CURIOSIDADES BÉLICAS #31: Montecassino 1944. Resistencia a ultranza en Italia.

Nos encontramos en la recta final del mes de Enero de 1944. Un soldado germano, aterido y con manos temblorosas, limpia su manido fusil Kar-98 en el interior de una zanja practicada en el terreno. Diríase que este hombre, junto a sus camaradas, todos ellos presentan la viva imagen de un puñado de hombres consumidos por la guerra y sus inseparables privaciones. Desgaste físico y mental que rezuma por unos ojos que conforman miradas ausentes, frías, mas no carentes de decisión, pues cada uno de ellos sabe que el rumor que resuena en lontananza no es otra cosa sino el avance del enemigo hacia sus posiciones.

Unas posiciones que deben defender a toda costa, ya que aquel lugar pintoresco donde se encuentran, Cassino, es el punto central de la línea “Gustav”, allí donde la vital carretera Nº 6 serpentea por el valle del río Liri en su camino hacia Roma, la capital de Italia.

A sus espaldas, en lo alto de una imponente elevación, con un cielo grisáceo como siniestro telón de fondo, se recorta la silueta de un viejo monasterio-abadía benedictino cuyos muros atestiguan centurias de antigüedad. Montecassino, una imponente construcción que data del siglo VI, mira con orgullo hacia el pueblo que se tiende a sus pies, justo en la falda del escarpado promontorio que encumbra con aire majestuoso. Atrincherados, tanto en el interior del propio Cassino como en sus inmediaciones, decenas de soldados alemanes se aprestan a lo inevitable: un duro combate contra los norteamericanos, quienes se aproximan con numerosos blindados y potentes piezas de artillería.

Mapa general que muestra la ubicación de Cassino en la península itálica. 

Primer intento aliado por dominar Cassino.

Mañana tensa la del 20 de Enero de 1944. Los Panzergrenadiers (granaderos Panzer) de la 15ª División de la Wehrmacht, esperan inquietos la llegada del enemigo. Parapetados en el interior de trincheras, nidos de ametralladoras y búnkeres, miran con discreción el progreso de los soldados estadounidenses que, a lo lejos, se acercan hacia las inmediaciones del río Rapido.

Estos últimos desconocen que, en caso de atravesar las aguas bravas del río, deberán enfrentarse a mayores peligros adicionales: campos de minas, zonas empantanadas y, para poner aún peor las cosas, intrincados entramados de alambre de espino.

Mapa de situación que muestra Cassino y el cercano monasterio.

No es hasta bien adentrada la tarde del 20 de Enero, con la oscuridad a punto de dominar el escarpado terreno, cuando a pocos kilómetros al sur de Cassino, los hombres de la 15ª División alemana que custodian el pueblo de Sant’ Angelo dan la alarma. Como truenos ensordecedores, la artillería norteamericana comienza a golpear con furia todo el sector. Los obuses estallan con estrépito sobrecogedor. El terreno es zarandeado aquí y allá. Los infantes germanos, a cubierto en sus posiciones, resisten la lluvia de fuego con estoicismo. No son novatos, saben cómo funciona el asunto de la guerra.

Mientras la avalancha de proyectiles sacude el terreno sin concesión, aquellos soldados germanos que han logrado hallar cobertura en el interior de algún búnker, sótanos o casamatas, se afanan en preparar sus armas para la batalla. Muchos son los que emplean esos tensos instantes para dar un último repaso a sus fusiles Kar-98. Comprueban que su sistema de cerrojo se desliza correctamente. Poco después, las cajas con munición adicional para el combate pasan de mano en mano. En su interior, decenas de cartuchos brillan de un modo siniestro al amparo de la escasa luz con la que cuentan las ratoneras donde los soldados se guarecen de la muerte que aúlla sobre sus cabezas. Manos firmes, y también algunas temblorosas dadas las circunstancias, reclaman esos cartuchos con los que alimentar sus fusiles, preparados para la acción una vez sus propietarios decidan deslizar a un lado el seguro de sus respectivas armas.

Momentos de extrema tensión en los que el tintineo de la munición y el retumbar de las explosiones eclipsan el silencio apabullante que domina cada refugio. La hora de la verdad se aproxima…

General Eberhard Rodt, comandante de la 15ª División de granaderos Panzer.

Poco después, los cañones estadounidenses enmudecen. Es la señal. El ataque por tierra se va a producir de un momento a otro. Cual avispero agitado, los soldados alemanes discurren a través de las trincheras y se apostan en búnkeres y parapetos para dar comienzo a una refriega que, de antemano, se presume sangrienta.

En la orilla opuesta del río, confiados por el trabajo previo de su artillería, las tropas norteamericanas abandonan sus posiciones y comienzan a progresar hacia el Rapido. Eso sí, no tardan en presentarse las primeras dificultades dignas de mención.

Mientras los estadounidenses preparan sus lanchas de asalto para adentrarse en el cauce fluvial, los disparos de las armas alemanas irrumpen por sorpresa. Fusiles y ametralladoras vomitan plomo a diestro y siniestro. El característico tableteo de las MG-42 compite en intensidad con los estampidos ocasionados por los certeros Kar-98, fusil fiable que, manejado con mortífera precisión por los hombres de la 15ª División de granaderos Panzer, comienza a dejar su impronta en el campo de batalla.

Las balas trazadoras que brotan sin cesar de los cañones de las MG-42 iluminan el anochecer con brillo siniestro. Dibujan estelas asesinas en su camino hacia la orilla ocupada por los enemigos, muchos de ellos desorientados. Los oficiales y suboficiales estadounidenses se desgañitan al tiempo que realizan enérgicos aspavientos para poner orden en medio de la confusión. Resulta vital que botes y tripulaciones comiencen a atravesar el río lo antes posible. Momentos dramáticos para los atacantes. Los morteros alemanes hacen acto de presencia con ímpetu arrollador. Silbidos funestos cortan el aire para, acto seguido, dar paso al contundente sonido de las explosiones de las granadas, que estallan por todas partes con furia desmedida. Granizada de muerte.

Soldados de la 15ª División de granaderos Panzer manejan una MG-42 (fotografía tomada en Sicilia, durante el verano de 1943).

Tras largos minutos de preparación de las lanchas de asalto, dado el ímpetu de la defensa alemana, decenas de infantes norteamericanos yacen en el suelo embarrado, bien muertos o heridos. La estampa es desoladora. Quienes aún se mantienen con vida, en su camino hacia el río mientras transportan a mano las lanchas, tropiezan con los cadáveres de los hermanos de armas que allí han hallado el fin de su existencia. Distintas fuentes aseguran que alrededor de 500 hombres murieron antes de siquiera abordar una lancha y comenzar a cruzar el agitado cauce del Rapido.

Aquellos que han corrido mayor suerte, por fin saltan a los botes, posados junto a la orilla. Unos empujan y otros alientan a sus camaradas para que suban a bordo de las embarcaciones. Sorpresa mayúscula la que se llevan algunos estadounidenses, pues al poco de comenzar a cruzar el río, comprueban que sus lanchas están completamente agujereadas; inservibles por tanto para atravesarlo. Los fusileros y los francotiradores alemanes no cesan de disparar sus Kar-98. La infantería norteamericana paga un alto precio por cada metro recorrido.

Por su parte, los soldados que por fin han comenzado a surcar las aguas del Rapido, reman con todas sus fuerzas para contrarrestar los efectos de la intensa corriente. Decenas de balas silban sobre sus cabezas. Numerosas explosiones zarandean las embarcaciones. Los géiseres de agua helada se elevan hacia el cielo con efectos desoladores. Alguna que otra embarcación sufre el impacto directo de una certera granada de mortero; pronto, envuelta en llamas, vuela por los aires con sus tripulantes despedazados. Los oficiales lanzan gritos de ánimo que infunden cierto valor a los que protagonizan aquella gesta, pero apenas sí consiguen eclipsar con su voz los desgarradores aullidos de los heridos y moribundos o, en el peor de los casos, el de aquellos hombres que se ahogan en el río, engullidos por unas aguas demasiado furiosas.

Soldados de la 36ª División “Texas” al acecho cerca del Rapido.

Al otro lado del Rapido, los alemanes aprovechan las intermitentes explosiones de los morteros para disparar contra las siluetas que se esbozan en la oscuridad gracias a los intensos fogonazos. Los ojos de los germanos, a través de las miras de los Kar-98 que utilizan con gran efectividad, se ceban con las figuras antropomorfas que se adivinan entre la penumbra. Ojos entornados. Hombres desconocidos que se perfilan alineados entre el alza y la mira de quienes manejan un Kar-98. Dedos que presionan gatillos. Restallan las armas y los soldados norteamericanos caen muertos o heridos. Vuelta a empezar… Debido a la sencillez de la utilización del fusil alemán, los granaderos Panzer insertan peines en las recámaras de sus Kar-98 sin cesar. El empuje de los norteamericanos es intenso, pero la defensa germana es demasiado enconada.

Caos ensordecedor. Gritos y disparos se entremezclan con el sonido de la corriente y el frenético golpe de los remos contra el agua. También se suma el rugido de los cañones alemanes, bien protegidos al amparo de diversos búnkeres que cubren aquel sector del valle.

Pese a la intensa cortina de fuego lanzada por la Wehrmacht, además de las elevadísimas bajas padecidas, varias lanchas de asalto consiguen su objetivo. Por fin, algunos hombres logran poner pie en tierra firme. Suelo embarrado, repleto de soldados temerosos que, a partir de ese instante, luchan por pegarse al suelo y buscar cobijo allí donde resulta posible. De momento es imposible avanzar ya que las armas germanas barren cada palmo de terreno. Hay quien flirtea con la retirada durante los primeros instantes en la recién invadida orilla, pero una mirada atrás resulta suficiente como para despejar cualquier duda. Los cadáveres, empapados por las aguas del río, son mecidos por un brazo invisible que invita a extremar toda precaución. Cuerpos agujereados o despedazados de quienes minutos atrás eran camaradas, ahora se presentan horadados por las balas o desfigurados por las explosiones.

Al amanecer del día siguiente, tras una noche repleta de intercambio de disparos, compañías incompletas, configuradas por apenas unos cuantos pelotones de exhaustos soldados norteamericanos, es todo cuanto ha conseguido llegar al extremo opuesto del Rapido. La tenaz defensa de los hombres de la 15ª División de granaderos Panzer ha diezmado las filas de la 36ª División de los EE.UU., cuyos oficiales, muy optimistas, piensan que los germanos han debido experimentar bajas similares.

¡Cuán lejos de la realidad se presumía aquella aproximación en su fase inicial! ¡Y sólo han transcurrido unas horas desde el comienzo del ataque!

A la derecha, el responsable del V Ejército de los EE.UU., teniente general Clark.

El fusil Mauser Kar-98. Arma letal y de sencillo manejo.

En la batalla de Montecassino, al igual que desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y hasta el final de la contienda, el Kar-98 fue un fusil de cerrojo de amplia extensión entre los soldados de la Wehrmacht (Ejército alemán). Un arma de fácil utilización, precisa en manos expertas, con el que, tanto entonces como en la actualidad, resultaba relativamente sencillo acertar a blancos a distancias considerables.

Arma dotada de una mira y un alza regulable a intervalos de 100m., contaba con un alcance efectivo de 500 m. de distancia. Resulta sorprendente, todavía hoy en día, saber que un tirador experimentado, con su Kar-98 equipado con una mira telescópica, era capaz de alcanzar objetivos emplazados a 1000 m. de su posición. Su peso rondaba los cuatro kilos, repartidos entre las partes metálicas y de madera que configuraban un arma estilizada cuya longitud total ascendía a 1,1 m.Réplica de un Kar-98 alemán fabricada por la casa Denix.

Comparado con otros fusiles de su época, como el semiautomático M1 Garand estadounidense o el SVT-40 ruso, también semiautomático, presentaba una evidente desventaja como fue la cadencia de tiro. El Kar-98 germano era un arma alimentada por un peine de cinco cartuchos, mientras que el M1 albergaba un cargador para ocho y el ruso contaba con capacidad para diez. Incluso el Lee-Enfield, fusil de cerrojo británico, que podía disponer de hasta diez cartuchos en la recámara, también fue un rival de importancia, por no citar el Mosin-Nagant soviético, que igualmente era alimentado por un peine de cinco cartuchos, pero de unas prestaciones admirables bajo condiciones climáticas severas.

Pero, ¿qué hizo, y aún hace, especial al Kar-98? En este punto podría entablarse un animado debate entre muchos de los lectores y apasionados a la Historia. Tal vez algunos se decanten por este fusil debido a su  cuidada estética, dado que su fabricación prácticamente roza lo artesanal. Otros, que seguro lo han manejado alguna vez, han sentido el tacto de su madera, cálida, impregnada de Historia.

Algunos seguro que, al apuntar contra un objetivo en el campo de tiro, agradecen las ventajas que otorga la simpleza de su sistema de puntería, despejado, con la muesca en forma de “v” en el alza y la mira descubierta. Y, por supuesto, seguro que hay lectores que al posar la vista en su cuidado diseño son capaces de evocar algunas de las numerosas contiendas en las que ha participado el Kar-98, desde la Segunda Guerra Mundial hasta ciertos conflictos bélicos del siglo XXI.

Este fusil legendario, del que se llegaron a producir más de catorce millones en apenas diez años (1935 a 1945), es un arma que podemos asociar con la estampa de cualquier soldado alemán que nos venga a la mente. Seguro que cualquiera de los lectores visualiza en estos instantes la imagen de un hombre, ataviado con el uniforme alemán, acompañado por su inseparable Kar-98. Esta estampa “hombre-fusil” era un concepto básico en cualquier ejército de la época, pero que en el caso concreto del Heer (Infantería alemana) se llevó hasta sus últimas consecuencias, pues desde los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, hasta sus postrimerías, el Kar-98 acompañó al soldado alemán allí donde combatió.

Así lo estipulaba la doctrina militar germana, que apostaba por el fuego de ametralladoras (producidas en menor cantidad) a cuyos tiradores debían dar apoyo los fusileros, además de prestar ayuda a la hora de transportar munición y otros elementos esenciales para las armas automáticas.

Pese a ello, el Kar-98 se reveló durante la contienda como un arma fácil de manejar y efectivo, con un sistema de cerrojo y un cargador interno que, pese al volumen y el peso del arma, dotaban de cierta comodidad a sus usuarios a la hora de transportarlo durante las largas caminatas a pie rumbo a los campos de batalla. Cabe tener en cuenta que otros fusiles de la época, como el M1 Garand y el Lee-Enfield, cuyo cargador era externo, resultaban más incómodos para el transporte.

Francotirador alemán con un Kar-98 dotado de mira telescópica.

Más allá de los aspectos técnicos, cuyas ventajas y desventajas aún hoy en día son la chispa de inicio para interesantes debates, el Kar-98 fue un arma que no se limitó a un único modelo, pues existieron variantes y prototipos basados en el modelo original que, con mayor o menor acierto, llegaron a ver la luz, como, entre otras, la versión para los Fallschirmjäger (paracaidistas) o destinada para los francotiradores.

No quisiera concluir este apartado más técnico dentro del artículo-relato sin citar un detalle acerca de su presencia durante la posguerra. Millares de fusiles Kar-98, capturados por las potencias vencedoras durante y al finalizar la contienda mundial, terminaron en posesión de la URSS e incluso llegaron a estar en servicio en las fuerzas armadas de distintos países europeos y asiáticos. Además, dada su probada efectividad en el campo de batalla, se llegaron a producir “copias” del mítico Kar-98 en países como Yugoslavia o España.

Seguro que los lectores más detallistas, también han reparado en que, entrados en pleno siglo XXI, el Ejército alemán ha empleado el Kar-98 en algún que otro desfile, portado en las expertas manos de los soldados que conforman su Wachbataillon.

Nuevo intento. Cruzar el Rapido se torna en obsesión.

La vapuleada 36ª División, dirigida por el general Walker, parte integrante del V Ejército de los EE.UU. comandado por el teniente general Clark, no puede permitirse abandonar el ataque a las posiciones enemigas emplazadas al otro lado del río. En uno de los flancos del contingente norteamericano, los franceses han conseguido ciertos éxitos, al igual que los británicos, desplegados en el flanco opuesto. Clark, entonces, presiona a Walker para lanzar una nueva acometida que, en esta ocasión, debe ser exitosa.

Durante la tarde del día 21 de Enero, dos regimientos de la 36ª División se adentran en las agitadas aguas del Rapido con decisión. La respuesta alemana no se hace esperar y, de nuevo, los muertos y heridos comienzan a incrementar la lista de bajas de la maltrecha 36ª División. Algunos de sus hombres, con experiencia en el frente italiano, no dan crédito a la feroz resistencia germana. A bordo de las lanchas de asalto, prestos para cargar contra la orilla opuesta, soportan todo tipo de desgracias. La superficie del agua parece estar soportando una intensa granizada, mas no es así, se trata de las incontables balas y granadas que van a estamparse contra la corriente revuelta. Pese a la peligrosidad de la travesía mortal, muchos infantes norteamericanos consiguen desembarcar en la embarrada orilla.

En esta ocasión, el apoyo brindado a las tropas por parte de varios carros blindados, logra que las defensas alemanas no sean tan eficaces como lo fueron la jornada anterior. Llegado su turno, las máquinas de guerra deben cruzar el río a toda costa. Para ello, los ingenieros reciben la orden de tender puentes y pontones, pero la labor resulta prácticamente imposible. Los alemanes, conscientes de la amenaza, saben que un puente en condiciones sobre el Rapido puede permitir el paso de, además de los carros de combate enemigos, refuerzos y avituallamientos más que necesarios para los hombres que ya se encuentran en la orilla que defienden con resolución.

Blindado aliado destruido durante los combates.

Durante la noche, los ingenieros se dejan el alma para que los puentes puedan estar listos lo antes posible y, de ese modo, sus camaradas puedan atravesar con garantías la indomable corriente. Con el transcurso de las horas, varias secciones quedan tendidas sobre el cauce del río, pero los alemanes, a base de cañonazos, impiden que los norteamericanos puedan llevar a término su titánica labor. Varios camiones cargados con suministros resultan atrapados en la orilla en cuestión de minutos. Imposible maniobrar. El fango se presenta como un obstáculo infranqueable.

La artillería alemana, con adecuada visibilidad durante el día, y bien guiada por los observadores a lo largo de la noche, causa auténticos estragos al enemigo. ¡Imposible permitir que los norteamericanos puedan construir un puente sobre el Rapido!

Entre tanto, al amparo de la oscuridad, los infantes de la 36ª División que han conseguido llegar con vida a la orilla defendida por los obstinados hombres de la 15ª División de granaderos Panzer, luchan por sus vidas en medio de una refriega monumental. Explosiones, lamentos y disparos de fusiles y armas automáticas se confunden en una horrísona sinfonía de agonía y muerte. Los contraataques alemanes dirigidos contra la cabeza de puente norteamericana resultan devastadores. La lucha es encarnizada. Unos necesitan proteger aquel sector del frente, pues de lo contrario el enemigo podría abrirse camino hacia el interior del valle del Liri. Los otros, por su parte, precisan abrir brecha en aquel punto para no quedar descolgados del ataque británico y francés, y de ese modo presionar hacia la carretera Nº6, la ruta tan valiosa que conduce directamente hacia Roma.

Imagínese el lector en medio de aquella lucha salvaje… ¿Quién logrará su objetivo?

Amanecer sangriento.

La mañana del día 22 de Enero de 1944 se presenta ante los ojos de quienes participan en la batalla del río Rapido como una escena propia de la peor pesadilla imaginable. La orilla defendida por los alemanes está atestada de cadáveres y material de guerra abandonado a su suerte. Lanchas de asalto, acribilladas o en llamas, esparcidas por todas partes, salpican el sobrecogedor paisaje, repleto de cráteres.

El Cuartel General de la 36ª División norteamericana trata de obtener información de los escasos hombres que aún pelean junto al Rapido. Esos soldados, exhaustos y al borde de la demencia, han padecido lo indecible durante largas horas de combate. Muchos oficiales han perecido bajo el fuego enemigo. Casi todos los operadores de radio yacen junto a sus aparatos, abatidos por las certeras balas disparadas por los soldados alemanes que aún se mantienen en pie, exhaustos, acompañados por sus inseparables fusiles Kar-98, fulminados por las ráfagas de las ametralladoras o masacrados por las terribles explosiones. Con el transcurso de la mañana, la lucha pierde intensidad. Las posibilidades por abrir brecha en aquel sector del frente se difuminan ante los ojos de hombres que lo han dado todo en un intento, casi suicida, por adentrarse en territorio enemigo, en el crucial valle del Liri.

Mirada ausente de un soldado estadounidense.

Gracias a los equipos de radio que de milagro aún se encuentran intactos, los soldados de la 36ª División reciben la triste orden de retirada. Triste, tal vez en otras circunstancias, pero noticia más que deseada en estos momentos repletos de miedo, desazón e impotencia.

Uno de los dos regimientos allí desplegados, el 143º, con mucho esfuerzo y valentía, consigue regresar a la orilla en poder de sus compañeros de armas. Por desgracia, el otro batallón, el 141º, no corre tanta suerte. Los alemanes, atentos a la maniobra enemiga, no dudan en contraatacar para rematar a un enemigo que se bate en retirada.

Con la noche ya como dueña y señora de aquel sector del frente, pocos son los norteamericanos del 141º regimiento que logran regresar a sus posiciones de partida. La mayoría han caído en manos de la 15ª División de granaderos Panzer. Ahora son prisioneros de guerra, cuyo destino resulta incierto. Cientos de infantes estadounidenses, derrotados, pero respetados por un enemigo que admira el arrojo demostrado en combate, comienzan el largo camino hacia el cautiverio.

El resultado.

Los prisioneros, ya bajo custodia de los alemanes, no tardarían en recibir una gratificante noticia. Tal novedad arrancó amplias sonrisas en decenas de rostros demacrados. Sus camaradas del VI Cuerpo de Ejércitos de los Estados Unidos acababan de desembarcar en Anzio. Entonces, muchos valoraron su osada intervención durante aquellos fríos días de Enero de 1944… ¿Habría servido de algo semejante hazaña pese a que no se lograron los objetivos? ¿Habría servido de algo tal sacrificio? Allí habían causado baja, entre muertos y heridos, más de 1300 norteamericanos y casi 800 habían caído en manos del enemigo. Los germanos, que contaban con una situación ventajosa a la hora de defender aquel punto del frente, apenas contabilizaron 250 bajas entre heridos y fallecidos.

Más allá de aquel 22 de Enero de 1944, continuó y continúa abierto el debate sobre la arriesgada maniobra llevada a término por los estadounidenses. Desde los propios comandantes responsables de la misma, Clark y Walker, quienes no dudaron en lanzarse graves acusaciones el uno al otro, hasta los hombres que presenciaron el desastre y los historiadores e investigadores que, años después, estudiaron al detalle la batalla que tuvo lugar en la sangrienta orilla del río Rapido.

Sanitarios norteamericanos transportan a los heridos.

El intento por adentrarse de forma directa y contundente en el valle del Liri por parte de los estadounidenses fracasó, no sólo a la hora de romper las líneas enemigas, sino que también lo hizo en otro aspecto, tal vez más importante, ya que no fue capaz de lograr que los alemanes desviasen refuerzos a aquel sector del frente.

Por su parte, franceses (y sus tropas coloniales) en compañía de británicos, cosecharon éxitos considerables en sus objetivos encomendados en otros puntos de la línea “Gustav”.

Tanto el desembarco aliado en Anzio, como los sucesivos ataques contra Cassino y el simbólico monasterio de Montecassino, aún deberían costar más vidas y suponer una larga inversión en tiempo y recursos a los aliados para poder conquistar aquel enclave tan importante para proseguir el avance hacia Roma.

Aspecto del monasterio de Montecassino tras el bombardeo.

El comienzo del fin.

Llegado el 11 de Febrero, tras largas jornadas de frío e intensa lluvia, los alemanes de la 15ª División de granaderos Panzer, cuyos víveres y municiones comenzaban a escasear,  recibieron con agrado la visita de unos valiosos refuerzos.

A Cassino acababa de llegar, ni más ni menos, que la 1ª División Paracaidista, muchos de cuyos integrantes portaban al hombro fusiles Kar-98, y cuyo protagonismo parece haber eclipsado los libros de Historia cuando se aborda la batalla de Montecassino. Los hombres de ambas divisiones se calibraron con respeto; todos sabían cuánto habían luchado unos y otros hasta la fecha. Reflejos de admiración y camaradería en las miradas que entrecruzaban al tiempo que tenían lugar saludos efusivos.

Paracaidistas alemanes a bordo de un vehículo blindado de la 15ª División.

Uno de aquellos paracaidistas, no importa ahora su nombre, camino de la posición que debía ocupar lo antes posible, reparó en una improvisada tumba. La misma, conformada por un Kar-98 clavado en el terreno, cuyo cañón se adentraba en un pequeño montículo de tierra removida, y con un casco abollado que reposaba sobre su culata, simbolizaba el lugar de reposo eterno de uno de tantos hombres que allí habían perecido. En este caso, en la defensa de un enclave de vital importancia.

Aquel paracaidista, corpulento, con un cigarrillo recién prendido entre sus labios, detuvo sus pasos junto a la tumba. Allí, rodilla en tierra, leyó el texto inscrito en un pedazo de madera que pendía de una cuerda entrelazada al guardamonte que protegía un gatillo cuyo propietario había dejado de utilizar pocos días atrás.

Tras reflexionar unos instantes, el paracaidista clavó su cigarrillo sobre la tumba, con la boquilla pegada a la tierra y el extremo incandescente mirando hacia el cielo. Una fina columna de humo ascendió con pausa al tiempo que el soldado posó su mano sobre el casco, sucio y deformado. Después de susurrar unas palabras, el corpulento infante se alejó de aquella improvisada tumba provisional, emplazada no muy lejos de la ladera tendida a los pies del monasterio de Montecassino.

Tumba de un soldado alemán.

El sonido de sus pisadas se difumó en la distancia, desde donde lanzó una última mirada hacia la tumba, donde aquel cigarrillo, ofrecido al soldado muerto, se extinguía por momentos.

―Tu último pitillo, camarada ―suspiró justo antes de reemprender la marcha, camino de la elevación donde, majestuoso, se erigía el monasterio; un lugar que, a simple vista, se presentaba ante sus ojos como un baluarte indestructible, pero que, apenas cuatro días después, fue arrasado hasta los cimientos por la aviación aliada, al igual que las defensas germanas fueron rebasadas tras largos meses de combate y a costa de un sacrificio enorme.

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Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo

 

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