberbes todavía, que prefieren la muerte en combate antes que traicionar a sus camaradas, heridos o moribundos, sin cuya ayuda no podrán sobrevivir.
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Los infantes soviéticos, a pesar de las espeluznantes bajas que diezman sus filas, logran alcanzar los muros de la fábrica. Junto a ellos, los T-34 derriban todo a su paso para facilitar la tarea de aniquilación a sus compañeros de armas. Cientos de balas silban y repiquetean por doquier. Las granadas de mano sobrevuelan las cabezas de los que entre gritos y maldiciones toman parte en una lucha demencial. Ráfagas de ametralladoras, explosiones y disparos de subfusiles y pistolas conforman una sinfonía de destrucción en aquel punto del complejo fabril.
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Varios grupos de soldados rusos se emplean con brutalidad para sofocar los últimos nidos de resistencia. No son capaces de comprender el motivo por el cual el enemigo aún se defiende como un león acorralado. La razón es simple: se enfrentan a hombres que no tienen nada que perder.

Infantes soviéticos asaltan un edificio.

La violencia es extrema. Se llega al cuerpo a cuerpo. Los dientes de unos y otros rechinan. Ojos atestados de lágrimas. Forcejeo enconado entre atacantes y defensores. Palas y bayonetas brillan siniestras al tiempo que su filo dibuja trazos asesinos en el aire. Lamentos, aullidos y juramentos se entremezclan en la lucha, primitiva, encarnizada hasta el extremo, algo propio del frente ruso.
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El oficial contempla impotente el dantesco final de sus últimos subordinados al tiempo que vacía, uno tras otro, varios cargadores de su Luger. Aferrados a las ametralladoras y subfusiles, con la munición a punto de agotarse, sus hombres descargan una lluvia de plomo contra un enemigo que parece disponer de efectivos inagotables.
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Las granadas rusas aterrizan en los puntos fuertes de los alemanes, donde las armas ladran sin cesar. Aquellos que pueden reaccionar a tiempo, las devuelven a los atacantes para librarse de la muerte por los pelos. Otros, cegados por el fragor del combate, revientan por los aires tras las potentes detonaciones.

¡Manos arriba! Un soldado se rinde al enemigo.

Junto a la radio, el oficial recarga su pistola. Se trata del último puñado de balas que le restan para su P-08. Al amparo de un muro, el operador de radio y él son los únicos que permanecen con vida para defender la posición.
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Explosiones devastadoras sacuden el lugar. Un T-34 acaba de disparar un obús a bocajarro. Una lluvia de escombros se precipita sobre ambos. El responsable de la radio recibe el impacto de un cascote en la cabeza, que sale despedida varios metros más allá. Su cuerpo, decapitado y de rodillas, permanece arqueado hasta que otra explosión lo arroja a un lado.
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Aturdido, el oficial camina con paso errático y la vista nublada. Varios uniformes pardos comparecen ante él con metralletas, fusiles y bayonetas en ristre. En un último intento por salvar la vida, el alemán dispara su arma contra las siluetas que apenas logra distinguir con claridad. La confusión a su alrededor es máxima.
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Varias detonaciones restallan en el interior de la fábrica. Es la Luger, que entona su cántico final. Dos soldados del Ejército Rojo, baleados, se desploman fruto de la fortuna del alemán. Otros dos, de inmediato, se abalanzan sobre él. No desean correr la misma suerte que sus maltrechos camaradas. De un movimiento enérgico, ambos infantes atraviesan al oficial con sus respectivas bayonetas. Un gemido antecede al último disparo que efectúa con su P-08, fiel hasta el fin, pero que no tarda en caer a sus pies.
¡Pobre del que caiga herido! Ya no habrá compasión con ellos. La hora de la venganza rusa ha llegado.
Tras aferrarse a uno de los afilados pedazos de metal que le succionan la vida, el oficial alemán gruñe algo incomprensible. El dolor es insoportable. Siente el cálido tacto de su propia sangre al fluir de sus entrañas. Los soviéticos se mantienen firmes, a la espera del fatal desenlace, con miradas frías y cargadas de determinación.
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Poco después, siente el abrazo de una paz tranquilizadora. Las fuerzas le abandonan. Sus piernas flaquean. Se desploma en el suelo, atestado de casquillos de su Parabellum, donde termina desangrado en cuestión de escasos minutos.
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Ambos soldados miran con cierto desdén los restos mortales del teutón. Pese a que se hallan envueltos por el estruendo ocasionado por los últimos disparos y el rugido de los motores de los T-34, son incapaces de desviar la mirada de la Luger, todavía humeante.
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―Venga, pasmarotes, no os quedéis ahí parados. Aún nos quedan unos cuantos a los que dar el pasaporte ―irrumpe un suboficial del Ejército Rojo con una PPSh-41 aferrada entre las manos―. Ah… Ya veo… Os gusta esa pistola, ¿verdad? Pues ni se os ocurra hacer lo que estáis pensando. Ya tendréis tiempo de revolver la ciudad de arriba abajo cuando todo se haya calmado. ¡Espabilad!

Intensos combates entre las ruinas de una fábrica de Stalingrado.

Una última reflexión.

Solitaria, el arma del oficial alemán, la lustrosa pistola Luger, permaneció junto a su inerte propietario como testigo mudo de la barbarie perpetrada por el ser humano en la urbe soviética. Testigo de excepción de unos combates primitivos, que en muchas ocasiones llegaban al cuerpo a cuerpo, y que se resolvían con disparos a quemarropa. Icónica, la Luger P-08, es sin duda un arma histórica que invita a meditar acerca de lo acaecido en aquella contienda tan atroz e inhumana.
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Las palabras pronunciadas por el sargento soviético aquel 2 de Febrero de 1943, fueron el preludio del fin para los hombres acorralados en la reducida bolsa del sector fabril de Stalingrado. A partir de entonces, los que no se rindieron, sucumbieron bajo el fuego de la infantería y los blindados el Ejército Rojo. Todos habían combatido hasta el último hombre, el último cartucho y el último aliento contra unas fuerzas inmensamente superiores.

El gélido viento, cargado de nieve, azota a una columna de prisioneros alemanes.

Semejante derrota de la Wehrmacht, algo inaudito entonces, corrió como la pólvora por todo el mundo. El dramático destino de los hombres de Paulus tuvo traumáticos efectos sobre la población alemana. En todos los hogares de Tercer Reich se escuchó música fúnebre durante horas. Las emisoras de radio paralizaron sus emisiones durante tres días para rendir homenaje con tétricas melodías.
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Aquella música jamás llegó a oídos de los que recientemente acababan de perecer junto al Volga. Tampoco la escucharon quienes, capturados por los rusos, caminaron hacia los campos de prisioneros y allí perecieron masacrados por la enfermedad y la miseria.
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Justo después de que los dramáticos combates finales tuviesen lugar en Stalingrado, Goebbels, el Ministro de Propaganda al servicio de Hitler, se apresuró a redactar su famoso discurso “Totaler Krieg” (Guerra Total). Muchos vitorearon sus palabras en medio del embriagador éxtasis en el que se hallaban inmersos al tiempo que Goebbels instaba a la población a combatir al enemigo con todo lo que tuviesen a su alcance.
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Lo que el Ministro de Propaganda jamás llegó a experimentar fue el sufrimiento de los millares de soldados que sucumbieron bajo la apisonadora soviética en Stalingrado. Lejos del hogar, maridos, padres, hijos, nietos, hermanos… Todos ellos derramaron su sangre en Stalingrado, murieron, desaparecieron o fueron hechos prisioneros. Largos años después, concluida la guerra, poco más de 5.000 hombres regresarían a la patria para relatar lo padecido en Rusia.

El funesto resultado de la barbarie en Stalingrado. Pilas de cadáveres se amontonan en las ruinas y los alrededores de la ciudad industrial.

¿Acaso Alemania estaba lista para ese tipo de guerra después de lo evidenciado en Stalingrado? Se había demostrado que no.
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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo

www.danielortegaescritor.com

PD: para más información acerca de la pistola Luger P-08, no dudes en visitar este enlace donde encontrarás una increíble réplica elaborada por la prestigiosa marca Denix:
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PD 2: para más información acerca de “Stalingrado. La historia gráfica” (editada por La Esfera de los Libros, 2018), la novela gráfica que desarrollé junto al ilustrador Antonio Gil, visita este enlace:

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